miércoles, 24 de septiembre de 2014

Visitantes, Ibarra, a inicios del siglo XX



Ibarra, a inicios del siglo XX
(muestra fotográfica en gran formato)
Juan Carlos Morales Mejía
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
LUGAR: Parque Ciudad Blanca
(antiguo aeropuerto Atahualpa)
HORA: 19h00
DÍA: Hasta domingo 28 de septiembre de 2014

Ibarra a inicios del siglo XX es una muestra fotográfica –en cajas de luz y gran formato- que se inaugurará el próximo viernes 19 de septiembre, en el parque Ciudad Blanca (antiguo aeropuerto). La investigación, realizada por Juan Carlos Morales Mejía, miembro de la Academia Nacional de Historia, pertenece a una de los momentos más interesantes de la urbe porque estaba en plena reconstrucción, tras el sismo de 1868. Esta muestra fotográfica está auspiciada por el Municipio de Ibarra, como parte de las celebraciones por los 408 años de fundación de la ciudad. Contará, además, con 8000 postales, auspiciadas por Cónika y Editorial Pegasus.



La llamada época de oro de la arquitectura republicana contó con arquitectos que impulsaron tendencias neoclásicas. La muestra que despliega también la vida cotidiana de la urbe, pone énfasis en recuperar la memoria de una ciudad fundada como puerto de tierra, en 1606, en los antiguas heredades de los caranquis.

 












A inicios del siglo XX, Ecuador vivió un momento excepcional de su vida donde el país pretendía dejar un pasado de viejas estructuras apostando a una modernidad y un cambio social que, al fin de cuentas, desembocó nuevamente en un reacomodo de fuerzas a favor del no-futuro. Pero Ibarra apostó por levantarse de las cenizas.










martes, 16 de septiembre de 2014

Ibarra: a inicios del siglo XX (exposición)



Ibarra, a inicios del siglo XX
(muestra fotográfica en gran formato)
Juan Carlos Morales Mejía
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
LUGAR: Parque Ciudad Blanca
(antiguo aeropuerto Atahualpa)
HORA: 19h00
DÍA: Viernes 19 de septiembre de 2014



Ibarra a inicios del siglo XX es una muestra fotográfica –en cajas de luz y gran formato- que se inaugurará el próximo viernes 19 de septiembre, en el parque Ciudad Blanca (antiguo aeropuerto). La investigación, realizada por Juan Carlos Morales Mejía, miembro de la Academia Nacional de Historia, pertenece a una de los momentos más interesantes de la urbe porque estaba en plena reconstrucción, tras el sismo de 1868. Esta muestra fotográfica está auspiciada por el Municipio de Ibarra, como parte de las celebraciones por los 408 años de fundación de la ciudad. Contará, además, con 8000 postales, auspiciadas por Cónika y Editorial Pegasus, además del diseño de Centauro Creativo.
La llamada época de oro de la arquitectura republicana contó con arquitectos que impulsaron tendencias neoclásicas. La muestra que despliega también la vida cotidiana de la urbe, pone énfasis en recuperar la memoria de una ciudad fundada como puerto de tierra, en 1606, en los antiguas heredades de los caranquis.
A inicios del siglo XX, Ecuador vivió un momento excepcional de su vida donde el país pretendía dejar un pasado de viejas estructuras apostando a una modernidad y un cambio social que, al fin de cuentas, desembocó nuevamente en un reacomodo de fuerzas a favor del no-futuro. Pero Ibarra apostó por levantarse de las cenizas.

Juan Carlos Morales Mejía (Ibarra, 1967) es un escritor, con más de 30 publicaciones, especializado en Mitologías de Ecuador. Entre sus libros se destacan Fabulario del dragón, cuentos de literatura fantástica, El poeta y la luna, o la serie sobre mitos. Pertenece a la Academia Nacional de Historia y es Magíster en Cultura, además de una especialización en Historia del Arte y Fotografía, en el Centro de Imagen de la Alianza Francesa, de Quito. Su libro Graffiti: en clave azul, un recorrido por América Latina, fue su tesis de pregrado como periodista.
Es articulista del diario público El Telégrafo y miembro del Comité Editorial de Ecuador TV y la Radio Pública de Ecuador.






