sábado, 30 de diciembre de 2017

Testamento al Año Viejo, 2017/12/28

En los tiempos antiguos el rayo era una deidad. Un día, fue Thor. Illapu, por estas tierras. Tras el relámpago aparecía el fuego. Nuestros ancestros, temerosos en las cavernas, protegían la espontánea lumbre. Algo cambió cuando este elemento pudo ser controlado. Un hecho significativo: en torno a la hoguera los viejos contaban sus historias para espantar al olvido.

Se crearon mitos. Para los griegos, Prometeo robó el fuego y lo entregó a los humanos. Zeus lo castigó dejando que una ave de rapiña lo picoteara sin piedad. En la cosmogonía shuar fue Jempe (el colibrí) quien hurtó el fuego del inframundo donde vive Iwia. Para esto se prendió sus alas.

Los ritos están intactos. Eso es la quema de los monigotes en Ecuador: la purificación. La promesa de días mejores, aunque con testamentos… un pueblo que se ríe de sí mismo, de sus desgracias. Atrás de estos elementos se destacan las máscaras, que son el ocultamiento, pero también la autoconciencia para subvertir el orden. Está el libro de Juan Lorenzo Barragán sobre las diversas caretas que pueblan este país de contradicciones. Constan para muchas festividades, pero la de los años viejos son memorables.

El otro trabajo de investigación de largo aliento de la cultura popular pertenece a Marcelo Naranjo Villavicencio, merced al Cidap. En esta época qué dicha mirar a los políticos reconstruidos y burlados por la astucia popular. Los fantoches elaborados con humilde aserrín esperan con paciencia el desenlace fatal en medio del estruendo de las camaretas.

Los orígenes son antiguos, tal vez de las saturnales romanas o de los antiguos celtas. Llegaron en silencio en las carabelas y, una noche, asaltaron las piadosas ciudades coloniales para tomarse los vecindarios, con viudas al fin travestidas. Ahora, los muñecos que “remedan” a los héroes de la cultura de masas son apropiados con nuevas simbologías. Ya son nuestros y barrocos. Qué nos importa si el hombre araña de papel periódico gastado y grumo se cuelga de los improvisados alambres en el suburbio de Guayaquil hasta volverse cenizas.

Pero el fuego no purifica todo, al otro día seguimos siendo los mismos. No somos el cambiante río que decía Heráclito. No somos uno de los elementos de Parménides. Pero estamos allí con nuestras máscaras -ya sin hilo- caminando por este ancho mundo fingiendo lo que no somos. Esperando al carnaval… Éramos una máscara, clamaba Martí.


Carta urgente a Papá Noel, 2017/12/21

Es inevitable, la memoria de la Natividad viene bajo el influjo de buñuelos con miel. Como nací en la época de novenas de ángeles y pastores, galletas en forma de animales, olor de palo santo, pesebres con su propia laguna de patos al mejor estilo barroco, el burrito sabanero y dulce Jesús mío (dicen que el padre Ascúnaga interpretaba en el órgano de San Francisco), chisperos, tamales… no soy proclive a los centros comerciales.

El pavo no me cae ni bien ni mal, aunque miro en las redes la campaña para que se consuma Mr. Pollo. De Papá Noel, he notado que tiene el traje de una bebida y que se ríe de manera anglosajona (jo, jo, jo), pero aprecio esa metáfora que es el libro Canción de Navidad, de Charles Dickens como una crítica al sistema industrial del siglo XIX, donde aparece el viejo Ebenezer Scrooge, un portento de la avaricia y el egoísmo. En el texto, llegan los diversos espíritus para mostrarle al vejete incluso cómo serán sus festividades del futuro. Allí encuentra un nombre familiar en la tumba abandonada. Después, es justo escuchar a Omo Bello cantar el Ave María de Bach.

Mas, como todos tenemos recuerdos, debo decir que el tema “El tamborilero”, esos compases como si fuera música cíclica, aún perviven: “… los pastorcillos quieren ver a su rey, / le traen regalos en su humilde zurrón”.

