lunes, 15 de septiembre de 2014

Fiestas sin los caranquis

En este mes la provincia de Imbabura celebra tres fiestas cívicas de fundación: Otavalo, Cotacachi e Ibarra. Las dos primeras rememoran a las chichas del yamor y la jora, respectivamente. Ibarra, en cambio, se prepara con cacerías al zorro y pregones. Las tres ciudades han olvidado a sus antiguos habitantes: los caranquis, quienes poblaron desde Guayllabamba hasta el Valle del Chota, del 500 al 1500, de nuestra era, antes de las invasiones incas y españolas, en el siglo XVI.
¿Quiénes eran estos pueblos? Retrocedamos, entonces, unos cinco siglos: Desde el centro ceremonial de las tolas los caranquis agradecen al más sabio de los montes, el dios Taita Imbabura, por el prodigio de las cosechas de maíz. Hay fiesta en el aire y los danzantes llegan al sonido de los pututus (strombus), ocarinas y rondadores.
Desde hace miles de años -de mano en mano- han domesticado al maíz, y ese colorido esplendor está presente un poco más lejos, en el mercado o tiánguez, en el sector de Salinas. Un mindalae o comerciante camina por entre los sitios dispuestos y le ofrecen chicha, elaborada con semillas diversas que cada familia cultiva y selecciona con esmero.
A la distancia, el dios protector Taita (Padre) Imbabura -que significa criadero de preñadillas- permanece envuelto en su penacho de nubes. Las papas, llegadas desde el ocre confín de los pastos, la yuca, el cuy -un animalillo sabio que vive en Cuicocha (Laguna del cuy)- anuncian la llegada del mediodía.
En la tola ceremonial están depositadas las mazorcas, como un don para estas deidades de montes que se aman y tienen hijos hasta en las lagunas, en forma de islotes. Los danzantes han iniciado -en medio de trajes vistosos- un nuevo círculo ante el asombro de los niños y niñas de ojos diáfanos como las lagunas.
Todos intercambian como hermanos: cayambis, quitus, pastos y caranquis, en una estrategia de diversos pisos ecológicos (microverticalidad) que se complementan: porque -a diferencia de los Andes centrales, Cusco, regimentados por un poder estatal- la economía está determinada por relaciones de intercambio y control de excedentes, en manos de especialistas. Donde la naturaleza también es una deidad a la que no hay que domarla ni explotarla y la reciprocidad es un bien común.
En Cochicaranqui, en el actual sector de Zuleta, a 4 kilómetros de Angochagua, este pueblo ha construido más de 150 tolas que tienen muchos usos: adoratorios, sitios astronómicos, viviendas y es, además, la capital de los caranquis. El otro sitio es Socapamba, donde se levantan 60 montículos de estos pueblos (señoríos étnicos norandinos) que viven en ayllus dispersos y han construido más de 5.000 montículos.
Es irónico, por esa mirada colonizada que aún se tiene, los pueblos tienden a olvidar su pasado. De allí, a la invención de la tradición, solo hay un paso. En Otavalo, alguna élite indígena despistada se cree descendiente de los incas, olvidándose de que son caranquis; y en Ibarra algunos se ufanan, por poco, de ser tataranietos de Benalcázar, quien -por cierto- era porquerizo. En Imbabura, como en el país, la historia de los vencidos aún está por contarse.
 
 

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Por qué Ibarra es Ciudad Blanca?



Ibarra está próxima a cumplir, el 28 de septiembre, 408 años de fundación, aunque algunos -anclados a la temible colonia- sigan pensando en la hidalga Villa española construida para uso exclusivo de los blancos. Eso porque la urbe es también conocida como Ciudad Blanca. ¿De dónde viene el nombre?

Primero. Ibarra fue fundada como un hecho comercial, en 1606. Los criollos quiteños, dueños de obrajes y encomiendas, requerían un comercio más amplio en la ruta Bogotá-Popayán-Quito, y pensaron que lo mejor era abrir una vía hacia el océano Pacífico. En esta circunstancia, por pedido del presidente Miguel de Ibarra, llegó el capitán y encomendero Cristóbal de Troya y Pinque, un quiteño criollo quien había participado en la revuelta de las Alcabalas. De hecho, al año siguiente emprendió el viaje hasta San Lorenzo, pero los sucesivos gobiernos -bajo la presión de los comerciantes guayaquileños- impidieron tener la vía al mar, que se terminó 400 años después, pero sin puerto.

