miércoles, 16 de marzo de 2016

La Caja Ronca va al teatro

En estos días, en el remodelado Cuartel de Ibarra se prepara la obra de teatro de la Caja Ronca, una mitología que es parte del legado colonial y que abarca, geográficamente, la Sierra Centro-Norte de Ecuador. Se trata de una suerte de moraleja, en plena época de expiación de culpas, contra la codicia.

Esto porque la Caja Ronca no es otra cosa que una procesión del Infierno. Sí, el mismísimo diablo va en un carromato, llevando el baúl del tesoro de algún arrepentido, en medio de cucuruchos y sonidos de flautas y tambores.

El alma del penitente, siguiendo el mito, debe pagar sus culpas. Para la mencionada obra se han elegido varios textos que muestran al Becerro de Oro, la antesala del avaro.

Para empezar, y también para situarse un poco antes de la época, está la poesía Lo que puede el dinero de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, del siglo XIV:

 “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto, hombre de respetar, / hace correr al cojo al mudo le hace hablar; / el que no tiene manos bien lo quiere tomar…”

Para estar a tono, no podía faltar de Francisco de Quevedo y Villegas, nacido en 1580, sus Letrillas satíricas:

“Quién hace al tuerto galán  / Y prudente al sin consejo?  / ¿Quién al avariento viejo  / Le sirve de Río Jordán?  / ¿Quién hace de piedras pan,  / Sin ser el Dios verdadero. / El Dinero”.

Sin embargo, del mismo autor, llega en auxilio de la puesta en escena ese prodigio que es Poderoso Caballero es Don Dinero:

“Madre, yo al oro me humillo,  / Él es mi amante y mi amado,  / Pues de puro enamorado  / Anda continuo amarillo.  / Que pues doblón o sencillo  / Hace todo cuanto quiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero… Y pues quien le trae al lado  / Es hermoso, aunque sea fiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero”.

Aquí un paréntesis. Todos estos poemas, incluidos fragmentos de Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, han sido musicalizados por Paco Ibáñez, cantor valenciano, quien tuvo su esplendor en su famoso concierto en París (es posible encontrar estos temas en YouTube).

La Caja Ronca, en la versión ibarreña, era escuchada por los abuelos en el antiguo barrio San Felipe. Antes del terremoto de 1868, que devastó la urbe, se sabe que estaba colocada una cruz, que no es otra cosa que el indicio de una probable pacarina, es decir, un sitio sagrado para la cultura prehispánica.

Como se sabe, los curas doctrineros tenían como costumbre poner los símbolos cristianos –grutas o cruces- para disuadir a los antiguos habitantes de sus antiguos sitios sagrados.

Como sea, la Caja Ronca también recorría el tradicional barrio de San Juan Calle, donde se encuentra el actual cementerio y donde el actual barrio El Carmen es el sitio donde se expenden ataúdes y en donde existen dos amplios salones de velaciones.

Aquí una escena literaria: “Este Señor de las Tinieblas iba recio y parecía que de sus ojos emanaban las órdenes para sus fieles, que caminaban lentamente como arrepintiéndose. De su mano derecha sobresalían unas uñas afiladas que se confundían con su capa escarlata, junto con un tridente fatal. Era como si los conjurados del Miedo anunciaran la llegada de días terribles”. (O)


sábado, 5 de marzo de 2016

Cuando los shuar tenían alas

Aquí una perla: “Los tradicionales aucas sanguinarios y salvajes se autodenominan huaoranis, que son pueblos ya civilizados. Tan civilizados que poseen ejércitos: el de los iwias y los arutam”. Pertenece a Judith Carrión Cabrera, Educación Ambiental (Perspectivas para el año 2000) pp. 185. Universidad Técnica  Particular de Loja, 1995. Tan poco conocemos de la Amazonía que, entonces, es preferible compartir un mito shuar, que, como fundacional, nos recuerda a Ícaro.

