domingo, 26 de junio de 2016

Claves para un pesimista

Alguna ocasión, Antonio Skármeta decía que –en el caso de un relato- una tensión enorme, como un terremoto, inundación o golpe militar, hacía que los personajes asumieran esa catástrofe según sus perspectivas. Así, los unos se unirían para sacar a un país adelante, los otros, acaso, permanecerían inmovilizados y algunos pocos se mostrarían de cuerpo entero, donde se incluye la miseria humana.

Pero lo que está viviendo Ecuador tras el terremoto costero, lamentablemente, no es un juego de la literatura. Por suerte, la solidaridad demostrada es uno de los valores, pero también están quienes detienen ese avance. Podríamos llamarlos pesimistas.

A lo largo de nuestra historia, en cada desastre, han existido esas visiones. Por ejemplo, en el terremoto de Riobamba de 1797, una parte de la población asentada en Sicalpa se negaba rotundamente a trasladarse a la llanura de Tapi e hizo que se demorara el proceso reconstructivo. Pero está el otro lado. En 1868, tras el terremoto de Ibarra, 550 personas resistieron, entre abandono y lluvia, cuatro años hasta reconstruir su ciudad en 1872 (en estos días se conmemora la celebración de El Retorno, obviamente suspendida). En Ambato, en 1949, ante la desolación, años después, se creó la fiesta de las Flores y de las Frutas.

Alvin Toffler analiza estos comportamientos con una frase contundente: “Predicar pesimismo es uno de los modos más fáciles de disfrazarse de sabio”. Recalca que el pesimismo permanente es un sustituto del pensamiento y esos, dicen, abundan en las redes.

“Ningún pesimista descubrió jamás los secretos de las estrellas, o exploró una tierra no cartografiada, o abrió ningún cielo nuevo para el espíritu humano”, escribió Helen Keller, la notable autora ciega y sordomuda que viajó por treinta y nueve países, escribió once libros, inspiró dos películas ganadoras de un Oscar y luchó por los derechos de los ciegos hasta su muerte a los ochenta años. Dwight Eisenhower, el presidente norteamericano que lideró el desembarco aliado en Normandía contra los nazis dijo: “El pesimismo nunca ganó una batalla”. Siguiendo a Toffler, explica que durante la revolución industrial quienes se oponían a ese hecho histórico desencadenaron también otras realidades. “De su temor y su ira contra la modernidad, con su creciente laicismo y racionalidad, surgió el pesimismo romántico expresado en la poesía de lord Byron y Heinrich Heine, la música de Richard Wagner y la filosofía del pesimismo de Schopenhauer”. “Toda vida es sufrimiento”, decía este último.


Como país, hemos vivido profundas épocas de pesimismo, como tras la debacle con el Perú en la guerra de 1941. No se entiende de otra manera la canción Vasija de barro. Pero ahora, no tenemos ese tiempo. En estas horas difíciles hay que apostar por el optimismo, pero radical. Siempre me siguen las palabras de Arturo Andrés Roig: “Nosotros los latinoamericanos no podemos darnos el lujo de la desesperanza”, mientras tarareo “Yo nací en este país”, escrita en plena crisis bancaria, que incluye a los canallas que nos quitan la ilusión. (O)

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Imaginarios de un país posible

Los países -también construcciones, al fin- crean imaginarios. Algunos están anclados en una realidad que se diluye, otros son falsos, como una manera de inventar una tradición ante el desamparo del origen. Los hay nacionales (la palabra está en debate) y locales, dependiendo, además, de intereses varios que van desde lo étnico, de clase e incluso popular, este último casi siempre despreciado en sus inicios. Un ejemplo de esto es la música rocolera que, por su denominación, está vinculada a los bajos fondos, en otras palabras a los borrachos, pero también a otros tres estigmas presentes en la manera despectiva de nombrarla como música del populacho (el tema de clase), música chicha (lo étnico vinculado a lo racista) y, como si no fuera suficiente, música de chagras o montuvios (presente la contradicción entre centro-periferia, donde lo de la capital dicta el grado ‘civilizatorio’ ante la ‘barbarie’).

