jueves, 3 de noviembre de 2016

Velasco, el primer historiador

Nuestro continente, Latinoamérica, como dice Eduardo Galeano, no solamente ha sufrido la usurpación del oro, sino también de la memoria. Con Juan de Velasco la historia comienza a ser contada por nosotros mismos, lejos de los relatos que hacían los conquistadores, quienes escribían la historia según sus intereses y visiones. Obviamente, como espíritu de su tiempo, su historia también está llena de mitos, desde los gigantes de Santa Elena hasta Cantuña. ¿Pero no es la mitología también parte de un pueblo?

Por este motivo, la labor de Juan de Velasco es pionera. Obviamente, hay que entender el trabajo de este riobambeño nacido en 1727 como el producto de una época. Pero hay algo que es importante: la visión del ‘otro’. Antes de este jesuita, la historia de los indios únicamente servía como número de un obraje. Con una nodriza indígena, él gustaba de conversar con los más ancianos para conocer sus costumbres. De él, por ejemplo, quedan para la posteridad los relatos que le contara Jacinto Collahuazo, sobre el antiguo Reino de Quito, cuyo legado escrito fue extraviado, como era la costumbre de los conquistadores que no entendían que pudieran existir otras visiones. Pero también hay que decirlo, la nueva historiografía ya ha puesto distancia -con nuevos datos e interpretaciones- acerca del Reino de Quito para poner énfasis en los señoríos étnicos, como el caso de los caranquis o puruhaes.

Sin embargo, no hay duda de que Velasco cimentó la incipiente identidad ecuatoriana, aunque sus detractores lo han calificado de fabulador. Pero hay un dato: la Historia Natural, Historia Antigua e Historia Moderna, que terminó en el exilio de Faenza en 1789, poco antes de morir; recién pudieron ser publicadas en 1840 y en algunas ediciones posteriores fueron suprimidas partes importantes de sus escritos.

Y hay una explicación: la visión de Juan de Velasco se enmarca en un sentido profundamente criollista -que produce un cambio ideológico- en contra de la posición oficial de los españoles. Bernard Lavalle, historiador contemporáneo, dice que estas obras criollistas participaban activamente de la reivindicación americana de su tiempo. Y esa reivindicación tiene una palabra: identidad. Y en el caso de nuestro país, Agustín Cueva lo señala: “Es la primera obra de esta índole en donde lo que hoy es el Ecuador aparece como identidad histórica definida”.

Velasco también publicó El Ocioso de Faenza, poesías que hablan de la vida en el exilio de los jesuitas y otras obras no exentas de humor, pese a sus graves enfermedades que, al final, lo dejaron ciego, cuando murió en 1792. Por él podemos acercarnos a un legado de ecuatorianidad, rico en descripciones y datos históricos que nos revelan a un hombre profundamente comprometido con su patria, que se estaba gestando. Además de su diccionario quichua-español, Velasco nos legó poesías. Después vendría -con otra visión- el obispo de Ibarra, Federico González Suárez, que -defendiendo la verdad histórica- hizo incluso una profunda crítica a la propia Iglesia católica. (O)

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia


El 14 de septiembre de 2016, se realizó  el acto de incorporación de Juan Carlos Morales Mejía, como Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.





sábado, 3 de septiembre de 2016

Fotografía: historia y promesa

Este mes se celebra a la fotografía. El pasado 19 de agosto se conmemoraron los 175 años de su nacimiento cuando en 1839 el Gobierno francés liberó la patente del daguerrotipo, el proceso fotográfico que Louis Daguerre ‘pulió’ tomando como referencia el trabajo de Joseph Nicéphore Niépce.

El aparecimiento de la fotografía, en el siglo XIX, fue parte de una larga tradición que inició en el Renacimiento con la camare obscura. Sin embargo, su llegada no podría ser más oportuna, en un momento en que, como sugiere Walter Benjamin, este invento “es el primer medio de reproducción de veras revolucionario”, nacido en la misma época del socialismo.

