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lunes, 2 de junio de 2025

Inauguración de la muestra pictórica "Ancestral" de Diego Sierra

 



El viernes 30 de mayo, el mundo de las artes se enriqueció con la apertura de la esperada muestra pictórica titulada "Ancestral" del talentoso artista Diego Sierra. La inauguración tuvo lugar en la sala de exposiciones Rafael Troya, donde asistentes y amantes del arte pudieron apreciar una colección que celebra y honra las raíces culturales y la historia ancestral a través de la mirada única de Sierra.
La exposición presenta una serie de obras vibrantes y llenas de significado, que invitan a reflexionar sobre nuestras tradiciones y el legado de las generaciones pasadas. Diego Sierra, conocido por su estilo y su profunda conexión con la cultura, expresó su entusiasmo por compartir su visión con el público: "Esta muestra es un homenaje a nuestras raíces, a lo que nos define y nos conecta con nuestro pasado."
La exposición estará abierta al público hasta el próximo mes, ofreciendo una oportunidad única para explorar y apreciar la riqueza de nuestras tradiciones a través del arte.
¡No te pierdas la oportunidad de visitar la muestra pictórica "Ancestral" y sumergirte en un mundo de colores, historia y cultura!
 
 
 

domingo, 16 de febrero de 2025

“Sueños en la montaña”, la música telúrica de Eduardo Florencia


 



Juan Carlos Morales Mejía
Escritor e historiador


Dos temas son recurrentes en la literatura: la historia de un personaje que se va y otro que –después de muchas desventuras- regresa. Es el caso de Ulises escuchando el ulular de las sirenas mientras añora a Ítaca, bajo el influjo del lienzo de Penélope; es Don Quijote volviendo derrotado sin el amor de Dulcinea, mientras queman su biblioteca llena de espíritus hechizados, es César Dávila Andrade cantando lejos de su tierra Catedral Salvaje.

En la música –ese arte inasible porque no podemos describir el argumento- estos temas también son eternos, por eso Borges en el poema Los Justos, que habla de las personas que se ignoran y salvan al mundo, escribe: “El que agradece que en la tierra haya música”; en otra parte recuerda que el crítico austríaco Hanslick escribió que la música es una lengua que podemos usar y entender, pero que no podemos traducir y que por eso todo arte aspira a la condición de la música, como señala Walter Pater porque “La melodía, o cualquier pieza musical, es una estructura de sonidos y pausas que se desarrolla en el tiempo, una estructura que, a mi parecer, no puede dividirse. La melodía es la estructura, y a la vez las emociones de las que surgió y las emociones que suscita”, sugiere el texto Pensamiento y poesía, de Jorge Luis Borges.

Es con estos dos argumentos que es posible acercarse a la obra Sueños en la montaña - Op. 135, de Eduardo Florencia (Guayaquil, Ecuador, 1985), un pasillo –el ritmo tradicional ecuatoriano declarado junto a sus textos como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2021. Este neo pasillo con la impronta de un estudio para piano, es parte de un anhelo de Florencia de llevar a este ritmo, aún no conocido ampliamente, a dialogar con el mundo, de allí que se presentará en la babilónica Nueva York. El tema es además una música modal con contrapunto creativo y severo que –como se ha dicho en estas líneas- no es posible describir, aunque sabemos anecdóticamente que tiene un alto grado de dificultad para su ejecución.

Si juzgamos por el título de Sueños en la montaña - Op. 135, estaría en la mitad de la epopeya del héroe, quien siempre busca el encuentro consigo mismo bajo el esplendor de mirar al fin el paisaje porque siempre imaginamos a Zaratustra de Nietzsche encontrándose con el viejo sabio, con la certeza de los ídolos caídos o ese haiku del siglo XVII de Kobayashi Issa: “La lejana montaña / se destaca en los ojos / de la libélula”.

