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domingo, 26 de junio de 2016

El polifacético Luis Aníbal López, el trabajador que emprende a diario

Este agricultor, cargador de leña, panadero, zapatero, peluquero, músico, creador de obras teatrales y redactor de testamentos en fin de año es parte vital de la cultura popular de Imbabura.


La luz era tenue. Atrás, una escenografía de grandes lienzos, hechos en papel cartón, y una mesa con florero en el medio. Los actores estaban con sus trajes relucientes. El público, que hasta hace poco murmuraba, ahora permanecía en silencio. Era la escenificación del poema ‘Reír llorando’ del mexicano Juan de Dios Peza, que trataba sobre un payaso que buscaba, vanamente, un remedio para su alma ante la mascarada perpetua de la vida: “Aquí aprendemos a reír con llanto / y también a llorar con carcajadas”.

Un niño, que hasta hace poco era monaguillo, observaba con detenimiento cada acto, en el teatro Humboldt, en Pimampiro.

Al salir de la obra escuchó en la radio un tema de moda de Jorge Negrete, titulado ‘El hijo del pueblo’: “Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde…”. Mientras anotaba en su libreta esta letra, el tema le recordó que debía acudir a sus faenas como peón de tierra ajena y, más tarde, llevar la leña al hogar, como casi todos los habitantes de un Pimampiro bucólico, que aún conservaba la leyenda del siglo XVII. Se contaba que los nativos del lugar se llevaron la campana de la reciente construida iglesia hacia el Oriente, en un descuido de los curas doctrineros que se fueron al Valle del Chota. Estos clérigos les habían puesto el ojo a los indígenas para, en complicidad de los nuevos conquistadores, arrastrarlos a las penurias de las mitas y obrajes. Dicen que aún esa campana se escucha a la distancia.

El niño se llamaba Luis Aníbal López y, durante larga parte de su vida, siguió una máxima: siete oficios, mil necesidades, pero nunca se amilanó. Fue agricultor de aguacates, partidario, cargador de leña, panadero, zapatero, peluquero, aunque lo suyo era la música popular y los testamentos de fin de año para su pueblo. Por eso, un día, junto con amigos como Édgar Vicente Vega y Ataúlfo Castillo formó el trío Los Latinos, en el que cantaban principalmente boleros y pasillos, como el recordado ‘Rosas’, letra de Manuel Terán y música de Carlos Brito. Después de pasar por las agrupaciones como Los Norteños o Los Nativos se le ocurrió una idea: tener su propio escenario.

Así que con su inseparable amigo Édgar y 2.100 sucres que juntaron abrieron el flamante salón Apolo 11, en homenaje al reciente viaje lunar a cargo de Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin E. Aldrin, allá por el 16 de julio de 1969.

Solo unos años duró la experiencia, para no terminar en la completa bohemia. Fue en esas tablas donde un joven Segundo Rosero, también de Pimampiro, cantaba sus primeros temas antes de saltar a la fama. Fue así que Luis, mientras componía la canción, a ritmo de cachullapi, ‘Algunas hierbitas más’, se dedicó a amenizar las fiestas de fin de año en Pimampiro, con sus creaciones de testamentos, y su propio elenco de actores, tal como había visto en los sainetes siendo niño y comía el tostado de manteca de mama Teresa, su madre, por lo que su apodo fue Lucho Tereso que lo llevó con orgullo porque nunca conoció a su padre. Pero desde esa época su situación había cambiado. Tras ingresar al negocio de la venta de cerdos hornados —unos 3 mil en 11 años, según sus cálculos— la situación familiar mejoró hasta instalar la panadería Fanny, donde él mismo amasa. Está casado con Blanca Chamorro y tiene 2 hijos, uno de ellos capitán de aviación.

Ahora, en su casa esquinera, donde conserva una gran fotografía de su trío musical, este hombre de sonrisa amplia, afina su guitarra para cantar sus propios temas que, curiosamente, no han sido aún grabados porque siempre se ha creído que lo popular no vale la pena preservarse. De allí, es preciso mencionar el estudio de la cultura popular de Pimampiro realizado por el profesor Juan Chávez, para la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo de Imbabura, donde incluyó los aportes de Luis Aníbal López.

