viernes, 25 de enero de 2019

Unas flores para don Eugenio, 2019/01/10



Eugenio Francisco Javier de Santa Cruz y Espejo es un nombre que no alcanzaría en las hornacinas del hospital San Juan de Dios. Pero sí le servirá para que un “indio” como él -su padre nació en Cajamarca y su madre era mulata liberta- pueda burlarse de los prejuicios de esa época que, cosa curiosa, aún no terminan de irse. Así obtuvo su título de médico y ayudó a combatir la peste de la viruela. Sus ideas libertarias, nacidas de sus muchas lecturas y de su visión cosmopolita, permitieron la Independencia.

Espejo, nacido en 1747, era filósofo y políglota. Como un buen polemista se procuró engastar su verso contra las injusticias para: “bajar el capote a estos omnipotentes, a estos potentadillos, a estos avaros atesoradores del dinero de todo el mundo”, como refiere en Cartas Riobambenses, de 1787, sitio donde tuvo que huir. Después se encontraría con uno de sus discípulos: Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, pero en Bogotá, donde fue enviado por la mucha candela que tenía su cerebro. Después publicaría el periódico Primicias de la Cultura de Quito y antes El Nuevo Luciano, Marco Porcio Catón y La Ciencia Blancardina.

Isaac J. Barrera revive el pasado: “El 21 de octubre de 1794 aparecieron en todas las cruces públicas de la ciudad unas pequeñas banderas de tafetán colorado, cruzadas de fondo blanco, en cuyo anverso y reverso se leían estas inscripciones: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto”, que significa: “Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres”. De allí fue preso y poco tardó en morir.

Aunque fue Federico González Suárez quien lo sacó del ostracismo, es necesario revisar en estos días los libros: Surge la nación. La Ilustración en la audiencia de Quito, de Ekkehart Keeding, donde constan los libros de Espejo; Cartas y lecturas de Eugenio Espejo, de Carlos E. Freile, pero también Eugenio Espejo, de Philip Astuto. Y, claro, nos falta la novela en torno a este personaje memorable. Ojalá los periodistas se acercaran a su pensamiento, además de las ofrendas florales de ocasión.




jueves, 3 de enero de 2019

La peor promesa de 2019, 2019/01/03


La semana pasada, urgido por prometer algo para este nuevo año (¡Ay, ya llegó!) escribí una perorata sobre la utopía de volver a mirar a la luna. Cité a Byung-Chul Han, sobre la sociedad del cansancio; Michel de Certeau, para desconectarnos del mundo; Lin Yutang para recordarnos que nos perdemos atardeceres; hasta Séneca apareció con su frase que puede ser actual: “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Olvidé las enseñanzas de mi padre César, asiduo seguidor de Marshall McLuhan, quien en la década de los 70, del siglo pasado claro está, tomó la drástica decisión de que sus hijos crecieran sin televisión. Nuestra vida estuvo colmada de los libros de Julio Verne –Los quinientos  millones de la Begún, es el que más recuerdo, sobre el pacifismo y lo bélico- pero también de comics como Kalimán, radio teatro de Chucho El Roto a Diez negritos, ese prodigio de Agatha Christie.

No puedo dejar de mencionar, perdone el lector la infidencia pero sirve para el argumento, a mi abuelo Juan José, lector acérrimo del Quijote y de las Mil y una Noches. Él solo leía esos dos libros porque era más un contador oral. De mi madre Rosa, en cambio, estaban las enciclopedias interminables y misteriosas como si fueran parte del mejor cuento de todos los tiempos Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges, donde inventa un país imaginario porque la percepción de las cosas es lo que perdura en el tiempo, mientras estas son percibidas.

Todo esto viene a cuento, tal es la palabra, porque he decidido –dispensas por el personalismo- desconectar la televisión como promesa de este nuevo año (por un tiempo, claro está). De 2018 solo me queda una película:  Loving Vincent, esa magia sobre el pintor Van Gogh.

Mañana llegan a desconectar Netflix. Ya no veré en señal abierta Caso Cerrado, donde hasta se pegan y peor los noticieros donde algunos gurús de la tragedia nos pintan este país y donde las noticias de las provincias solo aparecen cuando ruge un volcán o hay un terremoto. Sin televisión, ahora sí, podré mirar a la luna. De eso escribiré la próxima semana, con más tiempo.


Promesa utópica para 2019, 2018/12/27


Parecería –como nos dicen los filósofos- que vivimos épocas de incertidumbre. Resulta muy difícil rebelarse cuando la víctima y el verdugo, explotador y explotado, son la misma cosa, nos sugiere el libro La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han. “El exceso de positividad está conduciendo a una sociedad del cansancio. Así como la sociedad disciplinaria foucaultiana producía criminales y locos, la sociedad que ha acuñado Yes we can produce individuos agotados, fracasados y depresivos”, se lee en la reseña para recordarnos que todos, incluido el ejecutivo mejor pagado, trabajamos como esclavos aplazando indefinidamente el ocio.