Etsa miraba desde arriba de las montañas las largas caminatas de los shuar por la selva, en medio del follaje que los ocultaba y los devolvía a sus ojos como si fueran mínimas hormigas desbrozando las sendas, mientras las ramas se estremecían con sus andares.

Etsa avistaba los sufrimientos de los shuar cuando hacían los largos recorridos, cuando abrían las trochas, cuando cruzaban los caudalosos ríos, cuando se detenían en un claro a tomar aliento. Etsa se compadeció...

Decidió otorgarles alas a los shuar para que, remontándose de los suelos, se burlaran de esos caminos que se perdían en cuanto ponían sus pies. Para que volando les resultara más cómodo y ligero el viaje. Sin embargo, Etsa tenía sus dudas. Por esto, para comprobar la obediencia de los shuar, llamó a Kújancham y lo levantó del suelo. En su espalda le pegó dos alas con cera y le advirtió:

 -No levantes el vuelo hasta que la cera se haya secado definitivamente y por ningún motivo te aventures cuando esté el Sol, porque debes permanecer en la sombra. Así habló Etsa y un hormigueo extraño se instaló en la espalda de Kújancham al comprobar sus recias alas.

 Acaso por este nuevo sentimiento, en cuanto Etsa se marchó, lo primero que hizo Kújancham fue irse donde su novia para alardear de su nueva condición de hombre aéreo. Llegó por encima de la chacra y la llamó fuertemente mientras aleteaba y una sonrisa de satisfacción se instalaba en su cara. Se remontaba en los aires, hacía piruetas, daba dobles rizos como si en verdad fuera un pájaro enorme.

 -¡Hey! Mírame lo que hago, hermosa.

 Mientras otra vez se elevaba por los aires silbaba:

 ¡Shuishui!, y sus alas brillaban en medio de los árboles.

La muchacha se quedó mirando fascinada y se dijo que Kújancham no era cualquier shuar. Así estuvo revoloteando Kújancham toda la noche hasta que decidió realizar más travesuras. Quiso ir hasta la Luna y jugar con ella como si fuera una enorme bola. Al intentar atraparla se le quemaron las manos y la Luna se quedó con unas manchas que hasta ahora persisten.

Kújancham bajó nuevamente a enfrentarse al alba. Tomó nuevos bríos y surcó el espacio por encima de los ríos serpenteantes y se burló de las copas de los árboles. Por una montaña lejana comenzó a salir el Sol. Kújancham seguía en sus vuelos. Los rayos alcanzaron la cera de las alas y cuando Kújancham se dio cuenta ya era un shuar con las plumas deshechas cayendo en picada.

Por la acción de Kújancham, Etsa maldijo a los shuar y les privó de tener alas.

Ahora, cuando Etsa sale, aún observa las largas caminatas de los shuar por los laberintos de la selva y eso como si solo tuvieran el recuerdo de unas plumas.


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domingo, 28 de febrero de 2016

Umberto Eco y el diablo

En el prólogo de El nombre de la rosa, Umberto Eco recuerda que -buscando el manuscrito perdido en las librerías de viejos de Buenos Aires- se encontró que “un erudito -que no considero oportuno nombrar- me aseguró (y era capaz de citar los índices de memoria) que el gran jesuita nunca habló de Adso de Melk”.

En las apostillas de la obra, ante la insistencia, reconoció: “El mundo construido es el que nos dirá cómo debe proseguir la historia.  Todos me preguntan por qué mi Jorge (de Burgos) evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca, me parecía una buena idea narrativa, y biblioteca más ciego solo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan”. Eco leyó Ficciones a los 20 años y quedó maravillado.

El nombre de la rosa, uno de los mayores libros del siglo XX, del recientemente fallecido escritor italiano, tiene deudas con Borges. Léase, por ejemplo, de este último los cuentos La biblioteca de babel y más La muerte y la brújula donde se encontrarán las claves. Pero el propósito de este artículo, que es un homenaje, no va por esa línea y no es lícito pecar de erudito.