Hay, sin duda, imaginarios construidos en un escritorio: la idea de que el país se podría salvar por medio de la cultura, tras la invasión peruana de 1941, promovida por Benjamín Carrión, quien a su vez lo tomó prestado de Vasconcelos. Y, claro, ante el desgarramiento surgió una canción emblemática como es ‘Vasija de barro’, escrita en una noche a cuatro manos y, curiosamente, borroneada en la contrasolapa del libro En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Hay imaginarios que unen a los ecuatorianos: ceviche, selección de fútbol, Galápagos, años viejos, procesiones de fe, Rumiñahui o Julio Jaramillo… Los hay que los separan: regionalismo, estereotipos étnicos, disputas chauvinistas, temas políticos coyunturales y, ahora, hasta las redes sociales (las voces de los idiotas, a juicio de Umberto Eco, apocalíptico al final de sus días).

Curiosamente Ecuador aún es un país agrario y como tal dependiente de los designios de los dioses, a la espera de las lluvias y cargando vírgenes coloniales del siglo XVIII. Las dos imágenes más representativas, del Quinche y del Cisne, fueron esculpidas por Diego de Robles, quien también hizo la de Guápulo, que era sacada en procesiones para desalentar la Revolución de las Alcabalas.

Basta ver sus exportaciones de materias primas: cacao, banano, flores, camarón o petróleo, con escaso valor agregado (por eso se agradece a quienes en los últimos años han logrado lo impensable: crear marcas reconocibles). Como se sabe la mentalidad agraria es altamente conservadora y patriarcal, además de machista.


Preocupada en hacer crecer cosas en lugar de fabricarlas, aún desconfía de quienes proponen servir, pensar, saber y experimentar, siguiendo la descripción de las tres olas de Alvin Toffler. Esto último, la ola del conocimiento, es lo que produce quiebres en el sistema. ¿Dónde están esos imaginarios? Y esto porque, como el caso de la música, las nuevas voces -quienes muestran la sensibilidad de esta época- aún no aparecen en todo su esplendor. Obviamente hay salvedades, Ecuador TV, a través de La Caja de Pandora, muestra esas visiones contemporáneas, como es el caso de Álex Alvear: la academia que no ha olvidado sus raíces. (O)

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Don Alcides Montesdeoca, el antiguo creador de imágenes de San Antonio

Ibarra.-

Una llovizna insistente caía sobre los tejados y sobre el ángel de piedra del parque, que perdió un ala con el tiempo. La noche no parecía áspera hasta que unos gritos desde la calle despertaron al escultor Alcides Montesdeoca, en San Antonio de Ibarra, en la década de los tumultuosos sesenta, del siglo pasado. Entreabrió la ventana. Afuera, un hombre de sotana clamaba ser oído.

El artista pensó en un robo, pero ante la insistencia abrió la puerta. El párroco tenía un rostro desencajado y la lluvia en su cabellera alborotada lo tornaba más deprimente. A lo lejos, el sonido de las campanas parecía ir más allá de los callejones, incrustados en las faldas del monte Imbabura. Un relámpago se escuchó a la distancia…

—Los indios casi me matan a pedradas, alcanzó al balbucear el clérigo. Después, más tranquilo, relató que venía del sector de Cajabamba, en Chimborazo. En una malhadada procesión, el santo de palo, San Antonio, aquel que batalló contra las tentaciones, había sufrido un accidente consistente en un brazo averiado y el rostro casi irreconocible.

—Tiene que salvarlo, le dijo el cura, con una voz suplicante pero impositiva.

Ante la insistencia de la obra pía, el maestro no tuvo más remedio que embarcarse, con lo más elemental de sus herramientas, hacia la profundidad de la noche. Cuando llegó a la Sierra Central, los indígenas le prodigaron con gallinas, huevos, manzanas, como si fuera la fiesta de la Entrada de Rama, para asombro de los seminaristas de Quilmer. Montesdeoca revisó el daño y, aunque no les dijo, comprobó que el santo estaba hecho de humilde palo de balsa.