Pero el ritmo del pasillo, al igual que los volcanes telúricos de Ecuador que además son deidades, tiene una historia llena de resplandores. En una de sus épocas, llegó el nacionalismo musical con el propósito de recuperar lo vernáculo frente a lo visión europeizante bajo la luz del liberalismo, a inicios del siglo XX. Esto impulsaría a que la siguiente generación se abocara a darle al pasillo una característica identitaria, a la par que desde lo popular los músicos llevaran la poesía a otras lindes. Esto es vital, porque aunque el pasillo nació en los salones –se dice que Simón Bolívar, El Libertador, era un buen bailarín- pasó por la academia y lo popular y, en nuestros días, dialoga con otros ritmos, desde el jazz a la llamada música clásica, algo predecible en todas las músicas del orbe. Así, el pasillo se constituye en la música del desarraigo, de la añoranza; mientras que el pasacalle es una suerte de arraigo, del amor al terruño. Pero, como se sabe, los caminos del arte están en ruptura, aunque eso signifique –en un mundo de vértigo- volver a escuchar lo que nos decían los antiguos.

Eduardo Florencia también, en sus periplos musicales, tuvo que sortear geografías y éstas dejan su impronta. Acaso de su estudio profundo del piano, para esta obra en particular, la influencia de música clásica rusa esté presente: Serguéi Rachmaninoff, Aleksandr Skriabin o Nikolái Médtner (a veces, una sola línea de un poema ha tenido que viajar desde las figuradas y duras estepas que fueron las penurias de estos músicos nacidos en el siglo XIX hasta los páramos andinos, y ese periplo lo justifica). Por lo demás, los posrománticos rusos, de cierta manera, también padecieron la añoranza de un imperio que se desmoronaba, Rachmaninoff mismo era un aristócrata en decadencia y por eso mismo su música guarda ese último resplandor.

Sueños en la montaña - Op. 135 es una música que no trae la nostalgia, sino que desde su torbellino nos alienta a la reafirmación de este país de volcanes telúricos, algo que debió sentir, supongo, Alexander von Humboldt perdido en las nieblas del Chimborazo o ciertos párrafos del poema mayor Catedral Salvaje, de César Dávila Andrade: “Amauta poderoso / todo verdadera canción es un naufragio”. Porque así es la música, inasible y cada oyente le confiere sus propios símbolos. No es casual que Florencia, hace poco, estrenó el poema sinfónico “De frailejones y cóndores” - Op. 76, y que cuente entre sus maestros y amigo como es Gerardo Guevara quien nos legara la memorable pieza música El Espantapájaros. Ya vendrá para este joven Florencia, compositor residente de Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador (OSNE), nuevos desafíos en su viaje para desentrañar del país profundo para que el pasillo sea más cósmico. “Para hablar bien del Universo, solo precisas hablar bien de tu propia aldea”, sentenciaba León Tolstói.

Como dijo Schopenhauer, la música no es algo que se agrega al mundo; la música ya es un mundo, nos recuerda otra vez Borges, quien compuso letras para milongas en su poemario Para las seis cuerdas. De esas polifonías esta hecha la obra de Florencia, y precisamente su signo cosmopolita (no hay que olvidar a sus ancestros sefardíes) hace que sus pasillos puedan ser escuchados por quienes, como dice el poema, agradezcamos por la música. Con el tiempo, su música burlará a los aduaneros de la crítica cuando este mundo que nos ha tocado vivir asista a la disolución de las fronteras. 
 
 
 

 
 
"Concierto del 16 de febrero de 2025 con la Orquesta Sinfónica Académica de Tomsk Rusia. 
Transmisión y grabación audio y video por la Sociedad Filarmónica Estatal Regional de Tomsk."
 

 


martes, 14 de enero de 2025

La Capilla de Cantuña, 2025/01/14





A veces, la mitología está basada en hechos reales, como el famosísimo pacto con el diablo, en la época colonial. Así, Francisco Cantuña Pillapaña, nació en Sangolquí, alrededor de 1629 y murió en 1701, que produjo múltiples versiones del mito más conocido del país.
 
Susan Webster señala: “El maestro herrero indígena Cantuña vivió una larga vida que combinó éxitos profesionales y devociones piadosas, con tragedias familiares. El Cantuña del siglo XVII era un renombrado maestro herrero y cerrajero quien llegó a poseer prestigio social, riquezas abundantes y extensos bienes muebles”.
 
