sábado, 21 de abril de 2012

Los señores del billete

Cuando el poeta Clavijo llegó a Vinces, conocido como “París chiquito” incluso después del auge cacaotero, se halló -así de sopetón- con la réplica en miniatura de la torre Eiffel. Desde su visión de cronista popular dejó para la posteridad sus versos: Por esos atardeceres / y el pensil de tus mujeres / a París te parecís.
Durante el auge cacaotero la familia Aspiazu era la más grande productora del mundo, desde 1895 hasta 1925, eran dueños de 59 haciendas (unas 150.000 hectáreas) de donde se extraían 80.000 quintales. La otra familia poderosa eran los Seminario, con 35 propiedades y una extensión de 130.000 hectáreas. Los dos grupos eran los más grandes accionistas del Banco Comercial y Agrícola, que incluía préstamos al Estado. Estos fueron nuestros primeros banqueros.
Manuel Chiriboga, en su ensayo sobre el tema de los Gran Cacao, dice que las utilidades -de 325 por ciento, merced a la explotación y mala distribución de la acumulación- sirvieron para mantener un sofisticado y lujoso nivel de vida, que se evidenció en la residencia permanente de varios miembros de las familias agroexportadoras en el exterior, particularmente en Francia, donde buena parte de la fortuna era dilapidada.
A finales del siglo XX su heredero, Fernando Aspiazu Seminario -dueño de bancos, empresas eléctricas, haciendas y medios de comunicación- había destinado 3 millones de dólares para la campaña de Jamil Mahuad, quien desató el “salvataje bancario”. Esto -junto con la “sucretización” de la época de Oswaldo Hurtado- le costó al país 8.000 millones de dólares. Wilma Salgado realiza un estudio comparativo: como para la época se destinaron 2,5 millones para infraestructura educativa, ese monto habría alcanzado para 3.200 años de aulas de los niños ecuatorianos. Y más, 87 años de gasto en Salud y Desarrollo Comunitario (estaban destinados 92 millones de dólares); 362 años en Desarrollo Urbano y Vivienda (22 millones de dólares de presupuesto). Para no alargar el cuento y quitando los ceros, es como si el país hubiese entregado un auto de 8.000 dólares para los banqueros y sus préstamos vinculados, y, en cambio, habría destinado 2,5 dólares para infraestructura educativa, lo que cuesta una funda de fideos.
Eso, acaso, no lo sabía el poeta Clavijo cuando lanzó su verso, peor que entre dos familias tenían propiedades del tamaño de la actual provincia de Los Ríos. El llamado “feriado bancario” arrasó con el 70 por ciento del sistema e incluyó la migración de cerca de 3 millones de compatriotas. Esto hay que recordar, ahora que los banqueros andan por las tiendas de los barrios.
 
El artículo completo está publicado en el Telégrafo
 

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