martes, 24 de marzo de 2015

Salvaguardias e identidad



Más allá de los análisis económicos, las salvaguardias arancelarias nos llevan a una clave: la hora de creer, en serio, en los productos ecuatorianos pero con calidad. No en ese excesivo sentido chauvinista de preferencia de lo nacional  con desprecio a lo extranjero (como el patriotero francés Chauvin), sino de optar por nuestra industria.

El tema es, además, un cambio del chip cultural. Hace algunos años, en las polvorientas carreteras del país se podía leer un letrero de una marca de neumáticos que anunciaba pomposamente: “Llantas… tecnología alemana, para caminos ecuatorianos”. Era como esa visión de los viajeros del siglo XIX que miraban piojos en los tambos y que, curiosamente, es recogida en libros que hablan de las costumbres de los ecuatorianos.

Esas visiones neocoloniales se mantienen en nuestra América. En 1891, José Martí escribía: “Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”.

Y esto, porque nuestras élites siempre estuvieron más preocupados de la moda en París de lo que sucedía en Babahoyo, aunque allá tuvieran sus haciendas. De hecho, como se sabe, las fortunas de los Gran Cacao se acabaron muy cerca del Molino Rojo, aquel que frecuentaba Toulouse-Lautrec. Nuestras élites, nuestras pobres élites, nunca terminan de entender este país de bolón y humita.

Los curas de a pie comparten un texto de Leonardo Boff, quien dice que las élites, desde la Colonia, nunca cambiaron su ethos. Cita al historiador José Honório Rodrigues: “La mayoría fue siempre alienada, antinacional y no contemporánea; nunca se reconcilió con el pueblo; negó sus derechos, arrasó sus vidas y cuando le vio crecer le negó poco a poco su aprobación, conspiró para colocarlo de nuevo en la periferia, lugar al que sigue creyendo que pertenece”. Hoy las élites económicas abominan del pueblo. Sólo lo aceptan fantaseado en el carnaval, remata Boff.

¿Será verdad que nuestras élites piensan sólo en Miami? De allí que da urticaria escuchar a un representante de algunos empresarios (aquellos que se creen tales porque compran un auto y lo venden más caro) decir, con horror, que el whisky estará por sobre los 100 dólares. Nada mejor que la Caña manabita o el Puro Puyo, en esta época.

Martí, hace más de un siglo, decía: “Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”. Sí, esa es la salida: crear y creer en un país de jeans de Pelileo y de textiles de Atuntaqui. Gibran Khalil Gibran escribió: pobre de la nación que no hila su propios vestidos. 

Quienes en la bonanza del cacao no pusieron una fábrica de chocolate, ni en la época aún de banano hacen un patacón de exportación, no pueden darnos clases de buenas costumbres.

sábado, 7 de marzo de 2015

El día en que Marx sonrió



Angle Editorial, hace algún tiempo, publicó Groucho Marx fal’article, un libro que recoge los mejores artículos del cómico y sus propuestas más ingeniosas. El humor, como se sabe, es un asunto demasiado serio, porque existe en estos tiempos quienes creen que las bufonadas son un asunto de estrellar un pastel contra el otro, para que nos produzca carcajadas. Eso, obviamente, está en el primer nivel, pero hay la risa -como nos recuerda El nombre de la rosa, de Umberto Eco- que nos cuestiona sobre la condición humana. Algo de ese humor -con una mezcla de cinismo- se lo debemos a Diógenes.

Obviamente, su apellido nos recuerda al barbudo de Carlos Marx. En Quito, en la década de los 90, mientras caía el Muro de Berlín, alguien escribió un grafiti: ‘Al Marx tiempo, buena cara’, siguiendo en la línea se podía leer: ‘Jesús es el camino, Marx el atajo’. Pero de quien estamos hablando es de otro Marx, un tipo por lo demás simpático al punto que nos dijo: “Lo importante no es saber sino tener el teléfono de quien lo sabe”, lo cual es una verdad.

Por eso, el libro en mención se inicia con un texto del propio Marx de 1927 en el que reflexiona sobre el oficio de humorista. En él dice que “tan pronto un cómico se hace famoso se convierte en esclavo de su humor”.

Finaliza su artículo con un irónico “el negocio de ser gracioso es demasiado serio. En comparación, trabajar en pompas fúnebres es un trabajo alegre. Y he oído decir que los humoristas no mueren nunca de viejos. No pueden soportar tanta presión”.
Julius Henry Marx (1895-1977) fue el hijo de un modesto sastre alemán de origen judío, se dedicó al teatro, el cine, la radio y la televisión. Con sus hermanos actuó en películas como ‘Sopa de ganso’, ‘Una noche en la ópera’, ‘Un día en las carreras’ y ‘Una tienda de locos’, entre otras. Aquí algunas de sus memorables frases.

“Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero, ¡pero cuestan tanto!”.
“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.
“¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”.
“¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”.
“Bebo para hacer interesantes a las demás personas”.
“Debo confesar que nací a una edad muy temprana”.
“Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien”.
“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar: es realmente un idiota”.
“El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, estás hecho”.
“Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.
“Fuera del perro, un libro es posiblemente el mejor amigo del hombre. Y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer”.
“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.
“La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien la enciende, me voy a la biblioteca y leo un buen libro”.
“Partiendo de la nada alcancé las más altas cimas de la miseria”.
Lápida de Groucho: “Disculpe señora que no me levante”.

 

domingo, 1 de marzo de 2015

Un mito de Yahuarcocha



Las lagunas en el mundo andino son sagradas. Para los caranquis, quienes florecieron del 500 al 1.500 de Nuestra Era, además del Taita Imbabura, los espejos de agua eran una deidad. Comparto esta mitología.

La hacienda se encontraba rodeada de montañas. Gráciles pájaros cantaban y los árboles eran inmensos y proyectaban sombras amables. Su patrón era un hombre de aspecto duro. Tenía esa extraña manía de atesorar monedas y apreciaba contemplarlas resplandecer en las noches.

Su avaricia era proverbial: prefería comer los desechos para que no se desperdiciaran y padecía compartir su pan. Era cicatero con su servidumbre y tenía unos perros enormes a los que también mal alimentaba, pese a que protegían sus heredades con sus colmillos lustrosos.

Un día, llegó hasta esos parajes un viejecillo. Tenía los ojos de los vagabundos y llevaba un mínimo morral como única compañía. Su atavío era modesto y estaba adornado de hilachas de colores. Era un mendigo, esos seres que profesan el temperamento de los gorriones nómadas. Recorría los caminos pidiendo limosna.

Acertó a pasar por la hacienda del avaro. Se sabe que atravesó la agreste puerta. El hombre de ojos refulgentes y metálicos lo recibió con desprecio. Sintió cólera ante la mano alargada y no entendió que en el mundo también hay desvalidos, precisamente por la mezquindad de unos pocos. Es que su fortuna precisamente se generaba por tratar cruelmente a sus servidores y no pagarles lo justo. Su rostro se encendió.

Este hacendado llamó a su mayordomo para que soltara a sus perros y despedazaran al mendigo. El encargado de estos campos tenía un buen corazón. Esperó que el avariento entrara a su casa y se dirigió hasta donde estaba el anciano, con una escudilla de madera gastada.

Le indicó que debía salir inmediatamente de la propiedad. Le confirió que el patrón había ordenado soltar a los atrevidos perros, pero que, aunque no cumpliría este funesto encargo, prefería que el mendigo tomara otro camino.

El pordiosero le agradeció que le salvara la vida. Después, mirándole a los ojos le reveló un secreto: la hacienda sería destruida esa misma noche como castigo a las maldades de su dueño. Quien apreciara su vida debía irse a las lomas más cercanas porque la condena era inminente.

El hombre benévolo supo que los labios del mendigo no mentían. Con discreción llevó sus pertenencias hasta la loma de Aloburo. Hizo varios viajes. Las nubes se encresparon y una lluvia prodigiosa se desató como si por primera vez las tempestades se asomaran por el mundo.

Los truenos se sucedían y la lluvia era intensa. El mayordomo, desde su refugio de Aloburo, escuchó cómo se arrastraban las vertientes que bajaban del Imbabura, como si fueran serpientes de agua deslizándose hasta la hacienda.

Al amanecer, el antiguo encargado miró un paisaje desolado. Donde antes se encontraba la heredad del avaro emergía una laguna, de aguas aún turbias. No había rastros de los corrales de animales, peor de los ojos miserables de quien atesoraba riqueza con la sangre ajena. Así, dice, nació Yahuarcocha.


La mascarada



Los seres humanos nos movemos por ritos. Aún está fresca la fiesta del carnaval, donde -como en muchas partes del mundo- se utilizan máscaras. En estos días, además, el mundo católico recibió la ceniza en la frente, el recuerdo de que polvo eres y en polvo te convertirás. Llega la época de la Cuaresma, después del desenfreno.

Para los antiguos griegos -en su fastuosa simbología- la palabra máscara significa persona. En su teatro, donde lo dramático era uno de los ejes, la persona se ocultaba tras la máscara. Era, de cierta manera, otra. De allí que la máscara tiene una carga simbólica que representa el mundo mágico-mítico. En ella, el chamán reproduce los poderes; allí están, también, los papeles que colocan al mundo al revés, en las fiestas de mascaradas o inocentes, como conocemos en el país; pero están también las máscaras que nos ha entregado la cultura de masas, reinventadas como el caso del homenaje de Iván Kaviedes a Otilino Tenorio, que no dejó nunca de ser un niño que soñaba ser el eterno hombre araña. Y, claro, las máscaras que nos oculta el poder y nuestra identidad, como vivimos con una permanente careta que no muestra lo que somos.

