martes, 10 de mayo de 2016

¿EL TELÉGRAFO es un pasquín?

Un asambleísta, en una entrevista difundida, dice que el diario público EL TELÉGRAFO es un pasquín, a propósito de las últimas oleadas de los ‘Papeles de Panamá’. Esto me recordó una clase con Bernard Lavallé, eminente historiador, autor de la biografía de Francisco Pizarro, “ese pícaro bastardo y analfabeto, quien siendo porquerizo llegó al Nuevo Mundo y asesinó a Atahualpa, todo por la codicia”, según relata la llamada leyenda negra.

Y esto porque Lavallé nos contó un día sobre el origen de la palabra pasquín. En Roma, los libelos aparecían en una serie de estatuas, seis en total, pero la más famosa era la de Pasquino. Se lee en la web: “Estas estatuas parlantes fueron y siguen siendo el arma con el cual Roma ha demostrado su descontento a la arrogancia y a la corrupción de las clases dominantes sin perder el sentido del humor característico de los romanos”. En el siglo XVI, al amparo de la noche, autores anónimos colocaban carteles que, aunque en su mayoría eran poemas, a veces “se llevaban a cabo verdaderos diálogos humorísticos entre las estatuas”.

La famosa estatua de la Plaza Navona de Pasquino, del siglo II antes de nuestra era, representaba a un gladiador romano donde, con el tiempo, se colocaban las sátiras conocidas como ‘pasquinadas’. Hay algunas famosas.

Durante la dominación napoleónica, hubo un diálogo entre Pasquino y Marforio. Este último preguntó: “¿Es verdad que los franceses son todos ladrones?”, Pasquino replicó: “No todos, pero Bona-parte”. Durante el fascismo de Benito Mussolini, en ocasión a los preparativos para la visita de Hitler a Roma, Pasquino dijo: “¡Pobre Roma mía de Travertino! / Te han vestido toda de cartón / para hacerte mirar por un pintor, / tu próximo patrón”. A la muerte del papa Pablo III, Pasquino dijo: “Aquí fue enterrado un tal Pablo / fraudulento, ‘vulpon’ (zorro), ladrón, asesino, / aquí famoso en boca de Pasquino / Allá doliente en la boca del diablo”. A la muerte del papa León X, famoso por la venta de indulgencias, Pasquino dijo: “En los últimos instantes que León había vivido, / no pudo tener sus sacramentos, pues los había vendido”.

La definición de pasquín es: “Escrito anónimo, de carácter satírico y contenido político, que se fija en sitio público”. Uno famoso fue colocado por Eugenio de Santa Cruz y Espejo, aunque algunos dicen que por su hermano, en las Siete Cruces de Quito: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto” (Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres). Hasta en La mala hora de Gabriel García Márquez se los cita:  “... En el puerto, un grupo de mujeres comentaba en voz alta el contenido de un nuevo pasquín puesto la noche anterior. Como el día amaneció claro y sin lluvia, las mujeres que pasaron para la misa de cinco lo releyeron y ahora todo el pueblo está enterado. El juez Arcadio no se detuvo...”.


En esta tónica, hay una pregunta que flota en el aire: ¿Qué haría usted si su banco le deposita casi un millón de dólares por error? A: Se va a farrear; B: Dona a los niños pobres; C: Devuelve el dinero; D: Ninguna de las tres primeras… (O)

domingo, 10 de abril de 2016

¿Boicot: respuesta a los 'Papeles de Panamá'?

Las recientes revelaciones de los ‘Papeles de Panamá’ no terminan de sorprendernos, para el caso ecuatoriano: 59 grupos que hacen negocios en el país, al parecer, no confían en ellos. Estos 59 grupos obtuvieron ingresos mayores a los $ 28.000 millones. Pagaron, en cambio, un impuesto a la renta de $ 609 millones, es decir una contribución del impuesto a la renta del 2,15%.

¿Qué debemos pensar como sociedad? Siempre viene a la memoria la mentalidad de los Gran Cacao cuando sus fortunas se dilapidaban en los cabarets de París mientras en sus haciendas -dos familias dueñas de un territorio de la actual provincia de Los Ríos- nunca construyeron una fábrica de chocolate, pero sí una réplica de la torre Eiffel, en Vinces. O más cercano, los bananeros que tienen como contribución a su Reina del Banano.