Acostumbrado al tallado en finas maderas de nogal y cedro, supo que habían engañado a los indios como si se tratara de un relato más de esa denuncia que es el libro Huasipungo, de Jorge Icaza, donde aparece la tríada opresora: el patrón, el teniente político y taita cura. Cuando terminó la labor, el santo quedó mejor que antes, merced al policromado y una que otra madera fina. De pronto, un indígena de poncho rojo se hincó ante el maestro y le besó la mano, como símbolo de agradecimiento.

Después, entre todos, sacaron al imaginero en hombros, como si él mismo fuera otro santo milagrero, ante la mirada atenta del cura, quien pudo respirar tranquilo pensado, acaso, en las futuras misas. Esta es una de las historias que relata Montesdeoca, de sonrisa amable, mientras mira de reojo a una virgen de guedejas rojizas y de ojos tristes.

San Antonio debe sus tallados en madera a una tragedia. Tras el terremoto de Ibarra, de 1868, las imágenes religiosas de las iglesias también se destruyeron. Tras unos años, el discípulo de la Escuela Quiteña, Javier Miranda encontró al hábil y joven pastor Daniel Reyes y lo llevó a Quito para que aprendiera el oficio donde el maestro Domingo Carrillo. Fue esa generación, que incluye a los antepasados de Montesdeoca, quienes iniciaron el trato con el arte.

Las caras de sus santos y de sus vírgenes, a diferencia del canon colonial inspirado en rostros italianos, están basados en la gente común, que este artista observa con detenimiento.

Su imagen preferida es Nuestra Señora de Coromoto, en el pueblo venezolano de Guanare, que recuerda la “conversión” del cacique Coromoto quien, tras ser mordido por una serpiente y perseguido por la selva en el siglo XVI, pasó a llamarse Ángel Custodio, colaborando en el bautizo y opresión de los suyos. De las esculturas coloniales es indudable su aprecio por las obras de Caspicara, de los crucifijos excelsos, o Bernardo de Legarda, quien puso alas a la virgen.

Su obra está tan extendida en el país que podríamos hacer una cartografía de cada uno de los pueblos donde admiran su delicado oficio. En el exterior, tiene predilección por las andas de Semana Santa que hizo para la devota Popayán, llamada también Ciudad Blanca, como Arequipa, en Perú.

Cree que la religión es la conciencia de uno mismo y que no hay mejor momento para encontrar la soledad que frente al paisaje del Taita Imbabura. Nació en 1930, se casó con Margarita Villarruel y tiene 5 hijos, aunque lamenta la pérdida de Carlos. Debe ser por eso que aprecia La Piedad, la obra de Miguel Ángel Buonarroti, quien pintó la Capilla Sixtina con cuerpos desnudos, tapados después por un pudoroso papa.


Sus medallas y condecoraciones, como todo hombre sencillo, están regadas por su taller. Este artista incansable parece seguir los preceptos de los griegos que pensaron que la belleza era la justa medida entre la proporción y la armonía.


A veces, piensa en sus imágenes que también hacen milagros. Mientras devasta, con una gubia, la madera del rostro de un Jesús resucitado, una Virgen morena, de ojos inquietos, parece sonreír levemente. (I)
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Chupa full, haz patria

El anuncio, ahora en aplazada ‘observación’, de permitir a los bares laborar hasta las 4 de la madrugada y comprar licor el domingo, cuándo no, ya generó reacciones. Como el caso de la Guerrilla de los naranjeros -como si se tratara de la Revolución de las Alcabalas- el tema se destila, tal es la palabra, en todo lado, incluidas las redes sociales.

Las miradas moralistas saltaron a primera fila. Se trataría, según estas, de la llegada irremediable de las fuerzas malignas contra los pobres habitantes de nuestras franciscanas ciudades, en forma de borrachines. Los más sesudos analistas nos hablan que hace seis años se creó “un cerco contra la libertad de las personas” y, ahora, se preguntan, si no será una “farra del Buen Vivir”.

Están las huestes de los chistosos, quienes envían divertidos mensajes recordándonos que ya chumados qué importa el IVA. Si estuviéramos en los 90, los grafitis harían de las suyas: ‘Chupa full, haz patria’, algo parecido cuando -desde su mirada corrosiva- mostraban la realidad de este país, en manos de banqueros corruptos y sus secuaces, que expulsaron a millones de compatriotas por la crisis: ‘Haz patria, viaja a España’ (no hay que olvidar que esas remesas salvaron la debacle).

