domingo, 26 de octubre de 2014

La Tunda de Esmeraldas



De voz en voz anda el mito. Cuando uno de los abuelos muere, se extingue una biblioteca. La tradición oral requiere andadores de caminos. Esta mitología, que la comparto, la recogí en Esmeraldas:

Lo primero que descubrieron los cazadores, entre el lodo del manglar, eran dos huellas dispares. La una llevaba impregnada la pisada de un pie normal, pero la otra era como si una estaca se hubiera hundido en el fango.
-¡No hay duda es la Tunda!- dijo Emiliano mientras con la mano izquierda se rascaba la hirsuta barbilla.

Los perros de caza, que se habían adelantado por los vericuetos del manglar, aullaron a distancia. Los otros hombres y mujeres se acercaron con sus cununos, tambores, guazás, maracas, güiros y si no trajeron una marimba era por su peso. Hacían una bulla descomunal que retumbaba más allá del monte.
La Tunda, escondida detrás del manglar recio, miró esa procesión delirante y se rió de buena gana. Apuró su paso descontinuado y se escabulló sin prisa. Llegó hasta una cueva y haló levemente el brazo de una niña de ojos enormes. Tenía un vestido de colores y sus pies eran frágiles, pero no le impidieron ir al paso de la Tunda. La pequeña Amaranta no recordaba que su madre le había advertido de la presencia de la Tunda, la mujer que tiene una pata de molinillo de batir chocolate, cada ocasión que los chicos se portan mal.

La Tunda rememoró la persecución y al atrevido viejo Emiliano. Bien sabía él que la aparecida puede transformarse en la persona que quiera y, como fue su caso, dejar entundado a cualquier niño, en medio del monte.

Al otro lado del manglar, los cazadores de la Tunda descansaban. Encendieron una hoguera y fue el mismo viejo Emiliano que contó todo lo referente a esa visión del otro mundo. Dijo que la Tunda, mediante engaños, lleva a los niños desobedientes hasta las profundidades del monte; allí los alimentaba con camarones que salían de su mismísimo trasero, y para darles una buena sazón no dudaba en ventilarlos desde su interior.

-¡O sea que la Tunda sí que es mala. ¿Diga? - exclamó una mujer con su acento esmeraldeño.
-¡Claro, Remedios! ¡Esa mujer sí que hace unos buenos camarones! Alcanzó a replicar Clarita, mientras todos festejaron la ocurrencia, pero con risas nerviosas.
-Hablando de camarones, increpó el viejo Emiliano, ¿no recuerdan cómo vine hecho una lástima? ¿Diga?
-Ay, sí-  Emiliano, usted llegó con la espalda llena de ronchas, como camarón asado, exclamó Remedios.

Tuvimos que curarle con estopa de coco, sahumerio, palo santo y romero, además de las oraciones de las ‘cantadoras’. Tuvo suerte, terminó de decir Remedios, que usted se escapó a los pocos días... cuando era aún niño. Esta conversación y los sucesos posteriores ocurrieron poco después de la década del cuarenta, del siglo pasado.

Hace pocos meses, como emergiendo de los manglares, apareció una mujer con los cabellos desaliñados.

Su cabellera era blanca y su piel estaba arrugada. Llevaba un vestido de colores, algo deshecho. La mirada era turbia, como si volviera del pasado.
Por fotografías antiguas, la gente descubrió que era la niña Amaranta.

 

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