“No se trata de una casualidad, sino de una coherencia sincrónica entre una propuesta ideológica para un proyecto democrático de masas y una tecnología radicalmente nueva para la democratización de la cultura de masas”, como se lee en el libro La mirada opulenta, de Román Gubern.

Tampoco es casual que nazca en Francia, en medio del positivismo de Comte, pero también con la arrolladora burguesía que propugna una descripción más científica y exacta del mundo. Así, la fotografía logra algo que después se repetirá en nuestro país: que, al inicio, la clase media pueda tener acceso a un documento visual que antes era literalmente impensable. Lo propio ocurrió en Europa cuando los retratos -únicamente para hablar de uno de los estilos- eran onerosos para las clases populares.

De allí que el surgimiento de este prodigioso invento no solo que revolucionó los conceptos en torno al arte, sino que permitió -y sigue en su vértigo- hacer visible lo invisible. Y es que a inicios del siglo XX, la fotografía en el país había iniciado una básica democratización. La naciente burguesía había encontrado en la reproducción fotográfica la manera de perennizarse y ascender socialmente, debido a que la pintura al óleo resultaba onerosa.

Si bien esto constituyó el inicio, posteriormente el abaratamiento de costos de la fotografía pudo llegar a otros estratos sociales, lo cual produjo un  cambio: sectores sociales excluidos pudieron legitimar, por primera ocasión, la manera de verse, es decir lo simbólico que tiene la imagen. Al ser visibles, pudieron dejar a la posteridad un mundo que -de otra manera- se habría esfumado en el tiempo.

Aunque en la actualidad, especialmente en Quito, el arte de la fotografía llega a los museos o centros culturales, en el resto del país aún se cree que la fotografía es la de bodas, del día del abanderado o un selfie. De allí la importancia del Fondo Nacional de Fotografía (http://www.fotografianacional.gob.ec), cuya labor como parte del INPC es reconocida. Así, la colección fotográfica ‘En la mirada del Otro, Acervo documental del Vicariato Apostólico Salesiano en la Amazonía Ecuatoriana, 1890-1930’ fue registrada en la ‘Memoria del mundo’, por parte de Naciones Unidas.

Existen, obviamente, múltiples iniciativas en torno a la fotografía, pero la tarea primordial es situarle, como lo pensaron en sus inicios, como un arte. Y el otro tema es preservar ese legado que, en la actualidad, se deshace entre las manos. (O)

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Walt Whitman, el otro Estados Unidos

Casi siempre, los medios construyen una realidad ajena, porque siguen su esencia de creación: el amarillismo (hay que mirar el filme Ciudadano Kane). Absortos vemos a Donald Trump -que cierto que representa a una minoría blanca y racista- vapulear a los migrantes o a Hillary Clinton, con mucho que decir sobre el Medio Oriente. Pero Estados Unidos, como todos los países, no es solo su política.

Esa ‘atlética democracia’ fue en sus inicios adalid de cambios profundos en el orbe. ¿Qué país, si no, iba a entrar en una profunda guerra civil por defender la igualdad de los seres humanos, frente a los esclavistas sureños? Está el mensaje vigoroso de Martin Luther King, el jazz, la novela policial inventada por Edgar Allan Poe o el maravilloso Tom Sawyer, la generación Beat, el vértigo de Andy Warhol o el mismísimo hip hop y la salsa nacida en Nueva York. Y del siglo XIX está Walt Whitman y sus Hojas de hierba.