Están los videos que mezclan escenas de Don Ramón con la música interpretada por Aladino, especialmente con el temita ‘Bohemio y bacán’: “Nací parrandero / bohemio y galán / mi vida es alegre / yo soy bien bacán”. Curiosamente la canción fue escrita por Alci Acosta que, aunque no se crea, no ingiere licor. Lo bueno es que se olvidaron de otra canción emblemática, de Máximo Escaleras, ‘Chúpate la plata’.

Los más académicos -mientras supongo apuran un coctel- me acaban de pasar una lista de las nuevas materias de la supuesta Maestría en Gerencia Etílica, entre las que se destacan Orígenes de la parranda o El alcohol y su función como lubricante social, en el primer semestre y, para el quinto semestre, Excusas familiares básicas y otras linduras. Digamos que esto es el aperitivo y, a estas alturas, no conviene traer a colación a Nietzsche y la disputa entre el espíritu apolíneo y dionisiaco. Peor evocar ‘El jardín de las delicias’ del Bosco y, para nuestro caso, al padre Almeida que, descolgándose del Cristo ensangrentado, se escabullía por las noches de un Quito que, curiosamente, aún es provinciano, como el país mismo.

Como todo, la peor forma de control, llámese marihuana o licor, es la prohibición. Ahí está Al Capone, quien fue llevado a la cárcel por no pagar impuestos, para recordarnos todo lo que generó la prohibición del alcohol en las tierras de Rico McPato.


La discusión es larga y hay mucha presión en esta sociedad mojigata. Parece que hay que volver a San Agustín y el libre albedrío, pero también a la poesía como ‘Soneto al vino’, de Borges: “¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa / conjunción de los astros, en qué secreto día / que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa / y singular idea de inventar la alegría?”. No hay que olvidar la borrachera de Noé en el Arca ni el primer milagro de Jesús. Ojalá no digan que este artículo incita al alcohol. ¡Salud!

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martes, 10 de mayo de 2016

El árbol de naranjo encantado, un mito originado en Guayaquil


En el siglo XVI, al fray Damián de Avendaño y Gamboa, prior del convento de Santo Domingo, le llegó una carta con unas semillas que alterarían a la ciudad.
Las noticias de los portentos del Nuevo Mundo llegan más rápidas que la pólvora. Se dice que hay una fruta llamada guanábana que es superior a la manzana y que su pulpa blanca -por más que se coma- no hace daño ni empacho. Por cartas, Gonzalo Fernández de Oviedo, habla del mamey y de la olorosa piña. Cuando se prueba el níspero, dice, queda en la cabeza zumbando un aroma que no el almizcle iguala. Cree que es la mejor fruta hasta que conoce a la dorada piña, y no halla palabras que merezcan sus virtudes.

Esta supera a todas, sentencia, como las plumas del pavo real resplandecen sobre las de cualquiera. Aún no se han pintado los fastuosos cuadros de la escuela quiteña, describiendo los prodigios de las frutas del Nuevo Mundo, pero todos hablan de esos portentos de la naturaleza, que florecen hasta sin cuidados.

Una anciana mujer, desde el puerto de Cádiz, ha traído con cuidado -desde sus heredades valencianas- un tesoro para enviarle a su hijo, a quien no ha visto hace años. Su hijo, Damián, ha cruzado el tenebroso mar, y después el mar de Balboa, hasta llegar a Santiago de Guayaquil, allá por el año de 1578.

Con ternura, escribe palabras perfumadas de lágrimas, contándole del niño que era en la villa de Cestona, allá en Guipúzcoa. Después regresa a ver y acerca sus manos como si con el postrer beso enviara también una bendición que pudiera burlar las distancias. Torna a mirar, por si la estuvieran espiando. Después, con celo, introduce esas diminutas joyas: son siete humildes pepitas de naranjo, que deben llegar a un remitente en Guayaquil: fray Damián de Avendaño y Gamboa, prior del convento de Santo Domingo, pero más que eso, su hijo.