Segundo. La ciudad, al encontrarse a 2.004 msnm, tenía un clima insalubre, lleno de zancudos portadores de paludismo. Por este motivo, en el siglo XVIII, los agustinos propusieron desecar la laguna de Yahuarcocha, donde estaban instalados los mosquitos, para sembrar caña. La idea, por suerte, no prosperó. Había que encontrar una solución higiénica, así que las casas -como hasta ahora ocurre con los árboles del parque- fueron pintadas con cal de Santo Domingo, como un método de asepsia. Fue el Dr. Jaime Rivadeneira, en la primera mitad del siglo XX -junto con su equipo-, quien erradicó el paludismo de Ibarra.

Otro dato: Los ancestros ibarreños eran conocidos como patojos, debido a la cantidad de niguas que existían, debido a los corrales de cerdos. Y el color blanco también está presente en ciudades como Arequipa, en Perú; y Popayán, en Colombia.

Tercero. Una versión, desde la literatura, la trae Roberto Morales cuando afirma que fue a partir del texto de Gonzalo Zaldumbide, en su novela de 1909 Égloga trágica, donde por primera ocasión se señala a la urbe como la Ciudad Blanca. Por eso resultan por lo demás extrañas aquellas versiones que hablan de que los españoles vinieron a fundar la villa porque querían que la ciudad fuera de los blancos, para separarse de los indios, como aún señalan quienes creen que la historia comienza desde una fundación. Se olvidan, acaso, de que la tierra donde se fundó la villa pertenecía al antiguo señorío étnico de los caranquis, quienes florecieron del 500 al 1500 de nuestra era.

Esto a propósito también del cambio de nombre del nuevo parque de Ibarra, construido en el antiguo aeropuerto. La anterior administración, famosa por gastarse la plata en vallenatos, eligió un pomposo nombre, por decir lo menos: Parque Céntrica Boulevar, y dejó un bosque de postes y focos (además de inundar la ciudad de semáforos). Ahora está mejor: Parque Ciudad Blanca, aunque falta volver a la tradición, en su centro histórico republicano, de pintar las casas del color de las nubes.


sábado, 30 de agosto de 2014

En un siglo, de 42 a 8.000 becarios



Hace una semana escribí el artículo ‘Los becarios de Alfaro’ con un propósito: saber qué pasó con aquellos jóvenes que, como ahora, viajaron al exterior para prepararse y retornar al país. El más visible fue Isidro Ayora, con una beca de cuatro años a Alemania bajo el impulso de la época liberal. Cuando retornó, cambió al país al institucionalizarlo, porque dependíamos del dinero que emitían algunos bancos privados, en una época donde declinaba la influencia de los Gran Cacao, quienes -como señalaba Manuel Chiriboga- dilapidaron algunas de sus fortunas en los cabarets de París.

Ahora que hay más de 8.000 jóvenes ecuatorianos en las mejores universidades del mundo, también debemos recordar a aquellos espíritus de antaño que se enfrentaron a la desidia de unas élites que se contentaron con exportar cacao, pero nunca crearon una fábrica de chocolates (cambio de la matriz productiva). Lo propio, años más tarde, hicieron los poderosos grupos bananeros: jamás hicieron un patacón de exportación y a los gobiernos de turno poco les importó apostar por el conocimiento.

Pero quiénes eran esos becarios, me preguntaron varios lectores. Plutarco Naranjo, desde su área médica, mencionó los nombres de quienes fueron a los mejores centros de Francia, Alemania y Suiza: “Manuel M. Cañizares, Mario de la Torre, Isidro Ayora, Francisco Cousin, Ricardo Villavicencio, Luis G. Dávila, Francisco Corral, Ángel R. Sáenz, Alfredo J. Valenzuela y Pablo Arturo Suárez. El regreso de estos becarios marca una de las más florecientes épocas de la medicina científica, la docencia universitaria, las investigaciones y publicaciones especializadas”.