 PROYECTOS FOTOGRÁFICOS

Megapaís, libro y exposición antológica para el Ministerio del Ambiente de Ecuador, en el tradicional barrio La Ronda, en Quito.
Imbabura, libro de fotografías de la provincia de Imbabura. 2013. Gobierno Provincial de Imbabura.
Imágenes de Ibarra, libro para el Consejo Nacional de Cultura dentro de la serie Imágenes del siglo XX. Investigación del fotógrafo Miguel Ángel Rosales. 2013
Fiesta del Solsticio, libro antológico de investigaciones en torno a la Fiesta del Solsticio en Imbabura, 2013.
Nostalgia de luz, libro de fotografías nocturnas de iglesias y sitios emblemáticos de las provincias de Carchi, Imbabura y norte de Pichincha, Emelnorte, Editorial Pegasus. 2012.
Parte del libro Ecuador Fotografía del siglo XX, Consejo Nacional de Cultura de Ecuador.

IBARRA

Ibarra fue fundada, por el capitán quiteño y encomendero Cristóbal de Troya, el 28 de septiembre de 1606, como una de las últimas ciudades coloniales. Había un propósito que la diferencia de las urbes de conquista: el comercio. Debía convertirse en un puerto de tierra, por la salida al Océano Pacífico, para activar el intercambio de la ruta Bogotá-Quito. Antes, durante milenios, existió el señorío étnico de los caranquis, que llegaba más allá de Otavalo, y cuyo centro principal se encontraba en Angochagua. Éstos, libraron cruentas disputas con los incas, por la expansión de su imperio en el siglo XVI, y durante décadas resistieron hasta caer ultimados en Yahuarcocha. Cuando parte de ese poderío se restableció, al mando de Atahualpa, llegaron los conquistadores quienes, al amparo de la Cruz y la Espada, inauguraron la época colonial, con mitas y obrajes.
Después, llegarían las gestas libertarias, como la Batalla de Ibarra, donde el Libertador, Simón Bolívar, se enfrentó a los últimos reductos de las fuerzas realistas, en 1823. Sin embargo, la vida de la urbe estaría marcada por la tragedia, cuando en 1868 un terremoto devastó la capital de Imbabura, y varias de sus ciudades. En Ibarra murieron aproximadamente 5.000 personas de una población de 7.000 (20.000 perecieron en toda la provincia). La exposición muestra la época inmediata del terremoto, hasta el primer cuarto de siglo, donde esta ciudad renacía de las cenizas.

LA ÉPOCA

A inicios del siglo XX, Ecuador vivió un momento excepcional de su vida donde el país pretendía dejar un pasado de viejas estructuras apostando a una modernidad y un cambio social que, al fin de cuentas, desembocó nuevamente en un reacomodo de fuerzas a favor del no-futuro.
Esa es la época de esta exposición Ibarra: a inicios del siglo XX, donde un liberalismo en el Poder fue traicionado en sus orígenes hasta devolver a la naciente burguesía el control de un país en ciernes, aliada a estamentos que siguieron siendo caducos pero que campearon el temporal.
La transformación la inició la llamada Revolución Liberal Ecuatoriana, tras un golpe de Estado, en 1895, liderada por Eloy Alfaro, quien durante tres lustros gravitó la vida política hasta terminar arrastrado y asesinado en la “hoguera bárbara”, donde sus antiguos aliados y las fuerzas conservadores nuevamente incautaron el país.
Para el caso de Ibarra, los aires de modernidad estuvieron en una tarea: reconstruir la devastada urbe, tras el violento terremoto de 1868. Fue, de hecho, una refundación de la urbe donde se había perdido no solamente su memoria escrita sino donde muchos de sus ciudadanos la abandonaron para siempre.