El valor de este hombre radica en que es un genuino representante de un Pimampiro que, como en todo lugar, está agobiado por una música que llega desde afuera, una música comercial que no cuenta nada de la realidad en que se vive. (I)



Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/regional-norte/1/el-polifacetico-luis-anibal-lopez-el-trabajador-que-emprende-a-diario

La historia de Pablo Arenas, un rincón colorido del cantón Urcuquí

Antiguamente, la parroquia Pablo Arenas era conocida como Cruzcacho, nombre designado por los habitantes que encontraron un día, clavada, una cornamenta de buey en la cruz de su mirador.



Cruzcacho era entonces una aldea de veinte casas de barro y bahareque construida en una sucesión de colinas, que mostraban un paisaje para perder el aliento frente a montañas azules y abajo, más abajo, los extensos cañaverales y algodoneras que databan de los tiempos coloniales en que los curas jesuitas traficaban esclavos negros y trago, como bien refiere el historiador Federico González Suárez, cura como ellos y Obispo de Ibarra, quien defendía la verdad histórica.

El poblado, que debía su nombre a una endeble cruz donde habían colocado una cornamenta de buey, había nacido como el pueblo de Macondo, como se lee en ese prodigio que es Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez y que después se lo conoció como la parroquia Pablo Arenas, lugar al que se llegaba desde Ibarra. Sí, porque los fundadores, quienes llegaron de Salinas, eran tres hermanos de la familia Gordillo: Pascuala, José y Antonio, quienes junto con una parte de las familias Torres, venidos del norte, y Félix, fueron atraídos, en el último cuarto del siglo XIX, “por el ignoto espíritu de expansión, constituyéndose en un pequeño grupo homogéneo que se ve en la necesidad de hacerse sedentario”, como se lee en una suerte de pergaminos, en manos de Nelson Gordillo Torres, relatos de la historia del actual Pablo Arenas, que lleva este nombre en memoria al prócer guayaquileño, amigo de Eugenio de Santa Cruz y Espejo, ultimado por los españoles llegados desde Lima, junto con otros patriotas, allá en la matanza del 2 de agosto de 1810.

Esos pergaminos, que permanecen inéditos, fueron levantados por el profesor Hugo Ponce Carrera, a instancia de Nelson Torres Gordillo, Lázaro Ruiz, y otros entusiastas jóvenes de entonces quienes, al cumplir 50 años de fundación, cayeron en cuenta que desconocían la historia de su propio pueblo. Les había pasado como al pueblo de Macondo cuando, después de caer en el insomnio, llegó la peste del olvido. Pocos recordaban a esas estirpes de fundadores, los motivos que los trajeron hasta el lugar o las haciendas que les rodeaban, como Puchimbuela, El Ingenio o Cabuyal.

De esta manera, como si quisieran nombrar a todas las cosas, fueron de casa en casa a entrevistar a los mayores para armar ese rompecabezas en que se había convertido la historia del mítico Cruzcacho. Fue así que se enteraron de las sucesivas mingas que se realizaron, de las fiestas que se efectuaban una vez al año en homenaje de la Virgen de El Carmen, de esa delicia que es el sango de sal o de la solidaridad que siempre ha existido en esta familia extendida que es Pablo Arenas, bajo el influjo de una cohesión espiritual, desde antes de que los mayores se vistieran de cucuruchos.

Poco después de recopilar esa valiosa información, los mayores de Cruzcacho comenzaron a morir en fila, dice Nelson Torres Gordillo, quien cuando era niño conoció al entonces joven y sencillo sacerdote Leonidas Proaño y estudió en la escuela de los Hermanos Cristianos, cuando los religiosos aún les enseñaban poemas en francés y los chiquillos acudían con la colación consistente en tostado yanga (negro en quichua), elaborado en tiesto. Ese mismo maíz que es parte fundamental de las cosechas y de la fiesta en su homenaje.

Desde tiempos antiguos, desde Eloy Gordillo, quien propició la construcción de la iglesia, a Marco Tulio Félix, que hizo lo propio con la capilla, los hombres y mujeres de Pablo Arenas han sido generosos con su pueblo. Aunque Nelson Torres Gordillo no lo diga, se conoce que donó una de sus propiedades para el Centro de Salud, entre otros bienes.


