domingo, 3 de abril de 2016

Animalanzas el sábado 02 de abril en Libreríaa Rayuela


Imagínese que los animales se han reunido para decir quién será el nuevo rey de la selva. Imagínese que la contienda se decide por medio de la mejor adivinanza. Imagínese que el zorro tiene una treta, mientras el loro es más demagogo. Esta es la obra de Juan Carlos Morales Mejía, ilustrado por Eulalia Cornejo (también estará allí para firmar autógrafos).

Bien, ahora, imagínese que el autor leerá algunos capítulos de este proyecto que ya se difunde en dibujos animados por los diversos canales de Ecuador. Esto será el sábado 2 de abril en Librería Rayuela, por sus nueve años. Claro, como es un día de cumpleaños se obsequiará algunos peluches de Animalanzas.


Para que la fiesta sea completa, el autor también cantará algunos de sus temas, como Mientras seamos niños. A fin de cuentas, “quién te dijo que en el fondo de la caracola no está el mar…” Llegar a Rayuela es fácil: Germán Alemán E12-62 y Juan Ramírez, unas cuantas cuadras arriba del Megamaxi de la 6 de Diciembre, en Quito.

 Les esperamos, de 10h30 a 12h00


Coplas para Fray Agustín

 

 
Acaso, el mejor texto para recordar a alguien que se encamina en la barca al Hades sea el poema que Jorge Manrique escribió a la muerte de su padre en el siglo XV: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el placer, / cómo, / después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquier tiempo pasado / fue mejor”.

Tras la desolación, saber que –en el caso de Fray Agustín Moreno Proaño, fallecido hace una semana- queda su espíritu, no solamente en su sapiencia sino en la profunda enseñanza de vida, que nos lleva a creer en la condición humana. Y otra, en mi caso, la gratitud. Y también de Quito, ciudad que amó entrañablemente y que, como se ha dicho en estos días, fue merced a su libro “Quito Eterno” que se abrieron las puertas para la Declaratoria de Patrimonio de la Humanidad de la ciudad de las campanas. Obviamente fueron muchas personas como Rodrigo Pallares, pero fue merced a esta obra, que llegó oportunamente a los funcionarios de la Unesco en 1978, que se develó a esta ciudad que no habían visto nunca.

Quizá la mejor definición nos da Jorge Núñez Sánchez, director de la Academia de Historia de Ecuador: fue uno de aquellos personajes que la antropología contemporánea denomina como “tesoros humanos del patrimonio cultural”.

Nacido en Cotacachi en 1922, sobrino de Segundo Luis Moreno –ese prodigio que encontró en las claves de lo clásico nuestra música- Fray Agustín podía combinar su erudición, sin resultar petulante, con un fino humor. Tras servirse un buen locro con habas y con la barriga contenta exclamaba: ¡Se llenó el púlpito! Así era y, creo, que así hay que recordarlo. De allí que en la Academia es ya famosa su frase para cualquier brindis: “Si Dios en su gran bondad/ aquí bebiendo nos tiene, / será porque nos conviene. / ¡Hágase su voluntad!”.

Huelga decir que era un historiador profundo y que esa faceta anecdótica viene a la memoria como una manera de exorcizar su partida. Quizá, como siempre ocurre, el mejor homenaje es volver a sus doctos volúmenes, como el libro de toda su vida sobre Fray Jodoco Rique y Fray Pedro Gocial. Comparto los primeros párrafos de su “Quito Eterno”, de este “fraile menor” que nos enseñó a amar la historia, con generosidad.


“La ciudad de Quito debe su origen inmemorial a un héroe mítico llamado Quitumbe. Es posible que los primeros hálitos de su venerable antigüedad se remonte a unos ocho o nueve mil años, poco después de la llegada del hombre primitivo a las colinas de “el Inga”, al oriente del cerro Ilaló, en la provincia de Pichincha, según las fechas establecidas sabiamente por el Dr. Robert E. Bell en sus estudios sobre el paleolítico en el Ecuador. En la lengua Cayapa, Quito querría decir “Tierra poblada” (“Qui” –población; “To” –Tierra). En lengua Colorada, Quito significaría “Hacer Tierra (“Qui” –hacer; “Toa” –Tierra), encontrar la tierra deseada, quedarse en la Tierra por excelencia”.

Es verdad lo que decía Manrique: “que aunque la vida perdió, / nos dejó harto consuelo / su memoria”. (O)



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miércoles, 16 de marzo de 2016

La Caja Ronca va al teatro

En estos días, en el remodelado Cuartel de Ibarra se prepara la obra de teatro de la Caja Ronca, una mitología que es parte del legado colonial y que abarca, geográficamente, la Sierra Centro-Norte de Ecuador. Se trata de una suerte de moraleja, en plena época de expiación de culpas, contra la codicia.