Tras largos meses de travesías y burlando los calores y los mosquitos, la carta llega a su destino. Tras abrirla y leer con profusión las amadas líneas, las semillas son encontradas y contempladas como si se tratara de un prodigio. El prior no cabe de dicha al sembrar en el jardín del convento dominico ese precioso don que significa compartir las frutas venidas de allende el mar en carabela. Mientras riega las plantas piensa con qué orgullo repartiría las primeras frutas y después -con algo de vanidad- anhela que, acaso, su nombre se perpetuará con el recuerdo de esta hazaña. Sí, como ya se oye el nombre del franciscano fray Jodoco Ricke, quien introdujo el trigo en Quito y fue el primero en celebrar misa, con hostias hechas a la usanza del Viejo Mundo.

Desde que piensa en ese prestigio, no deja que nadie se acerque a los naranjos, que han encontrado una tierra más fértil que de donde vinieron. Con celo, a veces con temores infundados, el fray vigila sus siete plantas que aparecen lozanas. Anda por el convento, un mulatillo -como le dicen- llamado Martín, hijo de un español de abolengo, caballero de Alcántara, y de una guapa negra liberta de Panamá, de nombre Ana Velásquez. Su tutor es Mariano de la Hoz y el mozuelo parece una ardilla dentro del clerical recinto. Leguito morenilla, también le nombran, pero con cariño. Tañe campanas, enciende cirios, reza novenas, recoge limosnas, remienda los hábitos de los frailes y, de cuando en cuando, espía a fray Damián regando sus naranjos.

Una mañana, víspera de Santo Domingo, se escucha un escándalo. El padre Damián, quien parece poseído por una legión de demonios, lanza injurias y amenazas y levanta las manos al cielo. La comunidad acude presurosa. Entre gritos entrecortados saben la causa: uno de los siete primorosos naranjitos ha sido robado del jardín.

El truhán, no cabe duda, es alguien que pretende defraudar los legítimos derechos de primacía de fray Damián de Avendaño y Gamboa, más aún cuando la planta ha sido sacada en un cuadrado perfecto conservando sus raíces para que no sufra el posterior trasplante, en otro sitio de Guayaquil. Lo que más le preocupa al clérigo es que, acaso con esta alevosa afrenta, no será el primero en probar las delicias de las primeras jugosas naranjas.

Oiga padre Naranjo, perdón, padre Damián, dice el padre Melchor de Mendiola, aproveche que ahora sube al púlpito para arengar contra el villano, ladrón de la mata de naranjos. Desde el púlpito se escucha las fulminaciones del fray ultrajado, quien ofrece la excomunión a los autores, cómplices y encubridores del hurto de su arbolillo. Y más, un reservado especial en la profundidad del infierno a quien oculte noticias del suceso, que se sospecha es parte de una confabulación de los propietarios de las fincas cercanas que se han enterado de portentoso secreto. Eso sí, un generoso perdón y absoluta reserva a quién, en cambio, confiese la culpa o denuncie a los pérfidos.

Hace poco ha pasado la fiesta del patrono y no hay rastros ni olor de naranjos. El sacerdote descansa en su celda y muerde su ira. Alguien se acerca en actitud humilde. Es el lego Martín, quien habla:

Reprima la cólera, bondadoso fray Damián, por lo del naranjito. Con humildad, le digo, que por una disposición que viene de lo Alto, la dicha planta ha sido transportada al cerro del Carmen, que nos da abrigo y sombra. Allí permanecerá y quienes lo encuentren se regocijarán de su fragancia, recordando -eso sí- vuesa Paternidad, por hacer conocer tan magnífico fruto en estas tierras de América.

Pero no se preocupe, será de sus seis naranjitos, de rosados vientres, de donde saldrán miles de semillas que se engendrarán en estas heredades, salvando distancias y edades, por estas tierras de generosos ríos. El cielo no permitirá que el séptimo naranjo produzca hasta el año que su merced tenga su cosecha. Además, viva seguro porque el naranjo del cerro no contendrá jamás semilla y únicamente podrá comerse al pie del árbol, porque así acordado está con la Suma Sapiencia.

