domingo, 15 de marzo de 2020

El evangelio de Ernesto Cardenal, 2020/03/05


Desde sus inicios, los curas trapenses, orden nacida en la abadía de la Trapa en 1664 (Francia), tuvieron una historia de persecuciones. Mal vistos por los otros clérigos, aquellos de la mitra y el oro, son auténticos seguidores de aquel hombre que repartía el pan y los peces, más que el de las estampas del crucificado.

Con el tiempo, esa vida monástica –ese silencio de la oración y los votos de silencio– no fue suficiente para el poeta Ernesto Cardenal, quien era novicio en Kentucky, EE.UU. Al igual que sus hermanos o como acaso algunos milinaristas jesuitas que fundaron las misiones en América, especialmente en Paraguay, el poeta decide establecerse en la isla de Solentiname, en el gran lago de Nicaragua, para fundar una sociedad utópica.

La dictadura de los Somoza la destruye, en medio de los muertos y torturados. Cardenal abandona su país para volver junto a las campañas sandinistas hasta convertirse en Ministro de Cultura, vinculado a esa fuerza que es la Teología de la Liberación, y, por lo tanto, suspendido por el Vaticano. Incluso el papa Juan Pablo II lo recriminó en público, aunque recientemente le concedieron un indulto.

El domingo anterior falleció en Nicaragua. Cardenal, con El Evangelio en Solentiname, sus salmos, epigramas… se configura en esa voz poderosa que necesitamos en estas tierras nuestras tan llenas de injusticia.

Nos dice en Salmo 5: “Escucha mis palabras, oh Señor / Oye mis gemidos / Escucha mi protesta / Porque no eres tú un dios amigo de los dictadores / ni partidario de su política / ni te influencia la propaganda / ni estás en sociedad con el gánster… Al que no cree en la mentira de sus anuncios comerciales / ni en sus campañas publicitarias, ni en sus campañas políticas / tú lo bendices / lo rodeas con tu amor / como con tanques blindados”.

Un clásico trasciende el tiempo, Cardenal está en ese camino.


Chile, entre mapuches y “alienígenas, 2020/02/27


En el turístico Mercado Central, en Santiago, la centolla mediana -un pantagruélico cangrejo- cuesta $ 100, el 25% del salario de un obrero, que no toma vino de exportación. Según el informe OCDE, que critica la evasión de impuestos, cuatro chilenos, incluido el presidente Sebastián Piñera, tienen la misma cantidad de dinero que un millón de compatriotas, el mismo número que salió a protestar en la Plaza de la Dignidad: “Yo pisaré las calles nuevamente / de lo que fue Santiago ensangrentada…”, canturreando a Pablo Milanés.

Circula en videos que en la Quinta Vergara, de Viña del Mar, la gente grita y asocia a Piñera con la dictadura de Augusto Pinochet. Durante los días de las protestas de octubre, que causaron $ 4.500 millones en pérdidas en la infraestructura, la primera dama Cecilia Morel decía en un audio filtrado: “Es como una invasión extranjera, alienígena… vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.

“Chile es un verdadero oasis”, exclamaba el mandatario dos semanas antes de comer pizza mientras la ciudad ardía. “¡Este país es una plasta! / ¡Aquí no se respeta ni la ley de la selva!”, escribía hace tiempo el centenario antipoeta Nicanor Parra. Alguna ocasión, en un condominio santiaguino, leí un letrero furioso: “Prohibido que jueguen los niños en el jardín o llamamos a los carabineros”.

Chile, tierra de mapuches y de Altazor, de Huidobro: “Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada”; del Canto general de Neruda: “Patria, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre”; de los piecitos fríos de Gabriela Mistral; de Violeta Parra: “Miren cómo sonríen los presidentes cuando le hacen promesas al inocente”; de Víctor Jara y sus plegarias: “Líbranos de aquel que nos domina / en la miseria”; de Los Prisioneros con “El baile de los que sobran”: “Ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación / y para qué, para terminar bailando y pateando piedras…”.


Parásitos, el malestar como metáfora, 2020/02/20


Arhur Young, viajero del siglo XIX, cuenta sin una pizca de complejos que vendió su caballo en 600 libras tornesas (cuatro años de salario anual para un “sirviente ordinario”), refiere Thomas Piketty, en “El capital en el siglo XXI”. Los novelistas del XIX, dice, describen un mundo donde la desigualdad era en cierta manera necesaria: si no existiera una minoría suficientemente rica, todo el mundo debería preocuparse por sobrevivir. “Esta visión de la desigualdad tenía por lo menos el mérito de no describirse como meritocrática”, acota.