Cantuña, quien vivía en las prestigiosas calles Chile y Mideros, fue benefactor de la capilla dedicada a la Virgen de los Dolores, en la parte sur de San Francisco, aunque antes se llamaba de la Vera Cruz de los Naturales, pero que afortunadamente el pueblo, en sus disputas de las nomenclaturas, terminó llamándola Capilla de Cantuña.
 
Sabemos por el testamento de 1699 que poseía dos casas de alto, con seis tiendas y trastiendas, en el barrio de La Merced entre otras propiedades, con un estimado de bienes por 6.000 pesos, una fortuna para la época donde un herrero promedio ganaba 90 pesos al año, es decir comparativamente 66 años aproximadamente de la vida de alguien del gremio.
 
En esta imagen en la capilla, el historiador Juan Carlos Morales Mejía, quien ha seguido la pista de este personaje y –al fin tras siete años- da por concluida una investigación que incluye el sitio donde falta la última piedra.
 
 
 
 

sábado, 23 de noviembre de 2024

Buscando a Pedro Páramo




El viaje en autobús Greyhound desde Nueva York tomó dos semanas. Era 1961 y había que pasar por las sureñas estancias ocultadas hábilmente por William Faulkner. Al arribar en tren a la Ciudad de México lo recibió su compadre –quien además había costeado el viaje para toda la familia García Márquez- y le aventó un libro con una mirada cómplice, ante la insistencia de qué le recomendaba leer. “Léase esta vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe”, le dijo. Desde ese día, algo de su sonrisa se le fue a Gabo. La obra –de apenas 100 páginas- era Pedro Páramo, del lacónico Juan Rulfo. Cuentan que el autor de la Mama Grande recitaba párrafos de memoria de este libro poblado por fantasmas. Desde la Metamorfosis, de Franz Kafka, leída hace 10 años, nada le había conmovido tanto. Aquí un párrafo:

Ni siquiera hice el intento: “Aquí se acaba el camino –le dije-. Ya no me quedan fuerzas para más”. Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilillo de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.

Borges, citando a Emir Rodríguez Monegal, nos da pistas para entender este misterioso libro: “La historia, la geografía, la política, la técnica de Faulkner y de ciertos escritores rusos y escandinavos, la sociología y el simbolismo, han sido interrogados con afán, pero nadie ha logrado, hasta ahora, destejer el arco iris, para usar una extraña metáfora de John Keats. Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas en lengua hispánica, y aún de la literatura”.

Siempre hay que volver a esas páginas, para sentir el vacío de un zaguán donde una alma atormentada nos espera por siempre. Tal vez sea una de las maneras de encontrarnos con nuestros muertos, con quienes no pudimos decirles un par de cosas ahora que tenemos el coraje de los difuntos.

Texto: Juan Carlos Morales Mejía
Fotografía: Juan Rulfo
 
 
 

sábado, 14 de septiembre de 2024

lunes, 15 de julio de 2024

Quitumbe, el origen de Quito




Juan Carlos Morales Mejía
José Villarreal Miranda (ilustración Quitumbe, detalle)

Cuando Quitumbe abandonó el mar, aún los gigantes de Sumpa (provincia de Santa Elena) merodeaban los pozos de su hermano menor Otoya, antes de deborarlo. Las tribus estaban en disputa: unos era guerreros y pastores, los otros agricultores. Para buscar otros caminos, Quitumbe dejó a su esposa Llira y su futuro hijo Guayanay (traducido en las crónicas como golondrina) y en la isla Puná descubrió al maíz, al que hay que moler con cuidado.

Mas, como el destino es de los elegidos, continúa por abruptos parajes –por la ceja de montaña y los bosques nublados- hasta llegar a un lugar donde un volcán siempre está despierto. Allí, en medio de las quebradas funda Quito, donde tiene un hijo: Thome, quien posteriormente inventará las armas de combate.

Sigue la línea de su padre, Tumbe, de fundar poblaciones y va hacia el sur y surge Tomebamba, pero continúa hasta levantar el templo a Pachacama y establecer regadíos, según relata el quipucamayo Catari. Con el tiempo, los descendientes de esa primigenia isla fundarían el Cuzco. Sus descendientes, los astutos incas que necesitaban poseer un imperio, volverían a adorar al sol en Quito, trayendo chaquiras de concha Spondylus, de los mares de sus mayores de la mítica Sumpa.