¿Qué debemos hacer como sociedad? En la crisis bancaria, una marca de cervezas vinculada a ese atraco sacó un producto. Vivía entonces en Baños e insistí al dependiente que no podía consumir esa botella porque no se compadecía con los miles de compatriotas que esa crisis -con suicidios incluidos- había expulsado. Después, un empresario -que de vez en cuando nos da sus recetas- cerró algunas fábricas para trasladarse a Perú, para evitar pagar impuestos. Bien, dejé de comprar sus camisetas. El boicot contra las empresas es una vía.

Es una de las formas de resistencia de una sociedad que les envía un mensaje bajo el amparo de la ética. Con impuestos -muchos en paraísos fiscales- también se construyen escuelas y no solo engordan a un funcionario público, como algunos creen.

Podrá resultar descabellado, pero ha sucedido en Europa. Cuando un gran conglomerado chocolatero colocó publicidad racista, los consumidores iniciaron una campaña para no comprar esa marca, hasta que desistieron.

¿Qué nos van a decir esos empresarios que todos los días venden sus productos a unos ecuatorianos en los cuales les niegan su futuro? El libro No Logo, de Naomi Klein, dice: “A medida que los militantes se han unido por encima de las fronteras, ha aparecido un programa distinto, que sigue integrando la globalización, pero que quiere arrancarla de manos de las multinacionales. Los inversores éticos, los piratas culturales, los defensores de los espacios públicos, los gremialistas de McDonald’s, los hacktivistas de los derechos humanos, los militantes universitarios y los vigías anticorporativos de internet constituyen los primeros capítulos de la lucha para que exista una alternativa ciudadana al imperio internacional de las marcas. Esa exigencia, que en algunas partes del mundo se sigue susurrando apenas, como para evitar el mal de ojo, consiste en construir un movimiento de resistencia a la vez popular y altamente técnico; un movimiento tan global y capaz de una acción coordinada como las multinacionales que intentan subvertir”.


Y, claro, los 59 grupos representan marcas, sea de camisetas o de supermercados. Hasta ahora no han dicho nada. Tienen su oportunidad… (O)

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domingo, 3 de abril de 2016

Valdivias en bikini



Los países tienen sus íconos: los fabulosos moais de la isla de Pascua, esos monolitos de piedra que ahora se venden en miniatura como souvenirs; los infinitos fridas khalos que abundan en camisetas o jarros, o los infaltables ‘che guevaras’, convertidos en selfies hasta con Obama. (Yo también tengo un afiche de ustedes en mi cuarto. F. Che Guevara, decía un grafiti en Argentina).


En nuestro caso, las Venus de Valdivia que, en esta lógica, al inicio tuvieron suerte porque su factura fue encomendada a los propios comuneros de La Pila, descendientes del pueblo ancestral, merced a un proyecto cultural del Banco Central. Con el abandono, la población se ha dedicado a la reproducción de objetos para el hogar, de la peor factura. Eso que nos recuerda Ernesto Sabato, cuando dice que en la tribu más ‘salvaje’ de África o del Amazonas no se encuentra la vulgaridad que nos inunda por doquier.

Era hora de hacer una crítica.

Es con esta deconstrucción irónica de nuestras simbologías que podemos entender la propuesta de Helena García Moreno, artista ecuatoriana radicada en Alemania, cuando nos presenta su Valdivia en bikini, esa prenda creada por el francés Louis Reard en 1946 y antes en un mosaico romano.

Sin embargo, para deconstruir un ícono, primero hay que conocerlo. Por eso se acercó al museo Weilbauer de la PUCE-Quito para mirar esos relieves del pasado en sus 1.874 piezas. Durante diez años impartió la técnica, mientras el director Patricio Moncayo dictaba la teoría y los estudiantes eran llevados a las comunidades alfareras del país profundo.

