jueves, 3 de noviembre de 2016

Ibarra: 400 años de espera por el mar

El próximo 28 de septiembre Ibarra cumplirá 410 años de fundación. Fue levantada en la antigua heredad de los caranquis, el señorío étnico que floreció de 1250 a 1550 y que fue casi exterminado durante la invasión incásica en la laguna de Yahuarcocha (antes tenía el nombre de Caranqui cocha, según Espinoza Soriano).

Como parte de su historia está el relato de su fundador. Porque largo fue el camino recorrido por el capitán Cristóbal de Troya -al año siguiente de levantar la villa- buscando el mar por Esmeraldas, motivo de la nueva Villa de Ibarra. Al mando de 20 arcabuceros llega hasta el añorado mar y escribe en su diario:

“Al anochecer nos juntamos todos los compañeros, pusimos las balsas y canoas en tierra. Aquella noche estuvieron más de 340 indios en tierra. Nos parecía que harían amistad.  A ellos, por medio de un intérprete que llevaba, les ordené que ninguno echara ni canoa ni balsa en el puerto, porque al que no cumpliere lo mataríamos con un arcabuz. Al efecto, se pusieron guardias. Los indios, con todo cuidado, cumplieron la orden (...). Por la mañana de aquel día me quedé en la playa, a la ribera del mar...”.

Pero esta vía -soñada por las élites quiteñas que desean exportar sus productos- tiene más obstáculos que las selvas tropicales. Guayaquil, con su puerto, y Callao, se oponen tenazmente para defender sus intereses mercantiles. Rocío Rueda Navas devela una realidad:

“Los ricos españoles y encomenderos asentados en las que ahora son las provincias de Carchi, Imbabura, Pichincha, Cotopaxi, se habían dedicado, principalmente, a la creación de obrajes dedicados a la producción de textiles de buena calidad como bayetas, jergas, frazadas y paños que se vendían muy bien en el exterior. Ellos vieron en la apertura del camino, que incluyera un puerto, “… la posibilidad de incrementar sus beneficios”, pues los obrajes se encontraban localizados “en el eje económico longitudinal, en el circuito hacia Nueva Granada, por Quito, Pasto Popayán, Santa Fe, Cartagena”.

Nada pueden hacer, sucesivamente, los presidentes Ibarra, Morga, Lizarazu, De Alcedo y hasta Carondelet, a inicios del siglo XIX, contra la voluntad de los Virreyes de Lima y el monopolio de Guayaquil, con el argumento de que abrir una vía de Ibarra a Esmeraldas habría de afectar el comercio con Panamá, Centroamérica, e incluso México. No encontraron mejor aliado que el virrey, Francisco de Borja y Aragón, quien imaginaba que por la senda entrarían los piratas y hasta se tomarían las costas. Sí, corsarios como Francis Drake, que asolaron los farallones del Guayas, según los comentarios e intrigas de los comerciantes porteños, apoyados por el Cabildo de Guayaquil.

Y no solamente Borja, gentil hombre de la Cámara del rey Felipe III, tenía esta opinión. Su juicio contagió al presidente Montúfar y al virrey Eslaba, quienes creían que “lo inculto y poco traficable de los caminos de esta América es su mayor resguardo”. Ibarra tuvo que esperar 400 años para encontrar el mar y, obviamente, aún no tiene un buen puerto. Ni hablar del eje San Lorenzo-Ibarra-Manaos-Belén do Pará. (O)

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La diosa Oshún anda por Ibarra

En la época colonial, un cura de Ibarra se quejaba de las prácticas demoníacas de los negros. Habían llegado traídos como esclavos por los jesuitas que, como refiere Federico González Suárez, traficaban hasta trago. Los 1.760 esclavos trabajaban en los trapiches y eran parte de las 131 haciendas que los clérigos tenían antes de su expulsión a finales del siglo XVIII.