Esto porque la Caja Ronca no es otra cosa que una procesión del Infierno. Sí, el mismísimo diablo va en un carromato, llevando el baúl del tesoro de algún arrepentido, en medio de cucuruchos y sonidos de flautas y tambores.

El alma del penitente, siguiendo el mito, debe pagar sus culpas. Para la mencionada obra se han elegido varios textos que muestran al Becerro de Oro, la antesala del avaro.

Para empezar, y también para situarse un poco antes de la época, está la poesía Lo que puede el dinero de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, del siglo XIV:

 “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto, hombre de respetar, / hace correr al cojo al mudo le hace hablar; / el que no tiene manos bien lo quiere tomar…”

Para estar a tono, no podía faltar de Francisco de Quevedo y Villegas, nacido en 1580, sus Letrillas satíricas:

“Quién hace al tuerto galán  / Y prudente al sin consejo?  / ¿Quién al avariento viejo  / Le sirve de Río Jordán?  / ¿Quién hace de piedras pan,  / Sin ser el Dios verdadero. / El Dinero”.

Sin embargo, del mismo autor, llega en auxilio de la puesta en escena ese prodigio que es Poderoso Caballero es Don Dinero:

“Madre, yo al oro me humillo,  / Él es mi amante y mi amado,  / Pues de puro enamorado  / Anda continuo amarillo.  / Que pues doblón o sencillo  / Hace todo cuanto quiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero… Y pues quien le trae al lado  / Es hermoso, aunque sea fiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero”.

Aquí un paréntesis. Todos estos poemas, incluidos fragmentos de Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, han sido musicalizados por Paco Ibáñez, cantor valenciano, quien tuvo su esplendor en su famoso concierto en París (es posible encontrar estos temas en YouTube).

La Caja Ronca, en la versión ibarreña, era escuchada por los abuelos en el antiguo barrio San Felipe. Antes del terremoto de 1868, que devastó la urbe, se sabe que estaba colocada una cruz, que no es otra cosa que el indicio de una probable pacarina, es decir, un sitio sagrado para la cultura prehispánica.

Como se sabe, los curas doctrineros tenían como costumbre poner los símbolos cristianos –grutas o cruces- para disuadir a los antiguos habitantes de sus antiguos sitios sagrados.

Como sea, la Caja Ronca también recorría el tradicional barrio de San Juan Calle, donde se encuentra el actual cementerio y donde el actual barrio El Carmen es el sitio donde se expenden ataúdes y en donde existen dos amplios salones de velaciones.

Aquí una escena literaria: “Este Señor de las Tinieblas iba recio y parecía que de sus ojos emanaban las órdenes para sus fieles, que caminaban lentamente como arrepintiéndose. De su mano derecha sobresalían unas uñas afiladas que se confundían con su capa escarlata, junto con un tridente fatal. Era como si los conjurados del Miedo anunciaran la llegada de días terribles”. (O)


sábado, 5 de marzo de 2016

Cuando los shuar tenían alas

Aquí una perla: “Los tradicionales aucas sanguinarios y salvajes se autodenominan huaoranis, que son pueblos ya civilizados. Tan civilizados que poseen ejércitos: el de los iwias y los arutam”. Pertenece a Judith Carrión Cabrera, Educación Ambiental (Perspectivas para el año 2000) pp. 185. Universidad Técnica  Particular de Loja, 1995. Tan poco conocemos de la Amazonía que, entonces, es preferible compartir un mito shuar, que, como fundacional, nos recuerda a Ícaro.

Etsa miraba desde arriba de las montañas las largas caminatas de los shuar por la selva, en medio del follaje que los ocultaba y los devolvía a sus ojos como si fueran mínimas hormigas desbrozando las sendas, mientras las ramas se estremecían con sus andares.

Etsa avistaba los sufrimientos de los shuar cuando hacían los largos recorridos, cuando abrían las trochas, cuando cruzaban los caudalosos ríos, cuando se detenían en un claro a tomar aliento. Etsa se compadeció...

Decidió otorgarles alas a los shuar para que, remontándose de los suelos, se burlaran de esos caminos que se perdían en cuanto ponían sus pies. Para que volando les resultara más cómodo y ligero el viaje. Sin embargo, Etsa tenía sus dudas. Por esto, para comprobar la obediencia de los shuar, llamó a Kújancham y lo levantó del suelo. En su espalda le pegó dos alas con cera y le advirtió:

 -No levantes el vuelo hasta que la cera se haya secado definitivamente y por ningún motivo te aventures cuando esté el Sol, porque debes permanecer en la sombra. Así habló Etsa y un hormigueo extraño se instaló en la espalda de Kújancham al comprobar sus recias alas.