Teodosio Muñoz Molina, en un ensayo, comenta que en La muerte el asesino es más listo que el detective, que paga esa pedantería con su vida (triunfa el Bien no contra el Mal sino sobre la Soberbia); en cambio en El nombre el criminal es soberbio, alguien diabólico y astuto (además de ser docto y donde el Bien triunfa sobre la Soberbia).

El tema es arduo: habla de la soberbia intelectual, que está representada por Jorge de Burgos, quien protegía a toda costa el perdido volumen de Aristóteles donde, supuestamente, hablaba de la risa. Esto nos lleva a una situación paradojal: solo la risa puede -como si fuera la caída de una estatua- derrumbar a la soberbia. (Eso nos recuerda a la torre de Babel y el intento de desafiar a los dioses).

Eco en una frase lo señala: “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”. En un diálogo, casi al final, Guillermo de Baskerville dice a su pupilo Adso:  “Sí, porque el Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente… Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que estos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a librarnos de la insana pasión por la verdad”.

Obviamente, Borges no era un soberbio y sí, acaso, un cínico juguetón. Quizá, al final de sus días, en el poema ‘La fama’ se puede advertir su profunda sencillez, cuando dice haber sido Alonso Quijano y no atreverse a ser Don Quijote, o ser ciego y argentino (algo que nadie ha podido definir). “Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender”. Einstein decía: “El que se erige en juez de la verdad y el conocimiento es desalentado por las carcajadas de los dioses”. Y San Agustín, tema de la tesis de Eco, advertía: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”. (O)


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miércoles, 10 de febrero de 2016

Las Tres Marías



Entre las hendiduras de los barcos negreros se colaron las evocaciones de atabales y tambores. Del África no desembarcaron los instrumentos, pero vino la memoria. En medio de grilletes y cadenas perduraron los antiguos cantos, en un contrabando de murmullos.

Hablaban del cambio de las estaciones, de los rituales de paso, de la vida y la muerte, de la piedad y el heroísmo, del sueño y el sexo, de la siembra y la cosecha, en la tierra de los leones.

Los primeros negros africanos, como se decía en la colonia, fueron traídos como esclavos al valle del Chota merced a su adaptación al clima, porque los indígenas morían agobiados por el calor y el paludismo.

En 1586 trabajaban en los algodonales, frutales y viñedos, estos últimos erradicados y llevados a Ica y Callao. Sin embargo, serían los curas jesuitas, en 1610, quienes introdujeron a estos pobladores arrancados directamente de las sabanas donde pacen los elefantes.

Los jesuitas, como señala Rocío Rueda Novoa, “pasaron a formar parte de las redes de comercio de esclavos de las compañías negreras, a fin de importar esclavos negros directamente de África”.

Afirma que en 1690 compraron a los primeros carabalíes provenientes del golfo de Biafra; más tarde, en 1695, llegaron los primeros congos de África Central: “Hacia 1850, el 34% de los esclavos existentes en Imbabura aún mantenían los nombres de origen africano, tales como carabalí, congo, mina y mondongo”.

A muchos les adjudicaron el apellido del amo, más para reconocerlos —como una suerte de marca que no recibía herencia—. Los negros de Esmeraldas tuvieron mejor suerte: un barco encalló y se escaparon como náufragos fugitivos hasta que, como siempre, se toparon con el hombre blanco.

Entre las 132 haciendas y propiedades de los jesuitas, en el actual Ecuador, 9 se encontraban en el sector del antiguo valle de Coangue: Caldera, Carpuela, Chalguayaco, Chamanal, Concepción, Cuajara, Pisquer, Santa Lucía y Tumbabiro, donde 8 estaban destinadas para la siembra de caña de azúcar y tráfico de aguardiente, como bien señalaba el Obispo de Ibarra e historiador ético —por su defensa de la verdad histórica— Federico González Suárez. Aquiles Pérez investigó que, en la época, existían 1.760 esclavos traídos del continente del ébano.