Parásitos, del director surcoreano Bong Joon Ho, está construida de anti-héroes y con un aire kafkiano de cucarachas. Roberto R. Aramayo increpa: “Quien vea esta película queda bien motivado para leer a Piketty. E igualmente para releer el “Discurso sobre el origen de la desigualdad” de Rousseau. Bajo los malos gobiernos -advierte Rousseau- la igualdad proclamada por las leyes no pasa de ser aparente e ilusoria. No debería consentirse -dice- que un puñado de gentes rebose de superfluidades mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario”.

En las primeras escenas, la familia Kim del subsuelo busca desesperadamente conexión wifi y la halla en el retrete, entre el “olor de pobres”. Afuera la realidad vergonzante: ocho hombres, sin ruborizarse, tienen la misma cantidad de dinero que 3.600 millones de seres humanos.

Corea del Sur está entre las 10 economías más importante del mundo, pero un Kim requiere –con salario promedio de allá- 564 años de trabajo para tener una tétrica casa como la de los Park (el glamuroso tacho de basura cuesta $ 2.000 y fue prestado para el film). ¿Necesitamos todos una casa como la de los Park con su horrendo secreto? Le Corbusier tenía una casa de 3x3. Hay que leer “El intestino del Leviatán”, de Santiago Zarria, en Plan V, donde dice que hay que domar a la bestia –el sistema capitalista- porque terminará por hundirse.


De Gangnam Style a Parásitos, 2020/02/13


De la mano del rapero surcoreano PSY, estudiado en Berklee, llegó en 2012 Gangnam Style: una crítica a las clases acomodadas de la populosa Seúl, que incluía el “baile del caballo” y un jalón de orejas a las Doenjang Girl (chicas que comen comida barata –doenjang– a fin de comprar caros frappuccinos en Starbucks).

Curiosamente, el rapero nació en ese distrito –no le diré barrio, que es otra cosa– donde su padre es el gerente ejecutivo de DI Corporation y su madre, dueña de varios restaurantes glamurosos. Su nombre real es Park Jae-sang (en Corea primero se dice el apellido). El video tiene un millón de reproducciones, solo debajo de Despacito.

Ahora, en la ganadora absoluta de los Óscar, la película Parásitos, de 2019, del director Bong Joon-ho, la historia se desarrolla precisamente en la lujosa mansión de otros Park y en el sótano y meadero de los Kim –el apellido más común–, donde los pícaros “pobres” tratan de aprovecharse de los ingenuos “ricos”; la lujosa casa guarda un secreto y fue adquirida como ascenso social (los pudientes norteamericanos de posguerra fueron coleccionistas del arte impresionista, casi sin entenderlo).

La historia se inicia con un talismán: la piedra Gongshi que traerá riqueza. Es una sátira al capitalismo contemporáneo que se desarrolla como una matrioshka, pero al revés. Bong no es un sociólogo acomplejado. Como nos recuerda el libro El nombre de la rosa, de Umberto Eco, la única posibilidad de burlar al miedo es la risa. En un planeta donde ocho personas –Jeff Bezos, Bill Gates, Amancio Ortega, Warren Buffett, Carlos Slim, Mark Zuckerberg, Larry Ellison y Michael Bloomberg– tienen la misma cantidad de dinero que 3.600 millones de humanos, tal vez llegó la hora de compadecerlos.

Espero la película de nuestros Gran cacao gastándose la plata con las bailarinas del Moulin Rouge, sin mirar el subsuelo de los “guandos” ni comprar un óleo de Manet. (O)


domingo, 9 de febrero de 2020

Steiner y los “parásitos”, 2020/02/06

En el último de sus prólogos para Los conjurados –que alude a ese extraño país Suiza, donde “han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”– Borges dice que al cabo de los años se dio cuenta de que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso, afirma.

Siguiendo la idea, sentencia: “No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres”.

Esta semana murió George Steiner, el nonagenario erudito y crítico literario, quien nos hablaba de La Ilíada como la metáfora de la destrucción de la ciudad que obliga a sus habitantes a vagar por la tierra, mientras que La Odisea relata las consecuencias del individuo desplazado. Tras su muerte ha dejado una entrevista para la posteridad realizada por Nuccio Ordine, quien cree que “debemos cultivar utopías y formar herejes”.

El hecho es poco frecuente, porque la mencionada entrevista, publicada en El País de España, fue preparada con meses de anticipación y debía ser publicada al otro día del anuncio de su fallecimiento, tal como sucedió.