Lector del Caballero de la Triste Figura, que no es otro que Don Quijote, pero también de la literatura latinoamericana, como la historia de Remedios la Bella que asciende en cuerpo y alma, y el coronel Buendía que fabrica pescaditos de oro, este hombre también ha dedicado muchos días para realizar acciones en beneficio de su pueblo. Vestido de impecable traje negro y corbata delgada, se lo puede mirar en fotografías antiguas, donde –junto con sus paisanos- impulsaba mejores días para el antiguo Cruzcacho.(I)



Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/regional-norte/1/la-historia-de-pablo-arenas-un-rincon-colorido-del-canton-urcuqui

Daniel Suárez, un multifacético deportista y escritor de la provincia de Imbabura

A pesar de su limitación física, por una luxación congénita, participó en diversas competencias de tenis de mesa. Ganó el primer lugar en el Campeonato Sudamericano de 1955 que se realizó en Colombia.



Desde la hacienda Santa Rosa, a cinco kilómetros de Otavalo, el niño Daniel Suárez Benítez caminaba con dificultad observando a los primeros pájaros del alba. No era un trayecto fácil. Él había nacido con una luxación congénita -cuando la cabeza del fémur no está en su sitio- y por eso cada paso era una prueba de determinación más que un sacrificio. Así lo entendió siempre. Era el reto que su padre Alberto le había impuesto.

Su progenitor, ingeniero civil, diputado y socialista militante, también le dijo que el deporte era la única opción para vencer dificultades. Así que probablemente le contó la historia del ajedrez, cuando un rey perdió a su hijo en una batalla y, afligido, se encerró en su castillo. No quería ver a nadie. Un día llegó un mago y le enseñó un extraño juego. Habían fichas negras y blancas. El rey, al inicio, miró con desinterés. Después se animó porque en el juego también había reyes y alfiles, peones y reinas. En una jugada era preciso sacrificar al alfil para salvar al rey. Esa era la metáfora: también el rey había perdido a su hijo, quien se sacrificó por él. Eso se lee en Malba Tahan, quien también escribió El hombre que calculaba, inspirado en ese prodigio que es Las mil y una noches, donde habitan gigantes que salen de botellas mágicas.

Daniel, guarda las fichas. Verás que el rey, la reina y los peones van a la misma caja, le aconsejó un día su padre, en su amplia y nueva casa de La Mariscal, en Quito, justo frente al sitio del poder político, para demostrarle que, al fin y al cabo, todos somos iguales. Desde la ventana, el niño Daniel, nacido en 1936, miró algo asombroso: un hombre que dominaba al público tan solo con su palabra.

Era Carlos Alberto Arroyo del Río y se encontraba en una improvisada tarima de las calles Patria y la actual Amazonas. Sin embargo, por el momento, lo suyo era el ajedrez. Su padre orgulloso lo llevaba como un niño-genio a jugar con contendores poderosos como Monseñor Manuel Andrade Reimers, quien se ideó autoparlantes para escuchar, desde el rectorado, las clases de Historia. El niño ganó la partida.

Una mañana, Daniel, de apenas siete años, fue llevado hasta San Agustín, en Ibarra, para enfrentar al cardiólogo Yépez en una partida de ajedrez. El hombre no pudo lidiar con su vanidad, y ganó al niño. Desde ese día, Daniel cambió de deporte. Mejor se dedicó a la natación, practicando en la reluciente piscina Neptuno, en Otavalo, cuando eran vacaciones.

En el colegio, debido a que no le invitaban al fútbol, le sedujo otra actividad: el ping pong, pese a tener una pierna más pequeña que la otra. Como en esa época no había el vértigo de ahora, y se jugaba a ras de mesa, pudo conseguir varios triunfos, pero el que más recuerda fue el que ganó a Alfonso Lasso Bermeo, el famoso Pancho Moreno, relator de fútbol, cuando frisaba los 14 años.

Aquel estudiante del colegio San Gabriel era constante. Las tardes practicaba una y otra vez con la evasiva pelota, usando unas monedas de cinco centavos, colocadas al filo de la mesa para tener precisión, hasta que fue invitado a participar en el Sudamericano de Medellín. Pocos daban crédito de este jugador ecuatoriano hasta que quedó vicecampeón y lo condecoraron con la medalla al Espíritu Deportivo.