Por esta ocasión, no caeré en la tentación de seguir a Nietzsche y su crítica a la construcción judeo-cristiana de la caridad. Y eso, porque hace pocos días –como historiador que soy- recibí una llamada a medianoche. El Cabildo de la ciudad donde vivo había levantado un enorme pesebre, que incluía unos fabulosos camellos. La interrogante era si el niño Jesús debía reposar en una cuna o en el simple heno. Recordé, vagamente, la época franciscana del colegio y en cinco minutos, merced a internet, di con la respuesta. Al parecer, siguiendo la leyenda, el 24 de diciembre de 1223, san Francisco de Asís, amigo de los pájaros, organizó un pesebre en una cueva en el pueblo de Greccio prefigurando esa doctrina del perdón que puede anular el pasado.

Después, me informaron que consiguieron las pacas, supongo de cebada. Enseguida recordé que esa gramínea fue traída por fray Jodoco Ricke y que, según contaba el pícaro fray Agustín Moreno, sus cofrades construyeron una pequeña fábrica de cerveza. Eso me lleva a una pregunta paradojal: qué tal quedarán los buñuelos con la cerveza artesanal Caran.


El amigo del chuzalongo, 2017/12/14

Un día el abuelo Juan José decidió viajar para mirar el mar de sus mayores. Estaba obligado a pasar por Mojanda, donde según decían- estaban los Puchos Remaches que hacían fritanga de los humanos, para después servirles en espléndidas viandas a los incautos viajeros. Pero antes, había que pasar por Atuntaqui, donde eran famosos los arrieros, quienes emprendían largas caravanas y debido a la peligrosidad de los caminos hacían testamento.

Los arrieros eran gente honorable, decía el abuelo. En las largas jornadas estos hombres le contaban al abuelo muchas historias, como de la temible Caja Ronca y el diablo. Los arrieros ya no existen, pero quedan aún esas voces que se han transmitido para contarnos sus mitos. Y no solamente ellos, también los abuelos andinos nos relatan sus visiones del mundo: los aya humas, el cuichi, los chuzalongos (especie de duendes) son parte de una identidad del cantón Antonio Ante.

Aquí uno de esos relatos: Por encima del cerro anda el cuichi, dice Rosario, señalando con su mano las estribaciones del monte Imbabura. Hay quienes cuentan que le agrada ir hasta las vertientes o pogyos, como dicen los abuelos.

Se lo mira con su vestido de colores mientras -a la distancia- viene la lluvia. Más arriba hablan de que el cuichi persigue a los runas (hombres) que llevan ponchos rojos con franjas verdes. Pero lo peor es para las mujeres: si el cuichi atrapa a una, queda inmediatamente embarazada; y en lugar de cría, le nacen renacuajos y lagartijas. Por eso hay que estar prevenidos cuando se pasa cerca de una quebrada, cuando llovizna.

Es que, además, si el cuichi envuelve a una persona enseguida le crecen sarnas. Hay un remedio infalible: que un yachac -o brujo andino- bañe a la víctima con abundantes orines, además de envolverlo en denso humo. Por eso es mejor estar precavido y mirar bien hacia el monte Imbabura y hacia el cielo.

A veces, el cuichi se apodera de las vestimentas puestas a secar, cuenta Rosa Lema. Las eleva por los suelos en un ruido vertiginoso y solo el auxilio de varios hombres ha podido arrebatarle la ropa, antes de que la lleve a la cascada. Hay dos clases de cuichis. Aquel que aparece con sus siete colores, como un arco entre las colinas, y otro que es blanco, pero que se recuesta en el suelo como una gran manta.

Este último también se llama Gualambari y dicen que tiene tratos con los brujos. El cuichi es el arco iris, que anda como quiere por Imbabura.


Tres calles de Quito, 2017/12/07

Quito se viste de colores. Pero la fiesta debe también convocar a la memoria. Aquí, tres de sus calles emblemáticas. Fueron escritas para ser colgadas como pendones y por eso son crónicas mínimas. Después se transformó en el libro Quito: las calles de su historia, ilustrado por Mauricio Jácome Perigüeza y editado por Trama.