 Acaso por este nuevo sentimiento, en cuanto Etsa se marchó, lo primero que hizo Kújancham fue irse donde su novia para alardear de su nueva condición de hombre aéreo. Llegó por encima de la chacra y la llamó fuertemente mientras aleteaba y una sonrisa de satisfacción se instalaba en su cara. Se remontaba en los aires, hacía piruetas, daba dobles rizos como si en verdad fuera un pájaro enorme.

 -¡Hey! Mírame lo que hago, hermosa.

 Mientras otra vez se elevaba por los aires silbaba:

 ¡Shuishui!, y sus alas brillaban en medio de los árboles.

La muchacha se quedó mirando fascinada y se dijo que Kújancham no era cualquier shuar. Así estuvo revoloteando Kújancham toda la noche hasta que decidió realizar más travesuras. Quiso ir hasta la Luna y jugar con ella como si fuera una enorme bola. Al intentar atraparla se le quemaron las manos y la Luna se quedó con unas manchas que hasta ahora persisten.

Kújancham bajó nuevamente a enfrentarse al alba. Tomó nuevos bríos y surcó el espacio por encima de los ríos serpenteantes y se burló de las copas de los árboles. Por una montaña lejana comenzó a salir el Sol. Kújancham seguía en sus vuelos. Los rayos alcanzaron la cera de las alas y cuando Kújancham se dio cuenta ya era un shuar con las plumas deshechas cayendo en picada.

Por la acción de Kújancham, Etsa maldijo a los shuar y les privó de tener alas.

Ahora, cuando Etsa sale, aún observa las largas caminatas de los shuar por los laberintos de la selva y eso como si solo tuvieran el recuerdo de unas plumas.


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domingo, 28 de febrero de 2016

Umberto Eco y el diablo

En el prólogo de El nombre de la rosa, Umberto Eco recuerda que -buscando el manuscrito perdido en las librerías de viejos de Buenos Aires- se encontró que “un erudito -que no considero oportuno nombrar- me aseguró (y era capaz de citar los índices de memoria) que el gran jesuita nunca habló de Adso de Melk”.

En las apostillas de la obra, ante la insistencia, reconoció: “El mundo construido es el que nos dirá cómo debe proseguir la historia.  Todos me preguntan por qué mi Jorge (de Burgos) evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca, me parecía una buena idea narrativa, y biblioteca más ciego solo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan”. Eco leyó Ficciones a los 20 años y quedó maravillado.

El nombre de la rosa, uno de los mayores libros del siglo XX, del recientemente fallecido escritor italiano, tiene deudas con Borges. Léase, por ejemplo, de este último los cuentos La biblioteca de babel y más La muerte y la brújula donde se encontrarán las claves. Pero el propósito de este artículo, que es un homenaje, no va por esa línea y no es lícito pecar de erudito.

Teodosio Muñoz Molina, en un ensayo, comenta que en La muerte el asesino es más listo que el detective, que paga esa pedantería con su vida (triunfa el Bien no contra el Mal sino sobre la Soberbia); en cambio en El nombre el criminal es soberbio, alguien diabólico y astuto (además de ser docto y donde el Bien triunfa sobre la Soberbia).

El tema es arduo: habla de la soberbia intelectual, que está representada por Jorge de Burgos, quien protegía a toda costa el perdido volumen de Aristóteles donde, supuestamente, hablaba de la risa. Esto nos lleva a una situación paradojal: solo la risa puede -como si fuera la caída de una estatua- derrumbar a la soberbia. (Eso nos recuerda a la torre de Babel y el intento de desafiar a los dioses).

Eco en una frase lo señala: “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”. En un diálogo, casi al final, Guillermo de Baskerville dice a su pupilo Adso:  “Sí, porque el Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente… Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que estos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a librarnos de la insana pasión por la verdad”.

Obviamente, Borges no era un soberbio y sí, acaso, un cínico juguetón. Quizá, al final de sus días, en el poema ‘La fama’ se puede advertir su profunda sencillez, cuando dice haber sido Alonso Quijano y no atreverse a ser Don Quijote, o ser ciego y argentino (algo que nadie ha podido definir). “Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender”. Einstein decía: “El que se erige en juez de la verdad y el conocimiento es desalentado por las carcajadas de los dioses”. Y San Agustín, tema de la tesis de Eco, advertía: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”. (O)


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miércoles, 10 de febrero de 2016

Las Tres Marías



Entre las hendiduras de los barcos negreros se colaron las evocaciones de atabales y tambores. Del África no desembarcaron los instrumentos, pero vino la memoria. En medio de grilletes y cadenas perduraron los antiguos cantos, en un contrabando de murmullos.