Bibliografía. Coronel Valencia, Valeria, Quitumbe, de la narrativa contrarreformista a la genealogía regional de Manco Cápac, Revista Quitumbe, número 10, 1996
 

domingo, 24 de marzo de 2024

Joselo: Trueque en Pimanpiro








Antes del alba, Joselo y su familia viajan desde su tierra de papas, cerca a Ipiales (Nariño, Colombia) sobre los 3000 m.s.n.m., hacia Pimampiro (Imbabura, Ecuador, 2.165 m.s.n.m.) para llegar al trueque, una práctica milenaria entre caranquis y pastos, que se celebra ahora días antes del Domingo de Ramos, donde se prepara la fanesca de 12 granos.

En el “cambeo”, como también se llama y que ha sido declarado como patrimonio cultural inmaterial de Ecuador, confluyen varias etnia. No hay moneda que sirva, así algunas decenas de papas de Joselo han sido cambiadas por un racimo de plátanos de la zona de Lita a 550 m.s.n.m. La microverticalidad es el secreto del país, una práctica de complementariedad de los diversos pisos ecológicos, según investigación de Frank Salomon. La Municipalidad de Pimampiro apuesta por estas manifestaciones de la cultura popular que nos enseñan que las fronteras no existen, como bien lo sabían nuestros abuelos andariegos.


Fotografía y texto: Juan Carlos Morales Mejía / Editorial Pegasus
https://www.instagram.com/p/C453nr4L-hY/?igsh=ZWsybml5dXpraGh3

viernes, 1 de marzo de 2024

De paseo con bandolín




 
Esta fotografía de Ibarra, Ecuador, en el primer tercio del siglo XX, es un agasajo para los antropólogos. En primer término, por un dato marginal, sabemos que es el gremio de los carpinteros que va de paseo, junto a sus esposas e hijos, todos acicalados como si fuera domingo, con sombreros y los jóvenes con gorras. El otro punto, si el lector lo observa, es un pondo (vasija) de chicha, servido además en un pilche (recipiente hecho con media calabaza, que proporciona un sabor único).

La chicha de maíz es milenaria y aún es común en la provincia de Imbabura, como la jora o el yamor, aunque en Ibarra también es frecuente la de arroz con sus hierbas aromáticas. Se encuentran además los sabrosos choclos por lo que debe ser febrero o marzo y, a lado derecho, una botella acaso del famoso Mallorca, porque tiene etiqueta y era entonces habitual para ocasiones especiales.

El otro punto, además del cachorro indiscreto, está en los instrumentos musicales: dos guitarras y, a juzgar por los clavijeros, podría tratarse de una bandurria, un instrumento de 12 cuerdas emparentado con el laúd español y que, etimológicamente, proviene de pandura, literalmente Pandora, aquella del mito griego. Esta bandola andina, como se aprecia en la imagen aunque también puede tratarse de un bandolín de 15 cuerdas, está en armonía con un rondador que, junto a los pingullos, son auténticos aportes musicales de los pueblos originarios de nuestro país. ¿Qué música tocaban? Es probable que sanjuanitos.

En fin, los carpinteros en esta época eran hábiles en la fabricación desde mesas hasta los famosos armarios charolados, en arduas jornadas no exentas de tensiones con los clientes apurados. Claro, deben esperar, porque hoy el gremio está de paseo tomando una buena chicha fermentada y cantando para espantar a las desventuras.

Texto e investigación: Juan Carlos Morales Mejía. Muestra Ibarra: a inicios del siglo XX, fondo del Archivo del Municipio de Ibarra, exposición abierta en el museo Ministerio de Cultura, calles Sucre y Oviedo, Imbabura, Ecuador.
 
 
 
 

jueves, 29 de febrero de 2024

Paseo a Yahuarcocha / Ibarra, Ecuador



 
Un paseo obligado de las familias ibarreñas, en la segunda mitad del siglo XX, era ir a la laguna de Yahuarcocha, especialmente en la época de guabas. También existían canoas para navegar en sus entonces límpidas aguas. A veces, la tragedia también se instalaba en este espacio, como la ocasión que unos seminaristas perecieron. De allí se entiende esta parte del poema a la laguna de Carlos Suárez Veintimilla, testigo de primera línea: “Las totoras que saben / de ahogadas historias / y de leyendas naufragas...”

