sábado, 24 de abril de 2021

Cuando un fósforo burla a las estrellas

 

 


El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
Jorge Luis Borges, en La dicha 



Un mínimo cohete de colores rasga la noche. Hay un estruendo. Las chispas rojizas se reflejan en todas las pupilas convertidas en calidoscopios de múltiples espejos. Al frente, un torete de cartón persigue a los improvisados matadores. Como si fuera una puesta en escena de un infierno dichoso, la humareda se desliza en una niebla que envuelve a la muchedumbre con sus colores anaranjados. Hay tanta alegría, como si el tiempo fuera una mentira. La banda de pueblo, ahora sí convertida en un torbellino, se eleva con su música bajo el amparo de unas estrellas cómplices.

Todas las miradas se enfocan en un punto: un globo inicia su ascensión como si se tratara de un planeta diminuto, en búsqueda de su propia órbita, más allá de la galaxia de Andrómeda. Hay el inconfundible olor de pólvora en el aire, que recuerda a las caravanas de la ruta de la Seda y de los taoístas que la inventaron tras la inmortalidad. Es la fiesta agraria del Corpus Christi, en Cuenca, pero es más que eso. Es la evocación de un antiguo ritual en torno al fuego, cuando su invento

sacó a los humanos de las cavernas y pasaron de nómadas a sedentarios con el nacimiento de la agricultura y la cocción de los alimentos.

Por ejemplo, durante el Solsticio -21 de junio en el hemisferio norte- los agricultores aún agradecen a la Madre Tierra por las cosechas, desde la fiesta de San Joan pasando por los antiguos celtas hasta llegar a nuestros sanjuanes o Hatun Puncha, el Día Grande (hay algunos que aún pretenden llamar Inti Raymi, como si los pueblos originarios como quitus, caranquis o cañaris no habrían tenido fiestas durante milenos antes de la llegada de los incas).

Al principio, se creía que, debido al alejamiento del sol, éste no volvería porque los días posteriormente se volvían más cortos. Por eso los ritos que incluyen las antorchas –tal como sucede en nuestro país andino- tienen el mismo fin, cuando nuestro astro mayor se mueve desde una posición perpendicular del Trópico de Capricornio hacia el Trópico de Cáncer, con una inclinación del eje de la tierra de 23,5 grados, por lo que el día es más largo.

El fuego es una señal para decirle al sol que no nos abandone. Desde la época que hurtamos a los dioses la lumbre, vivimos aún ateridos de miedo. Necesitamos exorcizar una noche la desolación ante el misterio de la muerte. Los juegos pirotécnicos del austro –que incluyen vacas locas, globos, monigotes y voladores- es un manifiesto de la condición humana, aunque esté revestida de Corpus Christi de junio (no es casual que la evocación de la sangre de Cristo se celebre después de la primera luna de primavera en el hemisferio norte como un ciclo de las cosechas).

Solo cambian algunos detalles incluidos por la religión católica, que no ha logrado, a pesar de los siglos, erradicar su verdadera esencia también de lo profano, porque la fiesta pone al mundo al revés. De hecho, los dioses no quisieron compartir con los mortales el fuego hasta que Prometeo lo hurtó recibiendo como castigo el asecho de las águilas. En cambio, en el mito shuar, Jempe, el colibrí, entra a la morada del monstruoso Takea y –tras quemarse las alas- ofrenda a los amazónicos para que no mueran de frío en medio de la selva. En los dos relatos los profanadores son castigados por su osadía. En las dos narraciones, los héroes enfrentan al inframundo donde –curiosamente como sucede en nuestra planeta- habita también el fuego.

Según una antigua mitología griega, cuando encendemos un cirio aún está la presencia de la diosa de los bosques que recibe la ofrenda votiva a la espera de que el próximo guardián sea remplazado por su futuro verdugo. Anaximandro de Mileto creía que el fuego ocupaba la periferia del mundo y podía contemplarse por esos orificios que llamamos estrellas; para Heráclito de Éfeso, el elemento era la primera materia y la primera fuerza, aunque los dioses también castigaban a los mortales con lluvia de lava de los volcanes o la destrucción de Sodoma y Gomorra, que incluía azufre. Otra de las formas de castigo de los dioses ha sido el agua. Nótese el caso del relato judeo-cristiano del Diluvio también recogido por nuestros cañaris, cuando dos hermanos son salvados por guacamayas. Y esto sucede, porque los mitos cosmogónicos pertenecen a todas las culturas, pero cada una le proporciona sus particularidades.

En Cuenca, en medio del aparente paisaje dantesco y del olor a la pólvora, volvemos a compartir sin saberlo la misma emoción de escudriñar a la noche con nuestra propia luz, como luciérnagas que se encienden y apagan frente a los imperios lejanos. Como la posibilidad de que cada vez que encendemos un fósforo somos todos los humanos, según refiere Borges en el poema La dicha: “… En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar. / Nada hay tan antiguo bajo el sol. / Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno. / El que lee mis palabras está inventándolas.”

Como si el relámpago premeditado desencadenara una lluvia de nuestras propias estrellas sin necesidad de los dioses, porque aún conservamos la magia cada vez que bailamos en torno a una hoguera.

jorge-vinueza | mestizo.ec

 

 


 

 

 

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