lunes, 26 de febrero de 2018

'Don Nica’ llega al infierno, 2018/01/25


“Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, inicia su soneto el poeta mexicano Enrique González Martínez ante una poesía que, aunque era el modernismo iniciado por Rubén Darío, precisaba de nuevos aires. Así como la pintura, donde una corriente interpela a la anterior y después, caso curioso, regresa a los clásicos, la literatura no es una pieza de museo. El siglo XX le debe mucho a Chile: Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas y una vuelta de tuerca más a la palabra: Nicanor Parra, quien acaba de morir a los 103 años en su ley: la antipoesía, palabra subversiva. Por eso hay las voces que claman en el desierto. Son los proscritos y profetas, a quienes muchos piden sus cabezas.

En Versos de Salón escribió: “Durante medio siglo la poesía fue el paraíso del tonto solemne. Hasta que me instalé con mi montaña rusa. Suban si les parece. Claro que yo no respondo si bajan echando sangre por boca y narices”.

En el prólogo de la antología Poemas para combatir la calvicie, Julio Ortega da con la clave: “Si César Vallejo para armar su dicción transformó normas de habla codificada que provenía de la liturgia, la antítesis quevediana, el arrebato del himno, y que incluía fórmulas regionales y familiares, Parra ha tenido en cuenta la canción octosilábica, la tradición métrica -especialmente el endecasílabo-, la dicción isabelina y el dialoguismo civil de la moderna poesía inglesa; por otra parte, el esquema y el diagrama propio de los lenguajes de la ciencia y la lógica”. En Manifiesto, cuando dice que los dioses bajaron del Olimpo, se lee: “Nosotros repudiamos / la poesía de gafas obscuras / la poesía de capa y espada / la poesía de sombrero alón. / Propiciamos en cambio / la poesía a ojos desnudo…”.

Leila Guerriero, en una crónica de El País, cuando lo entrevistó en su casa donde soportaba la indiferencia, escribió: “Es un hombre, pero podría ser un dragón, el estertor de un volcán, la rigidez que antecede a un terremoto”. Cuenta que cuando tenía 55 años asistió a un encuentro de escritores en Washington y que, a mala hora, inesperadamente la mujer de Nixon les invitó a tomar el té. Ahí nomás llegaron las denostaciones, mientras ardía Vietnam. Así somos, no solo matamos a nuestros héroes sino también olvidamos a nuestros poetas, hasta que se cumplen 100 años de nacidos. “La derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas”, dejó como sentencia el antipoeta ‘Don Nica.


Las brujas de San Borondón, 2018/01/18


Una obra de microteatro “naif”: “El santo prepucio”. Localidad: San Borondón (en el mito canario es una isla perdida), cerca de Guayaquil de fraguas de Vulcano. Aquí la censura aupada por un comisario que no alcanza para un relato kafkiano o teatro del absurdo, de Beckett: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, / guardé silencio, / porque yo no era comunista…”

A lo sumo da para picaresca, porque el género es comedia. El cartel tiene un salchichón y en la versión anterior un chorizo y sus respectivas monjas. Toda una lectura fálica, un desmonte del sistema patriarcal. Una guerra de imágenes para citar a Serge Gruzinski. La obra regresará pero se obliga a pedir disculpas. “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, diría don Quijote.

Hay también tragedia, porque todo fundamentalismo es eso: la lectura de la bula Summis desiderantes afecctibus, de Inocencio VIII, que desató la persecución de las brujas en el siglo XV, como si fuera algo normal en el XXI. De allí la palabra blasfemia contra las mujeres actrices. Antes los “herejes” iban a la hoguera. Eso lo supo Giordano Bruno y aquellos que sintieron en carne propia la bula Ad extirpanda, promovida por otro Inocencio IV, para usar la tortura y sacarles a sus víctimas la confesión de herejía. Del celo religioso nace el Anticristo, decía Umberto Eco

Por acá, iniciaron con la extirpación de idolatrías en la época colonial mientras llevaban en andas al apóstol Santiago “mata indios”. En el libro De la estupidez a la locura, Eco señala que el tema de las reliquias iba con el factor económico porque eran un recurso turístico para atraer feligreses. “El prepucio de Jesús estaba expuesto en Calcata (Viterbo) hasta que en 1970 el párroco comunicó su sustracción. Ahora bien, han reivindicado la posesión de esa misma reliquia Roma, Santiago de Compostela, Chartes, Besanzón, Metz, Hildesheim, Charroux, Conques, Langres, Amberes, Fécamp, Puy-en-Velay, Auvergne”.