Es curioso, porque esta artista que promueve lo ecuatoriano en su galería en Leipzig también pasó por su propio proceso deconstructivo, puesto que está especializada en barroco, al ser parte del renombrado taller Bernardo de Legarda, una iniciativa que se formó para impulsar la tradición de la Escuela quiteña. Sí, tuvo que trabajar con los cristos dolientes y ensangrentados que nos llegaron en carabela. Y ese es el otro punto. Occidente siempre ha mirado la contribución, en este caso de lo precolombino, como meros objetos, aunque los curas doctrineros -con su extirpación de idolatrías en la época colonial- tenían claro que los ídolos representaban deidades.

En el caso que nos ocupa, el libro Danzas silbadoras, editado por Karen Stothert, sobre la labor encomiable de Olaf Holm, nos da las pistas. El investigador asegura que las Venus de Valdivia, entre muchas interpretaciones, representarían un rito de fertilidad o sanación, tendrían “una función curativa en manos del shamán, las mismas que, una vez terminadas la ceremonia, son deshechas y quebradas. Rara vez encontramos figurillas enteras”.

Así, esta pintura, que puede ser apreciada en su recientemente inaugurada exposición en el Cafelibro, es parte de una línea de dotar de nuevos símbolos de lo que somos. Está el caso de Nadín Ospina, que utiliza iconografía pop para resemantizarla en lo precolombino. Estas Valdivias, además del logo del Ministerio de Cultura, aún tienen mucho que contarnos en este país de bruma que tiene miedo de mirarse desnudo. (O)

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Animalanzas el sábado 02 de abril en Libreríaa Rayuela


Imagínese que los animales se han reunido para decir quién será el nuevo rey de la selva. Imagínese que la contienda se decide por medio de la mejor adivinanza. Imagínese que el zorro tiene una treta, mientras el loro es más demagogo. Esta es la obra de Juan Carlos Morales Mejía, ilustrado por Eulalia Cornejo (también estará allí para firmar autógrafos).

Bien, ahora, imagínese que el autor leerá algunos capítulos de este proyecto que ya se difunde en dibujos animados por los diversos canales de Ecuador. Esto será el sábado 2 de abril en Librería Rayuela, por sus nueve años. Claro, como es un día de cumpleaños se obsequiará algunos peluches de Animalanzas.


Para que la fiesta sea completa, el autor también cantará algunos de sus temas, como Mientras seamos niños. A fin de cuentas, “quién te dijo que en el fondo de la caracola no está el mar…” Llegar a Rayuela es fácil: Germán Alemán E12-62 y Juan Ramírez, unas cuantas cuadras arriba del Megamaxi de la 6 de Diciembre, en Quito.

 Les esperamos, de 10h30 a 12h00


Coplas para Fray Agustín

 

 
Acaso, el mejor texto para recordar a alguien que se encamina en la barca al Hades sea el poema que Jorge Manrique escribió a la muerte de su padre en el siglo XV: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el placer, / cómo, / después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquier tiempo pasado / fue mejor”.

Tras la desolación, saber que –en el caso de Fray Agustín Moreno Proaño, fallecido hace una semana- queda su espíritu, no solamente en su sapiencia sino en la profunda enseñanza de vida, que nos lleva a creer en la condición humana. Y otra, en mi caso, la gratitud. Y también de Quito, ciudad que amó entrañablemente y que, como se ha dicho en estos días, fue merced a su libro “Quito Eterno” que se abrieron las puertas para la Declaratoria de Patrimonio de la Humanidad de la ciudad de las campanas. Obviamente fueron muchas personas como Rodrigo Pallares, pero fue merced a esta obra, que llegó oportunamente a los funcionarios de la Unesco en 1978, que se develó a esta ciudad que no habían visto nunca.

Quizá la mejor definición nos da Jorge Núñez Sánchez, director de la Academia de Historia de Ecuador: fue uno de aquellos personajes que la antropología contemporánea denomina como “tesoros humanos del patrimonio cultural”.

Nacido en Cotacachi en 1922, sobrino de Segundo Luis Moreno –ese prodigio que encontró en las claves de lo clásico nuestra música- Fray Agustín podía combinar su erudición, sin resultar petulante, con un fino humor. Tras servirse un buen locro con habas y con la barriga contenta exclamaba: ¡Se llenó el púlpito! Así era y, creo, que así hay que recordarlo. De allí que en la Academia es ya famosa su frase para cualquier brindis: “Si Dios en su gran bondad/ aquí bebiendo nos tiene, / será porque nos conviene. / ¡Hágase su voluntad!”.