Fray Damián escucha atónito el vaticinio del leguito Martín y, sin saberlo, se encuentra abrazado con sus ojos llenos de lágrimas. Los cronistas cuentan que tal árbol existió y que los abuelos y abuelas solían acudir hasta el cerro del Carmen y se encontraban con una fragancia sin igual, que emanaba de tan asombroso naranjo. Después de saborear su fruta, corrían para dar aviso, pero al volver o no hallaban el sitio preciso o simplemente había desaparecido. ¿Quién era el lego Martín? No era otro que Martín de Porres, el primer santo mulato de América quien apagaba los incendios con su mirada y a quien el obispo de Lima le tenía prohibido tantas hazañas aunque no pudo impedir que viajara en una leyenda para hacer un milagro también en Guayaquil.

Bibliografía: Pino Roca, Gabriel, Leyendas, tradiciones y páginas de Guayaquil. Galeano, Eduardo, Memorias del Fuego, tomo I.

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http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/7/el-arbol-de-naranjo-encantado-un-mito-originado-en-guayaquil

Conferencia sobre el Cuartel de Ibarra

El remodelado Centro Cultural El Cuartel cuenta con una investigación histórica realizada por Juan Carlos Morales Mejía, miembro de la Academia Nacional de Historia, quien presentará una conferencia sobre este tema, este jueves a las 11h00, en el auditorio del Centro Cultural del Ministerio de Cultura y Patrimonio ( Oviedo 6-39 y Sucre ).

Además, se presentará al público el libro El Cuartel de Ibarra, de autoría del mencionado escritor, quien –de manera didáctica- ofrecerá las diversas visiones en torno a este emblemático lugar, que inició su construcción en 1907, en plena época alfarista y que ahora constituye un referente cultural.

El evento es parte de la planificación anual de la Biblioteca del Ministerio de Cultura y Patrimonio, previsto para el Día del Libro, pero los sucesos en la costa ecuatoriana fue suspendido. Ahora, las unidades educativas que han sido invitadas, colegio La Inmaculada, San Francisco, o instituciones públicas y público en general, podrán apreciar, de primera mano, la historia de este ícono de Ibarra. El autor, como parte de su política de difusión del conocimiento, ha liberado en formato pdf dicha investigación, la misma que será colocada en el sitio web del Cabildo para toda la ciudadanía.

El evento, que tiene el aval del Municipio de Ibarra, quien auspició la publicación, estará acompañado de fotografías antiguas de la urbe, que también son parte del legado que ahora tiene el mencionado lugar, ubicado frente al parque La Merced. Por iniciativa del Departamento de Cultura del GAD-Ibarra, junto con Editorial Pegasus, se realizó anteriormente la teatralización guiada en este sitio, que cuenta con diversas salas. 

RESEÑA

Juan Carlos Morales Mejía (Ibarra, 1967) es un escritor, con más de 30 libros, especializado en Mitologías de Ecuador. Entre sus obras se destacan Fabulario del dragón, cuentos de literatura fantástica traducidos al francés y al inglés (premio latinoamericano Theobaldo de Negris, en Buenos Aires, Argentina), El poeta y la luna, o la serie sobre mitos; Quito en tiempo de campanas, Quito, las calles de su historia, Mitologías de Imbabura, Mitologías de Guayaquil, Leyendas de Ibarra, entre otros.

Pertenece a la Academia Nacional de Historia y es Magíster en Cultura, además de una especialización en Historia del Arte, por la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito. Su tesis de maestría, en el tema de historia, se titula: Estrategias de etnicidad: el caso de Don Leandro Sepla y Oro, cacique del siglo XVIII, en Licán.

Es fotógrafo por el Centro de Imagen de la Alianza Francesa. Su libro Graffiti: en clave azul, un recorrido por América Latina, fue su tesis de pregrado como periodista de la FACSO, de la Universidad Central del Ecuador. Fue becario de la UNESCO, en Buenos Aires, Argentina.
Es articulista del diario público El Telégrafo y miembro del Comité Editorial de Ecuador TV y la Radio Pública de Ecuador.