Modestamente, culmina Eco, esta historia la he contado en mi novela Baudolino pero no pretendo hacer creer a quienes no creen. Igual, el culto al santo prepucio fue prohibido por la Iglesia en 1900, con la amenaza de excomunión a quienes lo siguieran ante la presencia de 14 “originales pellejillos divinos”.

Queda la frase de Stanislavski “Toda lesión, toda violación de la vida creadora del teatro es un crimen.” ¡Todos al teatro! La intolerancia no se combate solo en las redes.



sábado, 30 de diciembre de 2017

Testamento al Año Viejo, 2017/12/28

En los tiempos antiguos el rayo era una deidad. Un día, fue Thor. Illapu, por estas tierras. Tras el relámpago aparecía el fuego. Nuestros ancestros, temerosos en las cavernas, protegían la espontánea lumbre. Algo cambió cuando este elemento pudo ser controlado. Un hecho significativo: en torno a la hoguera los viejos contaban sus historias para espantar al olvido.

Se crearon mitos. Para los griegos, Prometeo robó el fuego y lo entregó a los humanos. Zeus lo castigó dejando que una ave de rapiña lo picoteara sin piedad. En la cosmogonía shuar fue Jempe (el colibrí) quien hurtó el fuego del inframundo donde vive Iwia. Para esto se prendió sus alas.

Los ritos están intactos. Eso es la quema de los monigotes en Ecuador: la purificación. La promesa de días mejores, aunque con testamentos… un pueblo que se ríe de sí mismo, de sus desgracias. Atrás de estos elementos se destacan las máscaras, que son el ocultamiento, pero también la autoconciencia para subvertir el orden. Está el libro de Juan Lorenzo Barragán sobre las diversas caretas que pueblan este país de contradicciones. Constan para muchas festividades, pero la de los años viejos son memorables.

El otro trabajo de investigación de largo aliento de la cultura popular pertenece a Marcelo Naranjo Villavicencio, merced al Cidap. En esta época qué dicha mirar a los políticos reconstruidos y burlados por la astucia popular. Los fantoches elaborados con humilde aserrín esperan con paciencia el desenlace fatal en medio del estruendo de las camaretas.

Los orígenes son antiguos, tal vez de las saturnales romanas o de los antiguos celtas. Llegaron en silencio en las carabelas y, una noche, asaltaron las piadosas ciudades coloniales para tomarse los vecindarios, con viudas al fin travestidas. Ahora, los muñecos que “remedan” a los héroes de la cultura de masas son apropiados con nuevas simbologías. Ya son nuestros y barrocos. Qué nos importa si el hombre araña de papel periódico gastado y grumo se cuelga de los improvisados alambres en el suburbio de Guayaquil hasta volverse cenizas.

Pero el fuego no purifica todo, al otro día seguimos siendo los mismos. No somos el cambiante río que decía Heráclito. No somos uno de los elementos de Parménides. Pero estamos allí con nuestras máscaras -ya sin hilo- caminando por este ancho mundo fingiendo lo que no somos. Esperando al carnaval… Éramos una máscara, clamaba Martí.


Carta urgente a Papá Noel, 2017/12/21

Es inevitable, la memoria de la Natividad viene bajo el influjo de buñuelos con miel. Como nací en la época de novenas de ángeles y pastores, galletas en forma de animales, olor de palo santo, pesebres con su propia laguna de patos al mejor estilo barroco, el burrito sabanero y dulce Jesús mío (dicen que el padre Ascúnaga interpretaba en el órgano de San Francisco), chisperos, tamales… no soy proclive a los centros comerciales.

El pavo no me cae ni bien ni mal, aunque miro en las redes la campaña para que se consuma Mr. Pollo. De Papá Noel, he notado que tiene el traje de una bebida y que se ríe de manera anglosajona (jo, jo, jo), pero aprecio esa metáfora que es el libro Canción de Navidad, de Charles Dickens como una crítica al sistema industrial del siglo XIX, donde aparece el viejo Ebenezer Scrooge, un portento de la avaricia y el egoísmo. En el texto, llegan los diversos espíritus para mostrarle al vejete incluso cómo serán sus festividades del futuro. Allí encuentra un nombre familiar en la tumba abandonada. Después, es justo escuchar a Omo Bello cantar el Ave María de Bach.

Mas, como todos tenemos recuerdos, debo decir que el tema “El tamborilero”, esos compases como si fuera música cíclica, aún perviven: “… los pastorcillos quieren ver a su rey, / le traen regalos en su humilde zurrón”.