Jorge Luis Borges reseña el momento. “Whitman se impuso la escritura de una epopeya de ese acontecimiento histórico: la democracia americana. No olvidemos que la primera de las revoluciones de nuestro tiempo, la que inspiró a la Revolución Francesa y a las nuestras, fue la de América y que la democracia fue su doctrina”. Eligió, dice Borges, un nuevo método. Como uno de los experimentos singulares de la literatura, Whitman se convirtió en su propio protagonista. “Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la populosa democracia, tenía que ser innumerable y ubicuo, como el disperso dios de los panteístas”. Así, lo encontramos, aunque nunca estuvo, en Texas o en la ejecución del abolicionista John Brown. Whitman, entonces, fue el modesto periodista y el hombre universal.

“Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo de su héroe una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector”. Borges reconoce que, para su traducción, consultó con provecho la de Francisco Alexander (Quito, 1956) “que sigue pareciéndome la mejor, aunque suele incurrir en excesos de literalidad, que podemos atribuir a las reverencias o tal vez a un abuso del diccionario inglés-español”.

Para entender esto, un ejemplo del canto 32. Whitman dice: “And a mouse is miracle enough to stagger sextillions of infidels”; Alexander traduce: “Y que una miosota es milagro suficiente para hacer vacilar a sixtillones de incrédulos”; Borges lo hace así: “Y que un ratón es un milagro capaz de confundir a millones de incrédulos”. Más allá de eso, y recordando a Paul Valéry, quien dijo que nadie como el ejecutor de una obra conoce a fondo sus deficiencias, está la voz poderosa de Whitman.

Lin Yutang, en 1939, se lamentaba que el norteamericano común estuviera más preocupado en tener un coche mejor que del vecino o un departamento en Manhattan precisamente habiendo tenido un poeta como Whitman. “Creo que una vaca paciendo con la cabeza baja supera a todas las estatuas”, diría el viejo poeta, tan poco leído en estos tiempos de pokémones. (O)


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Prometeo y el 'Tiburón de Baltimore'

Corría el año 164 antes de Nuestra Era cuando el griego Leónidas de Rodas se coronó campeón en las pruebas de stadion (carrera de unos 180 metros), diaulos (cerca del doble que stadion) y en la carrera del hoplitódromo, en la que los participantes debían llevar casco, armadura y escudo. En 154 a.C, y con 36 años, logró 12 títulos. Ese récord duró 2.168 años de antigüedad hasta que el estadounidense Michael Phelps lo superó con 13 preseas doradas. Ahora, el ‘Tiburón de Baltimore’, como se lo conoce, tiene 23 de oro, amén del resto.

Pero no fue fácil para este extraordinario nadador. Dos años antes había estado en un centro de rehabilitación de drogadicción y alcoholismo, se había reconciliado con su padre Fred y, por si fuera poco, se había casado y ahora tenía, además, otra motivación, su pequeño hijo. Aunque ese es el lado humano, el verdadero espíritu olímpico lo mostró Phelps cuando felicitó a su rival, quien le ganó en los 100 metros mariposa, hace una semana. Fue Joseph Schooling, un singapurense que, curiosamente, cuando tenía 13 años se tomó una fotografía con su ídolo (la imagen circula ampliamente por las redes).

El lado negativo lo protagonizó el judoca egipcio El Shehaby cuando se negó a darle la mano al deportista israelí Or Sasson, quien poco antes le había ganado. Recibió un abucheo general porque -se supone- las Olimpiadas son para unir a los pueblos (la saudí Joad Fahmy habría fingido una lección con similar propósito antideportivo). Hay que ser claros: una cosa es la posición política de un país y otra sus deportistas.

Para entenderlos, hay que volver a los orígenes. En el libro El mundo de los griegos, Edith Hamilton señala que los helenos fueron el primer pueblo del mundo que jugó y lo hizo en grande, en medio de concursos de música y de danza. “Los grandes juegos -había cuatro, en temporadas fijas- eran tan importantes que al celebrarse uno se proclamaba una tregua de Dios para que toda Grecia pudiera acudir sin temor”. Competían por un honor tan codiciado como ningún otro: una rama de olivo (eso era burla para los persas o egipcios).

