sábado, 21 de abril de 2012

Cuenca: ciudad de poetas

La primera ocasión que conocí Santa Ana de los cuatro ríos de Cuenca tenía 13 años y desde allí tuve mi lugar preferido: el Puente Roto. Entonces, estaba ensimismado por la poesía de Rubén Darío: “Y el mundo a carcajadas se ríe del poeta y le apellida loco, demente, soñador…”. Pero antes había leído al que considero el mejor poeta del mundo, César Dávila Andrade: “Amauta poderoso / toda verdadera canción es un naufragio”.
Sabía que la ciudad había sido esquiva al Fakir al punto de no publicarle y, más tarde, pude comprobar en unas fotografías en blanco y negro la coronación -con laureles y parafernalia- de esos otros bardos de grandes apellidos y bastante niebla. Tenía bronca con esa urbe de farolas porque el autor de “Catedral salvaje” siempre quedaba tercero en los concursos de juegos florales y miraba beodo desde la última fila (este cronista aún no había asimilado que, a veces,  la fama no va acompañada de la trascendencia).
Cuando volví, después de muchos años, tenía que entrevistar al inmenso poeta que es Efraín Jara Idrovo, y estaba emocionado porque lo buscaba desde Galápagos. Le lancé a bocajarro la pregunta: ¿Cómo describiría poéticamente a Cuenca? Mi ciudad, me dijo, es como la palma de una mano donde transitan sus ríos como las líneas vitales y el Tomebamba es precisamente el surco de la Vida: allí se asentaban los antiguos molinos y su cauce corta a una ciudad nueva, poblada de universitarios y una arquitectura prodigiosa de tejados.
Pero Cuenca tiene tres ríos más que le atraviesan, le recordé. Entonces, el Yanuncay es la línea del Pensamiento, por sus aguas cristalinas. En cambio, explicó, el Machángara representa a la Fortuna: bravío y tormentoso. ¿Y la línea del Amor? Jara Idrovo habló del Tarqui como un río manso y que, como esa pasión, también es turbulento, porque cuando crece arrasa todos los jardines, como si al desbordarse anegara rencoroso los pastizales que antes regaba con ternura.
Y, claro me reveló el poeta, el conjunto de los ríos es el Destino que se ha impuesto esta ciudad, fundada en una inmensa palma ocre y campanas, que ha olvidado la retreta de la banda, instalada en la glorieta a las once de la mañana en la mitad del parque Calderón, en medio de rosetones de plomo.
Tenía una pregunta para el final. Maestro, ¿si usted quisiera sobrevivir en un verso, cuál sería? El hombre se meció su encanecido cabello y exclamó: Hay una frase memorable: “Sin un amor / la vida no se llama vida”. Pero hay un problema, dijo mientras respiraba como leviatán herido, no es mía sino que es un bolero.
 

Tomada de la edición impresa del Sábado 05 de Noviembre del 2011
 

Foja de poesía No. 131: Juan Carlos Morales Mejía

 Escrito por: Círculo de poesía | 7 de January del 2010 | Categoría: Fojas de Poesía, Portada, Portada 2 | 2 Comentarios
Juan Carlos Morales Mejía
A continuación una muestra del poeta ecuatoriano Juan Carlos Mejía (Ibarra, 1967). Es autor del proyecto Mitologías de Ecuador. Entre sus libros de poesía cabe mencionar:Arquero de luna, El poeta y la luna, El poeta y el mar.

http://circulodepoesia.com/nueva/2010/01/foja-de-poesia-no-131-juan-carlos-morales-mejia/



Frente a las aguas
Las aguas, que una tarde, ya no fueron las mismas,
en los ojos de Heráclito, el Oscuro.
El río Ganges donde navega la Ceniza.
El mar, límite del Averno, en el rostro del Navegante.
Las aguas, el río, el mar que he convocado
para no verte nunca, para creer que has muerto.
  
El resplandor
Un poeta sueña
en su amada
bajo la Luna
nómada.
Ese instante
es más eterno
que el resplandor
de miles
de espadas
en el campo
de batalla.
 
Non plus ultra
Mar tenebroso:
a la distancia
vienen tres carabelas.
 