LA RECONSTRUCCIÓN

Al mirar las fotografías de Ibarra, a inicios del siglo XX, que incluye el primer cuarto de siglo, da la impresión de asistir a la inauguración de una nueva urbe. Eso fue lo que sucedió: el violento terremoto del 16 de agosto de 1868 trajo enormes desgracias a la zona norte de Ecuador (solo en Imbabura murieron 20.000 personas), donde la ciudad fue devastada.
Gabriel García Moreno desplegó su ingenio en la ayuda de las víctimas y ya como Presidente del Ecuador, en 1872, solicitó la ayuda del ingeniero Arturo Rogers, y 30 entusiastas ibarreños, para el diseño de la nueva urbe. Éste, inspirado en el damero español, “propuso en el mismo sitio una ciudad con cuadras exactas de 100 metros, calles espaciosas y construcciones bajas, de una sola planta”. Se sabe, que fue desde la mítica Esquina del Coco desde donde se realizó el trazado de la capital de Imbabura.
Eduard André, un naturalista y viajero francés enviado por su país, llegó ocho años después del sismo, para recorrer Ecuador y Colombia. En sus crónicas escribe que –además de la desolación- “la corporación municipal no omite esfuerzos para devolver a la ciudad, a falta de la perdida prosperidad muy difícil de recobrar, un renacimiento de virilidad y energía. Las calles anchurosas y bien alineadas han sido adoquinadas con cantos rodados provenientes del río Tahuando”.
No es casual, entonces, que en el primer cuarto de siglo, la ciudad aún muestra la devastación pero también los nuevos bríos. Lamentablemente también su memoria visual quedó reducida a escombros y los escasos periódicos –tal como sucede en nuestros días- estaban más preocupados en el asunto político que en contar acerca de la vida cotidiana de la urbe. Hay una explicación: la historiografía tradicional entiende más de héroes y de batallas y menos de la historia de la gente que es, en definitiva, el sustento de la construcción del imaginario de una ciudad posible.

LOS FONDOS FOTOGRÁFICOS

La muestra de Ibarra a inicios del siglo XX –como la propia historia de la urbe tras el terremoto- tuvo que ser recogida a pedazos. El primer fondo pertenece a un peluquero, Manuel España, que –tras largas décadas de recopilación en su modesto cuarto- legó a su ciudad fotografías inéditas, que reposan bajo la tutela del Archivo Municipal de Ibarra.
La segunda parte está en el fondo del Archivo Nacional del Banco Central del Ecuador, de Quito, custodiado por Honorio Granja, donde reposa la memoria visual del país. Una parte sustancial de esta muestra está en el fondo Rosales-Durán, prestigiosa y filantrópica familia ibarreña, con ancestros como Rosalía Rosales Félix, quien donó los terrenos para los lasallanos, o Rafael Rosales Félix, liberal y destacado ibarreño y propulsor de la modernidad, cuya nieta, Diana María Ávila Rosales gentilmente compartió el precioso álbum de su familia.


lunes, 15 de septiembre de 2014

Fiestas sin los caranquis

En este mes la provincia de Imbabura celebra tres fiestas cívicas de fundación: Otavalo, Cotacachi e Ibarra. Las dos primeras rememoran a las chichas del yamor y la jora, respectivamente. Ibarra, en cambio, se prepara con cacerías al zorro y pregones. Las tres ciudades han olvidado a sus antiguos habitantes: los caranquis, quienes poblaron desde Guayllabamba hasta el Valle del Chota, del 500 al 1500, de nuestra era, antes de las invasiones incas y españolas, en el siglo XVI.
¿Quiénes eran estos pueblos? Retrocedamos, entonces, unos cinco siglos: Desde el centro ceremonial de las tolas los caranquis agradecen al más sabio de los montes, el dios Taita Imbabura, por el prodigio de las cosechas de maíz. Hay fiesta en el aire y los danzantes llegan al sonido de los pututus (strombus), ocarinas y rondadores.
Desde hace miles de años -de mano en mano- han domesticado al maíz, y ese colorido esplendor está presente un poco más lejos, en el mercado o tiánguez, en el sector de Salinas. Un mindalae o comerciante camina por entre los sitios dispuestos y le ofrecen chicha, elaborada con semillas diversas que cada familia cultiva y selecciona con esmero.
A la distancia, el dios protector Taita (Padre) Imbabura -que significa criadero de preñadillas- permanece envuelto en su penacho de nubes. Las papas, llegadas desde el ocre confín de los pastos, la yuca, el cuy -un animalillo sabio que vive en Cuicocha (Laguna del cuy)- anuncian la llegada del mediodía.
En la tola ceremonial están depositadas las mazorcas, como un don para estas deidades de montes que se aman y tienen hijos hasta en las lagunas, en forma de islotes. Los danzantes han iniciado -en medio de trajes vistosos- un nuevo círculo ante el asombro de los niños y niñas de ojos diáfanos como las lagunas.
Todos intercambian como hermanos: cayambis, quitus, pastos y caranquis, en una estrategia de diversos pisos ecológicos (microverticalidad) que se complementan: porque -a diferencia de los Andes centrales, Cusco, regimentados por un poder estatal- la economía está determinada por relaciones de intercambio y control de excedentes, en manos de especialistas. Donde la naturaleza también es una deidad a la que no hay que domarla ni explotarla y la reciprocidad es un bien común.
En Cochicaranqui, en el actual sector de Zuleta, a 4 kilómetros de Angochagua, este pueblo ha construido más de 150 tolas que tienen muchos usos: adoratorios, sitios astronómicos, viviendas y es, además, la capital de los caranquis. El otro sitio es Socapamba, donde se levantan 60 montículos de estos pueblos (señoríos étnicos norandinos) que viven en ayllus dispersos y han construido más de 5.000 montículos.
Es irónico, por esa mirada colonizada que aún se tiene, los pueblos tienden a olvidar su pasado. De allí, a la invención de la tradición, solo hay un paso. En Otavalo, alguna élite indígena despistada se cree descendiente de los incas, olvidándose de que son caranquis; y en Ibarra algunos se ufanan, por poco, de ser tataranietos de Benalcázar, quien -por cierto- era porquerizo. En Imbabura, como en el país, la historia de los vencidos aún está por contarse.
 
