sábado, 21 de abril de 2012

El último epitafio


Los epitafios son una suerte de proyección de una lápida. La lápida es una carta de presentación de los muertos.
Sin embargo, a veces, más allá de la tumba y de las fechas queda una sentencia. La última palabra. Acaso, el autor de Altazor -aquel de las golonniñas y de Isolda- nos dejó en Valparaíso una inscripción acorde a su vida: “Aquí yace el poeta Vicente Huidobro, abrid su tumba, debajo de su tumba se ve el mar”.
Los poemas de Quevedo siguen en el aire, en especial el dedicado al duque de Osuna: “…su tumba son de Flandes las batallas / y su epitafio la sangrienta Luna”. Este último párrafo, a juicio de Borges, es uno de los versos más memorables de la lengua española. Dice el autor de Ficciones: “¿Qué significa? Pensamos en la luna sangrienta que figura en el Apocalipsis, pensamos en la luna debidamente roja sobre el campo de batalla, pero hay otro soneto de Quevedo, dedicado también al duque de Osuna, en el cual dice: “a las lunas de Tracia con sangriento / eclipse ya rubrica tu jornada”. Quevedo habrá pensado, en principio, el pabellón otomano; la sangrienta luna habrá sido la medialuna roja”.
Se conocen muchos epitafios. Por ejemplo de John Keats: “Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua”. “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios”, de Lord Byron para su perro “Botswain”. Mas, el poeta fue más explícito para su propia lápida: “Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen, ¡oh!, humedece su polvo con una lágrima”.
“Conocí el bien y el mal, pecado y virtud, justicia e infamia; juzgué y fui juzgado, pasé por el nacimiento y la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mí”, de Hazrat Inayat Khan.
Algunos epitafios suelen ser igual de dramáticos como la vida de sus autores. Así, en la tumba de Virginia Woolf se lee: “En contra tuya volaré con mi cuerpo invencible e inamovible, ¡oh muerte!”. El verso de Quevedo, en su propia lápida, es contundente: “Qué mudos pasos traes, ¡oh! muerte fría, pues con callados pies todo lo igualas”.
Estas remembranzas son a propósito de una visita de campo al cementerio de San Diego, realizada el anterior sábado con Germán Ferro Medina, quien nos invita a mirar  estos lugares como una necrópolis, es decir, la ciudad de los muertos. Al final queda el aliento del epitafio del poeta Juan Ramón Jiménez: “...y cuando me vaya quedarán los pájaros cantando...”.
 
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