La música
El sonido de las trompetas en Jericó:
siete días el Arca de la Alianza
rodeó este pueblo maldito para siempre.
La ulterior sonoridad de los cruzados
que la levantaron desde su memoria.
La música que escuchó Gautanama,
descendiente de los sakis y que buscaba
la verdad envuelto en un sayal amarillo,
cuando entendió el significado de una rosa.
El ruido intenso de las monedas
en las manos de Judas y la conciencia
de que el Mesías era demasiado humano.
La partitura que Mozart compuso
para su padre muerto y que no era el Réquiem.
El preludio de Nietzche cuando entendió
que Zaratustra tenía espíritu dionisiaco.
Los violines de los indios en San Juan,
antes de entrar a la cascada de Peguche.
El bandoneón de Astor Piazzolla
en una atardecer en Buenos Aires.
El canto del shamán del Tena, Luis Andy,
sobre la cabeza de una muchacha.
La sospecha de que hay música en tus ojos.

Alfaro y las sierpes de hierro

Gram, Durendal, Joyeuse, Excalibur.
Sus viejas guerras andan por el verso,
que es la única memoria. 
El universo las siembra por el Norte y por el Sur.
En la espada persiste la porfía de la diestra viril, 
hoy polvo y nada… 
 
nos dice Borges en el poema Espadas, para recordarnos la historia de estas armas que han matado reyes y serpientes, como aquella utilizada por Perseo, en el mito griego, cuando corta la cabeza de la gorgona (terrible, en el griego antiguo) Medusa.
 
Esto a propósito de la disputa por las espadas de Eloy Alfaro y de Pedro Montero, aquellos hombres que no tuvieron tiempo de desenvainarlas, en el sentido figurado, cuando la turba –alentada desde el púlpito- fue pródiga en su infamia (García Moreno, también en un hecho repudiable, murió de 14 machetazos y seis balazos). Más allá de la polémica del sitio donde descansarán las armas está un símbolo: el país, de a poco, encuentra su destino como pueblo porque las espadas regresan al museo de Montecristi, el lugar de las musas, y no al campo de batalla, donde caminan los espectros. Por eso hay tanto debate, porque las espadas representan también la sangre derramada desde hace un siglo entre liberales y conservadores. 
 
Volviendo a la mitología, de aquellas primeras espadas llama la atención Excalibur, la espada legendaria del rey Arturo. Cuenta la leyenda que fue el propio Merlín quien forjó la hoja en Ávalon, la isla de las hadas, y la clavó en una piedra. Otro mito asegura que fue una poderosa hechicera, la Dama del Lago, quien entregó al mago para que, a su vez, protegiera a Arturo en las batallas. Al final, el rey moribundo ordenó devolver la espada al lago.
 
Quien no tuvo mucha paciencia fue Rodrigo Días de Vivar, el famoso Cid Campeador. Primero entregó a sus yernos los infantes de Carrión sus enormes espadas, Tizona y Colada, pero después de que estos agraviaron a sus hijas, Doña Elvira y Doña Sol, los fieles al Cid los castigaron con la deshonra. 
 
Hay una espada maldita en la mitología nórdica. Se llama Tyrfing: cada vez que se desenvaina pide la sangre de un hombre, aunque curiosamente fue forjada por los enanos, según cuentan las sagas. Hay modernas espadas, al estilo del Sable de Luz, de la Guerra de las Galaxias, y legendarias, como la katana de los samuráis. 
 
Es extraño, los poetas, los que nunca han blandido estas filosas sierpes de duro hierro, nos pueden contar sus historias. 
 
Borges lo dice: 
Otra suerte de espadas hay,
murales y cercanas.
Déjame, espada, usar contigo el arte;
yo, que no he merecido manejarte.
 
 
 
 
 