 

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Por qué Ibarra es Ciudad Blanca?



Ibarra está próxima a cumplir, el 28 de septiembre, 408 años de fundación, aunque algunos -anclados a la temible colonia- sigan pensando en la hidalga Villa española construida para uso exclusivo de los blancos. Eso porque la urbe es también conocida como Ciudad Blanca. ¿De dónde viene el nombre?

Primero. Ibarra fue fundada como un hecho comercial, en 1606. Los criollos quiteños, dueños de obrajes y encomiendas, requerían un comercio más amplio en la ruta Bogotá-Popayán-Quito, y pensaron que lo mejor era abrir una vía hacia el océano Pacífico. En esta circunstancia, por pedido del presidente Miguel de Ibarra, llegó el capitán y encomendero Cristóbal de Troya y Pinque, un quiteño criollo quien había participado en la revuelta de las Alcabalas. De hecho, al año siguiente emprendió el viaje hasta San Lorenzo, pero los sucesivos gobiernos -bajo la presión de los comerciantes guayaquileños- impidieron tener la vía al mar, que se terminó 400 años después, pero sin puerto.

Segundo. La ciudad, al encontrarse a 2.004 msnm, tenía un clima insalubre, lleno de zancudos portadores de paludismo. Por este motivo, en el siglo XVIII, los agustinos propusieron desecar la laguna de Yahuarcocha, donde estaban instalados los mosquitos, para sembrar caña. La idea, por suerte, no prosperó. Había que encontrar una solución higiénica, así que las casas -como hasta ahora ocurre con los árboles del parque- fueron pintadas con cal de Santo Domingo, como un método de asepsia. Fue el Dr. Jaime Rivadeneira, en la primera mitad del siglo XX -junto con su equipo-, quien erradicó el paludismo de Ibarra.

Otro dato: Los ancestros ibarreños eran conocidos como patojos, debido a la cantidad de niguas que existían, debido a los corrales de cerdos. Y el color blanco también está presente en ciudades como Arequipa, en Perú; y Popayán, en Colombia.

Tercero. Una versión, desde la literatura, la trae Roberto Morales cuando afirma que fue a partir del texto de Gonzalo Zaldumbide, en su novela de 1909 Égloga trágica, donde por primera ocasión se señala a la urbe como la Ciudad Blanca. Por eso resultan por lo demás extrañas aquellas versiones que hablan de que los españoles vinieron a fundar la villa porque querían que la ciudad fuera de los blancos, para separarse de los indios, como aún señalan quienes creen que la historia comienza desde una fundación. Se olvidan, acaso, de que la tierra donde se fundó la villa pertenecía al antiguo señorío étnico de los caranquis, quienes florecieron del 500 al 1500 de nuestra era.

Esto a propósito también del cambio de nombre del nuevo parque de Ibarra, construido en el antiguo aeropuerto. La anterior administración, famosa por gastarse la plata en vallenatos, eligió un pomposo nombre, por decir lo menos: Parque Céntrica Boulevar, y dejó un bosque de postes y focos (además de inundar la ciudad de semáforos). Ahora está mejor: Parque Ciudad Blanca, aunque falta volver a la tradición, en su centro histórico republicano, de pintar las casas del color de las nubes.