Los mandingas estaban en la mira. No eran otros que los brujos negros que continuaban sus prácticas ancestrales traídas de África, especialmente con el sacrificio de chivos. Sus ritos no tenían nada de satánicos, porque sus deidades no se parecían en nada a esos diablos con cola y olor azufre, que llegaron subidos en las carabelas. Las prácticas de los brujos causaban estragos en los vientres que se hinchaban, como en el capataz de Cuajará. “Cosas del demonio contra la buena fe”, escribía el cura Urrantia, mientras enviaba esas palabras de denuncia que iban entre las otras misivas que hablaban de los milagros de la Virgen de la Caridad.

Los diablos y sus mandingas eran una suerte de energías. Y, claro, había que esconderlos porque los curas doctrineros andaban sueltos destruyendo también los ídolos de los indígenas, en lo que se llamó la extirpación de idolatrías (uno de los capítulos más vergonzantes de la humanidad). Para entender esto, para el mundo católico, es como si tras una invasión de una fuerza enemiga, los conquistadores cercenaran a la Virgen del Quinche.

Pero los negros fueron astutos. A lo largo de América Latina, donde fueron traídos con cadenas, sus dioses sobrevivieron. Eduardo Galeano lo explica:

“Oxalá, a la vez hombre y mujer, se disfrazará de San Jerónimo y Santa Bárbara. Obatalá será Jesucristo; y Oshún, espíritu de la sensualidad y las aguas frescas, se convertirá en la Virgen de La Candelaria, La Concepción, La Caridad o los Placeres... Por detrás de San Jorge, San Antonio o San Miguel, asomarán los hierros de Ogum, dios de la guerra; y dentro de San Lázaro cantará Babalú. Los truenos y los fuegos del temible Shangó transfigurarán a San Juan Bautista y a Santa Bárbara. En otras tierras, los dioses tendrán dos caras, la Vida y la Muerte, y hasta dos cabezas, Dios y el Diablo, para ofrecer a sus fieles consuelo y venganza...”.

Pero también sus mitos se escondían en los instrumentos, como la bomba. Para los africanos, los tambores crearon el mundo y sus cuatro elementos: la piel mojada, corresponde al agua; puesta a secar, el fuego; su caja hecha de madera, la tierra; y cuando se escucha el tronar de los tambores es cuando llega el aire.

También se hablaba de la tribu de los carabalí y su rito del Abajua. En la ceremonia del Emori, el chivo revivía el misterio y el poder místico de la princesa Sikán, para consagrar al tambor Ekué. En su tremolar traía la voz de Abasí Bomé, máximo secreto ñáñigo durante el funeral oficiado por Anamanki o ‘diablito’, sin la cola europea, que salía a danzar con los negros lejos de las miradas del amo, en una tierra que había recibido tantas y tan diversas aldeas de África, unidas por la poderosa percusión de sus tambores. ¡Suena Marabú y Carlitos Gonzalón! (O)

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Velasco, el primer historiador

Nuestro continente, Latinoamérica, como dice Eduardo Galeano, no solamente ha sufrido la usurpación del oro, sino también de la memoria. Con Juan de Velasco la historia comienza a ser contada por nosotros mismos, lejos de los relatos que hacían los conquistadores, quienes escribían la historia según sus intereses y visiones. Obviamente, como espíritu de su tiempo, su historia también está llena de mitos, desde los gigantes de Santa Elena hasta Cantuña. ¿Pero no es la mitología también parte de un pueblo?

Por este motivo, la labor de Juan de Velasco es pionera. Obviamente, hay que entender el trabajo de este riobambeño nacido en 1727 como el producto de una época. Pero hay algo que es importante: la visión del ‘otro’. Antes de este jesuita, la historia de los indios únicamente servía como número de un obraje. Con una nodriza indígena, él gustaba de conversar con los más ancianos para conocer sus costumbres. De él, por ejemplo, quedan para la posteridad los relatos que le contara Jacinto Collahuazo, sobre el antiguo Reino de Quito, cuyo legado escrito fue extraviado, como era la costumbre de los conquistadores que no entendían que pudieran existir otras visiones. Pero también hay que decirlo, la nueva historiografía ya ha puesto distancia -con nuevos datos e interpretaciones- acerca del Reino de Quito para poner énfasis en los señoríos étnicos, como el caso de los caranquis o puruhaes.

