domingo, 26 de junio de 2016

Un mito de Esmeraldas

Después de una tragedia, parecería que las voces de los abuelos nos recuerdan dónde están nuestros orígenes. Hay que sentarse en torno a la hoguera, dejar a un lado el ruido del mundo y escuchar atentamente esos saberes que, para el caso de Esmeraldas, hablan de décimas y marimbas.

Al igual que Manabí, con sus duendes que caminan con los pies al revés, para despistar a sus perseguidores, en la ‘Provincia Verde’ también hay duendes con un nombre curioso: Riviel, que va en una canoa. Está también la famosa Tunda, que se lleva a los niños. Estos relatos orales permiten, a lo largo de los tiempos, que una sociedad se cohesione, porque se pregunta sobre su devenir y sus sueños.

La mitología es la otra historia. No la que habla de batallas ni héroes, sino la que apela a responder las preguntas clave de la condición humana que no es otra cosa que la vida y la muerte. Desde la profunda sabiduría de los abuelos de estas tierras generosas sobrevive esa memoria que ha pasado a lo largo de generaciones. Esa historia también se ha salvado de los escombros. Aquí, una de sus leyendas conocidas como la Piedra de Eufrasia.

Hace tiempo Eufrasia había olvidado las décimas que hablaban de amores contrariados. Era la época de buscar sustento para ella y también para su hijo, así que acudió, como muchos, a lavar oro a orillas del río.

Se internaron por la espesura de Playa de Oro y cuando a los varios días salieron, su pequeño tenía fiebre. Esa noche la situación empeoró. No bastaron los cuidados ni los ungüentos que le prodigaron en el pueblo. Al poco tiempo murió.

Eufrasia trató de  recordar una décima: “La muerte es para todos / de ella no hay separación / ella no halla personas / sino el que manda el Señor”.
Eran los cantos de su pueblo que decían: “Mata padre, mata obispo  / mata al que tiene corona  / mata a los santos ministros  /  y al Papa Santo de Roma”.

Pero la mujer no hallaba consuelo. Entonces llegaron las cantoras para el ritual de los ‘alabaos’, propios de los velatorios.

“Qué triste que está la casa  / y el puesto donde dormía / los gallos que menudeaban  / y yo que me despedía”.

Al día siguiente era el entierro. Todos se dirigían con tristeza hacia el camposanto. Sin embargo,  Eufrasia se detuvo fuera de sí. Levantó los brazos y exclamó al cielo: ¡Como era tuyo, te lo llevaste!

Tras su quejido se produjo un temblor de tierra. Los árboles se movían airosos, los pájaros aleteaban sin rumbo, el río levantaba sus aguas, los animales del monte huían despavoridos y la gente se abrazaba. El temblor no duró mucho. Después prosiguieron hasta el mínimo cementerio y encontraron abierta la sepultura. Allí depositaron el cuerpo del niño.

Cuando al poco tiempo los hombres y mujeres salieron a sus labores encontraron que el río había cambiado de cauce. En donde antes se encontraban unos platanales estaba una enorme piedra llegada desde el monte. Todos estuvieron de acuerdo en llamarla la Piedra de Eufrasia. La roca es enorme y aunque algunos han intentado subir a la cima no han podido. Las abuelas dicen que allí fue colocada por quien manda a la muerte, que no distingue ni el rostro. (O)


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Un gigante en 125 palabras

La narrativa, en esta época de vértigo, apela a la brevedad. En este tiempo de 150 caracteres o de Twitter, curiosamente, adoptamos una manera de escribir más anglosajona, lejos de cierto barroco que nos es propicio. Está el cuento famoso de Augusto Monterroso titulado El Dinosaurio: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Como siempre, no hay nada nuevo bajo el Sol. Esta disputa ya estaba presente en el mundo antiguo y ha moldeado a Occidente, desde hace 2.500 años. Así como no hay que unirse a los filisteos, siempre es preciso volver a los griegos. El libro El camino de los griegos, de Edith Hamilton, explica las diferencias que podemos encontrar entre el mundo judeo-cristiano y los helenos. El ejemplo es adecuado porque las dos visiones representan la misma idea.