Un caricaturista de la época, al mirar sus piernas, le hizo un dibujo con una frase de respeto y cariño: “Mente sana en cuerpo torcido”, como si recordara a ese otro de los pies torturados, el lasallano hermano Miguel.

Años más tarde se recibiría como médico, donde después supo que su discapacidad podía ser evitada, en la actualidad, si el niño es tratado con el pañal de Frejka, se cura de la displasia de cadera. De esos primeros años de seguir las leyes de Hipócrates recuerda un viaje a Chile, cuando escuchó la voz en vivo del poeta Pablo Neruda, y una multitud que se sacaba el sombrero para saludar a ese hombre que también escribía cartas de amor. Un retrato del vate del Canto General guarda en su casa, frente a la mesa de billar, otro de los deportes que le apasionan y que sigue activo, logrando triunfos nacionales. Allí, mientras muestra sus 12 bastones, que incluye uno con estoque y el que usa de bambú, dice que volvió al ajedrez, después de aprender la apertura inglesa, que utilizaba Bobby Fischer, cuya estrategia es retrasar la definición de los peones centrales, según lo entendió desde la época de Luis de Lucena, aunque no contó con la defensa siciliana. Pero ese es otro asunto.

Se juega como se vive, dice Francisco Maturana. Daniel Suárez Benítez entendió que el deporte, como la vida, está hecho para superar dificultades. El entrenamiento sirve para corregir errores y mejorar virtudes, por esa razón, siempre lo ha practicado. Así lo supieron los griegos cuando colocaban la rama de olivo en la cabeza de sus héroes, los deportistas. Tentado alguna vez por la política, Otavalo se privó a este hombre sencillo que pudo ser su alcalde, cuando perdió por 80 votos. Después, fue alterno del diputado socialista Enrique Ayala Mora. Su pasillo preferido es “Sendas Distintas”, que compuso Jorge Araujo Chiriboga a su esposa Carlota Jaramillo.

Está casado con Rosario Prócel, su compañera de toda la vida. Tiene tres hijos, Daniel, Iván y Anita, cinco nietos y uno poeta como él, de nombre Juan. Autor del libro Ternuras al viento, también ha compuesto letras de pasillos como “Niña otavaleña”, además participó en el largometraje “La confesión de Iñaki”, del director José Zambrano.

Este amante de las cosas sencillas dice no tener complejos, mientras acaricia su bastón de madera antigua, y exorciza al destino con su amplia sonrisa. Mientras se mira caminar despacio a este hombre, llevando a sus bastones como si fueran plumas. (I)




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En la memoria de los imbabureños perdura el sabor de las carnes coloradas






Este plato se lo sirve en una fuente, con mote pelado y una empanada con relleno de mejido de maqueño. El sabor dulce del relleno contrasta perfectamente con el de la sal de la carne.



Ocho largos días de camino necesitaba Rafael Unda Proaño para llegar y volver de Íntag, zona occidental del cantón Cotacachi, en el primer cuarto del siglo XX. Este bosque húmedo tropical, parecía recién creado por los dioses, porque los hombres y mujeres que migraron, llevados por una promesa de prosperidad, tuvieron al inicio que llagarse las manos para desbrozar el monte. Plantaron cañaverales y, con el tiempo, improvisaron rústicos trapiches. Unda adquiría las panelas envueltas en hojas para dejarlas en consignación en Otavalo.

Mientras este arriero retornaba a su tierra de Cotacachi era arrullado por miles de pájaros, que se escondían entre la floresta. En medio de riachuelos, existía el temor a los árboles de caracho, tan malignos que laceraban hasta con su sombra, pero habían también orquídeas que crecían entre enormes helechos perdidos en la niebla.

Unda tenía dos pensamientos: abrazar a su mujer y, además, sentarse a la mesa con un potaje que era un milagro: unas carnes rojas ahumadas con anterioridad, hechas cecinas, y puestas al carbón, acompañadas con las mismas yucas que él traía y el aromático café, plantado por los colonos de la ceja de montaña.