Esta fotografía de cacería de patos, como era usual en la época, pertenece a la exposición Ibarra: a inicios del siglo XX, del historiador y fotógrafo Juan Carlos Morales Mejía, que se exhibe en los corredores  del museo del Ministerio de Cultura, calles Sucre y Oviedo.

La imagen pertenece al fondo Rosales-Durán, prestigiosa y filantrópica familia ibarreña, con ancestros como Rosalía Rosales Félix, quien donó los terrenos para los lasallanos, o Rafael Rosales Félix, liberal y destacado ibarreño propulsor de la modernidad. Su nieta, Diana María Ávila Rosales comparte generosamente el álbum familiar de sus ancestros navegando en la laguna.

@pegasusecuador
https://www.instagram.com/p/C37nqSgrecV/?igsh=MXYwODdnaWl4ZDFnNg==

domingo, 16 de abril de 2023

Mitología de Ecuador



"Imagínese a un historiador que ha preferido investigar a duendes, montes telúricos, brujas, almas en pena, gigantes devorados en lagunas, pactos con el diablo, colibríes que entregan el fuego a los shuar, en lugar de las batallas, estatuas y medallas.

Juan Carlos Morales Mejía (Ibarra, 1967), realiza desde hace 25 años el proyecto Mitologías de Ecuador, para Editorial Pegasus, con la publicación de una decena de libros, videos, cantatas para devolverle a su país la otra historia, lejos de las ofrendas florales de los monumentos de bronce, porque las mitologías –llamadas también leyendas- siguen vivas en el Ecuador profundo.

Morales, magister en Cultura, viaja por los pequeños pueblos, investiga documentos, teoriza sobre la importancia del mito y dice que Ecuador, al ser tan diverso culturalmente, tiene muchos relatos para contar al mundo. Con más de 150 mitos escritos, desde la vertiente de la literatura, también ha logrado –con el concurso de varios pintores- recrear por primera ocasión, desde la rigurosidad académica, nuestros seres fantásticos. Ahora, junto con el ilustrador Roger Ycaza –y tras siete años de trabajo- está listo para devolver en una versión contemporánea el mito más conocido del país: Cantuña y los diablitos que levantaron el atrio de San Francisco, en la ciudad eterna de Quito. Un país sin memoria anda a tientas frente al acantilado, sentencia este autor que nos convoca otra vez a la hoguera para escuchar a nuestros ancestros."
 
 
 
 

lunes, 10 de octubre de 2022

Danzantes de Pujilí


En la casa del poeta Juan Carlos Morales Mejía habitan los danzantes de Pujilí, acaso la fiesta más vistosa de Ecuador en las Octavas del Cospus Christi, ahora convertida en un pastiche. Recuerdan a las figuras precolombinas de la cultura Jama Coaque (350-1532 de Nuestra Era), donde sobresalen las figuras de los chamanes, con sus animales sagrados como el jaguar. En el traje de 12 piezas –desde cascabeles a alfangues- destacan los espejos y sus plumas de colores. Se dice que el baile acompasado representa a un cóndor y está vinculado al agradecimiento a las cosechas, en la época de solsticio, una celebración milenaria anterior a la llegada de los incas e ibéricos.
 
En esta fotografía, con lente macro, se ha colocado de fondo una pintura llamada naif (ingenua) de Tigua, de Juan Luis Tituaña. Curioso, esa mismo “primitivismo” que buscaba Paul Gauguin en Tahití, es decir la ruptura de la perspectiva ideada en el Renacimiento. La fotografía en Ibarra, entonces, muestra la figurilla adquirida en La Victoria, Cotopaxi, bajo el esplendor del color andino de la pintura de Tigua, un Arte genuino lejos del canon oficial.