Por esta ocasión, no caeré en la tentación de seguir a Nietzsche y su crítica a la construcción judeo-cristiana de la caridad. Y eso, porque hace pocos días –como historiador que soy- recibí una llamada a medianoche. El Cabildo de la ciudad donde vivo había levantado un enorme pesebre, que incluía unos fabulosos camellos. La interrogante era si el niño Jesús debía reposar en una cuna o en el simple heno. Recordé, vagamente, la época franciscana del colegio y en cinco minutos, merced a internet, di con la respuesta. Al parecer, siguiendo la leyenda, el 24 de diciembre de 1223, san Francisco de Asís, amigo de los pájaros, organizó un pesebre en una cueva en el pueblo de Greccio prefigurando esa doctrina del perdón que puede anular el pasado.

Después, me informaron que consiguieron las pacas, supongo de cebada. Enseguida recordé que esa gramínea fue traída por fray Jodoco Ricke y que, según contaba el pícaro fray Agustín Moreno, sus cofrades construyeron una pequeña fábrica de cerveza. Eso me lleva a una pregunta paradojal: qué tal quedarán los buñuelos con la cerveza artesanal Caran.


El amigo del chuzalongo, 2017/12/14

Un día el abuelo Juan José decidió viajar para mirar el mar de sus mayores. Estaba obligado a pasar por Mojanda, donde según decían- estaban los Puchos Remaches que hacían fritanga de los humanos, para después servirles en espléndidas viandas a los incautos viajeros. Pero antes, había que pasar por Atuntaqui, donde eran famosos los arrieros, quienes emprendían largas caravanas y debido a la peligrosidad de los caminos hacían testamento.

Los arrieros eran gente honorable, decía el abuelo. En las largas jornadas estos hombres le contaban al abuelo muchas historias, como de la temible Caja Ronca y el diablo. Los arrieros ya no existen, pero quedan aún esas voces que se han transmitido para contarnos sus mitos. Y no solamente ellos, también los abuelos andinos nos relatan sus visiones del mundo: los aya humas, el cuichi, los chuzalongos (especie de duendes) son parte de una identidad del cantón Antonio Ante.

Aquí uno de esos relatos: Por encima del cerro anda el cuichi, dice Rosario, señalando con su mano las estribaciones del monte Imbabura. Hay quienes cuentan que le agrada ir hasta las vertientes o pogyos, como dicen los abuelos.

Se lo mira con su vestido de colores mientras -a la distancia- viene la lluvia. Más arriba hablan de que el cuichi persigue a los runas (hombres) que llevan ponchos rojos con franjas verdes. Pero lo peor es para las mujeres: si el cuichi atrapa a una, queda inmediatamente embarazada; y en lugar de cría, le nacen renacuajos y lagartijas. Por eso hay que estar prevenidos cuando se pasa cerca de una quebrada, cuando llovizna.

Es que, además, si el cuichi envuelve a una persona enseguida le crecen sarnas. Hay un remedio infalible: que un yachac -o brujo andino- bañe a la víctima con abundantes orines, además de envolverlo en denso humo. Por eso es mejor estar precavido y mirar bien hacia el monte Imbabura y hacia el cielo.

A veces, el cuichi se apodera de las vestimentas puestas a secar, cuenta Rosa Lema. Las eleva por los suelos en un ruido vertiginoso y solo el auxilio de varios hombres ha podido arrebatarle la ropa, antes de que la lleve a la cascada. Hay dos clases de cuichis. Aquel que aparece con sus siete colores, como un arco entre las colinas, y otro que es blanco, pero que se recuesta en el suelo como una gran manta.

Este último también se llama Gualambari y dicen que tiene tratos con los brujos. El cuichi es el arco iris, que anda como quiere por Imbabura.


Tres calles de Quito, 2017/12/07

Quito se viste de colores. Pero la fiesta debe también convocar a la memoria. Aquí, tres de sus calles emblemáticas. Fueron escritas para ser colgadas como pendones y por eso son crónicas mínimas. Después se transformó en el libro Quito: las calles de su historia, ilustrado por Mauricio Jácome Perigüeza y editado por Trama.

Primero la Venezuela: De plata fueron hechas las lunas menguantes para los pies de las vírgenes de madera. Los devotos iban a la Calle de la Platería para lograr favores a cambio de joyas. En 1613, el alguacil mayor de Quito, don Diego Sánchez de la Carrera, había llegado de allende el mar para decidir sobre la vida de los quiteños. Acaso quisieron halagarlo y la calle se llamó De la Carrera. En la misma calzada, Antonio José de Sucre construyó su casa, con indicaciones enviadas por cartas.