Esta creación de Esther Moreno de Unda para su marido, aunque en esa época no lo sabía, pasó a llamarse “Carnes coloradas de Cotacachi”. Eso sí lo supieron los clientes quienes, años después, seducidos por este prodigio llegaban hasta la pequeña fonda que Doña Esther, como ya la llamaban, servía este platillo junto con la chicha de jora, que es parte de un largo proceso de fermentación que inicia cuando se tapa al maíz amarillo con hojas de higuerilla.

Atrás quedó el tiempo en que Don Rafael iba a Íntag porque ahora estaba más ocupado en llenar los pondos de chicha de jora, atender a los clientes e incluso, en la época de fiestas, anunciar a los músicos populares quienes, con sus guitarras y requintos, acudían hasta el lugar, que se había convertido en un sitio ineludible para todos quienes llegaban a esta población.

Santa Ana de Cotacachi sufrió la devastación del terremoto de 1868 y por eso tenía la leyenda del Cuy de Oro, cuando Antonio Cushcagua se hizo amigo del animalillo y evitó que el pueblo fuera levantado en otro sitio.

Curiosamente, Cotacachi inició su prosperidad durante la Segunda Guerra Mundial. Ocurrió que los aliados, quienes no podían acceder a los talleres de Europa central por la ocupación nazi, pusieron sus ojos en otras latitudes. Fue así que Cotacachi, donde se realizaban actividades del cuero al igual que Ambato, fue elegida como centro para elaborar las miles de miles de cartucheras que los soldados del frente necesitaban para colocar las balas que, al fin y al cabo, terminarían con la osadía de Adolf Hitler.

Cotacachi estaba en el auge de productos del cuero y la familia Unda Moreno ya tenía cinco hijos. Sin embargo, había una niña que –como si se tratara del personaje de Tita en el libro Como agua para chocolate, de Laura Esquivel- miraba todo lo concerniente con la preparación de las carnes coloradas y quería conocer sus íntimos secretos, celosamente guardados por su madre. Era Laura, una pequeña de ojos vivaces, semblante sereno y manos que se habían adaptado al repulgado de las empanadas.

Pero esas manos también bordaban y cosían los trajes relucientes de sus muñecas que, en esa época, no tenían nombre. No fue mucho tiempo que dejó esos juegos infantiles cuando, a los 13 años, su padre falleció, pasando –casi como olvidándose de que aún era niña- al trato con las ollas y bateas, donde reposaba la carne de cerdo, para después ir a las enormes pailas de bronce, algunas de 73 centímetros.

Por este motivo, debido a sus responsabilidades con su hogar, tuvo que abandonar los estudios en el colegio Luis Ulpiano de la Torre y, casi sin saberlo, su carácter se hizo fuerte, aunque escondía una generosidad sin límites. Pero ella también fue flechada por el espíritu travieso de Cupido, cuando tenía 23 años y sonaban insistentes los acordes de la agrupación Rumba Habana.

Un día, mientras se encontraba en un paseo por la laguna de Cuicocha, conoció a un hombre a quien solicitó –un momento- le permitiera mirarse en un espejo del auto. Cupido lanzó sus flechas. Al poco tiempo se casaron pero, como si los dioses pusieran tragedias a los mortales, su marido Carlos Virgilio González falleció en un accidente automovilístico, dejando a esta muchacha de ocho meses de embarazo y con las ilusiones rotas de los amores irrepetibles.

La niña que nació, sin embargo, otra vez movería su mundo: le puso de nombre Cinthia, y ella seguiría el legado de sus mayores. Son mujeres luchadoras que guardan la memoria de la tradición, porque en la gastronomía también vive un pueblo. Por eso nos recuerdan al poema Información Confidencial de Gabriela Sotomayor: Siempre dejo la escoba / en un lugar visible / para que cada vez que la vea / recuerde / que puedo volar.


 
 
Fueron largos años frente a las fogones de leña preservando una identidad de saberes, entre el achiote (bixa orellana), presente desde la época prehispánica y que también sirve para que los tsáchilas pinten sus cabelleras, al cerdo, traído por los españoles, hasta la salsa de queso, sin olvidar la chicha de jora, el legado de los caranquis, los Señores del Maíz.

¿Cuál es la receta? Está hecha sobre la base de “ajos y carajos” y tres pastillas de “no me olvides”, porque acá el que no cae resbala, dice Doña Laura, mientras sonríe a sus 71 años, porque sabe que también están sus aportes.