Sin embargo, no hay duda de que Velasco cimentó la incipiente identidad ecuatoriana, aunque sus detractores lo han calificado de fabulador. Pero hay un dato: la Historia Natural, Historia Antigua e Historia Moderna, que terminó en el exilio de Faenza en 1789, poco antes de morir; recién pudieron ser publicadas en 1840 y en algunas ediciones posteriores fueron suprimidas partes importantes de sus escritos.

Y hay una explicación: la visión de Juan de Velasco se enmarca en un sentido profundamente criollista -que produce un cambio ideológico- en contra de la posición oficial de los españoles. Bernard Lavalle, historiador contemporáneo, dice que estas obras criollistas participaban activamente de la reivindicación americana de su tiempo. Y esa reivindicación tiene una palabra: identidad. Y en el caso de nuestro país, Agustín Cueva lo señala: “Es la primera obra de esta índole en donde lo que hoy es el Ecuador aparece como identidad histórica definida”.

Velasco también publicó El Ocioso de Faenza, poesías que hablan de la vida en el exilio de los jesuitas y otras obras no exentas de humor, pese a sus graves enfermedades que, al final, lo dejaron ciego, cuando murió en 1792. Por él podemos acercarnos a un legado de ecuatorianidad, rico en descripciones y datos históricos que nos revelan a un hombre profundamente comprometido con su patria, que se estaba gestando. Además de su diccionario quichua-español, Velasco nos legó poesías. Después vendría -con otra visión- el obispo de Ibarra, Federico González Suárez, que -defendiendo la verdad histórica- hizo incluso una profunda crítica a la propia Iglesia católica. (O)

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia


El 14 de septiembre de 2016, se realizó  el acto de incorporación de Juan Carlos Morales Mejía, como Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.





sábado, 3 de septiembre de 2016

Fotografía: historia y promesa

Este mes se celebra a la fotografía. El pasado 19 de agosto se conmemoraron los 175 años de su nacimiento cuando en 1839 el Gobierno francés liberó la patente del daguerrotipo, el proceso fotográfico que Louis Daguerre ‘pulió’ tomando como referencia el trabajo de Joseph Nicéphore Niépce.

El aparecimiento de la fotografía, en el siglo XIX, fue parte de una larga tradición que inició en el Renacimiento con la camare obscura. Sin embargo, su llegada no podría ser más oportuna, en un momento en que, como sugiere Walter Benjamin, este invento “es el primer medio de reproducción de veras revolucionario”, nacido en la misma época del socialismo.

“No se trata de una casualidad, sino de una coherencia sincrónica entre una propuesta ideológica para un proyecto democrático de masas y una tecnología radicalmente nueva para la democratización de la cultura de masas”, como se lee en el libro La mirada opulenta, de Román Gubern.

Tampoco es casual que nazca en Francia, en medio del positivismo de Comte, pero también con la arrolladora burguesía que propugna una descripción más científica y exacta del mundo. Así, la fotografía logra algo que después se repetirá en nuestro país: que, al inicio, la clase media pueda tener acceso a un documento visual que antes era literalmente impensable. Lo propio ocurrió en Europa cuando los retratos -únicamente para hablar de uno de los estilos- eran onerosos para las clases populares.

De allí que el surgimiento de este prodigioso invento no solo que revolucionó los conceptos en torno al arte, sino que permitió -y sigue en su vértigo- hacer visible lo invisible. Y es que a inicios del siglo XX, la fotografía en el país había iniciado una básica democratización. La naciente burguesía había encontrado en la reproducción fotográfica la manera de perennizarse y ascender socialmente, debido a que la pintura al óleo resultaba onerosa.