“Un triunfador olímpico… los generales victoriosos le cederían el lugar. Su corona de olivo era colocada al lado del premio al mejor autor trágico”, en medio de banquetes y los versos de poetas como Píndaro. Del otro lado del mundo no se jugaba. Un sacerdote egipcio le dijo al gran ateniense: “Solón, Solón, todos los griegos sois como niños”.

Y cuando el esplendor de esa cultura pereció también lo hizo esa filosofía de vida, en torno a lo lúdico. Habría que esperar 2.000 años, bajo la tenacidad del barón Pierre de Coubertin -inspirado a su vez en Evangelos Zappas, un rico filántropo griego- cuando se creó en 1894 el Comité Olímpico Internacional.


Grecia sigue viva cuando miramos encender el pebetero en Río. De hecho, se trata de una simbología que recuerda el mito de Prometeo cuando hurta el fuego a Vulcano para entregarlo a los humanos. Fue Roma la que corrompió el espíritu heleno. Sus coronas de laurel, algunas de oro, comenzaron a recibir también los militares por sus hazañas heroicas: matar a los enemigos. (O)

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sábado, 13 de agosto de 2016

Don Eugenio y las siete cruces

El pensamiento criollo, a partir de Juan de Velasco, fue fundamental para llegar a los hechos del 10 de Agosto de 1809, ampliamente reseñados en estos días. Queda en la historia un personaje clave en impulsar estas transformaciones sociales. Primero bibliotecario, después médico y también el primer periodista. Mucho se ha escrito. Y muy bien. Están sus cartas, donde su agudo espíritu lo lleva a la filosofía, sus duras críticas, su apego a la justicia, su sapiencia sin tregua. Aquí un bosquejo de este prócer a quien le debemos tanto.

Eugenio Francisco Javier de Santa Cruz y Espejo es un nombre que no alcanzaría en las hornacinas del hospital San Juan de Dios. Pero sí le servirá para que un indio como él -su padre nació en Cajamarca- pueda burlarse de los prejuicios de esa época que, cosa curiosa, aún no terminan de irse. Así obtuvo su título de médico y ayudó a combatir la peste de la viruela, adelantándose a su época. Pero tuvo otra gesta: las ideas libertarias.

Espejo, nacido en 1747, estudió además literatura y filosofía y era un hombre que atisbaba el futuro. Como un buen polemista se procuró engastar su verso contra las injusticias para: “bajar el capote a estos omnipotentes, a estos potentadillos, a estos avaros atesoradores del dinero de todo el mundo”, como refiere en Cartas riobambenses, de 1787, sitio donde tuvo que huir. Después se encontraría con uno de sus discípulos: el Marqués de Selva Alegre, pero en Bogotá, donde fue enviado por sus ideas. Después publicaría el periódico Primicias de la Cultura de Quito y antes El Nuevo Luciano, Marco Pocio Catón y la Ciencia Blancardina.

Ahora que está de regreso a Quito, se instala otra vez en el hospital San Juan de Dios. Desde el pequeño agujero de su laboratorio, Espejo no tiene tiempo para mirar El Panecillo. Hay otra preocupación: sus enfermos que descansan en la paja recién cortada y que por las noches realizan inscripciones -con el fuego de las velas- arriba de sus lechos. Piden los favores de Dios, pero Espejo los alentará por la mañana.

Pero Espejo no está conforme: quiere difundir aún más las ideas libertarias. Se decide. Isaac J. Barrera revive el pasado: “El 21 de octubre de 1794 aparecieron en todas las cruces públicas de la ciudad unas pequeñas banderas de tafetán colorado, cruzadas de fondo blanco, en cuyo anverso y reverso se leían estas inscripciones: ‘Salva cruce liber esto felicita atem et gloriam consequto’ (Felicidad y gloria conseguiremos, al amparo de la cruz seremos libres). También se dice que fue su hermano Pablo quien escribió la proclama. Nadie ha podido probar que solo fuera él, pero tampoco nadie lo ha negado. Espejo será encarcelado, pero tendrá licencia para asistir a sus pacientes. Pero las aves no resisten el cautiverio y morirá”.