Hablaban del cambio de las estaciones, de los rituales de paso, de la vida y la muerte, de la piedad y el heroísmo, del sueño y el sexo, de la siembra y la cosecha, en la tierra de los leones.

Los primeros negros africanos, como se decía en la colonia, fueron traídos como esclavos al valle del Chota merced a su adaptación al clima, porque los indígenas morían agobiados por el calor y el paludismo.

En 1586 trabajaban en los algodonales, frutales y viñedos, estos últimos erradicados y llevados a Ica y Callao. Sin embargo, serían los curas jesuitas, en 1610, quienes introdujeron a estos pobladores arrancados directamente de las sabanas donde pacen los elefantes.

Los jesuitas, como señala Rocío Rueda Novoa, “pasaron a formar parte de las redes de comercio de esclavos de las compañías negreras, a fin de importar esclavos negros directamente de África”.

Afirma que en 1690 compraron a los primeros carabalíes provenientes del golfo de Biafra; más tarde, en 1695, llegaron los primeros congos de África Central: “Hacia 1850, el 34% de los esclavos existentes en Imbabura aún mantenían los nombres de origen africano, tales como carabalí, congo, mina y mondongo”.

A muchos les adjudicaron el apellido del amo, más para reconocerlos —como una suerte de marca que no recibía herencia—. Los negros de Esmeraldas tuvieron mejor suerte: un barco encalló y se escaparon como náufragos fugitivos hasta que, como siempre, se toparon con el hombre blanco.

Entre las 132 haciendas y propiedades de los jesuitas, en el actual Ecuador, 9 se encontraban en el sector del antiguo valle de Coangue: Caldera, Carpuela, Chalguayaco, Chamanal, Concepción, Cuajara, Pisquer, Santa Lucía y Tumbabiro, donde 8 estaban destinadas para la siembra de caña de azúcar y tráfico de aguardiente, como bien señalaba el Obispo de Ibarra e historiador ético —por su defensa de la verdad histórica— Federico González Suárez. Aquiles Pérez investigó que, en la época, existían 1.760 esclavos traídos del continente del ébano.

No les fue mejor a los esclavos afros con la expulsión de los jesuitas, en 1767, porque pasaron —como si fueran bienes muebles— a la administración de la Junta de Temporalidades de la corona española y, años después, a la venta de particulares que eran peores que los jesuitas, porque —con el fin de ganar más dinero— aumentaron la presión sobre los esclavos. Se produjeron alzamientos. Los hacendados, ya a finales del XX, entregaron pequeñas parcelas, a lado del río, por lo que los negros se convirtieron en huasipungueros. Con la reforma agraria, de 1964, se entregaron lotes de 2 hectáreas, que fueron insuficientes para el reparto de una familia.

Después, vinieron las casas de bahareque y paja, donde los domingos por la tarde se escuchaba la banda mocha, llamada así porque tiene canutos de pencos cortados.

Tres niñas de Chalguayacu, Rosa Elena, Gloria y María Magdalena Pavón, oían a este prodigio de la banda mocha que nació imitando a las bandas populares mestizas de viento, pero como no tenían instrumentos propios tuvieron que inventarse con lo que había.

Así los trombones, tubas y fiscornos —estos últimos que nacieron a inicios del XIX como una suerte de trompeta para la cacería de la aristocracia alemana— fueron remplazados por los puros, esas sencillas calabazas; saxofones, barítonos y trompetas mudaron a pencos, esos canutos que en los labios de los negros parecían de metal; clarinetes, flautas y piccolos pasaron a convertirse en sonidos salidos de la aromática hoja de naranjo que, según el ejecutante, lograba sonidos indescriptibles.

Además de bombos y, cuando no había, hasta tapas de ollas y, por si fuera poco, incluían níveas cumbambas de burro. Pero las niñas tampoco podían ser parte de la banda, porque sus integrantes eran únicamente hombres. Así que, a su condición de hijas de antiguos esclavos ahora se sumaba que eran mujeres.

Pero ellas otra vez le dieron vuelta a la tuerca de la historia, porque de sus voces salieron los instrumentos que les faltaban y se convirtieron en trompetas, en bajos, en coros, de ecos y contrapuntos, mientras una llevaba la melodía, esas mismas que habían escuchado en las voces de sus abuelas, que un día fueron arrastradas a una tierra ajena. Las Tres Marías, como se las conoce, han sido declaradas Patrimonio Vivo del Ecuador y son parte del proyecto Taitas y Mamas, que reúne a íconos de la música ecuatoriana como los esmeraldeños Don Naza y Papa Roncón, entre otros, quienes se presentaron en una gala en el Teatro Sucre; recientemente el proyecto fue nominado al Grammy Latino, por el diseño del empaque de su producto.