Primero la Venezuela: De plata fueron hechas las lunas menguantes para los pies de las vírgenes de madera. Los devotos iban a la Calle de la Platería para lograr favores a cambio de joyas. En 1613, el alguacil mayor de Quito, don Diego Sánchez de la Carrera, había llegado de allende el mar para decidir sobre la vida de los quiteños. Acaso quisieron halagarlo y la calle se llamó De la Carrera. En la misma calzada, Antonio José de Sucre construyó su casa, con indicaciones enviadas por cartas.

Unas balas de la infamia lo asesinaron en Berruecos, pero nadie olvida que de Venezuela también llegó el ejército libertario de llaneros. Ahora, la Rocafuerte: Desde la Mama Cuchara se divisan las cúpulas de tejuelos verdes de Santo Domingo. Desde allí hasta la plaza hay 37 pequeñas tiendas: sitio de encuentro de los vecinos. En las noches los niños de la calle Rocafuerte juegan canicas. Esa misma alegría que debió sentir Vicente Rocafuerte cuando gestaba un país llamado Ecuador.

En su calle, al pasar el arco de Santo Domingo, otra ciudad parece vivir un tiempo paralelo. Al cruzar la arquería, la urbe se transforma: más arriba -a la altura del Arco de la Reina- la calle respira incienso: son los bazares de trajes de oropel de niños dioses que viven una perpetua Natividad. Para concluir, una de las más representativas, como es la García Moreno.

En la colonia, el Corpus Christi era pomposo. Para los altares se levantaron siete cruces, con telas pintadas y brocados. Años después, Eugenio de Santa Cruz y Espejo -al amparo de la noche- colgaba panfletos libertarios: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto”, que significa: “Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres”.

Para el siglo XIX la calle se cubrió de sangre. Faustino Rayo, de catorce machetazos y seis balazos, ultimó al presidente Gabriel García Moreno, en una conspiración de varios frentes. A la altura de la Iglesia de la Compañía -de fachada barroca- está un corazón de piedra sin espinas: representa a la piedad del Cristo para esta calle que ha visto demasiado.

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domingo, 10 de diciembre de 2017

Los secretos de Quito, 2017/11/30

Buscamos a la ciudad amada a la distancia. Cuando somos jóvenes nos atraen los lugares tumultuosos, el vértigo, los zaguanes para burlar a la lluvia, el graderío de la Calle del Suspiro para mirar a Quito. A veces, la nostalgia del Seseribó con los personajes, nuestros amigos esperpénticos, como un óleo de Stornaiolo donde también aparecen nuestros ojos. ¿A dónde iremos ahora que cierra el Pobre Diablo?

Con más edad, mirar a la distancia del Itchimbía las cúpulas neogóticas de la Basílica y sus seres fantásticos del mundo andino; el farallón del Pichincha en medio de nubes oscuras, como si se tratara de un cuadro dantesco de Guayasamín o las líneas de Tejada.

Las ciudades, como nos recuerda Ítalo Calvino, nos acometen después de haber vagado tanto tiempo por la selva. Volvemos insistentes. Interrogamos los recuerdos transformados por la memoria, porque la ‘Torera’ -la única aristocrática quiteña- aún nos espera sentada en la Mama Cuchara. Y, claro don Evaristo Corral y Chancleta y el eterno Zarzosita junto al Chulla Romero y Flores, una realidad de máscara que aún camina por las calles y come mote a escondidas.

Pero, antes, uno de los seres más fantásticos: Cantuña, capaz de engañar a sus propios historiadores que quisieron hacer de él una metáfora para el adoctrinamiento. También los más pendencieros al estilo de Manuel de Almeida que se transformaba en libertino apenas traspasaba los hombros del Cristo que lo miraba con indulgencia. La franciscana urbe nunca fue la misma desde que llegó la Chilena y hasta la Casa del Toro, con sus dibujos de los trabajos de Hércules, tuvo que abrir sus puertas. Sí, porque allí en frente estaba la casa de Sebastián de Benalcázar quien, con el apellido de Moyano, huyó de esa España para fundar una ciudad en medio de las cenizas.