En la actual calle García Moreno, donde está el hospital San Juan de Dios, ahora convertido en Museo de la Ciudad, hay siete cruces. Desde una ventana desvencijada se puede sentir una ráfaga de viento danzando entre los enormes crucifijos de piedra. Espejo, que era conocido como Chusig o lechuza, aún parece rondar en las noches de la franciscana urbe. (O)

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El mito del Huagra Puma

Los mitos viajan de voz en voz. Los abuelos son las bibliotecas del mundo andino. Para que no se pierda, como la memoria, es preciso volverlos a contar, una y otra vez. Es parte de la mitología que debería enorgullecernos como país pero que, muchas veces, no consta en los libros oficiales más dados a las batallas y a la épica. Es curioso, aún se sigue nombrándolas como ‘costumbres y tradiciones’, como si viviéramos todavía en el ‘costumbrismo’, de inicios del XX.

Los mitos están hechos de símbolos: la palabra huagra significa toro, aunque estos animales fueron traídos por los conquistadores, pero en este caso significaría enorme. Aquí esta mitología quichua amazónica.

En los tiempos antiguos los pumas dominaban la selva. Eran enormes y sus colmillos oteaban el horizonte por donde pasaban los quichuas del Napo. Quienes se ocultaban entre los árboles sabían que había que ser muy valiente para enfrentarse a las fieras. Las puntas de las afiladas lanzas debían tener un veneno fortísimo para ultimarlos. Por eso, los valientes se procuraban la chingana antes de enfrentarse a los felinos, a quienes debían atravesar el corazón.

En esa época vivía un joven que se había destacado por su coraje. Era un gran cazador que había entendido que la astucia no está en el arrojo sino en la prudencia. Aliado a su lanza cazó a un puma y cortándole la cabeza se dirigió a su casa para alegrarse con los suyos. Este valeroso cazador supo que después del festejo había que enfrentarse acaso con la muerte. Tomó su cerbatana y se perdió en el follaje...

Salió a cazar, pero esta ocasión no pudo vencer porque se enfrentó a un puma gigante. Sabía que retroceder no es perder la contienda y prefirió escabullirse para volver otra ocasión. Sin embargo, el puma de patas enormes lo persiguió.

“El gran puma me persigue”, se escuchó a lo lejos. “El gran puma me persigue”, gritó otra vez el muchacho. Su padre escuchó sus gritos como si la selva trajera a esa única voz. Tomó rápidamente la cerbatana y el matiri (planta medicinal) y se transformó en puma. Antes de que sus patas cayeran a tierra y comenzara a correr para salvar a su hijo, la cerbatana se trocó en rabo y el matiri en testículos.

¡Si eres valiente ven aquí!, lo retó el transfigurado puma. El Huagra Puma que había perseguido durante dos días al joven cazador meneó la cabeza. Desandó sus pasos porque supo que era un puma el que le provocaba.

¡Nos veremos frente a frente!, le dijo el transfigurado puma, al tiempo que le increpó por hostigar a su hijo.

La pelea fue ardua. Las patas se encontraban en un duelo de zarpazo y ojos refulgentes, mientras que las hojas caídas recibían esos dos cuerpos esbeltos en disputa. Un nuevo ataque. Uno de los pumas subió a un árbol y desde allí se abalanzó contra su adversario. Mientras lo sostenía trágicamente con sus garras le mordió el pescuezo hasta que el puma quedó inerte, ante las fauces latentes del vencedor. El Huagra Puma no supo que su enemigo bebió su sangre en su honor.

A la tarde, un puma acompañaba al joven cazador de regreso a su morada. Al franquear el umbral, el puma se volvió otra vez un quichua.

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