Pero eso no les quita el sueño a estas septuagenarias mujeres que caminan por las polvorientas calles de su pueblo con los pies descalzos, porque saben que en su música generaciones de negras también están cantando ante el olvido: “Allí arriba en el solar/ donde vive mi morena/ está saliendo un bandido/ que le sigue a Filomena…/ no te dejes agarrar…”.

Gloria, en la actualidad, vende las escasas frutas de su chacra en el mercado de Otavalo; María Magdalena es partera, mientras que Rosa Elena, como si los jesuitas jamás se hubieran ido, tiene las llaves de la iglesia donde está el santo de la Compañía de Jesús, Francisco Xavier, y prepara los bautismos.

Sin embargo, esta mujer de ojos de miel y sonrisa amplia, también es curandera, como si la sangre de los mandingas aún corriera por sus venas. Eso evoca el tiempo en que uno de los chivos se convertía en el Diablo de los mil cachos y se paraba al frente del río Chota, para desbordarlo… Mas, mientras estas mujeres recias canten por los áridos parajes no hay de qué preocuparse. (I)

lunes, 8 de febrero de 2016

Máscaras de carnaval

La celebración del carnaval, como el mundo, es diversa. Tras los famosos de Río de Janeiro (por cierto para quien puede acceder al Sambódromo) o de Venecia, se esconden las máscaras. También, aunque en menor grado, en nuestro país que vive un momento de transición entre el juego con agua, al que erróneamente se ha realizado una cruzada para ‘culturizarlo’ hacia un turismo que, como buena invención de la época industrial, a veces está vaciado de contenido.

Debe ser por eso que en los antiguos carnavales -los que eran con mojada- permitían la oportunidad para acercarse entre vecinos. Todo estaba permitido, como arrastrar a la más quejumbrosa hasta un tanque de agua y después acudir a lo que se llamaba la ‘secada’, que no era otra cosa que el ‘canelazo’ y, si era posible, algún baile. Porque de eso se trata precisamente los orígenes de estas festividades, hace más de cinco milenios, cuando los sumerios no distinguían entre amos y esclavos y en sus bacanales, como se llamaban, todo estaba permitido, hasta que llegó la Iglesia para poner su huella y adaptarla a su ritualidad, previamente al ayuno de la Cuaresma. Entonces la fiesta de la carne tuvo su límite, el Miércoles de Ceniza, donde recuerdan -a quienes se ponen la cruz- que polvo eres y en polvo te convertirás. 

Al inicio, cuentan los abuelos, el carnaval era con globitos perfumados antes de que aparecieran las temibles bombas marca Zaruma, que dejaban moretones. Ahora la época de carnaval, hará diez años, está enfocado más en el turismo. Y, claro, aparecen las máscaras como sustento, por ejemplo, de algunas festividades indígenas que son como un adelanto de la fiesta de solsticio de junio. Es curioso, la casi extinción del juego con agua ha renovado una serie de estrategias étnicas que no tienen ni dos décadas, como el ya consolidado carnaval de Coangue, en el Valle del Chota, promovido por sus propios habitantes, y también la reciente Fiesta del Florecimiento o Pawkar Raymi, que algunas élites indígenas reivindican como milenaria, aunque se trata de ‘préstamos’ proincásicos. Pero de esto también se trata la cultura, de un movimiento y de una construcción constantes. Por eso el propio país se está reinventando para ofrecer a sus visitantes -más que sus paisajes- lo que somos. 

Acaso, con el tiempo, es posible que se adopten las máscaras para esta época, aunque tenemos gran tradición para el fin de año. Por eso, aquí un acercamiento a su significado. En los antiguos griegos -en su fastuosa simbología- la palabra máscara significa persona. En su teatro, donde lo dramático era uno de los ejes, la persona se ocultaba tras la máscara. Era, de cierta manera, otro. De allí que la máscara tiene una carga simbólica que representa el mundo mágico-mítico. En ella, el chamán reproduce los poderes; allí están, también, los papeles que colocan al mundo al revés.

Lévi Strauss dice que una máscara no es únicamente lo que representa sino básicamente lo que transforma, lo que elige no representar. Igual que un mito, la máscara niega tanto como afirma; no está hecha solamente de lo que dice o cree decir, sino de lo que excluye. (O)