No olvidemos, por ejemplo, al sacha runa u hombre de la selva; aya huma o líder para la cultura andina, presente en los sanjuanes o inti raymi o los propios personajes de estas fiestas; además de las viudas de fin de año o los mismos años viejos, con las máscaras que juegan con el poder (sin olvidar a las viudas).

Lévi Strauss nos dice que en el mundo de las máscaras se conjugan datos míticos, funciones sociales y religiosas y expresiones plásticas; estos tres órdenes de fenómenos, por heterogéneos que parezcan, están funcionalmente vinculados. Sin embargo, una de las características de las máscaras es que nos recuerdan al mundo sobrenatural, son una representación de esa magia, el recuerdo de que es preciso proyectarnos al mundo de lo concreto.

En esto, Lévi Strauss, nuevamente, nos acerca a sus profundidades. Dice que una máscara no es únicamente lo que representa sino básicamente lo que transforma, lo que elige no representar. Igual que un mito, la máscara niega tanto como afirma; no está hecha solamente de lo que dice o cree decir, sino de lo que excluye. Para poner un ejemplo, la viuda de los años viejos -por lo general un hombre travestido- devela la hipocresía de las lágrimas de este personaje ante la inminencia de la desaparición del viejo. Como a veces pasa en la vida real, más le preocupa la herencia -en las monedas que dejan los clientes- y sus lágrimas son falsas. Es una mascarada. La colocación de un artefacto que nos permite inhibirnos y fingir. Pero en ese momento de colocarnos el disfraz también tenemos, irónicamente, la posibilidad de ser libres.

Porque si bien para la cosmovisión del mundo andino las máscaras representan lo sobrenatural, lo propio es para el Nuevo Mundo, tan poderosamente influenciado por la cultura occidental, venida del mundo grecorromano. Esos préstamos de saberes, entre las dos culturas, nos hacen ser lo que ahora somos.

 

Los secretos de Lao-Tsé



En el pequeño libro Tao te Ching, de Lao-Tsé, encontramos el capítulo 33: “El que conoce a los hombres es sabio; / el que se conoce a sí mismo está iluminado. / El que vence a los otros es fuerte; / el que se vence a sí mismo es poderoso. / El que se contenta con lo que tiene es rico; / el que obra con determinación tiene voluntad. / El que es capaz de mantener su posición resistirá mucho tiempo; el que es capaz de mantener su influencia vivirá después de su muerte”.

Según la leyenda, el viejo sabio -mientras se dirigía a la última frontera- dejó estas palabras a un guardia, quien le pidió que compartiera estas humildes enseñanzas. El Tao es, de cierta manera, un libro extraño porque apela al desprendimiento y al espíritu de no aferrarse a las cosas. Algo que golpea con un muro de otros valores actuales: el reconocimiento social, no importa el método (no olvidemos el capítulo 8 de Maquiavelo), la arrogancia e incluso la soberbia de quienes han caído en la idolatría del Becerro de Oro: “Tanto tienes, tanto vales…”.

Occidente, por centurias, ha despreciado estas enseñanzas. Casi no las conoce. Tengo en mis manos el libro Wen-Tzu, que significa ‘Comprender los misterios’, editado por Edaf, Madrid, en 1995. Como señala el prólogo, en esta versión de Thomas Cleary, estuvo casi perdida en medio del holocausto causado por los guerreros combatientes. Precisamente es un libro que aborrece la guerra: “Conseguir un ejército de mil hombres no es tan bueno como escuchar a una única palabra adecuada”. Más adelante señala: “La Virtud reside en lo que das, no en lo que recibes. Por ello, cuando los sabios quieren ser valorados por otros, primero valoran a los demás; cuando quieren ser respetados por otros, primero los respetan. Cuando quieren superar a otras personas, primero se superan a sí mismos (...)”.

Hay muchas referencias a esa situación difícil que es el ejercicio del poder: “El gobernante es el corazón de la nación. Cuando el corazón está bien, todo el cuerpo está cómodo; cuando el corazón está ansioso, todo el cuerpo está perturbado”. Hay que recordar que el taoísmo es una filosofía de vida. Lin Yutang, en La importancia de vivir, lo resume: “Estas enseñanzas comprenden la sabiduría de lo insensato, las ventajas del disfraz, la fuerza de la debilidad, y la sencillez de lo verdaderamente complicado”. Hay una frase que muestra ese desprendimiento: “Nada importa, al que dice que nada importa”. Esa supuesta no acción es como un bálsamo: “Quien mejor usa a los hombres procede como si fuera su inferior”.

Acaso, la diferencia entre la percepción de Oriente y Occidente sobre el poder está en el hecho de que mientras Julio César deseaba ser el primero en una aldea, Lao-Tsé aconsejaba: “Nunca seas el primero en el mundo”, para recordarnos que las aves que primero van al matadero son precisamente las de más hermoso plumaje. Estas líneas a propósito de esa corriente de libros de autoayuda que han olvidado a los clásicos. “El que está de puntillas nunca estará de pie”, advertía desde el siglo IV, antes de Nuestra Era, el ‘viejo bribón’ de largas barbas.