 

 

domingo, 17 de julio de 2022

Caballos musicales




¡Los caballos eran fuertes! / 
¡Los caballos eran ágiles! / 
Sus pescuezos eran finos y sus ancas / 
relucientes y sus cascos musicales… 
 
Así inicia el poema Los caballos de los conquistadores de José Santos Chocano, una loa a los tiempos de los señores de la Espada.

Ahora, en la comunidad de La Rinconada, asiento vital de los Caranquis –constructores de tolas y señores del maíz-, los descendientes de los pueblos originarios también tributan sus loas a San Juan, en la fiesta del Solsticio o Jatun Punlla (el día grande), que algunos confunden con el cuzqueño Inti Raymi. 

En la provincia norteña ecuatoriana de Imbabura, los montes tutelares como el Taita Imbabura y la Mama Cotacachi son aún deidades y se confunden con los santos que trajeron los señores de la Cruz y los caballos llevan a gráciles muchachas en lugar de hombres con corazas oscuras. 
 
Y, claro, los cascos de los caballos –con mantas de agradecimiento por las cosechas- aún son musicales, llevados por las Señoras del Maíz y de la chicha de siete granos, con sus trajes bordados de flores silvestres y sombreros con pluma de pavorreal.

jueves, 31 de marzo de 2022

El viaje a la semilla

 



Hay varias imágenes de la escuela lasallana, en Ibarra, Ecuador, que permanecen en mi memoria. Recuerdo que el plantel Instituto Rosales estaba a dos cuadras de casa y debo decir que nunca sentí ese “vigilar y castigar” a lo Foucault, porque –dicho sea de paso- jamás me preocuparon las tareas o doctrinas, porque estaba enfocado en una cabaña que construyó mi abuelo, donde pasé las mejores aventuras de la infancia, con disfraces inspirados en los cómics que, sin lugar a dudas, son la mejor puerta que tuve para entrar a casi todos los libros de Julio Verne y embarcarme directo al centro de la Tierra o viajes interplanetarios o el último faro del fin del mundo. Además, los profesores tenían aún esa pasión por enseñar, aunque con los rigores de la época. El hermano director Efraín Ortega, era como un pingüino alto y amable y los amigos de esa infancia son auténticos como el primer día de recreo, que se comprobó en la reunión de marzo.

Por elección paterna, mis hermanos y yo crecimos sin televisión, por las lecturas pioneras a Marshall McLuhan, así que debo confesar que mi imaginación estaba concentrada a descifrar el libro de las Mil y Una Noches, más que en las marcas que de manera brutal comenzaron a filtrarse en las pantallas del orbe, a finales de la década del 70.

 

 

