viernes, 10 de octubre de 2014

Video promocional, muestra de fotos Ibarra, a inicios del siglo XX



Video promocional de la muestra de fotosde Ibarra Antigua, auspiciada por el Municipio de Ibarra. 



Ibarra a inicios del siglo XX es una muestra fotográfica –en cajas de luz y gran formato- que se exhibe hasta octubre, en el parque Ciudad Blanca (antiguo aeropuerto). La investigación, realizada por Juan Carlos Morales Mejía, miembro de la Academia Nacional de Historia, pertenece a una de los momentos más interesantes de la urbe porque estaba en plena reconstrucción, tras el sismo de 1868. Esta muestra fotográfica está auspiciada por el Municipio de Ibarra, como parte de las celebraciones por los 408 años de fundación de la ciudad. 
 

La dirección del video es:https://www.youtube.com/watch?v=cpUudA-2oyU 


Puede ubicar informaciòn sobre la muestra en:

Visitantes, Ibarra, a inicios del siglo XX

Ibarra: a inicios del siglo XX (exposición)

 


 

 



domingo, 5 de octubre de 2014

Origen del pasillo



El pasillo ecuatoriano –que en estos días está de fiesta- es un género musical popular, urbano y vocal, derivado del pasillo colombiano, el que a su vez tiene como su antecedente más cercano al vals europeo que se afirmó a mediados del siglo XIX. Tres hechos señalan con claridad al vals como fuente constitutiva del pasillo. En primer lugar, el cuadernillo  de 1830-1840 titulado Música de guitarra de mi Sa. Da. Carmen Caicedo, con 23 piezas cortas, encontrado en Colombia por el investigador Andrés Pardo Tovar, el cual contiene 8 valses, muchos de los cuales presentan el acompañamiento típico que sería usado posteriormente en el pasillo.

En segundo lugar, el hecho de que en el vecino país del norte se conocían piezas que recibían el nombre de ‘vals al estilo del país’, ‘colombiana’ o ‘colombiano’, música que  se consideraba pasillo de la época. En tercer lugar, el vals y el pasillo compartían una misma forma de baile, esto es, de ‘pareja agarrada’. Por estas razones, cabe afirmar que,  con el pasar de los años, la americanización del vals dio lugar a la constitución del pasillo.

Los llamados ‘vals al estilo del país’ o ‘valsecitos nacionales’ fueron recreaciones criollas de las danzas de salón de las élites aristocráticas como el rigodó, el minué, paspié o vals europeo, la mayoría de los cuales se interpretaban al piano. Este proceso de recreación y adaptación dio lugar al aparecimiento de danzas como: los valses del desmayo, el joropo, el bambuco, la colombiana o la llapanga. Los valsecitos nacionales se tocaban con instrumentos locales al interior de las grandes casas señoriales o en los espacios públicos, por las bandas militares. El pasillo corresponde a este tipo de vals y, desde el siglo XIX tiene plena vigencia en los países de Colombia, Ecuador y Costa Rica, mientras que en Venezuela, Cuba, México, Perú y Argentina se conserva aún como una coreografía folclórica.

La introducción del pasillo al Ecuador data del último cuarto del siglo XIX. Según refiere el cronista quiteño Alejandro Andrade Coello, dicho género arribó en primer lugar a Quito en época del gobierno de Ignacio de Veintimilla, exactamente en 1877, procedente de Colombia. El ministro colombiano Rodríguez y Rafael Pombo, su adjunto diplomático, habrían dado a conocer por primera vez dos pasillos pautados: ‘No me da la gana’ y ‘Los patriotas’, a la vez que otro coronel colombiano Ricardo Pérez popularizaría su pasillo ‘Los expatriados’. Andrade Coello afirma que a partir de esta época y con dichas canciones el pasillo se popularizó o adquirió fama en la ciudad.

Antes no se lo había conocido ni escuchado en el medio, nos dice en esta parte de la investigación Manuel Espinosa Apolo. Al mismo tiempo, el cronista quiteño sostiene que los primeros compositores ecuatorianos del pasillo habrían sido Aparicio Córdova, quien compuso el pasillo ‘Los Bandidos’, como réplica al pasillo de Pombo ‘Los patriotas’. Esto se lee en el trabajo ‘Validación del pasillo como patrimonio material del Ecuador’, del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. Hay que estar atento a los nuevos compositores como Daniel Mancero.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Ibarra: helados vs. fritadas