En el Sermón de la Montaña podemos leer: “Pedid, y se os dará, buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla. Y al que llama se le abrirá”. Ahora veamos cómo expresa Esquilo el mismo pensamiento: “Los hombres buscan a Dios y buscándolo lo encuentran”.

Dice Hamilton: “No se añade una sola palabra. El poeta consideró que esta afirmación, tal como está, era adecuada para la idea, y no sintió ningún deseo de elaborarla ni adornarla”. Julio César fue preciso al dirigirse al Senado romano tras la Batalla de Zela: “Vine, vi, vencí”.

En este sentido, también con esta influencia, está esta frase de Séneca: “Para bien obrar, el que da debe olvidarlo luego y el que recibe, nunca”. Hasta las comas son precisas. Miguel de Cervantes lo decía así: “¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecérselo a otro que al mismo cielo!”.

Estas reflexiones vienen al caso porque, hace tiempos, inicié un proyecto de microleyendas de Ecuador. Obviamente, la tarea es ardua, porque es más difícil escribir un relato mínimo que largarse, tal es la palabra, con descripciones y ripio. Solo he avanzado una, que se llama ‘El gigante y las lagunas’, de Imbabura. Refiere a un mito cosmogónico de los caranquis, señorío étnico que construyó 5.000 tolas y cuyo centro de poder probablemente era el sector de Angochagua, donde hay cerca de 150 tolas, dentro de la hacienda Zuleta.

Junto con los amoríos de las montañas Imbabura y Cotacachi es parte de su génesis, palabra que tiene origen griego. Sin más, la comparto en 125 palabras.

Hace mucho tiempo, antes de la llegada de los hijos del Sol, vivía un gigante. Era tan enorme como su orgullo. Decidió recorrer las lagunas tras su profundidad. Metió su enorme pie en Yahuarcocha, que se llamaba Cochicaranqui, y rió mucho: sus aguas únicamente le llegaban a los talones.

Después fue al Imbacocha o lago San Pablo. Sus carcajadas retumbaron en el aire porque apenas se mojó las piernas.

-Son simples charcos, se dijo, y se recostó en una colina.

Un día, llegó hasta un ojo de agua. Se oyó un grito mientras un remolino lo envolvía. Trató de asirse al Taita Imbabura y fue tanta su fuerza que dejó una inmensa grieta. El gigante nunca supo que la escondida laguna se llamaba el Cunrro. (O)

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Yolanda Cabrera aún prepara la antigua bebida de los caranquis

Con chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora, se fermenta en toneles de roble la Chicha del Yamor, presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo.



Frente al mar están las mujeres. Son sacerdotisas en un ritual del maíz. Hace varias generaciones han logrado domesticar este grano que llegó desde la selva o de otros mares lejanos. Llevan en sus cuellos y en su cintura unas figurillas de exuberantes atributos femeninos, que reflejan la fertilidad o ritos de pasaje, como refiere Pedro Porras. Con el tiempo, la primera cerámica de América, de 4.500 años antes de Nuestra Era, pasó a llamarse Venus de Valdivia, con su infinidad de arreglos de cabelleras hechas de arcilla en una época, como dicen los expertos, probablemente matriarcal.

El maíz, domesticado hace 8.500 años, según algunos en la Península de Santa Elena y según otros en Mesoamérica, con el tiempo viaja a las montañas. Por eso, desde el centro ceremonial de las tolas, los caranquis agradecen al más sabio de los montes, el dios Taita Imbabura, por el prodigio de las cosechas de maíz. Hay fiesta en el aire y los danzantes llegan al sonido de los pututus (strombus), ocarinas y rondadores.