Para el tema de Ibarra ha realizado:

El Cuartel de Ibarra
El Libertador enfrenta al realista Agualongo, premio de ensayo del Parlamento Andino.
Libro inédito, Ibarra: destino de mar.
Leyendas de Ibarra, cuarta edición.
Cartografía mítica de Ibarra, ponencia a las Jornadas de Historia de Ecuador.
Imágenes de Ibarra libro para el Consejo Nacional de Cultura dentro de la serie Imágenes del siglo XX. Investigación del fotógrafo Miguel Ángel Rosales. 2013
Ibarra a inicios del siglo XX, investigación y muestra en cajas de luz.
Poeta de Ibarra, libro de poesías de Carlos Suárez Veintimilla.

FOTO. Fotografía de Miguel Ángel Rosales 
FOTO. Juan Carlos Morales Mejía

FOTO, Anónimo, Archivo Municipio de Ibarra




¿EL TELÉGRAFO es un pasquín?

Un asambleísta, en una entrevista difundida, dice que el diario público EL TELÉGRAFO es un pasquín, a propósito de las últimas oleadas de los ‘Papeles de Panamá’. Esto me recordó una clase con Bernard Lavallé, eminente historiador, autor de la biografía de Francisco Pizarro, “ese pícaro bastardo y analfabeto, quien siendo porquerizo llegó al Nuevo Mundo y asesinó a Atahualpa, todo por la codicia”, según relata la llamada leyenda negra.

Y esto porque Lavallé nos contó un día sobre el origen de la palabra pasquín. En Roma, los libelos aparecían en una serie de estatuas, seis en total, pero la más famosa era la de Pasquino. Se lee en la web: “Estas estatuas parlantes fueron y siguen siendo el arma con el cual Roma ha demostrado su descontento a la arrogancia y a la corrupción de las clases dominantes sin perder el sentido del humor característico de los romanos”. En el siglo XVI, al amparo de la noche, autores anónimos colocaban carteles que, aunque en su mayoría eran poemas, a veces “se llevaban a cabo verdaderos diálogos humorísticos entre las estatuas”.

La famosa estatua de la Plaza Navona de Pasquino, del siglo II antes de nuestra era, representaba a un gladiador romano donde, con el tiempo, se colocaban las sátiras conocidas como ‘pasquinadas’. Hay algunas famosas.

Durante la dominación napoleónica, hubo un diálogo entre Pasquino y Marforio. Este último preguntó: “¿Es verdad que los franceses son todos ladrones?”, Pasquino replicó: “No todos, pero Bona-parte”. Durante el fascismo de Benito Mussolini, en ocasión a los preparativos para la visita de Hitler a Roma, Pasquino dijo: “¡Pobre Roma mía de Travertino! / Te han vestido toda de cartón / para hacerte mirar por un pintor, / tu próximo patrón”. A la muerte del papa Pablo III, Pasquino dijo: “Aquí fue enterrado un tal Pablo / fraudulento, ‘vulpon’ (zorro), ladrón, asesino, / aquí famoso en boca de Pasquino / Allá doliente en la boca del diablo”. A la muerte del papa León X, famoso por la venta de indulgencias, Pasquino dijo: “En los últimos instantes que León había vivido, / no pudo tener sus sacramentos, pues los había vendido”.

La definición de pasquín es: “Escrito anónimo, de carácter satírico y contenido político, que se fija en sitio público”. Uno famoso fue colocado por Eugenio de Santa Cruz y Espejo, aunque algunos dicen que por su hermano, en las Siete Cruces de Quito: “Salva Cruce Liber Esto. Felicitatem et Gloriam consequto” (Felicidad y Gloria conseguiremos. Al amparo de la Cruz seremos libres). Hasta en La mala hora de Gabriel García Márquez se los cita:  “... En el puerto, un grupo de mujeres comentaba en voz alta el contenido de un nuevo pasquín puesto la noche anterior. Como el día amaneció claro y sin lluvia, las mujeres que pasaron para la misa de cinco lo releyeron y ahora todo el pueblo está enterado. El juez Arcadio no se detuvo...”.


En esta tónica, hay una pregunta que flota en el aire: ¿Qué haría usted si su banco le deposita casi un millón de dólares por error? A: Se va a farrear; B: Dona a los niños pobres; C: Devuelve el dinero; D: Ninguna de las tres primeras… (O)