sábado, 16 de enero de 2021

Un “patriota” en el Capitolio, 2021/01/14

 


Junto a miles de “patriotas”, el autodenominado Shaman Q irrumpió en el Capitolio de Washington con una lanza de seis pies, cuernos de búfalo (cuestan 249 dólares en eBay y son típicos de la cultura sioux), pintarrajeado el rostro y lanzado alaridos para reclamar sobre el supuesto fraude contra Donald Trump.

Ahora se sabe que es un actor fallido cuyo nombre es Jacob Angeli Chansley, de 33 años. Esta suerte de Daniel Boone, en versión patán, vive con su madre, de 56 años, desde que fue desalojado de un apartamento de Phoenix tras adeudar 1.200 dólares de arriendo, según revela el Daily Mail. Se describe a sí mismo como un “Maestro de locución y actuación”, y afirma ser “capaz de interpretar más de 30 voces diferentes y numerosos acentos”, pero nadie le ha contratado. Lo que le hace notorio es que pertenece al movimiento conspirativo QAnon, creado en 2017 por un “gurú” afecto a los enigmas.

“QAnon es el término en general para un extenso conjunto de teorías de conspiración de internet que alegan, de manera falsa, que el mundo es gobernado por una camarilla de pedófilos adoradores de Satán que están conspirando en contra de Trump y al mismo tiempo operan una red global de tráfico sexual de menores”, señala el New York Times. Además de sus creencias sobre los ovnis y negar el 11-S, hay que decir que son grupos de supremacistas blancos, ultraconservadores, racistas, xenófobos y demás dislates.

Una imagen queda: el policía afroamericano Eugene Goodman intentando detener a la turba y después corriendo por los pasillos, perseguido por furibundos lunáticos con banderas confederadas, las mismas de la Guerra Civil del siglo XIX. Para entender todo esto –no hay que olvidar que el vicepresidente Mike Pence es un acérrimo cristiano- hay que regresar a las ideas milenaristas de esas caravanas de utopistas blancos quienes fundaron lo que hoy es el país de Trump y sus 70 millones de votantes, quienes viven como si los “indios” estuvieran a punto de atacar sus carromatos. El charlatán Shaman Q es solo la punta del iceberg y le espera años en la cárcel, aunque seguro Hollywood le hace una película con doble.

 

El Telégrafo - Un “patriota” en el Capitolio (eltelegrafo.com.ec)

sábado, 9 de enero de 2021

Amazonía, entre salvajes y civilizados, 2021/01/07

 

Para el libro Los dioses mágicos del Amazonas, que escribí hace algunos años, tenía como epígrafe tentativo una frase de Borges: “He visto una cosa grande en el cielo, me dicen que es la luna. Pero qué puedo hacer con una palabra y con una mitología. Los árboles me dan miedo, son tan hermosos”. Y esto, porque aún desconocemos la profunda sabiduría de los pueblos originarios.

Obviamente, en muchas ocasiones, el sistema educativo se ha encargado de poner una mirada eurocentrista prestada y así alentar un racismo sistémico. Así una frase lapidaria de Judith Carrión Cabrera, Educación Ambiental,  (Perspectivas para el año 2000) pp. 185. Universidad Técnica  Particular de Loja, 1995, lo revela todo: “Los tradicionales  aucas sanguinarios y salvajes se autodenominan huaoranis, que son pueblos ya civilizados. Tan civilizados que poseen ejércitos: el de los iwias y los arutan”. Con miradas así, no vamos a ningún lado y es probable que el texto aún esté en manos de los estudiantes.

En verdad, debería ser un deber ciudadano leer en la secundaria el libro Salvajes, civilizados y civilizadores, con un subtítulo: La Amazonía ecuatoriana, el espacio de las ilusiones, de Patricio Trujillo Montalvo, Abya-Yala, 2001. El autor dice que en apenas 30 años, la región ha sufrido cambios dramáticos. “Ha sido imaginada como una zona olvidada, invisible, inhabitada desde la perspectiva del estado, luego el más importante fuente de recursos naturales, en la gran botica y pulmón del mundo. Actualmente es uno de los principales referentes de identidad india, base de la nueva configuración étnica de Ecuador”.