Así, inician estas imágenes que aún perduran: un Supermán en blanco y negro que debía retroceder para tomar viada, los viernes por la tarde en el cine que sabiamente los hermanos lasallanos había instalado; las filminas de la animales prehistóricos que el profesor Fausto Chiza proyectaba ante el asombro de descubrir por primera ocasión la cámara oscura un invento que, después supe, también está atribuido a Leonardo da Vinci, aunque lo sabían ya los griegos; el terrorífico calabazo –al que nunca nos encerraron- pero que según decían vivía una araña gigante; el melodio, esa suerte de órgano de fuelle, ubicado al final de la capilla, donde intentaba sacar las notas de Pescador hombres: Tú has venido a la orilla / no haz buscado ni a sabios ni a ricos / tan solo quieres que yo te siga, que después supe que estaba en do mayor; el temible tablón de la piscina donde nos zambullíamos como si fuéramos torpedos de la Segunda Guerra Mundial; los innumerables santos del conserje Miguelito, que tenía –literal- más imágenes que la propia capilla; el juego de indorfútbol organizado por el profesor Pedro Troya, cuando no sabía ni de la existencia de Pelé; la fila que formábamos para recibir en pan con plátano que era más sabrosa que una langosta, que nunca había probado sino años más tarde; el miedo de encontrar a los gemelos Obandos quienes me hacían lo que ahora llamamos Bullying, cuando descubrieron que mi hermano mayor César Augusto –quien me defendía de estos tunantes- ya había pasado al colegio; el juego de los carros en una pista –en verdad era una jardinera- que era –para nuestra imaginación- más grande que la de Yahuarcocha, donde nuestro héroe Fernando Madera hacía rugir los motores y leíamos Kalimán, soñando ya mismo tener el tercer ojo y llegar directamente al Tíbet; el tiempo detenido ante un silbato del profesor Ricardo Garzón, mientras uno sudaba y se desmayaba llevando el enorme redoblante, cuando lo más sensato habría sido elegir la flauta, aunque creo que eso no había; el intrigante juego de chullas y bandidos donde yo, disculpen la confidencia, hacía las veces de espía doble, porque ya había iniciado las lecturas policiales; el traje de ángel, para no se qué pase del niño, que ahora entiendo me persigue por esa manía de volar; las sabatinas, con mínimas intervenciones musicales, y después unos desayunos propios de las Mil y una Noches; los primeros palotes, las nunca entendidas clases de los números primos, como si fueran parientes, los mapas que nos abrían mundos; los poemas que aprendí de Carlos Suárez Veintimilla, para un concurso que convocaron en quinto grado, con el profesor Aníbal Muñoz, y aunque lo puedo recitar de memoria, no sé hasta ahora cómo la burocracia educativa nos dejó con los churos hechos: Campos colgados de paz de luz y escarcha / ante los ojos niños / de la azul madrugada, después yo mismo publicaría un libro de este extraordinario poeta; la visita a mi casa para mostrarles la cabaña que el abuelo había construido, junto con unos antifaces del Llanero Solitario; la aventura de ir en bicicletas a la remota Yahuarcocha; las carpas de andinismo raídas de las aventuras inconclusas de mi padre César, los paseos a Cachimbiro donde yo, como siempre, caía por una zanja; el olor del dulce de higos que enviaba mi madre para compartir con los amigos; y de pronto, un día, como si el mundo se hubiera detenido, el alejamiento hacia el colegio, eso sí llevando el alma de niño en bandolera, como su fuera un pirata de un solo ojo perdido en la última isla, a punto de encontrar a los dragones que nos robaban el sueño, porque como dice la poeta Premio Nobel de Literatura, Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”.

No es hasta ahora, que entro en plena conciencia lo determinante que ha sido estudiar donde los Hermanos Cristianos. Acabo de hacer una letra, para un proyecto sobre migración, de los hermanos venezolanos (no hay que olvidar que tres millones de nuestros compatriotas también migraron en la crisis bancaria), donde una parte dice así: Por desiertos caminé / con hambre bajo el sol / un peregrino encontré / dentro de mi corazón.

 

https://www.youtube.com/watch?v=cFOxs9ww3aQ

 


 

Como notarán, es un homenaje a la canción que cantábamos siendo niños, con el libro Ritmos del Pueblo de Dios, que estaba vinculado a la visión progresistas de la Iglesia Católica, algunos de los cuales apoyaban abiertamente la Teología de la Liberación: No podemos caminar / con hambre bajo el sol / danos siempre el mismo pan… con letra de Martín Calvo. Hay que ir hacia los orígenes, un viaje a la semilla. Se sabe, que la congregación de los Hermanos lasallanos busca la transformación de la sociedad por medio de la educación, sobre todo para aquellos que sufren mayor pobreza y vulnerabilidad. Fue fundada por Juan Bautista La Salle y aprobada por el papa Benedicto XIII el 26 de enero de 1725 y en la actualidad tiene 5.600 hermanos, 60.000 colaboradores seglares, cerca de un millón de alumnos en 85 países. Se puede leer en una memoria escrita en Ruan en 1721, dos años antes de la muerte de La Salle, lo que él había concebido desde 1679, en Francia: “Tuvo la idea de crear escuelas en las que los hijos de los artesanos y de los pobres aprendieran gratuitamente a leer, escribir y aritmética, además de recibir una educación cristiana… Con este propósito reunió a un grupo de jóvenes solteros. Trabajó para hacerles vivir de un modo coherente con el fin de su Instituto, y para renovar la vida de los primeros cristianos”. Es en este último párrafo donde parece estar la clave, porque dentro de la propia Iglesia han existido órdenes más proclives a seguir la esencia del hombre que camina por las aguas y otras que incluso han bendecido ejércitos y han acumulado oro (no es casual que los lasallanos, al igual que los franciscanos de sandalias, están enfocados en las misiones y procuran llevar una vida austera, a diferencia de otros tonsurados y su boato).