No les fue mejor a los esclavos afros con la expulsión de los jesuitas, en 1767, porque pasaron —como si fueran bienes muebles— a la administración de la Junta de Temporalidades de la corona española y, años después, a la venta de particulares que eran peores que los jesuitas, porque —con el fin de ganar más dinero— aumentaron la presión sobre los esclavos. Se produjeron alzamientos. Los hacendados, ya a finales del XX, entregaron pequeñas parcelas, a lado del río, por lo que los negros se convirtieron en huasipungueros. Con la reforma agraria, de 1964, se entregaron lotes de 2 hectáreas, que fueron insuficientes para el reparto de una familia.

Después, vinieron las casas de bahareque y paja, donde los domingos por la tarde se escuchaba la banda mocha, llamada así porque tiene canutos de pencos cortados.

Tres niñas de Chalguayacu, Rosa Elena, Gloria y María Magdalena Pavón, oían a este prodigio de la banda mocha que nació imitando a las bandas populares mestizas de viento, pero como no tenían instrumentos propios tuvieron que inventarse con lo que había.

Así los trombones, tubas y fiscornos —estos últimos que nacieron a inicios del XIX como una suerte de trompeta para la cacería de la aristocracia alemana— fueron remplazados por los puros, esas sencillas calabazas; saxofones, barítonos y trompetas mudaron a pencos, esos canutos que en los labios de los negros parecían de metal; clarinetes, flautas y piccolos pasaron a convertirse en sonidos salidos de la aromática hoja de naranjo que, según el ejecutante, lograba sonidos indescriptibles.

Además de bombos y, cuando no había, hasta tapas de ollas y, por si fuera poco, incluían níveas cumbambas de burro. Pero las niñas tampoco podían ser parte de la banda, porque sus integrantes eran únicamente hombres. Así que, a su condición de hijas de antiguos esclavos ahora se sumaba que eran mujeres.

Pero ellas otra vez le dieron vuelta a la tuerca de la historia, porque de sus voces salieron los instrumentos que les faltaban y se convirtieron en trompetas, en bajos, en coros, de ecos y contrapuntos, mientras una llevaba la melodía, esas mismas que habían escuchado en las voces de sus abuelas, que un día fueron arrastradas a una tierra ajena. Las Tres Marías, como se las conoce, han sido declaradas Patrimonio Vivo del Ecuador y son parte del proyecto Taitas y Mamas, que reúne a íconos de la música ecuatoriana como los esmeraldeños Don Naza y Papa Roncón, entre otros, quienes se presentaron en una gala en el Teatro Sucre; recientemente el proyecto fue nominado al Grammy Latino, por el diseño del empaque de su producto.

Pero eso no les quita el sueño a estas septuagenarias mujeres que caminan por las polvorientas calles de su pueblo con los pies descalzos, porque saben que en su música generaciones de negras también están cantando ante el olvido: “Allí arriba en el solar/ donde vive mi morena/ está saliendo un bandido/ que le sigue a Filomena…/ no te dejes agarrar…”.

Gloria, en la actualidad, vende las escasas frutas de su chacra en el mercado de Otavalo; María Magdalena es partera, mientras que Rosa Elena, como si los jesuitas jamás se hubieran ido, tiene las llaves de la iglesia donde está el santo de la Compañía de Jesús, Francisco Xavier, y prepara los bautismos.

Sin embargo, esta mujer de ojos de miel y sonrisa amplia, también es curandera, como si la sangre de los mandingas aún corriera por sus venas. Eso evoca el tiempo en que uno de los chivos se convertía en el Diablo de los mil cachos y se paraba al frente del río Chota, para desbordarlo… Mas, mientras estas mujeres recias canten por los áridos parajes no hay de qué preocuparse. (I)

lunes, 8 de febrero de 2016

Máscaras de carnaval

La celebración del carnaval, como el mundo, es diversa. Tras los famosos de Río de Janeiro (por cierto para quien puede acceder al Sambódromo) o de Venecia, se esconden las máscaras. También, aunque en menor grado, en nuestro país que vive un momento de transición entre el juego con agua, al que erróneamente se ha realizado una cruzada para ‘culturizarlo’ hacia un turismo que, como buena invención de la época industrial, a veces está vaciado de contenido.