En la revista ecuatoriana Medicina y Ciencias Biológicas, editada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en 1989, Fernando Jurado Noboa señala, pág. 82: “Justamente en marzo de 1906, el Gral. Alfaro concedió por decreto 42 becas a jóvenes ecuatorianos, 23 a Estados Unidos y 19 a Europa”. Y más, nos informa que los becarios recibieron 500 francos mensuales, que equivalían a 65 dólares al mes.

¿Pero qué innovaciones aportaron al país? Por ejemplo, Pablo Arturo Suárez, a su regreso de Alemania, además de traer una máquina de rayos X, puso en práctica varias de sus especializaciones: electrocardiología, higiene, fisioterapia y fisiología, materias consideradas totalmente novedosas en Ecuador.

Esto permitió tratar rehabilitaciones de fracturas, hemiplejías y parálisis. Además de importantes libros e investigaciones sobre la tuberculosis, un diputado por Tungurahua, Suárez -desde una visión social- creó junto con otras personas el laboratorio Life, para producir medicinas para consumo popular a bajo costo. Eso hizo un becario de Alfaro.

Debemos conocer más de esos 42 jóvenes de inicios del XX, quienes fueron amigos y realizaron proyectos juntos. De igual manera es necesario seguir el rastro de los 8.000 estudiantes que, en pocos años, regresarán. Junto con las nuevas universidades ecuatorianas -al fin- se entenderá que únicamente el conocimiento transforma a un pueblo.

 

Los becarios de Alfaro



A inicios del siglo XIX, el viajero alemán Alexander Von Humboldt llegó a un territorio que aún no se llamaba Ecuador. Su aguda inteligencia lo llevó a una conclusión paradojal: es un pueblo que se alegra con música triste y vive sentado en una mina de oro, pero no lo sabe, dijo, después de maravillarse con el locro.
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Habría que esperar varias décadas para que el país entrara en lo que se llamó el auge cacaotero aunque, como cuando se sigue el destino de un producto, a costa de mucha inequidad. En el primer cuarto del siglo XX, la “pepa de oro”, como se la llamaba, produjo alianzas y desencuentros, donde los poderosos Gran Cacao construyeron en Vínces, en la provincia fluminense, una réplica de la Torre Eiffel, de un París que añoraban y donde derrocharon sus fortunas. Sin contar que tenían, entre dos familias, haciendas del tamaño de la actual provincia de Los Ríos ni que el dinero se emitía en sus propios bancos. Para despecho de los banqueros  el 9 de julio de 1929 aconteció la Revolución Juliana y, después, con llegada del presidente Isidro Ayora, se institucionalizó el país. Al fin, había un Banco Central del Ecuador.
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Ayora, quien de joven partió durante cuatro años a Alemania había sido uno de los seis becarios del gobierno liberal de Eloy Alfaro, no tuvo inconvenientes en recibir asesoría de la misión Kemmerer, que también estuvo por Colombia. Pero el cacao, como toda materia prima que no se industrializa, fue cediendo a otras geografías.
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Como había sucedido con el caucho, en la antes poderosa Manaos, en Brasil, los productores de cacao no lograron crear fábricas de chocolate (como sí lo hicieron los suizos) y, poco a poco, otros mercados se abrieron debilitando al país, además sumido –como todo el orbe- en la recesión y en la locura de la Segunda Guerra Mundial.
Pero el Ecuador, como siempre, intentó salir con nuevo producto: el banano, originario de Asia. Se dice que un gobierno progresista –así como hicieron los ingleses con el caucho y llevaron sus semillas a Indochina- envío a una pequeña delegación a África para traer variedades que fueron plantadas desde los años 40, del siglo XX. Como sea, para la década del 50 ocurrió una serie de plagas y huracanes en Centro América, donde se plantaba la fruta, que benefició al mercado ecuatoriano. El Ecuador, como había sucedido antes con el cacao, se convirtió en el primer productor mundial de la fruta. La historia, otra vez se repetiría: únicamente materia prima, sin industrialización.
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Precisamente esa búsqueda de cambiar de materia prima a una con valor agregado –vía conocimiento- es la clave de la matriz productiva. De allí la importancia de recordar este más de un siglo que el país buscó infructuosamente el desarrollo. A diferencia de los seis becarios que tuvo la Revolución liberal, ahora hay más de 8000 jóvenes ecuatorianos que se preparan en el exterior. Y no solo eso, acá en el ámbito nacional las universidades que se crean contribuirán a transformar sustancialmente al país que conocemos. Porque el cambio de la matriz productiva también implica una apuesta por la matriz cultural. Porque el verdadero tesoro está en el conocimiento.

