sábado, 21 de abril de 2012

Libro Corsario de papel

Libro Corsario de papel

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Un poco de tinta


En los tiempos antiguos tener patente de corso significaba ir por los mares –amparado por un Gobierno- para perseguir a los piratas. En definitiva, el corsario era otro filibustero que –con las técnicas de la guerra- se hacía con el botín. Sin embargo, a veces, ese corsario se rebelaba contra ese sistema y prefería arribar a una isla y no precisamente para enviar mensajes en una botella.

Ser articulista en un diario de provincia (o en cualquier diario) es ser un corsario de papel, pero armado con un cañón de certezas. Tarde o temprano, el corsario elige comulgar con los designios del Poder, prefiere una jubilación digna para poner en reposo su ojo tuerto o simplemente es echado por la borda. Y, a veces, es preferible estar con los tiburones.

Más tenebrosos que los piratas –en este caso representados por los camaradas periodistas- son los jefes y sus aliados, que puede ser quienes detentan un Poder simbólico y religioso. Tras escribir el artículo Satán, literalmente pasé a la tabla ubicada en la proa. Por lo demás, dicho artículo es académico y es una referencia al libro La guerra de las imágenes, de Serge Gruzinsky, o si se quiere una clase de maestría de Cultura, en la Universidad Andina Simón Bolívar, aunque habría preferido que sea de los signos del Señor de la Luz. Ya lo decía don Quijote: “Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho”. 

Lo propio me ocurrió en cierta Escuela de Comunicación por solicitar a los alumnos que lean esa novela policial que es El código da Vinci. Y es verdad, uno cree que la Inquisición era una institución medieval y no se percata de los nuevos inquisidores, amparados en los nuevos púlpitos electrónicos. ¿Qué defienden, mientras levantan sus palabras que hablan del amor al prójimo? Creo que defienden la ignorancia, en un Mundo donde el conocimiento es cambio.

Aquí están los textos que aparecieron en una memorable época del año 2005 en el diario La Verdad, de Ibarra, fundado por el Obispo de los Indios, Monseñor Leonidas Proaño, del que tuve que salir como corsario de papel. Debo agradecer especialmente al entonces gerente, Rafael Granja, quien me brindó la aventura de creer que es posible soñar. Estas palabras prueban que no nos equivocamos, como tampoco lo hicimos cuando visitamos Pucahuico. Además a todo el equipo, desde aquel que aún desempolva los tipos hasta aquellos que cada madrugada llevan a vender el diario con la promesa de un pan. Y, claro, a los directivos y, por supuesto, a los lectores por permitirme ser un auténtico corsario en un mar de tinta, tan dichoso como un calamar.

Ahora, es la Universidad Técnica del Norte, de Ecuador, quien ampara estos textos con la certeza de que es posible la diversidad de opiniones y la búsqueda de un sentido en las palabras. El libro está abierto como un abanico para que –como si se tratara de un viaje sin retorno- el lector pueda entrar a un laberinto. A propósito, los temas no hablan de esa perversidad que es el vértigo de los asuntos noticiosos sino que prefiere temas universales y sin tiempo, alejados de ese Poder perverso. Al amparo de una nave –con la insignia de una calavera- el autor busca encontrar el último arrecife, en los ojos de una muchacha.



JCMM, Ibarra, 5 febrero 2008

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