Debe ser por eso que en los antiguos carnavales -los que eran con mojada- permitían la oportunidad para acercarse entre vecinos. Todo estaba permitido, como arrastrar a la más quejumbrosa hasta un tanque de agua y después acudir a lo que se llamaba la ‘secada’, que no era otra cosa que el ‘canelazo’ y, si era posible, algún baile. Porque de eso se trata precisamente los orígenes de estas festividades, hace más de cinco milenios, cuando los sumerios no distinguían entre amos y esclavos y en sus bacanales, como se llamaban, todo estaba permitido, hasta que llegó la Iglesia para poner su huella y adaptarla a su ritualidad, previamente al ayuno de la Cuaresma. Entonces la fiesta de la carne tuvo su límite, el Miércoles de Ceniza, donde recuerdan -a quienes se ponen la cruz- que polvo eres y en polvo te convertirás. 

Al inicio, cuentan los abuelos, el carnaval era con globitos perfumados antes de que aparecieran las temibles bombas marca Zaruma, que dejaban moretones. Ahora la época de carnaval, hará diez años, está enfocado más en el turismo. Y, claro, aparecen las máscaras como sustento, por ejemplo, de algunas festividades indígenas que son como un adelanto de la fiesta de solsticio de junio. Es curioso, la casi extinción del juego con agua ha renovado una serie de estrategias étnicas que no tienen ni dos décadas, como el ya consolidado carnaval de Coangue, en el Valle del Chota, promovido por sus propios habitantes, y también la reciente Fiesta del Florecimiento o Pawkar Raymi, que algunas élites indígenas reivindican como milenaria, aunque se trata de ‘préstamos’ proincásicos. Pero de esto también se trata la cultura, de un movimiento y de una construcción constantes. Por eso el propio país se está reinventando para ofrecer a sus visitantes -más que sus paisajes- lo que somos. 

Acaso, con el tiempo, es posible que se adopten las máscaras para esta época, aunque tenemos gran tradición para el fin de año. Por eso, aquí un acercamiento a su significado. En los antiguos griegos -en su fastuosa simbología- la palabra máscara significa persona. En su teatro, donde lo dramático era uno de los ejes, la persona se ocultaba tras la máscara. Era, de cierta manera, otro. De allí que la máscara tiene una carga simbólica que representa el mundo mágico-mítico. En ella, el chamán reproduce los poderes; allí están, también, los papeles que colocan al mundo al revés.

Lévi Strauss dice que una máscara no es únicamente lo que representa sino básicamente lo que transforma, lo que elige no representar. Igual que un mito, la máscara niega tanto como afirma; no está hecha solamente de lo que dice o cree decir, sino de lo que excluye. (O)


domingo, 31 de enero de 2016

Sancho Panza y Dulcinea

Uno de los personajes más tiernos de la literatura universal es Sancho Panza. Siempre a lado de su amo, en espera de la prometida ínsula o recibiendo palazos, en medio de las ventas donde el hidalgo caballero pretendía deshacer entuertos. Don Quijote -al final- le entrega la prometida herencia y hasta el pobre y lloroso Sancho se queda con una talega de monedas que encontró en una de estas empresas.

El tema en torno al Caballero de la Triste Figura es inagotable. Siempre se presta -como en el texto de Borges, Pierre Menard, autor del Quijote- a múltiples lecturas. Esta ocasión viene del creador de La metamorfosis, aquel Gregorio que amanece convertido en un insecto. El otro microcuento es de Denevi, autor argentino que -literalmente- nos transporta a un mundo irreverente en torno a ese otro prodigio que es Dulcinea. Hay que recordar que debemos también a Sancho los refranes que aún perduran: “Dime con quién andas, decirte he quién eres”. Algo curioso, como muchas cosas del inmortal libro del Manco de Lepanto, es que no conocemos el nombre del asno de Sancho, mientras que nadie olvida a Rocinante, el caballo de Don Quijote. Dicho esto, aquí está lo prometido.