lunes, 11 de agosto de 2014

Guido, nieto de Argentina



En 1977, Laura Carlotto estaba en una confitería en Buenos Aires, junto a su pareja Óscar Montoya. Era un país peligroso para ser jóvenes, y peor jóvenes cuestionadores del sistema. Los militares que los secuestraron los llevaron, al poco tiempo, al centro de detención clandestino de La Chaca, en La Plata. A él lo torturaron y lo asesinaron frente a Laura, que estaba embarazada. Tuvo a su niño, que lo llamó Guido, pero a los dos meses la mataron. Cinco horas tuvo a su hijo en sus brazos. Después, los militares entregaron al niño a una pareja de campesinos, en Olavarría. Lo bautizaron como Ignacio Hurban.
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El chico nunca supo que su padre era ‘montonero’, peor que era músico del peligroso rock en la banda Nosotros. Sus restos fueron hallados en mayo de 2009, gracias a un trabajo de la Iniciativa Latinoamericana de Identificación de Personas Desaparecidas. Lo habían enterrado como NN en el Cementerio de Berazategui el 27 de diciembre de 1977. El cuerpo, de 23 años, tenía 16 balazos, lo que demuestra que fue fusilado.
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La dictadura argentina no solo robaba niños, también mataba: se calcula más de 30.000 asesinados. Sin conocer esto, el hijo, amante del jazz, escribió una canción titulada ‘Para la memoria’: “Si lapidando al poeta, se cree matar la memoria, que más le queda a esta tierra, que va perdiendo su historia”.
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Lo que nunca pudieron, ni en sueños, imaginarse los milicos argentinos de esos años era que una abuela tenaz buscara a su nieto durante 36 años. Es Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, quien a sus 84 años, en estos días, merced a las pruebas de ADN, pudo abrazar a su nieto.
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Hace cuatro años, la abuela, candidata al Premio Nobel de la Paz, escribió: “¿Cómo se puede querer tanto a alguien sin conocerlo, sin saber qué siente, cuándo ríe, por qué sufre? Trato de imaginarme tu cara. Le pruebo bocas, ojos, gestos. Naciste un 26 de junio de 1978... Hace 32 años que te llamás Guido y yo te extraño”. Guido es el nieto 114 encontrado.
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El poeta Juan Gelman, a quien también le mataron a su hijo Marcelo, encontró a su nieta Andrea en 2000, y antes escribió: “Estas visitas que nos hacemos, / vos desde la muerte, yo / cerca de ahí, es la infancia que / pone un dedo sobre / el tiempo. ¿Por qué / al doblar una esquina encuentro / tu candor sorprendido?... ¿Tu soledad obediente / a leyes de fierro? La memoria / te trae a lo que nunca fuiste. / La muerte no comercia. / Tu saliva está fría y pesás / menos que mi deseo”.
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Mario Benedetti dice ‘Desaparecidos’: “Están en algún sitio / concertados desconcertados / sordos / buscándose / buscándonos / bloqueados por los signos y las dudas / contemplando las verjas de las plazas…”.
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¿Qué pensarán de esta historia los milicos viejos que aún viven? ¿Al igual que los conquistadores, cuando llegaron a viejos, se arrepentirán del exterminio? ¿Crearán capellanías para pagar misas a perpetuidad? ¿Aún habrá, en otros lares, quien diga que era por el bien de la patria? Hay que mirar la película Nostalgia de luz, del chileno Patricio Guzmán, porque demuestra que, a pesar de los pesares, a los desaparecidos tercamente nunca se olvida.