sábado, 21 de abril de 2012

Un canelazo con Chaucha Kings


En el documental aparece Carlota Jaramillo, la “Alondra Quiteña”, contando la reacción que tuvo la “gente bien” de Quito cuando cantó por primera ocasión en el Teatro Sucre: “El teatro se volvió una chichería”, me dijeron. Lo relata, sin amargura, a un joven e hirsuto Freddy Ehlers. El documental reposa en la mediateca, frente a la Compañía de Jesús, aquella que tiene el cuadro del Infierno y la soberbia.
Como en ningún otro país, los ecuatorianos hemos tenido y tenemos vergüenza hacia nuestra cultura popular, acaso porque nunca nos reconocimos en el legado nativo y siempre nos creímos más españoles que la arrugada duquesa de Alba.
Ese desprecio nos ha llevado a creer que, por ejemplo, el tema “Torres Gemelas”, de Delfín Quishpe, no cumple los parámetros de la cultura nacional (en YouTube destilan comentarios racistas).
Soledad Quintana dice que la música popular padece tres estigmas: desprecio desde el centro-periferia (música de chagras), desprecio desde el sentido de clases (música del populacho) y desprecio por el origen étnico (música de indios o música chicha). A esto hay que añadir, para el caso de la música rockolera, la vinculación con los bajos fondos y la cantina. Julio Jaramillo nunca fue invitado por los canales de televisión tradicionales.
En la Enciclopedia Océano de Ecuador, un entendido dice que estas expresiones, que vienen desde la herencia del pasillo, es la música de los empresarios de la miseria. El mundo andino se construye a partir de las máscaras, nos recuerda un ensayo, para decirnos que vivimos del ocultamiento. En otras palabras, queremos ser lo que no somos y por eso bailamos la música popular solo cuando estamos borrachos. Friedrich Nietzsche, en su libro “Genealogía de la moral”, donde aborda lo bueno y lo malvado, nos recuerda que quitarse la máscara -es decir asumir la identidad- tiene un alto precio.
Todo esto viene a cuento a propósito de la presentación ayer del último trabajo “La Fiesta Popular 1”, de Chaucha Kings (los reyes del trabajo esporádico, podría ser la traducción, aunque la palabra quichua tiene un profundo significado de reciprocidad). Más allá de la farra es un reconocimiento, en vida, de nuestros cultores populares, como el caso del compositor e intérprete Segundo Rosero y sus aportes en temas como “Pasito tun tun”, “17 años”, “Vagabundo, borracho y loco”; además de Widinson o Gerardo Morán, y el propio Delfín Quispe en el tema “El canelazo”, del riobambeño Gerardo Arias.
Es curioso, Chaucha Kings, un grupo hecho de buenos retazos de otros grupos, nos muestra el espejo de lo que somos.
 
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