Desde hace miles de años —de mano en mano— han domesticado al maíz, y ese colorido esplendor está presente un poco más lejos, en el mercado o tiánguez, en el sector de Salinas. Un mindalae o comerciante camina por entre los sitios dispuestos y le ofrecen chicha, elaborada con semillas diversas que cada familia cultiva y selecciona con esmero. Para Juan Martínez Borrero, en el libro Sara Llakta (Tierra del maíz), el control de la producción de variedades de maíz para chicha, generalmente con granos de colores que añaden elementos simbólicos, posibilita a los curacas movilizar el trabajo. Paul Golstein lo ha resumido: “Caracterizado por la fácil conversión del excedente de granos en bebida, de la bebida en trabajo comunitario y el trabajo el prestigio individual, los festejos posibilitan el surgimiento de la desigualdad social. En tanto los más ricos o más poderosos grupos corporativos promueven fiestas con más y más chicha, cada vez menos participantes pueden sostener la carga de la responsabilidad”.

Y con chicha de maíz se levantaron las 5 mil tolas caranquis, en un territorio desde el Valle del Chota hasta Guayllabamba desde el 500 al 1.500 de Nuestra Era, en los llamados señoríos étnicos, aunque algunos creen que esta bebida de los dioses la trajeron los incas en el siglo XVI. En Perú la chicha es de jora, (en lengua quechua Aqha) y es de uno de los 7 granos; en Ecuador el yamor es de chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora (fermentado).

Como sea, la chicha del yamor estaba presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo, en la primera mitad del siglo XX. Era el encuentro de los jóvenes estudiantes que volvían de vacaciones al terruño. Con el tiempo, esta tradición estaba por extinguirse hasta que una mujer “en la peor esquina de Otavalo” conservó su secreto, a base de 7 granos de maíz. Se trata de Yolanda Cabrera Rodríguez, del barrio Punyaro. Ella también tiene su historia personal.

A finales del XIX, por falta de hospedaje como en casi todos los pueblos, muchos indígenas se alojaban en los corredores de las casas, previo al día de la feria. Cerca de los ‘poyos’ o bancos de piedra, los indígenas colocaban sus esteras para dormir, junto a sus textiles. María Rodríguez, una mujer amable los recibía, sin cobrar un calé, moneda de la época. Una niña observaba. Era Yolanda, quien, con el tiempo, aprendió la elaboración de la chicha del yamor de su madre. Ese sentido de solidaridad que miró en el improvisado tambo se impregnó en esta mujer de ojos vivaces.

Pero la tradición del yamor debía esperar, porque Yolanda tuvo que ir a trabajar de obrera en la fábrica San Miguel hasta que, antes de jubilarse, se animó —durante las fiestas septembrinas— a sacar su mínimo tiesto para vender tortillas bonitísimas, con pepa de zambo, con la tímida chicha del yamor.

Poco a poco, gentes del lugar —algunos con terno y corbata, como dice— acudían a la esquina de las calles Estévez Mora y Sucre, en la antigua casa de su madre.

Después, el modesto local se convirtió en un lugar infaltable de los otavaleños, porque tenían su chicha, acompañada ahora por tortillas de papa, mote y fritada. Por eso, cuando se visita a esta mujer, que también hace el pesebre más grande de Otavalo, de 7 metros, se entiende porqué tantas personalidades han acudido a degustar esta antigua bebida de los caranquis. Merced a ganar el premio de los pesebres, recibe cada año a la prestigiosa Banda Municipal y sus ojos parecen iluminarse.

Allí, en medio de la laboriosidad y de las empanadas de maqueño, están los inmensos toneles de roble y 5 ollas de 100 litros, cada una, donde se fermenta esta delicia aún en espera de su industrialización.

Es tal la generosidad de Yolanda que ha compartido la receta con todos quienes quieren oírla, y así la tradición está viva. Por este motivo ha recibido condecoraciones del Municipio, pero ella continúa siendo la misma de siempre.