De manera especial, haber enlazado el turismo de Cotacachi hasta convertirlo en una simbiosis de primero visitar los almacenes de artículos de cuero y después acudir hasta esa delicia que su madre preparaba al marido quien llegaba tras ocho días de penurias, en camino de mulas.

¿Podemos visitar el lugar donde se hacen las carnes coloradas? Pregunta el cronista. Su eterna empleada, Tránsito, con camisa bordada, dice que es la primera ocasión que un desconocido irrumpe en la tierra de la lumbre. Nos relata que Doña Laura comparte su ventura con sus empleados de toda la vida. Ese parece ser el secreto.

De pronto, una escena surge: hay dos fogones con enormes pailas, donde la carne bulle con fuego de leña de eucalipto; atrás, dos bateas donde parece macerarse, si se puede utilizar el término, esta delicia que en quichua se llama puca-aicha; en una suerte de artesa reposan los plátanos, que se convertirán en el condumio de las empanadas, fritas en una cocina de hierro elaborado por Mecánica Aguirre, de Otavalo, la misma que está conectada a un ducto para el agua caliente. Mientras, con una paleta enorme de madera se mueven las carnes coloradas, el cronista no atina a preguntar nada más subyugado por el aroma de la estancia.

Después de todo, cuando termina la Fiesta de la Jora aún es posible degustar esta delicia, porque guarda el mismo aroma del día en que una esposa esperaba a su compañero quien llegaba atravesando la niebla de Íntag. (I)


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Yolanda Cabrera aún prepara la antigua bebida de los caranquis

Con chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora, se fermenta en toneles de roble la Chicha del Yamor, presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo.



Frente al mar están las mujeres. Son sacerdotisas en un ritual del maíz. Hace varias generaciones han logrado domesticar este grano que llegó desde la selva o de otros mares lejanos. Llevan en sus cuellos y en su cintura unas figurillas de exuberantes atributos femeninos, que reflejan la fertilidad o ritos de pasaje, como refiere Pedro Porras. Con el tiempo, la primera cerámica de América, de 4.500 años antes de Nuestra Era, pasó a llamarse Venus de Valdivia, con su infinidad de arreglos de cabelleras hechas de arcilla en una época, como dicen los expertos, probablemente matriarcal.

El maíz, domesticado hace 8.500 años, según algunos en la Península de Santa Elena y según otros en Mesoamérica, con el tiempo viaja a las montañas. Por eso, desde el centro ceremonial de las tolas, los caranquis agradecen al más sabio de los montes, el dios Taita Imbabura, por el prodigio de las cosechas de maíz. Hay fiesta en el aire y los danzantes llegan al sonido de los pututus (strombus), ocarinas y rondadores.

Desde hace miles de años —de mano en mano— han domesticado al maíz, y ese colorido esplendor está presente un poco más lejos, en el mercado o tiánguez, en el sector de Salinas. Un mindalae o comerciante camina por entre los sitios dispuestos y le ofrecen chicha, elaborada con semillas diversas que cada familia cultiva y selecciona con esmero. Para Juan Martínez Borrero, en el libro Sara Llakta (Tierra del maíz), el control de la producción de variedades de maíz para chicha, generalmente con granos de colores que añaden elementos simbólicos, posibilita a los curacas movilizar el trabajo. Paul Golstein lo ha resumido: “Caracterizado por la fácil conversión del excedente de granos en bebida, de la bebida en trabajo comunitario y el trabajo el prestigio individual, los festejos posibilitan el surgimiento de la desigualdad social. En tanto los más ricos o más poderosos grupos corporativos promueven fiestas con más y más chicha, cada vez menos participantes pueden sostener la carga de la responsabilidad”.

Y con chicha de maíz se levantaron las 5 mil tolas caranquis, en un territorio desde el Valle del Chota hasta Guayllabamba desde el 500 al 1.500 de Nuestra Era, en los llamados señoríos étnicos, aunque algunos creen que esta bebida de los dioses la trajeron los incas en el siglo XVI. En Perú la chicha es de jora, (en lengua quechua Aqha) y es de uno de los 7 granos; en Ecuador el yamor es de chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora (fermentado).