Huelga decir que era un historiador profundo y que esa faceta anecdótica viene a la memoria como una manera de exorcizar su partida. Quizá, como siempre ocurre, el mejor homenaje es volver a sus doctos volúmenes, como el libro de toda su vida sobre Fray Jodoco Rique y Fray Pedro Gocial. Comparto los primeros párrafos de su “Quito Eterno”, de este “fraile menor” que nos enseñó a amar la historia, con generosidad.


“La ciudad de Quito debe su origen inmemorial a un héroe mítico llamado Quitumbe. Es posible que los primeros hálitos de su venerable antigüedad se remonte a unos ocho o nueve mil años, poco después de la llegada del hombre primitivo a las colinas de “el Inga”, al oriente del cerro Ilaló, en la provincia de Pichincha, según las fechas establecidas sabiamente por el Dr. Robert E. Bell en sus estudios sobre el paleolítico en el Ecuador. En la lengua Cayapa, Quito querría decir “Tierra poblada” (“Qui” –población; “To” –Tierra). En lengua Colorada, Quito significaría “Hacer Tierra (“Qui” –hacer; “Toa” –Tierra), encontrar la tierra deseada, quedarse en la Tierra por excelencia”.

Es verdad lo que decía Manrique: “que aunque la vida perdió, / nos dejó harto consuelo / su memoria”. (O)



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miércoles, 16 de marzo de 2016

La Caja Ronca va al teatro

En estos días, en el remodelado Cuartel de Ibarra se prepara la obra de teatro de la Caja Ronca, una mitología que es parte del legado colonial y que abarca, geográficamente, la Sierra Centro-Norte de Ecuador. Se trata de una suerte de moraleja, en plena época de expiación de culpas, contra la codicia.

Esto porque la Caja Ronca no es otra cosa que una procesión del Infierno. Sí, el mismísimo diablo va en un carromato, llevando el baúl del tesoro de algún arrepentido, en medio de cucuruchos y sonidos de flautas y tambores.

El alma del penitente, siguiendo el mito, debe pagar sus culpas. Para la mencionada obra se han elegido varios textos que muestran al Becerro de Oro, la antesala del avaro.

Para empezar, y también para situarse un poco antes de la época, está la poesía Lo que puede el dinero de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, del siglo XIV:

 “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto, hombre de respetar, / hace correr al cojo al mudo le hace hablar; / el que no tiene manos bien lo quiere tomar…”

Para estar a tono, no podía faltar de Francisco de Quevedo y Villegas, nacido en 1580, sus Letrillas satíricas:

“Quién hace al tuerto galán  / Y prudente al sin consejo?  / ¿Quién al avariento viejo  / Le sirve de Río Jordán?  / ¿Quién hace de piedras pan,  / Sin ser el Dios verdadero. / El Dinero”.

Sin embargo, del mismo autor, llega en auxilio de la puesta en escena ese prodigio que es Poderoso Caballero es Don Dinero:

“Madre, yo al oro me humillo,  / Él es mi amante y mi amado,  / Pues de puro enamorado  / Anda continuo amarillo.  / Que pues doblón o sencillo  / Hace todo cuanto quiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero… Y pues quien le trae al lado  / Es hermoso, aunque sea fiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero”.

Aquí un paréntesis. Todos estos poemas, incluidos fragmentos de Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, han sido musicalizados por Paco Ibáñez, cantor valenciano, quien tuvo su esplendor en su famoso concierto en París (es posible encontrar estos temas en YouTube).

La Caja Ronca, en la versión ibarreña, era escuchada por los abuelos en el antiguo barrio San Felipe. Antes del terremoto de 1868, que devastó la urbe, se sabe que estaba colocada una cruz, que no es otra cosa que el indicio de una probable pacarina, es decir, un sitio sagrado para la cultura prehispánica.

Como se sabe, los curas doctrineros tenían como costumbre poner los símbolos cristianos –grutas o cruces- para disuadir a los antiguos habitantes de sus antiguos sitios sagrados.