El investigador afirma que estas transformaciones drásticas, debido principalmente a la explotación petrolera y también a la integración al mercado global, causaron problemas que, obviamente, el país no ha logrado mirar: migración, marginalidad, estigmatización, falta de servicios, pobreza, violencia, desesperanza y mesianismos. La labor más importante, entonces, es trabajar en esta región milenaria pero no desde enfoques neo colonizadores, sino de diálogo mutuo. En eso, la editorial Abya-Yala tiene un gran camino, hay que apoyarla.

 

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La mitología de Imbabura, 2020/12/31

En los primeros tiempos, según la mitología de los caranquis, los montes tutelares como Imbabura (4.600 msnm.) y Cotacachi (4939 m.s.n.m.) representan los creadores del mundo, debido a que proporcionan el agua. De allí que lagunas, ríos, vertientes y cascadas son consideradas como deidades. De hecho, en la cosmogonía, los hijos de estas montañas son los islotes de Cuicocha, llamados Putujura y la Negra. En las cascadas se realizan los baños espirituales de las Fiestas del Solsticio y en agradecimiento de los dones de la Madre Tierra a las cosechas, principalmente del maíz debido al piso ecológico dominante.

“Los elementos naturales no son, en la ideología quichua, un puro paisaje estático a cuyos elementos el hombre puede alterar; montes, lagunas y otros están animados y realizan actos intencionados para bien o para mal de los hombres; como estos, poseen sentimientos, toman decisiones, etc”, señala Marcelo Naranjo, en el tomo V, Imbabura, del Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares, CIDAP.

Aunque el Taita Imbabura es considerado como el viejo sabio, que preside la vida de la provincia, no es menos importante la presencia de Mama Cotacachi porque los dos, siguiendo la dualidad del mundo andino, mantienen una unión como deidades protectoras. Según esta investigación, los montes son concebidos como personas con responsabilidades a quienes enojan las personas perezosas o envidiosas. Como parte de esta interpretación mítica también se encuentran los denominados chuzalongos, como símbolos fálicos que protegen las montañas, además del arco iris (cuichi) símbolo de la fertilidad.

Para Ileana Almeida, en Mitos cosmogónicos de los pueblos indígenas del Ecuador, “con el mito se trata de entender la realidad presente, adentrarse en la esfera de la verdad y encontrar respuestas a las eternas preguntas que se hacen los seres humanos: ¿quién creo el universo? ¿quién creó al hombre?, ¿cuál es la relación del hombre con su creador?, ¿qué es el espacio tiempo?”. En Imbabura, las deidades de los montes aún perviven en los rituales de los yachacs, sin embargo muy pocos descendientes de los caranquis lo saben.

 

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jueves, 24 de diciembre de 2020

Carlos Vallejo, en clave de aguijón, 2020/12/24

 


Tras desprenderse de la hojarasca el poeta pasa de lo barroco a lo minimalista, para utilizar un símil arquitectónico cuyo máximo representante Mies van der Rohe escribió con razón: “Menos es más”. Hace 2500 años el filósofo Heráclito clamaba: “El sol es nuevo cada día” y hace cinco siglos Leonardo da Vinci afirmaba: “La simplicidad es la mayor sofisticación”. En poesía el esplendor se alcanzaría en el siglo XVII, en Japón, con el haiku que son un navajazo ligero trazado en el tiempo, como nos recuerda Roland Barthes: “La lejana montaña se destaca en los ojos de la libélula”, escribió Kobayashi Issa, Friedrich Nietzsche procuró que sus ideas –para alejarse de los castillos de hielo de los filósofos impenetrables- fueran también aforismos: “Algunos nacen de manera póstuma”.