Alfaro y el puñal

El tren más difícil del mundo era aún más difícil hacerlo en Ecuador. Qué extraño, dijeron los contratistas gringos, cuando los delegados negociaban por Ecuador: es el único presidente que no ha pedido sobornos. Eloy Alfaro era una rareza, aunque en el entonces Congreso los conservadores se oponían al proyecto. Allá en Nueva York, fue José María Vargas Vila, aquel que escribió después “La muerte del cóndor”, quien presentó a Alfaro a José Martí.
El proyecto ferroviario en el país no era cualquier cosa: se trataba de unir las regiones con visión geopolítica, por eso estaba planeado llegar a Iquitos. Pero Alfaro era más que eso: había decidido que el país fuera distinto.
¿Qué hay de malo recordarlo ahora? Por último, los imaginarios llegan a un país cuando este está listo. La historia siempre puede volver a ser contada. Que lo digan los colombianos desde Gabriel García Márquez a William Ospina, con fabulosos libros de Bolívar. Desde Alfredo Pareja Diezcanseco, en La Hoguera Bárbara, no hemos tenido otro relato magistral del general de las derrotas. Creo que es el momento oportuno para que nuestros escritores y escritoras nos develen en el lenguaje de este tiempo esta historia que ha permanecido tanto tiempo en el olvido.
Para empujar el asunto, Eduardo Galeano, en “Memorias del fuego”, tomo III, cuenta nuestra historia, hasta con una palabra en lunfardo: “Una mujer alta, toda vestida de negro, maldice al presidente Alfaro mientras clava el puñal en su cadáver. Después levanta en la punta de un palo, bandera flameante, el ensangrentado jirón de su camisa. Tras la mujer de negro, marchan los vengadores de la Santa Madre Iglesia. Con sogas van arrastrando, por los pies, al muerto desnudo. Desde las ventanas, llueven flores.
Chillan vivas a la religión las viejas comesantos, tragahostias, cuentachismes. Se enchastran de sangre las calles empedradas, que los perros y las lluvias nunca podrán lavar del todo. En el fuego culmina la carnicería. Se enciende una gran hoguera y allí echan lo que queda del viejo Alfaro. Después pisotean sus cenizas los matones y los hampones a sueldo de señoritos.
Eloy Alfaro había osado expropiar las tierras de la Iglesia, dueña de mucho Ecuador, y con sus rentas había creado escuelas y hospitales. Amigo de Dios, pero no del Papa, había implantado el divorcio y había liberado a los indios presos por deudas. A nadie odiaban tanto los de sotana ni temían tanto los de levita. Cae la noche. Huele a carne quemada el aire de Quito. La banda militar toca valses y pasillos en la retreta de la Plaza Grande, como todos los domingos”.
 
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Los señores del billete

Cuando el poeta Clavijo llegó a Vinces, conocido como “París chiquito” incluso después del auge cacaotero, se halló -así de sopetón- con la réplica en miniatura de la torre Eiffel. Desde su visión de cronista popular dejó para la posteridad sus versos: Por esos atardeceres / y el pensil de tus mujeres / a París te parecís.
Durante el auge cacaotero la familia Aspiazu era la más grande productora del mundo, desde 1895 hasta 1925, eran dueños de 59 haciendas (unas 150.000 hectáreas) de donde se extraían 80.000 quintales. La otra familia poderosa eran los Seminario, con 35 propiedades y una extensión de 130.000 hectáreas. Los dos grupos eran los más grandes accionistas del Banco Comercial y Agrícola, que incluía préstamos al Estado. Estos fueron nuestros primeros banqueros.
Manuel Chiriboga, en su ensayo sobre el tema de los Gran Cacao, dice que las utilidades -de 325 por ciento, merced a la explotación y mala distribución de la acumulación- sirvieron para mantener un sofisticado y lujoso nivel de vida, que se evidenció en la residencia permanente de varios miembros de las familias agroexportadoras en el exterior, particularmente en Francia, donde buena parte de la fortuna era dilapidada.
A finales del siglo XX su heredero, Fernando Aspiazu Seminario -dueño de bancos, empresas eléctricas, haciendas y medios de comunicación- había destinado 3 millones de dólares para la campaña de Jamil Mahuad, quien desató el “salvataje bancario”. Esto -junto con la “sucretización” de la época de Oswaldo Hurtado- le costó al país 8.000 millones de dólares. Wilma Salgado realiza un estudio comparativo: como para la época se destinaron 2,5 millones para infraestructura educativa, ese monto habría alcanzado para 3.200 años de aulas de los niños ecuatorianos. Y más, 87 años de gasto en Salud y Desarrollo Comunitario (estaban destinados 92 millones de dólares); 362 años en Desarrollo Urbano y Vivienda (22 millones de dólares de presupuesto). Para no alargar el cuento y quitando los ceros, es como si el país hubiese entregado un auto de 8.000 dólares para los banqueros y sus préstamos vinculados, y, en cambio, habría destinado 2,5 dólares para infraestructura educativa, lo que cuesta una funda de fideos.
Eso, acaso, no lo sabía el poeta Clavijo cuando lanzó su verso, peor que entre dos familias tenían propiedades del tamaño de la actual provincia de Los Ríos. El llamado “feriado bancario” arrasó con el 70 por ciento del sistema e incluyó la migración de cerca de 3 millones de compatriotas. Esto hay que recordar, ahora que los banqueros andan por las tiendas de los barrios.
 