Qué iba a sospechar que por esas futuras callejuelas caminaría Eugenio de Santa Cruz y Espejo meditando en las ideas libertarias y la premonición de la masacre. Todo para que, en otro siglo, el amante de los volcanes Gabriel García Moreno fundara un observatorio astronómico o Eloy Alfaro escuchara el fragor de un tren imposible. Pero nada sería esta ciudad sin sus periferias y sus chagras, "yo soy paisano, me voy a Quito / me han comentado que hay lindas guambras". Quito, ciudad de laberintos en medio de quebradas y de montes desde donde se adoraba a la luna. Porque antes de su fundación ya existía un orbe, donde Quitumbe venía del mar… (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/los-secretos-de-quito

Don Quijote con alzhéimer, 2017/11/23

“Dime con quién andas, decirte he quién eres”, es un refrán que se lee en el capítulo II del Quijote, el libro lozano de Miguel de Cervantes que, tras cuatro siglos, habita en nosotros. Mucho del refranero popular salió de la boca del escudero Sancho: “Pagan a las veces justos por pecadores” o “Cuando a Roma fueres, haz como vieres”, además de “No por mucho madrugar amanece tan temprano”, que hasta ahora lo usamos. La novela cervantina ha sido objeto de múltiples lecturas en el país como Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes, de Juan Montalvo, o la antología de Franklin Cepeda Astudillo. En otros lares, Rubén Darío le escribió un poema: “Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…”.  

Lo propio hizo Jorge Luis Borges, quien siempre se quejaba de ser más Alonso Quijano y no atreverse a ser Don Quijote. Hay que destacar el cuento ‘El hacedor’ y el poema ‘Sueña Alonso Quijano’, porque al escritor ciego le preocupaba el desdoblamiento de los distintos personajes y, de manera especial, sus acostumbrados acertijos laberínticos y juegos de espejos (curiosamente tenía miedo a estos artilugios desde niño).

Ojalá en los colegios Don Quijote no tenga el mal de Alzheimer, ahora que sabemos que ni medio libro leemos al año por culpa de quienes hacen de la lectura algo aburrido. Marco Denevi nos entrega una variación del tema. “Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosas novelas de esas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besaran la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía treinta años y pozos de viruela en la cara.

Finalmente se inventó un galán, a quien dio el nombre de Don Quijote de la Mancha. Decía que Don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco.

Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que a pesar de las viruelas estaba prendado de ella, pensó hacerse pasar por Don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario Don Quijote. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió a El Toboso, Dulcinea había muerto de tercianas”. (O)


Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/don-quijote-con-alzheimer

No leas esto. Sálvate… 2017/11/16

En el primer párrafo de un libro está todo: tensión, ambiente, estética, trama... Así, las dos obras atribuidas a un mismo autor, Homero, La Ilíada y La Odisea, abren su abanico y muestran, desde sus inicios, de qué materia están hechas.

La primera inicia así: “Diosa, canta del pelida Aquiles la cólera desastrosa que asoló con infinitos males a los griegos y sumió a la mansión de Hades a tantas fuertes almas de héroes que sirvieron de pasto a los perros y a todas las aves de rapiña”. El otro, que habla de las aventuras de Ulises para volver a Ítaca, dice: “Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes”.

En el uno cuenta la historia de las guerras, el otro la mitología. Los relatos de las batallas ganaron hace milenios y siguen instalados en los noticieros. El inicio de Don Quijote lo contiene todo: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

No hay que olvidar a Rayuela, de Cortázar: “¿Encontraría a la Maga?”. El mejor inicio del siglo XX, según la revista francesa Lire, es para Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y la dinastía de los Buendía: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”. La metamorfosis, de Franz Kafka, es relevante: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

“Si vas a leer esto, no te preocupes. Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero. Sálvate. Seguro que hay algo mejor en la televisión”, así inicia la novela Asfixia, de Palahniuk, sobre la vida satirizada de Víctor Mancini. Algo parecido escribió Ítalo Calvino en su obra Si una noche de invierno un viajero: “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino... Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida”.

Esto es a propósito de la Feria del Libro de Quito, organizada por verdaderos quijotes en un país que no lee y anda de tumbo en tumbo sin memoria, literalmente pegados a la televisión mirando a los imitadores de turno. (O)


Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/no-leas-esto-salvate