Esa misma actitud tuvo cuando hace poco recibió a 80 chefs de Cuenca, quienes fueron a investigar para aprender sobre el yamor. “Eso es imposible. Esto hay que hacer viendo”, les dijo, para explicarles que la teoría tiene que ir con la práctica. Aunque no lo dice, se sabe de su generosidad con cualquier grupo artístico que le solicite un fiambre e incluso, la popular caminata Mojanda arriba, del 31 de octubre, termina siempre en una de las esquinas más tradicionales del Valle del Amanecer.


Entre risas recuerda algunas anécdotas, como los voladores que entraron al colegio de las monjas marianitas. Mientras muestra con orgullo un niño Jesús, con ropas relucientes, que es el invitado principal de apoteósicos Pases del niño, habla de una época en que su madre escogía los granos del maíz. Ahora, su hija, Anita Albuja, es la tercera generación de un legado que viene de los tiempos en que las mujeres frente al mar entrelazaban finas cabelleras, allá en Valdivia. (I)

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Claves para un pesimista

Alguna ocasión, Antonio Skármeta decía que –en el caso de un relato- una tensión enorme, como un terremoto, inundación o golpe militar, hacía que los personajes asumieran esa catástrofe según sus perspectivas. Así, los unos se unirían para sacar a un país adelante, los otros, acaso, permanecerían inmovilizados y algunos pocos se mostrarían de cuerpo entero, donde se incluye la miseria humana.

Pero lo que está viviendo Ecuador tras el terremoto costero, lamentablemente, no es un juego de la literatura. Por suerte, la solidaridad demostrada es uno de los valores, pero también están quienes detienen ese avance. Podríamos llamarlos pesimistas.

A lo largo de nuestra historia, en cada desastre, han existido esas visiones. Por ejemplo, en el terremoto de Riobamba de 1797, una parte de la población asentada en Sicalpa se negaba rotundamente a trasladarse a la llanura de Tapi e hizo que se demorara el proceso reconstructivo. Pero está el otro lado. En 1868, tras el terremoto de Ibarra, 550 personas resistieron, entre abandono y lluvia, cuatro años hasta reconstruir su ciudad en 1872 (en estos días se conmemora la celebración de El Retorno, obviamente suspendida). En Ambato, en 1949, ante la desolación, años después, se creó la fiesta de las Flores y de las Frutas.

Alvin Toffler analiza estos comportamientos con una frase contundente: “Predicar pesimismo es uno de los modos más fáciles de disfrazarse de sabio”. Recalca que el pesimismo permanente es un sustituto del pensamiento y esos, dicen, abundan en las redes.

“Ningún pesimista descubrió jamás los secretos de las estrellas, o exploró una tierra no cartografiada, o abrió ningún cielo nuevo para el espíritu humano”, escribió Helen Keller, la notable autora ciega y sordomuda que viajó por treinta y nueve países, escribió once libros, inspiró dos películas ganadoras de un Oscar y luchó por los derechos de los ciegos hasta su muerte a los ochenta años. Dwight Eisenhower, el presidente norteamericano que lideró el desembarco aliado en Normandía contra los nazis dijo: “El pesimismo nunca ganó una batalla”. Siguiendo a Toffler, explica que durante la revolución industrial quienes se oponían a ese hecho histórico desencadenaron también otras realidades. “De su temor y su ira contra la modernidad, con su creciente laicismo y racionalidad, surgió el pesimismo romántico expresado en la poesía de lord Byron y Heinrich Heine, la música de Richard Wagner y la filosofía del pesimismo de Schopenhauer”. “Toda vida es sufrimiento”, decía este último.