¿Será esto verdad? Tal vez para parte del mundo Occidental que mira al Becerro de oro como su ídolo (600 ricos tienen el mismo dinero que la mitad de los humanos del planeta). Nos perdemos demasiados atardeceres, escribía Lin Yutang en 1939, en su obra La importancia de vivir, para argumentar que otra es la conciencia que viene de Oriente, tan poco conocido.

Occidente de la máquina de vapor, de la industrialización, de la hiperconectividad debería regresar a mirar lo que los antiguos advertían. “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”, dijo Séneca nacido en el año cuatro antes de Nuestra Era, pero es como si nos hablara de esta época de Facebook y de mensajes inútiles en WhatsApp mientras observamos en una película sin editar cómo nuestros congéneres se ufanan de una pizza o simplemente hacen el ridículo.

Michel de Certeau que nos aconsejó desconectarnos, en esa época de la televisión, tal vez nos diría ahora que apaguemos el celular, de vez en cuando claro está. Acaso entonces podamos volver a los clásicos, que nos hablaron hace más de dos milenios como el taoísmo: “Asociarse con mercaderes no es tan bueno como hacerse amigo de los ermitaños. Escuchar las habladurías de las calles no es tan bueno como los trinos de las aves y las canciones de los pastores. Hablar de las faltas de los contemporáneos no es tan bueno como ponderar las virtudes de los antiguos”.

Quizá así podamos detener el vértigo en que vivimos que, a la postre, es una mera ilusión. Hay que volver a mirar la luna el próximo año.


Ibarra en 1747, según Cicala, 2018/12/20


La única fotografía de Ibarra, antes del terremoto de 1868, la tomó un viajero italiano desde Alto de Reyes, un mirador de la urbe. En Vistas en el Ecuador, Camillus Farrand devela a una urbe captada en 1862. Además de los 8 personajes, 4 de ellos afrodescendientes, se aprecia el esplendor de una población que después fue devastada.

Mas, un cronista que llegó en 1747, Mario Cicala, nos da más pistas de cómo era la ciudad perdida. “No sé ciertamente por qué razón el Diccionario Geográfico y los geógrafos no hacen la más mínima mención de una ciudad tan famosa y célebre en la provincia de Quito, siendo una de las más antiguas, fundada por uno de los primeros conquistadores de la Provincia y Reino, llamado Miguel de Ibarra, de quien tomó su nombre”.

El jesuita, que estudió en San Gregorio, relata la vida cotidiana: “Los ciudadanos de Ibarra son de robusta y fuerte corpulencia, por lo común de bellos rasgos y de vivos colores. Son de carácter dócil e índole afable y amable; asimismo están dotados de generosa liberalidad, buenos ingenios, agudos y rápidos, muy aplicados al estudio de las letras.

Ordinariamente destaca casi en todos un temperamento pacífico, inclinado a la seriedad y gravedad; es gente de gran honor y de palabra. Con los forasteros y pasajeros son benévolos y obsequiosos. Las personas nobles y civiles son muy urbanas, educadas y atentas; pero la plebe es basta, rústica y de poca urbanidad; de algunos oí decir que era igualmente audaz, imprudente y malcriada. Al presente no hay mucha nobleza, pues muchas familias nobles se trasladaron a Quito”. El jesuita cuenta que desde que apareció el Monopolio Regio del aguardiente de caña comenzó a aniquilarse la ciudad.

Lo que no dice es que fueron los jesuitas quienes desde parte de sus 8 haciendas en el norte -de las 132 que tenían por todo el país- traficaban el aguardiente, producido en sus propias plantaciones, donde tenían esclavos arrancados de África. Justo, los parientes de la fotografía revelada en el XIX, ahora con poncho de los nuevos amos.


Un mito de San Blas de Urcuquí, 2018/12/13


Al caer la tarde, los abuelos del pueblo, tras dejar el arado, cuentan sus antiguas historias. Son leyendas de épocas de brujas voladoras, de procesiones del averno, de duendes traviesos que suelen esconderse en las quebradas para espiar a muchachas de ojos grandes y de cabelleras lustrosas.

San Blas de Urcuquí tiene un parque apacible y, con paciencia, se puede encontrar estos mitos que pueden perderse cualquier día. Es el Ecuador profundo que pocos conocen, porque creen que las luces de oropel de los centros comerciales son los únicos referentes.

En las pequeñas comarcas, el ritual de la palabra aún sobrevive. Esta es una mitología recogida durante varios meses de convivencia. Seré sincero, nunca la había escuchado y está relacionada con el fuego:

El ruido de la acequia parecía perderse en la noche cerrada. Apoyado en un cayado imprevisto, un vecino se abría paso por los surcos. A lo lejos, el viento parecía estrellarse entre las montañas y volverse hacia los pastizales. La neblina caía ocultando las torres de la iglesia.

