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jueves, 18 de marzo de 2021

Te hablo desde la prisión, 2021/03/11

 


Ante un evento, de cualquier índole, es preciso acudir a las voces de quienes ya los vivieron, para saber de qué estaban hechos. Aunque las circunstancias varían, las mismas preocupaciones existían para aquellos que –hace miles de años- se recogían en torno a la hoguera, ante el horror de la noche y de la muerte, y para quienes, como nosotros, deslizamos la pantalla del celular mientras una pandemia nos acosa reviviendo iguales miedos.

No hay, al parecer, ninguna diferencia de un médico medieval, con su imponente máscara de estilo cuervo, a la enfermera que, vestida como astronauta, se enfrenta a una similar peste, provocada también por un “homo sapiens” que devasta las regiones naturales y, en el pasado, por la intolerancia de sacrificar a millares de gatos por creerles satánicos y que dejó vía libre para la proliferación de las ratas.

No es descabellado pensar que el mismo sentimiento tenía aquella mujer que perdía a su hijo en una batalla que aquel desconsuelo de saber, en este caso por la televisión, de una madre que comprueba un naufragio frente a las costas de África. Cualquier acontecimiento que le ocurre a un humano es de nuestra incumbencia y por ende la sociedad es como un pabellón de espejos que refleja sus fragmentos.

Está, por ejemplo, el tema carcelario en nuestro país, más allá de las disputas de mafias. Pienso en este caso en un ser humano en específico, de aquel que está encerrado, a veces por injusto motivo (tal vez un día despenalicen las drogas). Está el hecho de alguien de mi misma especie rodeado de barrotes: “Condenado para siempre / en esta horrible celda”, canta el salsero Wilson Manyoma.

Nelson Mandela, tras 27 años de encierro por un “apartheid” que era legal, escribió: “Suele decirse que nadie conoce realmente cómo es una nación hasta haber estado en sus cárceles. Una nación no debe juzgarse como trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada”. “El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”, dejó como sentencia el ruso Fiódor Dostoyevski, quien también estuvo cautivo en un gulag de Siberia, por cuatro largos años. (O)

 

https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/te-hablo-desde-la-prision

 

jueves, 4 de marzo de 2021

El diablo en Imbacocha, 2021/03/04

El mundo natural, en la cosmogonía de los pueblos originarios como es el caso de los Caranquis, al norte del país, no son meros elementos del paisaje sino están conectados a su mitología.

Tal es el caso de las lagunas, que son deidades del agua, que son parte de un panteón mítico bajo la tutela de los montes, como el Taita Imbabura y la Mama Cotacachi, a diferencia de las deidades del sol, que trajeron los incas pero que apenas se introdujo y, esa sí determinante, la cruz llegada de la mano de los conquistadores y sus cristos agónicos y sangrantes.

Este sincretismo está presente en este mito que comparto: Manuel Santillán no tenía consuelo. Su longuito, su sobrino querido se había ahogado en el lago San Pablo. Habían pasado varios días pero su cuerpo permanecía en las aguas. Con los ojos colorados acudió donde un yachac.

El brujo le dijo que construyera una cruz enorme y que le cubriera de flores. En el centro debía poder un cuy, también llamado conejillo de Indias, y unos huevos. La cruz debía ser clavada en el sitio donde pereció el muchacho. Además una advertencia: quienes hundieran la cruz debían ser hombres valientes porque es posible que vieran el Infierno.

El yachac habló y Manuel Santillán pensó que cualquier sacrificio valía la pena si los restos del joven surgían del lago, después de tantos días. Por eso, con la enorme cruz a cuestas y con la ayuda de otros indios valientes, Santillán llegó hasta el Imbacocha, como se lo conoce también al lago San Pablo.

Entraron a sus aguas cristalinas, rodeadas de totoras. Mientras arrastraba la cruz cubierta de flores, Manuel Santillán pudo ver el infierno: era un diablo que estaba acostado de espaldas dentro del agua. Los pies estaban en dirección a Reyloma y la cabeza hacia Camuendo.