Como país, hemos vivido profundas épocas de pesimismo, como tras la debacle con el Perú en la guerra de 1941. No se entiende de otra manera la canción Vasija de barro. Pero ahora, no tenemos ese tiempo. En estas horas difíciles hay que apostar por el optimismo, pero radical. Siempre me siguen las palabras de Arturo Andrés Roig: “Nosotros los latinoamericanos no podemos darnos el lujo de la desesperanza”, mientras tarareo “Yo nací en este país”, escrita en plena crisis bancaria, que incluye a los canallas que nos quitan la ilusión. (O)

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Imaginarios de un país posible

Los países -también construcciones, al fin- crean imaginarios. Algunos están anclados en una realidad que se diluye, otros son falsos, como una manera de inventar una tradición ante el desamparo del origen. Los hay nacionales (la palabra está en debate) y locales, dependiendo, además, de intereses varios que van desde lo étnico, de clase e incluso popular, este último casi siempre despreciado en sus inicios. Un ejemplo de esto es la música rocolera que, por su denominación, está vinculada a los bajos fondos, en otras palabras a los borrachos, pero también a otros tres estigmas presentes en la manera despectiva de nombrarla como música del populacho (el tema de clase), música chicha (lo étnico vinculado a lo racista) y, como si no fuera suficiente, música de chagras o montuvios (presente la contradicción entre centro-periferia, donde lo de la capital dicta el grado ‘civilizatorio’ ante la ‘barbarie’).

Hay, sin duda, imaginarios construidos en un escritorio: la idea de que el país se podría salvar por medio de la cultura, tras la invasión peruana de 1941, promovida por Benjamín Carrión, quien a su vez lo tomó prestado de Vasconcelos. Y, claro, ante el desgarramiento surgió una canción emblemática como es ‘Vasija de barro’, escrita en una noche a cuatro manos y, curiosamente, borroneada en la contrasolapa del libro En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Hay imaginarios que unen a los ecuatorianos: ceviche, selección de fútbol, Galápagos, años viejos, procesiones de fe, Rumiñahui o Julio Jaramillo… Los hay que los separan: regionalismo, estereotipos étnicos, disputas chauvinistas, temas políticos coyunturales y, ahora, hasta las redes sociales (las voces de los idiotas, a juicio de Umberto Eco, apocalíptico al final de sus días).

Curiosamente Ecuador aún es un país agrario y como tal dependiente de los designios de los dioses, a la espera de las lluvias y cargando vírgenes coloniales del siglo XVIII. Las dos imágenes más representativas, del Quinche y del Cisne, fueron esculpidas por Diego de Robles, quien también hizo la de Guápulo, que era sacada en procesiones para desalentar la Revolución de las Alcabalas.

Basta ver sus exportaciones de materias primas: cacao, banano, flores, camarón o petróleo, con escaso valor agregado (por eso se agradece a quienes en los últimos años han logrado lo impensable: crear marcas reconocibles). Como se sabe la mentalidad agraria es altamente conservadora y patriarcal, además de machista.


Preocupada en hacer crecer cosas en lugar de fabricarlas, aún desconfía de quienes proponen servir, pensar, saber y experimentar, siguiendo la descripción de las tres olas de Alvin Toffler. Esto último, la ola del conocimiento, es lo que produce quiebres en el sistema. ¿Dónde están esos imaginarios? Y esto porque, como el caso de la música, las nuevas voces -quienes muestran la sensibilidad de esta época- aún no aparecen en todo su esplendor. Obviamente hay salvedades, Ecuador TV, a través de La Caja de Pandora, muestra esas visiones contemporáneas, como es el caso de Álex Alvear: la academia que no ha olvidado sus raíces. (O)

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Don Alcides Montesdeoca, el antiguo creador de imágenes de San Antonio

Ibarra.-

Una llovizna insistente caía sobre los tejados y sobre el ángel de piedra del parque, que perdió un ala con el tiempo. La noche no parecía áspera hasta que unos gritos desde la calle despertaron al escultor Alcides Montesdeoca, en San Antonio de Ibarra, en la década de los tumultuosos sesenta, del siglo pasado. Entreabrió la ventana. Afuera, un hombre de sotana clamaba ser oído.