Ibarra tiene fama de sus helados de paila, una tradición centenaria iniciada por Rosalía Suárez. Sin embargo, raspando la superficie, nadie se puede imaginar que otro deleite de los ibarreños son las tortillas de papa, con huevo y chorizo. ¿Pero cómo llegaron? Hay que remontarse a unos 70 años, con la primera migración de los indígenas provenientes de Quinchuquí, cercano a Otavalo.
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Fueron ellos quienes se instalaron en el sector conocido como El Carretero (actual avenida Atahualpa) y en Azaya y la Calle Larga (actual avenida Eloy Alfaro). Arribaron como carniceros expertos en cerdo y sus derivados. Algunas de sus mujeres, por las tardes, vendían la deliciosa fritada con maíz tostado, en una suerte de urnas de madera y vidrio, para que el producto permanezca caliente. Esa fue la primera ola. Por eso, aún sobreviven dos vendedoras de ese estilo de fritada en cajas en la avenida Eloy Alfaro (presentes desde 1950 dice un letrero).
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Una buena parte de esos descendientes, que antes asaba tripa mishqui (tripa dulce o vísceras), ahora prefiere ofrecer chuleta con menestra, como si fueran costeños. La segunda ola del aporte gastronómico indígena a Ibarra llegó hace 30 años. De las mismas familias de Quinchuquí se encontraban Zoila Vega y Manuel Pineda, quienes comerciaban cerdos hasta Riobamba. Allí, en el centro del país, acaso en Ambato, miraron que los llapingachos, como se llaman por allá, tenían huevo y chorizo.
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Hicieron a un lado la remolacha y pusieron un chorizo más delgado, propio de las comunidades indígenas. Al inicio fue un local y ahora son 14. Fueron las sobrinas de Zoila Vega, como Lucía Lema, quienes aprendieron el oficio con un secreto: mezcla de papas, una tierna y una dura (chola y violeta). En la actualidad los locales de tortillas son más numerosos que los tradicionales de helados. Sin embargo, los turistas aún no conocen estas delicias, pero los ibarreños menores a 30 años saben de qué se está hablando. En los pequeños locales llegan sin distinción de clase, donde la segunda generación proveniente de Quinchuquí nuevamente deslumbra con sus sabores.
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Esto a propósito de conmemorar la fundación de Ibarra, acaecida el 28 de septiembre de 1606, con un propósito: ser el puerto de tierra, entre el comercio de la ruta Bogotá-Popayán-Ibarra-Quito. Mencionando a la época colonial, y otra vez en la gastronomía como parte del patrimonio de un pueblo, existen las crónicas del entonces joven jesuita italiano Mario Cicala, quien llegó a inicios del siglo XX. Cuenta de unos extraordinarios dulces que se expenden “en cajitas”. ¿Serán las nogadas?, nos preguntamos.
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Pero también habla de los viñedos y olivares que, lamentablemente por la idea del monopolio de la Corona, fueron exterminados. Como se sabe, fue Perú el que aprovechó esa ventaja y prueba de ello es su pisco, reclamado también por Chile. Ahora, la urbe es una ciudad de diversidades y aportes, que van desde afrodescendientes a migrantes colombianos (también con su gastronomía) y algo aún mayor: carchenses, que son tan numerosos que un día ponen alcalde.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Alonso Quijano, poeta



“Y el mundo a carcajadas se burla del poeta / Y le apellida loco, demente soñador, / ¡y por el mundo vaga cantando solitario, / sus sueños en la mente, sin goces en el alma, / llorando entre el recuerdo de su perdido amor!”. Cantaba el poeta nicaragüense Rubén Darío.

En el capítulo VI de El Quijote, de Miguel de Cervantes, se puede leer un hecho prodigioso. Se reúnen el cura, el barbero, el ama de casa y la sobrina con un propósito: quemar los libros de caballería que han trastornado la razón de don Alonso Quijano y lo han vuelto caballero andante en busca de deshacer entuertos. La escena se desarrolla en la biblioteca y a la pira van libros como Historia del famoso caballero Tirante el Banco, Amadís de Gaula, Espejo de Caballerías, entre otros. Hay un punto crucial. Después de apurar al fuego estas obras llegan a unas que parecen inofensivas: son tratados de poesía.
“Estos -dijo el cura- no deben ser de caballerías sino de poesía. Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge Montemayor, y dijo, creyendo que los demás eran del mesmo género:
-Estos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán daño que los de caballería han hecho; que son libros de entendimiento, sin perjuicio de tercero.
-¡Ay señor! -dijo la sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”.
¿Y se quemaron estos libros? A insistencia del cura no se quemó el mentado La Diana sino que se le quitó “todo lo que trata sobre la sabia Felicia y el agua encantada”. Y otros se fueron a la propia biblioteca del cura que se negó a que fueran destruidos, como Los diez libros de Fortuna de amor, de Antonio de Lofraso.

Fue así que muchos libros de poesía fueron salvados como un homenaje a los versos. Pero queda una interrogante: ¿Cómo habría sido Alonso Quijano en lugar de leer libros de caballería sino de poesía?

Nuevamente, el poeta Rubén Darío nos dice: “Prosigue, triste poeta, cantando tus pesares; / con tu celeste numen sé siempre, siempre fiel”. Se me ocurre que, en verdad, Alonso Quijano, transfigurado en Don Quijote, algo tenía de poeta. Basta leer su amor por Dulcinea del Toboso y sus elegías. Su nombradía del Caballero de la Triste Figura que entrega como un don a su amada estos versos: “Que nada ignora, y es razón muy buena / Que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena / el terrible dolor que adoro y siento?”. Don Quijote  parece un poeta que anda disfrazado de caballero andante y busca entre las aspas de los molinos los ojos de su Dulcinea.

En una de las frases del loco más famoso del mundo de la literatura está: “La poesía tal vez se realza cantando cosas humildes”. Un poema en homenaje al personaje lo trae León Felipe, en Vencidos: “¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura, / en horas de desaliento así te miro pasar! / ¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura / y llévame a tu lugar…!”.