Al otro día, el cuerpo del joven emergió de su prisión de agua: los símbolos del brujo indígena se confundieron entre las flores que flotaban en el lago, de aguas mansas y totoras. Acaso Manuel Santillán miró al supay, la fuerza del mundo andino, más que el diablo que hace mucho tiempo perseguía al brujo con su fétido aliento. (O)

 

https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/diablo-imbacocha

martes, 2 de marzo de 2021

Caminando con Eugenio Espejo, 2021/02/25

El imaginario de las calles no solamente está en su nomenclatura. A diferencia de otros países, donde se fijan por números, en el nuestro llevan el nombre de destacados personajes. Sin embargo, en la mayoría de ocasiones, desconocemos de quiénes se tratan.

Refiero esto porque hace algunos años, con editorial Trama publiqué un libro Quito: las calles de su historia. Al conmemorarse en esta semana el día de los bibliotecarios por el nacimiento el 21 de febrero de 1747 del ilustre Eugenio Espejo, me sumo a su homenaje. Quisiera mencionar además el libro de Cartas y lecturas, editado por el Banco Central del Ecuador, 2008, que hace del personaje Carlos E. Freile, para conocer qué se leía en esa época, considerando precisamente que Espejo era bibliotecario y además en sus escritos se puede comprobar la cantidad de autores que citó, que según Freile son 795 (pag. 301), de los cuales 79 son filósofos. Aquí el micro relato anunciado:

Eugenio de Santa Cruz y Espejo caminaba por esta senda, meditando sobre las ideas independentistas, con influjo de la Ilustración. Venía visitando enfermos del Hospital de la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, donde investigó la viruela para combatirla o los beneficios de la quinina, mientras algunos le increpaban su ascendencia indígena de Cajamarca o el recuerdo de su madre, una mulata quiteña. Su apodo era Chusig que en kichwa significa búho. Espejo iluminó a los próceres de la Real Audiencia con el periódico “Primicias de la Cultura de Quito”.

Cuando el doctor Espejo, de veinte años, pasaba por esta senda aún se llamaba calle del Chorro. Poco después de escribir su libro “La ciencia blancardina” se llamó calle del Cuartel. Fue una ironía porque allí fue encerrado el patriota más prominente del siglo XVIII. Murió a los 48 años poco después de ser liberado. El primer periodista del futuro Ecuador había encendido con sus palabras la antorcha de la Libertad.

El Telégrafo - Caminando con Eugenio Espejo (eltelegrafo.com.ec)

 

Villalba, cronista de San Antonio, 2021/02/18

Desde la colina, San Antonio de Ibarra –deslizándose por las faldas del Taita Imbabura- parece un pueblo modelado por la arcilla. Aún conserva el verdor pero ya no están los árboles de nogal ni los hábiles tejedores de sombreros de paja toquilla (monseñor Leónidas Proaño, uno de sus ilustres hijos, los fabricaba de niño). Ahora la población es distinta: elegido recientemente Pueblo Mágico –una estrategia del marketing turístico que ya se aplicó en México, con buenos resultados- y su talla de madera es patrimonio cultural. Las dos designaciones, si los propios sanantonenses no se apropian, serán meras declaraciones.

Desde que en 1880, por iniciativa de prominentes clérigos de Ibarra, se crearan los efímeros talleres artísticos, hasta el entusiasmo de los hermanos Reyes, las fiestas populares y la chamiza, la maestría de los imagineros y la diversidad de sus pintores, la huella de Galecio y las propuestas artísticas incomprendidas, los artesanos y sus intentos infructuosos de encontrar un rumbo común hasta la desaparición del nogal que amparaba en la infancia, han pasado mucho agua bajo el molino.

Contar esa historia no es fácil, porque San Antonio tiene una particularidad, como es el caso de Chordeleg, en el austro dedicado a la joyería; Montecristi, famosa por los sombreros de paja toquilla que andan por el mundo o Zaruma, el pueblo más encantador del país, en medio de cafetales y minas que carcomen sus entrañas. Tenía que ser un hijo de estas tierras quien relatara sus venturas y desdichas, como es el caso de Oswaldo Villalba, quien acaba de publicar el libro Bajo la sombra del nogal.

La obra es un acercamiento a la memoria para que no triunfe la indiferencia, porque al desentrañar el pasado se hallan las pistas del futuro. Los libros son, además, esa brújula que deberían tener cada una de las ciudades del país, que se inventa cada cuatro años, pero olvidan sus orígenes.