El artista pensó en un robo, pero ante la insistencia abrió la puerta. El párroco tenía un rostro desencajado y la lluvia en su cabellera alborotada lo tornaba más deprimente. A lo lejos, el sonido de las campanas parecía ir más allá de los callejones, incrustados en las faldas del monte Imbabura. Un relámpago se escuchó a la distancia…

—Los indios casi me matan a pedradas, alcanzó al balbucear el clérigo. Después, más tranquilo, relató que venía del sector de Cajabamba, en Chimborazo. En una malhadada procesión, el santo de palo, San Antonio, aquel que batalló contra las tentaciones, había sufrido un accidente consistente en un brazo averiado y el rostro casi irreconocible.

—Tiene que salvarlo, le dijo el cura, con una voz suplicante pero impositiva.

Ante la insistencia de la obra pía, el maestro no tuvo más remedio que embarcarse, con lo más elemental de sus herramientas, hacia la profundidad de la noche. Cuando llegó a la Sierra Central, los indígenas le prodigaron con gallinas, huevos, manzanas, como si fuera la fiesta de la Entrada de Rama, para asombro de los seminaristas de Quilmer. Montesdeoca revisó el daño y, aunque no les dijo, comprobó que el santo estaba hecho de humilde palo de balsa.

Acostumbrado al tallado en finas maderas de nogal y cedro, supo que habían engañado a los indios como si se tratara de un relato más de esa denuncia que es el libro Huasipungo, de Jorge Icaza, donde aparece la tríada opresora: el patrón, el teniente político y taita cura. Cuando terminó la labor, el santo quedó mejor que antes, merced al policromado y una que otra madera fina. De pronto, un indígena de poncho rojo se hincó ante el maestro y le besó la mano, como símbolo de agradecimiento.

Después, entre todos, sacaron al imaginero en hombros, como si él mismo fuera otro santo milagrero, ante la mirada atenta del cura, quien pudo respirar tranquilo pensado, acaso, en las futuras misas. Esta es una de las historias que relata Montesdeoca, de sonrisa amable, mientras mira de reojo a una virgen de guedejas rojizas y de ojos tristes.

San Antonio debe sus tallados en madera a una tragedia. Tras el terremoto de Ibarra, de 1868, las imágenes religiosas de las iglesias también se destruyeron. Tras unos años, el discípulo de la Escuela Quiteña, Javier Miranda encontró al hábil y joven pastor Daniel Reyes y lo llevó a Quito para que aprendiera el oficio donde el maestro Domingo Carrillo. Fue esa generación, que incluye a los antepasados de Montesdeoca, quienes iniciaron el trato con el arte.

Las caras de sus santos y de sus vírgenes, a diferencia del canon colonial inspirado en rostros italianos, están basados en la gente común, que este artista observa con detenimiento.

Su imagen preferida es Nuestra Señora de Coromoto, en el pueblo venezolano de Guanare, que recuerda la “conversión” del cacique Coromoto quien, tras ser mordido por una serpiente y perseguido por la selva en el siglo XVI, pasó a llamarse Ángel Custodio, colaborando en el bautizo y opresión de los suyos. De las esculturas coloniales es indudable su aprecio por las obras de Caspicara, de los crucifijos excelsos, o Bernardo de Legarda, quien puso alas a la virgen.

Su obra está tan extendida en el país que podríamos hacer una cartografía de cada uno de los pueblos donde admiran su delicado oficio. En el exterior, tiene predilección por las andas de Semana Santa que hizo para la devota Popayán, llamada también Ciudad Blanca, como Arequipa, en Perú.