¿Qué nos dice un hombre que sabe que cuando lo leerán no habrá ningún reproche? ¿Hablará desde su corazón o tratará, de alguna manera, de justificarse? Steiner, consecuente con su labor de amante de las palabras y de los silencios, decide ser honesto. “Me faltó valor para crear”, declara este conocedor de Dante, quien no conoció La Odisea, de Aquiles –que tiene 46 epítetos para nombrarlo–, de Shakespeare, aquel hombre del teatro que soñó en reinos distantes; de Nietzsche, descubridor de la sombra en un árbol mientras era Zaratustra… Steiner, al final de sus días, señala: “Y, probablemente es mejor fracasar en el intento de crear que tener cierto éxito en el papel de ‘parásito’, como me gusta definir al crítico que vive de espaldas a la literatura”. (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/steiner-parasitos

Campana de Pimampiro, 1679, 2020/01/30

Caía la noche sobre las inmensas regiones donde las lagunas y montañas eran dioses. Era una época donde la Luna tenía sus adoratorios y los pueblos intercambiaban ají y maíz; las conchas spondylus eran monedas, más valiosas que el oro.

Llegó la espada, muy cerca le acompañó la cruz. Los curas doctrineros recorrían las casas buscando lo que  llamaban falsos ídolos: tenían a un dios con corona de espinas que prometía el paraíso. Pero no todos los indígenas estaban dispuestos al sometimiento, que incluía desmembrar a las familias en el trabajo de las mitas y obrajes. Se sabía que los indios arwak, de las Antillas, se suicidaron colectivamente o los indios del Valle del Cauca, en Nueva Granada; otros, como los quijos –tras la fracasada sublevación de 1578– estrangularon a los recién nacidos para que no pagaran tributos a los españoles. Y, claro, hubo muchas sublevaciones ocultas para la historia de quienes escribían con ojos de los conquistadores.

Los curas doctrineros habían llegado a Pimampiro en 1679. Era una tierra fértil y sus parcelas, en los tiempos de la Luna, eran apreciadas por los amautas por su producción de la sagrada hoja de coca. Los sabios –los únicos que podían utilizarla– hablaban con los dioses como si fueran personas. Los curas se dedicaron a levantar una iglesia y arriba colocaron una pesada campana para llamar a misa. Los caranquis fueron, pero obligados. Escucharon las palabras de un dios clavado en un madero. Después, supieron que la campana no les libraría de que los primogénitos fueran de esclavos a las mitas.

Un día hubo revuelo. Los clérigos habían bajado al Valle del Chota por provisiones. Cuando volvieron a Pimampiro no hallaron a nadie. Los indios, como los llamaban, habían huido llevándose hasta la campana, hacia el Oriente. A veces, dicen los viajeros, es posible escuchar a ese pueblo perdido que hace sonar aún la pesada campana, que llegó allende el mar en carabela. (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/campana-pimampiro-1679-oriente-chota

Los mechayas de Urcuquí, 2020/01/23

Por las tardes, mientras recogían el arado, los campesinos me contaban sus antiguos saberes. Había llegado para investigar durante cuatro meses a las famosas brujas voladoras, del triángulo de Mira-Pimampiro-Urcuquí, pero con el tiempo aparecieron otros relatos. Lo más sorprendente de vivir en el lugar sucedió una madrugada. Un lejano rumor, un cántico. Al entreabrir la ventana: el cura del pueblo junto con dos beatas que cargaban a una virgen esbelta.

En el Jueves Santo se observaba a los santos varones y a las vírgenes coloniales, además de los romanos con rostros de capulí y los últimos animeros de Imbabura. Comparto esta leyenda que no la había escuchado nunca:

El ruido de la acequia parecía perderse en la noche cerrada. Apoyado en un cayado imprevisto, un vecino de San Blas de Urcuquí se abría paso por los surcos. A lo lejos, el viento parecía estrellarse entre las montañas y volverse hacia los pastizales.

Al frente, la oscuridad como un presagio. Sin aviso, una ráfaga de luces mínimas pasó por sus ojos. Destellos como grandes luciérnagas. Más de una docena de centellas que se movían vertiginosas, pero que también se detenían para reanudar un vuelo que ora era a ras de suelo, ora por la cabeza del aturdido campesino. Los fuegos, del tamaño de un puño cerrado, ascendieron por el aire. El hombre estaba hipnotizado. Recordó vanamente una historia, pero sus ojos seguían al torbellino de resplandores. Otra vez, el concierto de luces golpeaba al viento. Iban en una hilera magnífica, como si siguieran una ruta. Antes de esfumarse, pasaron tan cerca del espectador que si alargaba su mano habría atrapado una esfera.

Al otro día, mientras relataba su experiencia en el poyo de la casa, cerca de la iglesia, un hombre viejo le dijo: eran mechayas. Son como fuegos fatuos. Mecheros de las noches funestas. Al atraparlos –aunque sea a uno– se convierten en saquitos de oro. (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/mechayas-urcuqui