Como sea, la Caja Ronca también recorría el tradicional barrio de San Juan Calle, donde se encuentra el actual cementerio y donde el actual barrio El Carmen es el sitio donde se expenden ataúdes y en donde existen dos amplios salones de velaciones.

Aquí una escena literaria: “Este Señor de las Tinieblas iba recio y parecía que de sus ojos emanaban las órdenes para sus fieles, que caminaban lentamente como arrepintiéndose. De su mano derecha sobresalían unas uñas afiladas que se confundían con su capa escarlata, junto con un tridente fatal. Era como si los conjurados del Miedo anunciaran la llegada de días terribles”. (O)


sábado, 5 de marzo de 2016

Cuando los shuar tenían alas

Aquí una perla: “Los tradicionales aucas sanguinarios y salvajes se autodenominan huaoranis, que son pueblos ya civilizados. Tan civilizados que poseen ejércitos: el de los iwias y los arutam”. Pertenece a Judith Carrión Cabrera, Educación Ambiental (Perspectivas para el año 2000) pp. 185. Universidad Técnica  Particular de Loja, 1995. Tan poco conocemos de la Amazonía que, entonces, es preferible compartir un mito shuar, que, como fundacional, nos recuerda a Ícaro.

Etsa miraba desde arriba de las montañas las largas caminatas de los shuar por la selva, en medio del follaje que los ocultaba y los devolvía a sus ojos como si fueran mínimas hormigas desbrozando las sendas, mientras las ramas se estremecían con sus andares.

Etsa avistaba los sufrimientos de los shuar cuando hacían los largos recorridos, cuando abrían las trochas, cuando cruzaban los caudalosos ríos, cuando se detenían en un claro a tomar aliento. Etsa se compadeció...

Decidió otorgarles alas a los shuar para que, remontándose de los suelos, se burlaran de esos caminos que se perdían en cuanto ponían sus pies. Para que volando les resultara más cómodo y ligero el viaje. Sin embargo, Etsa tenía sus dudas. Por esto, para comprobar la obediencia de los shuar, llamó a Kújancham y lo levantó del suelo. En su espalda le pegó dos alas con cera y le advirtió:

 -No levantes el vuelo hasta que la cera se haya secado definitivamente y por ningún motivo te aventures cuando esté el Sol, porque debes permanecer en la sombra. Así habló Etsa y un hormigueo extraño se instaló en la espalda de Kújancham al comprobar sus recias alas.

 Acaso por este nuevo sentimiento, en cuanto Etsa se marchó, lo primero que hizo Kújancham fue irse donde su novia para alardear de su nueva condición de hombre aéreo. Llegó por encima de la chacra y la llamó fuertemente mientras aleteaba y una sonrisa de satisfacción se instalaba en su cara. Se remontaba en los aires, hacía piruetas, daba dobles rizos como si en verdad fuera un pájaro enorme.

 -¡Hey! Mírame lo que hago, hermosa.

 Mientras otra vez se elevaba por los aires silbaba:

 ¡Shuishui!, y sus alas brillaban en medio de los árboles.

La muchacha se quedó mirando fascinada y se dijo que Kújancham no era cualquier shuar. Así estuvo revoloteando Kújancham toda la noche hasta que decidió realizar más travesuras. Quiso ir hasta la Luna y jugar con ella como si fuera una enorme bola. Al intentar atraparla se le quemaron las manos y la Luna se quedó con unas manchas que hasta ahora persisten.

Kújancham bajó nuevamente a enfrentarse al alba. Tomó nuevos bríos y surcó el espacio por encima de los ríos serpenteantes y se burló de las copas de los árboles. Por una montaña lejana comenzó a salir el Sol. Kújancham seguía en sus vuelos. Los rayos alcanzaron la cera de las alas y cuando Kújancham se dio cuenta ya era un shuar con las plumas deshechas cayendo en picada.

Por la acción de Kújancham, Etsa maldijo a los shuar y les privó de tener alas.

Ahora, cuando Etsa sale, aún observa las largas caminatas de los shuar por los laberintos de la selva y eso como si solo tuvieran el recuerdo de unas plumas.


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