Cree que la religión es la conciencia de uno mismo y que no hay mejor momento para encontrar la soledad que frente al paisaje del Taita Imbabura. Nació en 1930, se casó con Margarita Villarruel y tiene 5 hijos, aunque lamenta la pérdida de Carlos. Debe ser por eso que aprecia La Piedad, la obra de Miguel Ángel Buonarroti, quien pintó la Capilla Sixtina con cuerpos desnudos, tapados después por un pudoroso papa.


Sus medallas y condecoraciones, como todo hombre sencillo, están regadas por su taller. Este artista incansable parece seguir los preceptos de los griegos que pensaron que la belleza era la justa medida entre la proporción y la armonía.


A veces, piensa en sus imágenes que también hacen milagros. Mientras devasta, con una gubia, la madera del rostro de un Jesús resucitado, una Virgen morena, de ojos inquietos, parece sonreír levemente. (I)
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Chupa full, haz patria

El anuncio, ahora en aplazada ‘observación’, de permitir a los bares laborar hasta las 4 de la madrugada y comprar licor el domingo, cuándo no, ya generó reacciones. Como el caso de la Guerrilla de los naranjeros -como si se tratara de la Revolución de las Alcabalas- el tema se destila, tal es la palabra, en todo lado, incluidas las redes sociales.

Las miradas moralistas saltaron a primera fila. Se trataría, según estas, de la llegada irremediable de las fuerzas malignas contra los pobres habitantes de nuestras franciscanas ciudades, en forma de borrachines. Los más sesudos analistas nos hablan que hace seis años se creó “un cerco contra la libertad de las personas” y, ahora, se preguntan, si no será una “farra del Buen Vivir”.

Están las huestes de los chistosos, quienes envían divertidos mensajes recordándonos que ya chumados qué importa el IVA. Si estuviéramos en los 90, los grafitis harían de las suyas: ‘Chupa full, haz patria’, algo parecido cuando -desde su mirada corrosiva- mostraban la realidad de este país, en manos de banqueros corruptos y sus secuaces, que expulsaron a millones de compatriotas por la crisis: ‘Haz patria, viaja a España’ (no hay que olvidar que esas remesas salvaron la debacle).

Están los videos que mezclan escenas de Don Ramón con la música interpretada por Aladino, especialmente con el temita ‘Bohemio y bacán’: “Nací parrandero / bohemio y galán / mi vida es alegre / yo soy bien bacán”. Curiosamente la canción fue escrita por Alci Acosta que, aunque no se crea, no ingiere licor. Lo bueno es que se olvidaron de otra canción emblemática, de Máximo Escaleras, ‘Chúpate la plata’.

Los más académicos -mientras supongo apuran un coctel- me acaban de pasar una lista de las nuevas materias de la supuesta Maestría en Gerencia Etílica, entre las que se destacan Orígenes de la parranda o El alcohol y su función como lubricante social, en el primer semestre y, para el quinto semestre, Excusas familiares básicas y otras linduras. Digamos que esto es el aperitivo y, a estas alturas, no conviene traer a colación a Nietzsche y la disputa entre el espíritu apolíneo y dionisiaco. Peor evocar ‘El jardín de las delicias’ del Bosco y, para nuestro caso, al padre Almeida que, descolgándose del Cristo ensangrentado, se escabullía por las noches de un Quito que, curiosamente, aún es provinciano, como el país mismo.

Como todo, la peor forma de control, llámese marihuana o licor, es la prohibición. Ahí está Al Capone, quien fue llevado a la cárcel por no pagar impuestos, para recordarnos todo lo que generó la prohibición del alcohol en las tierras de Rico McPato.


La discusión es larga y hay mucha presión en esta sociedad mojigata. Parece que hay que volver a San Agustín y el libre albedrío, pero también a la poesía como ‘Soneto al vino’, de Borges: “¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa / conjunción de los astros, en qué secreto día / que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa / y singular idea de inventar la alegría?”. No hay que olvidar la borrachera de Noé en el Arca ni el primer milagro de Jesús. Ojalá no digan que este artículo incita al alcohol. ¡Salud!

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