Como sea, la chicha del yamor estaba presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo, en la primera mitad del siglo XX. Era el encuentro de los jóvenes estudiantes que volvían de vacaciones al terruño. Con el tiempo, esta tradición estaba por extinguirse hasta que una mujer “en la peor esquina de Otavalo” conservó su secreto, a base de 7 granos de maíz. Se trata de Yolanda Cabrera Rodríguez, del barrio Punyaro. Ella también tiene su historia personal.

A finales del XIX, por falta de hospedaje como en casi todos los pueblos, muchos indígenas se alojaban en los corredores de las casas, previo al día de la feria. Cerca de los ‘poyos’ o bancos de piedra, los indígenas colocaban sus esteras para dormir, junto a sus textiles. María Rodríguez, una mujer amable los recibía, sin cobrar un calé, moneda de la época. Una niña observaba. Era Yolanda, quien, con el tiempo, aprendió la elaboración de la chicha del yamor de su madre. Ese sentido de solidaridad que miró en el improvisado tambo se impregnó en esta mujer de ojos vivaces.

Pero la tradición del yamor debía esperar, porque Yolanda tuvo que ir a trabajar de obrera en la fábrica San Miguel hasta que, antes de jubilarse, se animó —durante las fiestas septembrinas— a sacar su mínimo tiesto para vender tortillas bonitísimas, con pepa de zambo, con la tímida chicha del yamor.

Poco a poco, gentes del lugar —algunos con terno y corbata, como dice— acudían a la esquina de las calles Estévez Mora y Sucre, en la antigua casa de su madre.

Después, el modesto local se convirtió en un lugar infaltable de los otavaleños, porque tenían su chicha, acompañada ahora por tortillas de papa, mote y fritada. Por eso, cuando se visita a esta mujer, que también hace el pesebre más grande de Otavalo, de 7 metros, se entiende porqué tantas personalidades han acudido a degustar esta antigua bebida de los caranquis. Merced a ganar el premio de los pesebres, recibe cada año a la prestigiosa Banda Municipal y sus ojos parecen iluminarse.

Allí, en medio de la laboriosidad y de las empanadas de maqueño, están los inmensos toneles de roble y 5 ollas de 100 litros, cada una, donde se fermenta esta delicia aún en espera de su industrialización.

Es tal la generosidad de Yolanda que ha compartido la receta con todos quienes quieren oírla, y así la tradición está viva. Por este motivo ha recibido condecoraciones del Municipio, pero ella continúa siendo la misma de siempre.

Esa misma actitud tuvo cuando hace poco recibió a 80 chefs de Cuenca, quienes fueron a investigar para aprender sobre el yamor. “Eso es imposible. Esto hay que hacer viendo”, les dijo, para explicarles que la teoría tiene que ir con la práctica. Aunque no lo dice, se sabe de su generosidad con cualquier grupo artístico que le solicite un fiambre e incluso, la popular caminata Mojanda arriba, del 31 de octubre, termina siempre en una de las esquinas más tradicionales del Valle del Amanecer.


Entre risas recuerda algunas anécdotas, como los voladores que entraron al colegio de las monjas marianitas. Mientras muestra con orgullo un niño Jesús, con ropas relucientes, que es el invitado principal de apoteósicos Pases del niño, habla de una época en que su madre escogía los granos del maíz. Ahora, su hija, Anita Albuja, es la tercera generación de un legado que viene de los tiempos en que las mujeres frente al mar entrelazaban finas cabelleras, allá en Valdivia. (I)

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Don Alcides Montesdeoca, el antiguo creador de imágenes de San Antonio

Ibarra.-

Una llovizna insistente caía sobre los tejados y sobre el ángel de piedra del parque, que perdió un ala con el tiempo. La noche no parecía áspera hasta que unos gritos desde la calle despertaron al escultor Alcides Montesdeoca, en San Antonio de Ibarra, en la década de los tumultuosos sesenta, del siglo pasado. Entreabrió la ventana. Afuera, un hombre de sotana clamaba ser oído.