El otro punto vital está en recordar que nuestra escuela fue edificada en los terrenos donados por opulentas familias de Ibarra quienes, en esa época, tuvieron el mérito de velar por la educación, como es el caso de Rosalía Rosales de Fierro, pero también Pedro Moncayo, quien entregó parte de su fortuna para la primera escuela de niñas, así como los filántropos Martín Sánchez y José Manuel Cifuentes quienes cedieron sus bienes materiales “para la educación gratuita de la juventud ibarreña”, en la primera mitad del siglo XIX.

Así que estos datos configuran los motivos para que en nuestra escuela existieran desde sus orígenes niños de diversas geografías y culturas, de múltiples etnicidades quienes son el reflejo de lo que es nuestro país, Ecuador. Esta inclusión, en un país marcado por el racismo y las clases sociales, es un faro presente en la amistad desbordada en el encuentro, tras décadas.

Hay que recordar entonces el tema de Joan Manuel Serrat: Tenía diez años y un gato / peludo, funámbulo y necio, / que me esperaba en los alambres del patio / a la vuelta del colegio… Al viento los ombligos, / volaban cuatro amigos, picados de viruela / y huérfanos de escuela, / robando uva y maíz, / chupando caña y regaliz. / Creo que entonces yo era feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 8 de enero de 2022

Viaje del caracol - Heliconia

 


 

 Viaje del caracol, es un proyecto de Heliconia (Ibarra, Ecuador) sobre el tema migratorio y la diáspora venezolana, con el auspicio de la Organización Internacional para las Migraciones, OIM y la oficina de Población Refugiados y Migración, PRM, con personas privadas de la libertad y en movilidad humana, en Carchi, Ecuador. Es un canto de esperanza, en un mundo que requiere más puentes y menos muros. El proyecto Humanizarte, de Heliconia, es auspiciado por la Organización Internacional para las Migraciones, OIM. La OIM no se responsabiliza por derechos de autor y términos de uso. Agradecemos la participación de los hombres y mujeres del Centro de Privación de la Libertad de Personas Adultas CRS, Tulcán, Carchi, Ecuador, por contarnos sus historias, además de quienes contribuyeron con las frases para el hip hop. Las fotografías documentales pertenecen a Juan Carlos Morales Mejía. pegasusecuador@yahoo.com Letra "Viaje del caracol" ​De Maracaibo yo salí, la gaita y tambor canté, cómo olvidar mi raíz: la vaca Mariposa y su terné Por desiertos caminé con hambre bajo el sol un peregrino encontré dentro de mi corazón. Como si fuera un caracol por el camino voy yo no sé, si un día veré el monte de Sión Pregunta a tus abuelos si miraron a las estrellas cuando tuvieron sueños cobijados por tierras que yo dejé Nunca mires pa otro lado, las huellas hay que sentir, los ancestros han dejado para que estemos aquí. Y si levantamos más puentes en lugar de muros y si un día en las fuentes bebemos juntos Créditos Letra: Juan Carlos Morales Mejía Música: Felipe Valencia Pabón Producción: Jossué Benavides Interpretación: Karolina Endara Mayor información: www.viajedelcaracol.com

 

 


 

sábado, 22 de agosto de 2020

Google Arte y Cultura

Google Arte y Cultura






 
"Google Arte y Cultura es una herramienta que le permite a sus usuarios explorar el amplio conocimiento detrás de las obras más reconocidas, los lugares más emblemáticos, los personajes icónicos y los sitios mas distinguidos.

Podrán descubrir las colecciones escogidas por expertos, que pertenecen a los museos más famosos.

Conoce y descubre las historias que se encuentran disponibles dentro de la colección de fotos, videos, manuscritos y obras de arte. Podrás recorrer a través de Street View, los diferentes lugares, reviviendo cada espacio y momento a través de un reconocimiento fotográfico de 360 grados, inmerso en una realidad mucho más sensorial que una simple imagen.

Esta herramienta ofrece una oportunidad para aquellos amantes de arte y la cultura de tener acceso a información de interés con alcance global."