Unas balas de la infamia lo asesinaron en Berruecos, pero nadie olvida que de Venezuela también llegó el ejército libertario de llaneros. Ahora, la Rocafuerte: Desde la Mama Cuchara se divisan las cúpulas de tejuelos verdes de Santo Domingo. Desde allí hasta la plaza hay 37 pequeñas tiendas: sitio de encuentro de los vecinos. En las noches los niños de la calle Rocafuerte juegan canicas. Esa misma alegría que debió sentir Vicente Rocafuerte cuando gestaba un país llamado Ecuador.

En su calle, al pasar el arco de Santo Domingo, otra ciudad parece vivir un tiempo paralelo. Al cruzar la arquería, la urbe se transforma: más arriba -a la altura del Arco de la Reina- la calle respira incienso: son los bazares de trajes de oropel de niños dioses que viven una perpetua Natividad. Para concluir, una de las más representativas, como es la García Moreno.

En la colonia, el Corpus Christi era pomposo. Para los altares se levantaron siete cruces, con telas pintadas y brocados. Años después, Eugenio de Santa Cruz y Espejo -al amparo de la noche- colgaba panfletos libertarios: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto”, que significa: “Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres”.

Para el siglo XIX la calle se cubrió de sangre. Faustino Rayo, de catorce machetazos y seis balazos, ultimó al presidente Gabriel García Moreno, en una conspiración de varios frentes. A la altura de la Iglesia de la Compañía -de fachada barroca- está un corazón de piedra sin espinas: representa a la piedad del Cristo para esta calle que ha visto demasiado.

http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/tres-calles-de-quito

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los secretos de Quito, 2017/11/30

Buscamos a la ciudad amada a la distancia. Cuando somos jóvenes nos atraen los lugares tumultuosos, el vértigo, los zaguanes para burlar a la lluvia, el graderío de la Calle del Suspiro para mirar a Quito. A veces, la nostalgia del Seseribó con los personajes, nuestros amigos esperpénticos, como un óleo de Stornaiolo donde también aparecen nuestros ojos. ¿A dónde iremos ahora que cierra el Pobre Diablo?

Con más edad, mirar a la distancia del Itchimbía las cúpulas neogóticas de la Basílica y sus seres fantásticos del mundo andino; el farallón del Pichincha en medio de nubes oscuras, como si se tratara de un cuadro dantesco de Guayasamín o las líneas de Tejada.

Las ciudades, como nos recuerda Ítalo Calvino, nos acometen después de haber vagado tanto tiempo por la selva. Volvemos insistentes. Interrogamos los recuerdos transformados por la memoria, porque la ‘Torera’ -la única aristocrática quiteña- aún nos espera sentada en la Mama Cuchara. Y, claro don Evaristo Corral y Chancleta y el eterno Zarzosita junto al Chulla Romero y Flores, una realidad de máscara que aún camina por las calles y come mote a escondidas.

Pero, antes, uno de los seres más fantásticos: Cantuña, capaz de engañar a sus propios historiadores que quisieron hacer de él una metáfora para el adoctrinamiento. También los más pendencieros al estilo de Manuel de Almeida que se transformaba en libertino apenas traspasaba los hombros del Cristo que lo miraba con indulgencia. La franciscana urbe nunca fue la misma desde que llegó la Chilena y hasta la Casa del Toro, con sus dibujos de los trabajos de Hércules, tuvo que abrir sus puertas. Sí, porque allí en frente estaba la casa de Sebastián de Benalcázar quien, con el apellido de Moyano, huyó de esa España para fundar una ciudad en medio de las cenizas.


Qué iba a sospechar que por esas futuras callejuelas caminaría Eugenio de Santa Cruz y Espejo meditando en las ideas libertarias y la premonición de la masacre. Todo para que, en otro siglo, el amante de los volcanes Gabriel García Moreno fundara un observatorio astronómico o Eloy Alfaro escuchara el fragor de un tren imposible. Pero nada sería esta ciudad sin sus periferias y sus chagras, "yo soy paisano, me voy a Quito / me han comentado que hay lindas guambras". Quito, ciudad de laberintos en medio de quebradas y de montes desde donde se adoraba a la luna. Porque antes de su fundación ya existía un orbe, donde Quitumbe venía del mar… (O)

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/los-secretos-de-quito