Si bien esto constituyó el inicio, posteriormente el abaratamiento de costos de la fotografía pudo llegar a otros estratos sociales, lo cual produjo un  cambio: sectores sociales excluidos pudieron legitimar, por primera ocasión, la manera de verse, es decir lo simbólico que tiene la imagen. Al ser visibles, pudieron dejar a la posteridad un mundo que -de otra manera- se habría esfumado en el tiempo.

Aunque en la actualidad, especialmente en Quito, el arte de la fotografía llega a los museos o centros culturales, en el resto del país aún se cree que la fotografía es la de bodas, del día del abanderado o un selfie. De allí la importancia del Fondo Nacional de Fotografía (http://www.fotografianacional.gob.ec), cuya labor como parte del INPC es reconocida. Así, la colección fotográfica ‘En la mirada del Otro, Acervo documental del Vicariato Apostólico Salesiano en la Amazonía Ecuatoriana, 1890-1930’ fue registrada en la ‘Memoria del mundo’, por parte de Naciones Unidas.

Existen, obviamente, múltiples iniciativas en torno a la fotografía, pero la tarea primordial es situarle, como lo pensaron en sus inicios, como un arte. Y el otro tema es preservar ese legado que, en la actualidad, se deshace entre las manos. (O)

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Walt Whitman, el otro Estados Unidos

Casi siempre, los medios construyen una realidad ajena, porque siguen su esencia de creación: el amarillismo (hay que mirar el filme Ciudadano Kane). Absortos vemos a Donald Trump -que cierto que representa a una minoría blanca y racista- vapulear a los migrantes o a Hillary Clinton, con mucho que decir sobre el Medio Oriente. Pero Estados Unidos, como todos los países, no es solo su política.

Esa ‘atlética democracia’ fue en sus inicios adalid de cambios profundos en el orbe. ¿Qué país, si no, iba a entrar en una profunda guerra civil por defender la igualdad de los seres humanos, frente a los esclavistas sureños? Está el mensaje vigoroso de Martin Luther King, el jazz, la novela policial inventada por Edgar Allan Poe o el maravilloso Tom Sawyer, la generación Beat, el vértigo de Andy Warhol o el mismísimo hip hop y la salsa nacida en Nueva York. Y del siglo XIX está Walt Whitman y sus Hojas de hierba.

Jorge Luis Borges reseña el momento. “Whitman se impuso la escritura de una epopeya de ese acontecimiento histórico: la democracia americana. No olvidemos que la primera de las revoluciones de nuestro tiempo, la que inspiró a la Revolución Francesa y a las nuestras, fue la de América y que la democracia fue su doctrina”. Eligió, dice Borges, un nuevo método. Como uno de los experimentos singulares de la literatura, Whitman se convirtió en su propio protagonista. “Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la populosa democracia, tenía que ser innumerable y ubicuo, como el disperso dios de los panteístas”. Así, lo encontramos, aunque nunca estuvo, en Texas o en la ejecución del abolicionista John Brown. Whitman, entonces, fue el modesto periodista y el hombre universal.

“Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo de su héroe una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector”. Borges reconoce que, para su traducción, consultó con provecho la de Francisco Alexander (Quito, 1956) “que sigue pareciéndome la mejor, aunque suele incurrir en excesos de literalidad, que podemos atribuir a las reverencias o tal vez a un abuso del diccionario inglés-español”.

Para entender esto, un ejemplo del canto 32. Whitman dice: “And a mouse is miracle enough to stagger sextillions of infidels”; Alexander traduce: “Y que una miosota es milagro suficiente para hacer vacilar a sixtillones de incrédulos”; Borges lo hace así: “Y que un ratón es un milagro capaz de confundir a millones de incrédulos”. Más allá de eso, y recordando a Paul Valéry, quien dijo que nadie como el ejecutor de una obra conoce a fondo sus deficiencias, está la voz poderosa de Whitman.