Estas pequeñas joyas además se encuentran en las greguerías cuyo cultor agudo fue Ramón Gómez de la Serna: “Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte” o los graffiti quiteños, esas pedradas al descuido: “La luna cayó en mi jardín y hoy solo cosecho manzanas de plata”. Cada una de estas mínimas frases requieren de un paso de la abstracción a la sencillez que solo se logra tras profundas lecturas y dosis de ingenio.

Hay que realizar esta introducción para entender la nueva obra de Carlos Vallejo quien –valiéndose del Instagram como soporte @carlosvallejo593- con su aguijón pulido nos zambulle hasta el naufragio literario: “La cabeza de un muerto rueda por nuestro cielo”, “El vidrio tortura a la luz, pero la luz se preña de un arcoíris”, “Teología: ¿después del juicio quien juzgará al verdugo?”, “Esa actitud pasiva que exige la televisión la aprendimos de las aulas”. Como se notará, sus textos tienen varios registros como si múltiples voces nos hablaran en un diario para el ciberespacio, sin acuso de recibo.

Vallejo, cosa difícil, puede desdoblarse literariamente sin perder su espíritu crítico, iconoclasta, lúdico y sensible para despeinar a una sociedad mojigata y chapucera, como la que nos ha tocado en suerte. Hay que leerlo, tal vez así encontremos nuestro propio rostro desfigurado en el espejo.

El Telégrafo - Carlos Vallejo, en clave de aguijón (eltelegrafo.com.ec)

 

 Instagram Carlos Vallejo


 

 

 

 

Diógenes, el cínico, y el rey, 2020/12/17

 


Frente al barril de Diógenes de Sinope –el cínico- se planta el más poderoso guerrero: Alejandro Magno, quien extendería sus dominios por la Hélade, Egipto, Anatolia, Oriente Próximo y Asia Central, hasta los ríos Indo y Oxus. Cuentan que este macedonio, antes de entrar a la vigilia del sueño, revisaba bajo la almohada sus dos armas: La Ilíada y una espada, aunque no era casualidad puesto que su preceptor fue Aristóteles, quien refiere en la Poética que fue Esquilo quien introdujo el segundo actor, disminuyendo la importancia del coro.

Acaso el diálogo que mantuvieron el filósofo y el conquistador es un teatro que continúa representándose hasta nuestras días, porque es la disputa entre dos maneras de concebir el mundo. Mientras Diógenes vivía como un vagabundo, rechazando los lujos de la sociedad y cuyas pertenencias eran un zurrón, un báculo, un manto, un cuenco (hasta que un día miró a un niño beber con sus manos y se desprendió de él), Alejandro el Grande sería ensalzado desde Julio César a Napoleón, otros amantes de la guerra.

El encuentro de estos dos hombres –el uno que amaba la frugalidad de la vida y el otro que pretendía unificar a Grecia- tuvo lugar en Corintio. Pero el encuentro no fue fácil, puesto que Diógenes no tenía ninguna casa sino moraba en un tonel.

El historiador Plutarco narra el acontecimiento. “Cuando el conquistador se dirigió a él saludándole y le preguntó si quería algo de él, Diógenes respondió: “Sí. Apártate que me tapas el sol”. Se cuenta que Alejandro se quedó tan impresionado por esta respuesta y sintió tanta admiración por la altivez y la grandeza de este hombre que parecía no sentir sino desprecio hacia él que exclamó, ante la burla de sus seguidores: “Si no fuera Alejandro Magno, me hubiera gustado ser Diógenes”.

Dión de Prusa afirmaba que sí mantuvieron un diálogo y que el filósofo cambió el sentir del poderoso líder: “Si conquistas todo Europa –incluso África y Asia- pero no beneficias al pueblo no eres útil”. Alejandro, envenenado a los 33 años, no pudo ver cómo sus generales se disputaban a dentelladas su Imperio, que como todos se extingue.

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