El artículo completo está publicado en el Telégrafo
 

Creo en Charles Chaplin

Tras la quema del monigote queda el fuego. Como el agua, es un elemento que nos remite a rituales antiquísimos para conjurar al futuro. Bajo el signo del fuego se cierra un ciclo y renacemos. Ese es el sentido agrario del año que termina, desde los celtas a las diabladas de Píllaro.
Entonces, es imprescindible volver a lo que creemos. A reafirmarnos para pensar que el tiempo -o como contamos el tiempo- es una arbitrariedad. Hay que volver a los credos personales, que son una declaración de principios.
¿En qué creer? Acaso en la posibilidad de la magia y de los colores, lejos de los dioses despóticos. Aquí un texto del poeta Aquiles Nazoa, llamado “Rezo el Credo”, que puede ser una brújula:
“Creo en Pablo Picasso, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra; creo en Charles Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de los hombres; creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable; creo en los grillos que pueblan la noche de mágicos cristales; creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa; creo en la cualidad aérea del ser humano, configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatiéndose como una purísima paloma herida bajo el cielo del Mediterráneo; creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente debajo de la almohada de mi niñez; creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música, yo que en las horas de mi angustia vi al conjuro de la Pavana de Fauré, salir liberada y radiante a la dulce Eurídice del infierno de mi alma; creo en Rainer María Rilke, héroe de la lucha del hombre por la belleza que sacrificó su vida al acto de cortar una rosa para una mujer; creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia; creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar; creo en un barco esbelto y distantísimo que salió hace un siglo al encuentro de la aurora, su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles, y junto a sus sienes un resplandor de estrellas; creo en el perro de Ulises, en el gato risueño de Alicia en el País de las Maravillas, en el loro de Robinson Crusoe, en Beralfiro el caballo de Rolando, y en las abejas que labraron su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero; creo en la amistad como el invento más bello del hombre; creo en los poderes creadores del pueblo; creo en la poesía y en fin creo en mí mismo, puesto que sé que hay alguien que me ama…”.
 
El artícuo está publicado en:

Viudas travestis y buñuelos

El suburbio de Guayaquil, con sus imponentes monigotes de años viejos, muestra una parte del país: un inmenso Hulk que extiende la mano para pedir caridad, en la 15 y Capitán Nájera, pero además enormes estructuras de Perro gárgola, Papá Pitufo rapero, Capitán América, The Muppets, Power Rangers, Caballeros del Zodiaco, Freddy Krueger y hasta la torre Eiffel, teniendo en “París Chiquito”, o sea en Vinces, una que evoca lo que no pudieron hacer los Gran Cacao, cuando eran los dueños del mundo (el Teatro de la Ópera de Manaos es la contraparte de lo que sí hicieron los Señores del Caucho).

En definitiva, un país que por un lado celebra el ciclo del renacimiento, con la quema de los monigotes, pero que ha olvidado el rito: alienado por esa máscara que somos los latinoamericanos, desde la época colonial. Ni señas del significado del fuego y, supongo, que los temas que nos atañen sufrirán de Alzheimer. Como si tuviéramos que representar lo que miramos en la televisión en lugar de nuestros propios personajes. Parece que nadie recuerda a los gigantes de Santa Elena, relatados por Juan de Velasco, o el mismísimo Cantuña y los diablillos.

Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisién, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España, escribía en un poema José Martí. Sin embargo, al otro lado de las montañas -en la próspera Atuntaqui- se desarrolla una festividad que tiene más de 80 años y es Patrimonio Cultural del Ecuador: Inocentes y Fin de Año, así sin más.

Tiene un intrincado repertorio que va desde el denominado Bando-bando, saludo a Papá (en referencia al Viejo que se quema), comparsas, construcción de máscaras, carros alegóricos y alusiones a personajes, que únicamente entienden los anteños. Sin embargo, el motivo central de este año -a bastantes metros de altura- son unos monigotes que representan a los borrachines muertos por el licor adulterado (51 fallecidos y 306 afectados).

Es que precisamente eso es parte del rito: reírnos de nuestras desgracias. El año viejo, además, como antiquísima celebración de ciclos agrarios en culturas desde los celtas a los valencianos, es el momento de la renovación. Se quema el pasado para, de cierta manera, exorcizar al futuro.

Guayaquil y Atuntaqui muestran esa  disputa entre la cultura introducida por los mass media y reinventada y la cultura popular, tenazmente viva. Mas,  en las pequeñas poblaciones del Ecuador profundo, los niños y niñas aún acuden a los aserraderos para pedir material para los viejos. Y, claro, hay viudas travestis y buñuelos…

Tomada de la edición impresa del Sábado 31 de Diciembre del 2011