San Antonio de Ibarra solo tiene un destino: olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades, antes de que la última imaginería sea engullida por la megaciudad que sigue dando sus pasos inclementes.

 

El Telégrafo - Villalba, cronista de San Antonio (eltelegrafo.com.ec)

domingo, 14 de febrero de 2021

El país de Baltazar Ushca, 2021/02/04

 


Después de escuchar los debates presidenciales, inevitablemente hay que volver a los versos de Jorge Enrique Adoum en Los cuadernos de la Tierra: “Ecuatorial, ecuatorial ¿recuerdas / tu sudor, el pie perdido / en la noche resbalosa de la víbora, / el amor prohibido por los ríos?/ ¡Acuérdate de la cariada osamenta / de tu casta!”.

Es necesario preguntarse qué tanto ha cambiado esta geografía que deslumbró a Alexander von Humboldt cuando ascendió al Chimborazo en 1802. “Al volver del volcán, estaba listo para formular su nueva visión de la naturaleza. En las estribaciones de los Andes empezó a esbozar su Naturgemälde, una palabra alemana intraducible que puede significar ‘una pintura de la naturaleza’, pero que al mismo tiempo entraña una sensación de unidad o integridad”, escribe Andrea Wulf, en La invención de la naturaleza.

¿Qué tanto del país aún somos en las tierras del último hielero Baltazar Ushca Tenesaca, de los niños del páramo y de los barrios marginales? Un país que come el rechazo de lo que exporta, como el banano, y regala las flores marchitas en febrero. Como todo está conectado, como decía el prusiano, esto nos regresa de golpe a Boletín y elegía de las mitas de César Dávila Andrade, porque aún el racismo, la inequidad económica y la separación de clases es una constante: “Y a yacer con viracochas, / nuestras flores de dos muslos, / para traer al mestizo y verdugo venidero”.

Tal vez por estos motivos, sea aún más penoso que precisamente en estos días los fondos destinados a la cultura sean menguados. Acaso sea una estrategia para la desmemoria. Milan Kundera lo advierte: “Para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruye sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza a olvidar lo que es y lo que ha sido”. Al mirar la oferta de feria de última hora de ciertos candidatos es vital recordar a Simón Rodríguez: “Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra”. Hay que estar atentos frente a las urnas.

El Telégrafo - El país de Baltazar Ushca (eltelegrafo.com.ec)

 

 

 


 


 

sábado, 30 de enero de 2021

Un encantador al acecho, 2021/01/28

 


Como se sabe, Alonso Quijano –de complexión recia y enjuto de carnes- “los ratos que se pasaba ocioso (que eran los más del año), se daba en leer libros de caballería”, lo que a la sazón lo volvió loco transformándose en el sin par cabalero Don Quijote de La Mancha, enamorado de Dulcinea. Para evitar tales desatinos, como se lee en el capítulo VI, se reunieron sus allegados, incluido el cura, para deshacerse de los “más de cien cuerpos de libros grandes” y destinarlos al fuego.

El Ama llegó con una escudilla de agua bendita y un hisopo y dijo: “Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún un encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de que les queremos dar echándoles del mundo”. Aunque el licenciado se rió de la ocurrencia, veremos cómo la Ama no estaba tan disparatada como su patrón.

 “Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos.”, cuenta Jorge Luis Borges. Así que, la tozuda Ama y Emerson tenían razón, porque –como bien lo dijo Umberto Eco- la lectura es la inmortalidad hacia atrás: podemos estar en el momento en la expulsión del Paraíso, cuando Hipócrates hace su juramento, cuando Ulises llega a Ítaca, cuando los genios encerrados en una botella surgen en la voz de Sherezade, cuando Dante mira por primera vez a Beatriz, cuando el detective Sherlock Holmes descubre una nueva pista, cuando Vicente Huidobro canta “te advierto que estamos cosidos a la misma estrella” o cuando nuestro César Dávila Andrade pronuncia: “Amauta poderoso / toda verdadera canción es un naufragio”.

Borges lo aclara: “¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras –o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras son meros símbolos- surgen a la vida, y asistimos a la resurrección del mundo”. Aunque Alejandro Magno tenía La Ilíada y una espada bajo la almohada, bien se sabe que la pluma perdura más que el acero.

https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/un-encantador-al-acecho