Franz Kafka, en La verdad sobre Sancho Panza, refiere: “Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que este se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin”.


Mario Denevi, en el texto El precursor de Cervantes, señala hablando de otro personaje memorable, Dulcinea: “Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosas novelas de esas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besaran la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía treinta años y pozos de viruela en la cara. Finalmente se inventó un galán, a quien dio el nombre de Don Quijote de la Mancha. Decía que Don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que a pesar de las viruelas estaba prendado de ella, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario don Quijote. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Dulcinea había muerto de tercianas”.

domingo, 3 de enero de 2016

Los retos de Ecuador

El problema -reconozcamos que es un problema- del país podría resumirse en una cosa: el cambio de chip. Y eso involucra a todos los aspectos. Por ejemplo, en el campo de la cultura no se puede únicamente creer que el país se construye desde lo étnico (esto en muchas ocasiones, además del paternalismo, insufla al mismo racismo).

También en el plano de la economía. Los verdaderos empresarios no pueden ser aquellos que compran un auto y lo venden más caro, con toda una línea de estrategias que incluye propio crédito y propio banco.

Se tiende, erróneamente, a pensar que los problemas de un país están directamente relacionados con el accionar político. Esa es una parte. La otra es lo que la propia sociedad construye. Y, como van las cosas, el tema del cambio de la matriz productiva -es decir pasar de agrarios a industriales o también al conocimiento- implica una apuesta de todos los sectores, pero fundamentalmente del área educativa. No es posible que aún existan universidades que se ufanen en mostrar como emprendimientos una poma de mermelada de frutillas (sin etiqueta, sin registro sanitario, sin adecuado diseño, sin comercialización, sin marketing…).

Obviamente, la tarea es dura y otra vez nos lleva al cambio de chip; en otras palabras, a instalar el adecuado software en nuestras cabezas. Wayne Dyer lo dijo: “La gente rígida nunca crece. Tiene la tendencia a volver a hacer las cosas de la misma manera que la han hecho siempre”. Hay que decirlo: nuestro país, en su gran mayoría, aún es agrario o exportador de materia prima, lo que le hace altamente conservador y aún apegado a los designios de las lluvias (de allí su afición por las deidades).

Y para saber de emprendimiento hay que mirar en otras realidades. Así, Henry Ford recién tuvo éxito en su tercer intento como emprendedor en 1903 con la introducción del auto Ford T, que revolucionó el transporte y la industria mundial. Nacido en una granja pobre de Míchigan, se sorprendió en sus inicios ante un invento que modificó al mundo: la máquina de vapor. Tras lanzar a su segunda empresa a la bancarrota, por dedicarse a mejorar sus prototipos, este inventor se constituyó en el padre de las cadenas de producción, bajando costos, pero elevando los salarios de los trabajadores.

Este es uno de los casos más notables de emprendimiento que, como muchos, nació en un garaje. Un siglo antes, en 1803, Jean-Baptiste Say concebía al emprendedor como un agente económico que une la tierra de uno, el trabajo de otro y el capital de un tercero para vender un producto. Para 1934  Joseph Alois Schumpeter aseguraba que un emprendedor era alguien que rompía con el statu quo porque creaba nuevos productos mediante la innovación. Y esto era precisamente el secreto del desarrollo económico.

Otra vuelta de tuerca la dio Peter Drucker al afirmar en 1964 que un emprendedor es alguien que tiene como propósito el cambio. En este sentido, Michael Porter dice: “La competitividad de una nación depende de la capacidad de su industria para innovar y mejorar. Las empresas consiguen ventajas competitivas mediante innovaciones”.