El artista pensó en un robo, pero ante la insistencia abrió la puerta. El párroco tenía un rostro desencajado y la lluvia en su cabellera alborotada lo tornaba más deprimente. A lo lejos, el sonido de las campanas parecía ir más allá de los callejones, incrustados en las faldas del monte Imbabura. Un relámpago se escuchó a la distancia…

—Los indios casi me matan a pedradas, alcanzó al balbucear el clérigo. Después, más tranquilo, relató que venía del sector de Cajabamba, en Chimborazo. En una malhadada procesión, el santo de palo, San Antonio, aquel que batalló contra las tentaciones, había sufrido un accidente consistente en un brazo averiado y el rostro casi irreconocible.

—Tiene que salvarlo, le dijo el cura, con una voz suplicante pero impositiva.

Ante la insistencia de la obra pía, el maestro no tuvo más remedio que embarcarse, con lo más elemental de sus herramientas, hacia la profundidad de la noche. Cuando llegó a la Sierra Central, los indígenas le prodigaron con gallinas, huevos, manzanas, como si fuera la fiesta de la Entrada de Rama, para asombro de los seminaristas de Quilmer. Montesdeoca revisó el daño y, aunque no les dijo, comprobó que el santo estaba hecho de humilde palo de balsa.

Acostumbrado al tallado en finas maderas de nogal y cedro, supo que habían engañado a los indios como si se tratara de un relato más de esa denuncia que es el libro Huasipungo, de Jorge Icaza, donde aparece la tríada opresora: el patrón, el teniente político y taita cura. Cuando terminó la labor, el santo quedó mejor que antes, merced al policromado y una que otra madera fina. De pronto, un indígena de poncho rojo se hincó ante el maestro y le besó la mano, como símbolo de agradecimiento.

Después, entre todos, sacaron al imaginero en hombros, como si él mismo fuera otro santo milagrero, ante la mirada atenta del cura, quien pudo respirar tranquilo pensado, acaso, en las futuras misas. Esta es una de las historias que relata Montesdeoca, de sonrisa amable, mientras mira de reojo a una virgen de guedejas rojizas y de ojos tristes.

San Antonio debe sus tallados en madera a una tragedia. Tras el terremoto de Ibarra, de 1868, las imágenes religiosas de las iglesias también se destruyeron. Tras unos años, el discípulo de la Escuela Quiteña, Javier Miranda encontró al hábil y joven pastor Daniel Reyes y lo llevó a Quito para que aprendiera el oficio donde el maestro Domingo Carrillo. Fue esa generación, que incluye a los antepasados de Montesdeoca, quienes iniciaron el trato con el arte.

Las caras de sus santos y de sus vírgenes, a diferencia del canon colonial inspirado en rostros italianos, están basados en la gente común, que este artista observa con detenimiento.

Su imagen preferida es Nuestra Señora de Coromoto, en el pueblo venezolano de Guanare, que recuerda la “conversión” del cacique Coromoto quien, tras ser mordido por una serpiente y perseguido por la selva en el siglo XVI, pasó a llamarse Ángel Custodio, colaborando en el bautizo y opresión de los suyos. De las esculturas coloniales es indudable su aprecio por las obras de Caspicara, de los crucifijos excelsos, o Bernardo de Legarda, quien puso alas a la virgen.

Su obra está tan extendida en el país que podríamos hacer una cartografía de cada uno de los pueblos donde admiran su delicado oficio. En el exterior, tiene predilección por las andas de Semana Santa que hizo para la devota Popayán, llamada también Ciudad Blanca, como Arequipa, en Perú.

Cree que la religión es la conciencia de uno mismo y que no hay mejor momento para encontrar la soledad que frente al paisaje del Taita Imbabura. Nació en 1930, se casó con Margarita Villarruel y tiene 5 hijos, aunque lamenta la pérdida de Carlos. Debe ser por eso que aprecia La Piedad, la obra de Miguel Ángel Buonarroti, quien pintó la Capilla Sixtina con cuerpos desnudos, tapados después por un pudoroso papa.


Sus medallas y condecoraciones, como todo hombre sencillo, están regadas por su taller. Este artista incansable parece seguir los preceptos de los griegos que pensaron que la belleza era la justa medida entre la proporción y la armonía.


A veces, piensa en sus imágenes que también hacen milagros. Mientras devasta, con una gubia, la madera del rostro de un Jesús resucitado, una Virgen morena, de ojos inquietos, parece sonreír levemente. (I)
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