Lin Yutang, en 1939, se lamentaba que el norteamericano común estuviera más preocupado en tener un coche mejor que del vecino o un departamento en Manhattan precisamente habiendo tenido un poeta como Whitman. “Creo que una vaca paciendo con la cabeza baja supera a todas las estatuas”, diría el viejo poeta, tan poco leído en estos tiempos de pokémones. (O)


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Prometeo y el 'Tiburón de Baltimore'

Corría el año 164 antes de Nuestra Era cuando el griego Leónidas de Rodas se coronó campeón en las pruebas de stadion (carrera de unos 180 metros), diaulos (cerca del doble que stadion) y en la carrera del hoplitódromo, en la que los participantes debían llevar casco, armadura y escudo. En 154 a.C, y con 36 años, logró 12 títulos. Ese récord duró 2.168 años de antigüedad hasta que el estadounidense Michael Phelps lo superó con 13 preseas doradas. Ahora, el ‘Tiburón de Baltimore’, como se lo conoce, tiene 23 de oro, amén del resto.

Pero no fue fácil para este extraordinario nadador. Dos años antes había estado en un centro de rehabilitación de drogadicción y alcoholismo, se había reconciliado con su padre Fred y, por si fuera poco, se había casado y ahora tenía, además, otra motivación, su pequeño hijo. Aunque ese es el lado humano, el verdadero espíritu olímpico lo mostró Phelps cuando felicitó a su rival, quien le ganó en los 100 metros mariposa, hace una semana. Fue Joseph Schooling, un singapurense que, curiosamente, cuando tenía 13 años se tomó una fotografía con su ídolo (la imagen circula ampliamente por las redes).

El lado negativo lo protagonizó el judoca egipcio El Shehaby cuando se negó a darle la mano al deportista israelí Or Sasson, quien poco antes le había ganado. Recibió un abucheo general porque -se supone- las Olimpiadas son para unir a los pueblos (la saudí Joad Fahmy habría fingido una lección con similar propósito antideportivo). Hay que ser claros: una cosa es la posición política de un país y otra sus deportistas.

Para entenderlos, hay que volver a los orígenes. En el libro El mundo de los griegos, Edith Hamilton señala que los helenos fueron el primer pueblo del mundo que jugó y lo hizo en grande, en medio de concursos de música y de danza. “Los grandes juegos -había cuatro, en temporadas fijas- eran tan importantes que al celebrarse uno se proclamaba una tregua de Dios para que toda Grecia pudiera acudir sin temor”. Competían por un honor tan codiciado como ningún otro: una rama de olivo (eso era burla para los persas o egipcios).

“Un triunfador olímpico… los generales victoriosos le cederían el lugar. Su corona de olivo era colocada al lado del premio al mejor autor trágico”, en medio de banquetes y los versos de poetas como Píndaro. Del otro lado del mundo no se jugaba. Un sacerdote egipcio le dijo al gran ateniense: “Solón, Solón, todos los griegos sois como niños”.

Y cuando el esplendor de esa cultura pereció también lo hizo esa filosofía de vida, en torno a lo lúdico. Habría que esperar 2.000 años, bajo la tenacidad del barón Pierre de Coubertin -inspirado a su vez en Evangelos Zappas, un rico filántropo griego- cuando se creó en 1894 el Comité Olímpico Internacional.


Grecia sigue viva cuando miramos encender el pebetero en Río. De hecho, se trata de una simbología que recuerda el mito de Prometeo cuando hurta el fuego a Vulcano para entregarlo a los humanos. Fue Roma la que corrompió el espíritu heleno. Sus coronas de laurel, algunas de oro, comenzaron a recibir también los militares por sus hazañas heroicas: matar a los enemigos. (O)

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