Al frente, la oscuridad como un presagio. Sin aviso, una ráfaga de luces mínimas pasó por sus ojos. Destellos como grandes luciérnagas. Más de una docena de centellas que se movían vertiginosas, pero que también se detenían para reanudar un vuelo que ora era a ras de suelo, ora por la cabeza del aturdido campesino. Los fuegos, del tamaño de un puño cerrado, ascendieron por el aire. El hombre estaba hipnotizado por esas llamas circulares. Recordó vanamente una historia, pero sus ojos seguían al torbellino de resplandores. Otra vez, el concierto de luces golpeaba al viento. Iban en una hilera magnífica, como si siguieran una ruta. Antes de esfumarse, pasaron tan cerca del espectador que si alargaba su mano habría atrapado una esfera. Al otro día, mientras relataba su experiencia en el poyo de la casa, cerca de la iglesia, un hombre viejo le dijo: eran mechayas. Son como fuegos fatuos. Mecheros de las noches funestas. Al atraparlos -aunque sea a uno- se convierten en saquitos de oro.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Una calle secreta de Quito, 2018/12/06


Hay calles secretas de Quito, para quien las conoce. Y, para eso, hay que recorrer a pie sus vías, especialmente en su Centro Histórico. Del libro Historia de las calles de Quito, editado por Trama e ilustrado por Mauricio Jácome Perigüeza, el autor también de estas líneas comparte estos textos de esta ciudad eterna.

Primero, la calle Benalcázar: Cuando Sebastián de Benalcázar llegó a Quito, en 1534, había aún un olor a ceniza en el aire de la ciudad destruida. No importaba porque ya la había fundado a lo lejos. Por ordenanza, se creó la Calle Real, eje del trazado de la urbe. Se llamó también Calle Angosta, y los primeros historiadores creían que era la senda prehispánica que unía el Templo del Sol (Panecillo) con el Templo de la Luna (San Juan).

Las familias quiteñas poderosas no se contentaron con sus patios de pileta y las llamaron por sus apellidos, como si al nombrarlas así las poseyeran: Calle Sáenz la denominaron, por las charreteras de un general, más tarde Calle del Correo. En la vía está la Casa del Toro, con una escultura que recuerda el séptimo trabajo de Hércules, con el toro de Creta.

Al frente, la estatua de Benalcázar mira hacia lo que fue su antiguo solar. No tuvo tiempo para levantar su morada ni mirar la ciudad, que crecía en donde antes caminaban otros dueños. Andaba con un sueño insaciable y para sus encuentros con los nativos tenía un traductor para una sola palabra: oro.

Ahora, parte del relato de la Venezuela: De plata fueron hechas las lunas menguantes para los pies de las vírgenes de madera. Los devotos iban a la Calle de la Platería para pedir favores a sus santos a cambio de joyas o indulgencias que solicitaban los conquistadores cuando se hacían viejos, como perdón de sus pecados.

Estos hombres de antiguas corazas acaso querían olvidar sus masacres a los indígenas. Iban a las capellanías a pagar misas para toda la eternidad porque sabían que las imágenes de madera eran benévolas con las almas atormentadas...



Quito, el regreso a la semilla, 2018/11/29


Acaso, la escena más triste de Quito está fechada en 1553, bajo el título Esta ciudad se suicida, en el primer tomo de Memorias del Fuego, de Eduardo Galeano. Al ser un relato breve, lo comparto: “Irrumpen, imparables, los hombres de Benalcázar. Espían y pelean para ellos miles de aliados indígenas, enemigos de los incas.

Ya se está yendo el general Rumiñahui cuando prende fuego a Quito por los cuatro costados. Los invasores no podrán disfrutarla viva, ni encontrarán tesoros que los puedan arrancar a las tumbas.

La ciudad de Quito, cuna y trono de Atahualpa, es una fogata gigantesca entre los volcanes. Rumiñahui, que jamás ha sido herido por la espalda, se aleja de las altas llamas. Le lloran los ojos, por el humo”.

Hay que volver a su génesis para entender a una urbe, mucho antes de cuando sus primeros pobladores tuvieron que abandonar su tierra por la erupción del Pululahua o, más tarde, los vestigios encontrados en el sector de La Florida –donde existe un excelente museo que conserva las tumbas de pozos cilíndricos de hasta 15 metros- y llegar a su mitología: Quitumbe quien, como sus ancestros, entendió los pisos ecológicos y se desplazó desde el litoral a las montañas.

Existieron muchos pueblos que habitaron en lo que hoy es Quito. Una fuente de consulta es Las antiguas sociedades precolombinas de Ecuador, de Santiago Ontaneda Luciano, para el catálogo de arqueología.

 “Debido a su importancia geográfica, pues allí confluían distintos caminos, es que la zona fue vista como un gran espacio en donde se podían realizar actividades comerciales, por lo que los señoríos vecinos enviaban colonias para que se asienten en ella”.

Quito, por sus rastros arqueológicos, tuvo gran influencia Caranqui (el señorío de la actual Imbabura) y del sur de Cotopaxi y Tungurahua. Lingüísticamente tuvo influencia Caranqui y Panzaleo.

Obviamente, Quito también son sus diablillos que ayudan a Cantuña o sus magníficas iglesias, pero también las periferias desde donde llegaban los capariches. Como todas, es una ciudad múltiple, pero nada se puede entender si no se miran sus orígenes.