sábado, 13 de mayo de 2017

Primeros 100 años de Juan Rulfo

Gabriel García Márquez -quien aún no había imaginado a Remedios la Bella de las mariposas amarillas- acababa de llegar a México DF, después de un periplo en auto desde Nueva York para sentir los ambientes sureños que tanto amaba en las novelas de los escritores gringos tipo William Faulkner.

En México estaba su compadre Álvaro Mutis, quien le había provisto de pequeños depósitos durante el viaje y aún le ataba la pesadilla de una de las peores cárceles del mundo que está presente en Diario de Lecumberri, donde había padecido 15 meses por culpa de su generosidad con la plata ajena de una transnacional, donde era su relacionista público.

En fin, aún eran jóvenes y el compadre del Gabo aún le faltaban muchos años para sugerirle al futuro Premio Nobel de Literatura que contara el último viaje del Libertador de regreso por el río Magdalena para morir en Santa Marta, descrito en El general en su laberinto.

Como sea, un día el Gabo le preguntó cuáles eran los escritores que debía leer de México. En la biografía El viaje a la semilla, de Dasso Saldívar, se lee el momento: “Mutis le dijo que no leyera nada hasta que él no volviera y al poco tiempo regresó con un paquete de libros, separó los más delgados y le dijo: ‘Léase esta vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe’.

Eran Pedro Páramo y El llano en llamas, de Juan Rulfo. Esa noche no se acostó hasta agotar la segunda lectura… García Márquez se volvió loco con Rulfo, se lo aprendió de memoria y lo recitaba a todo el que quisiera escucharlo”. Tras escribir un último relato, El mar del tiempo perdido, de clara influencia del creador de la fantasmagórica Comala, no intentaría nada hasta cuatro años después cuando inició Cien años de soledad. El escritor de Aracataca recordaría en sus memorias: “Nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás- había sufrido una conmoción semejante”.

Esto a propósito de que el próximo 16 de mayo se conmemorarán los 100 años del nacimiento de Rulfo, que abandonó la escritura después de esos dos pequeños libros justificándose porque su tío Celerino había muerto y él era “quien le platicaba todo”.

“Emily Dickinson creía que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Juan Rulfo parece compartir ese parecer. Devoto de la lectura, de la soledad y de la escritura de manuscritos, que revisaba, corregía y destruía, no publicó su primer libro -El llano en llamas, 1953- hasta casi cumplidos los cuarenta años. Un terco amigo, Efrén Hernández, le arrancó los originales y los llevó a la imprenta”, refiere Borges, quien aseguraba que, pese a los análisis, nadie ha podido destejer el arco iris, citando a Kets.


Borges, que no era dado al elogio, escribió: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura”. El inicio dice así: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera…”. (O)

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Posverdad: el secreto fuera de las urnas


León Tolstói nos recordaba que para hablar del universo solo se precisaba hablar de nuestra aldea. Los recientes hechos ocurridos en Ecuador así lo demuestran: un candidato y parte de sus seguidores ante una derrota electoral se instalan en lo que ahora se ha llamado ‘hechos alternativos’ como si fueran una realidad paralela (esto recuerda la teoría de las supercuerdas formulada por Stephen Hawking, el genio más grande después de Albert Einstein, quien por cierto está en silla de ruedas).

El término apareció cuando la vocera de Donald Trump afirmó que el secretario de prensa de la Casa Blanca dio ‘hechos alternativos’ cuando describió erróneamente a los asistentes a la toma de posesión como “la más grande de todas”, como si se tratara del gobierno mesiánico descrito por George Orwell en su famoso libro 1984.

Hay otra palabra. Se lee en el diccionario libre: “Posverdad o mentira emotiva es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. Estos sucesos que son ignorados se resume como la idea en la que “algo que aparenta ser verdad es más importante que la propia verdad”.

Sí, porque en este caso una dirigencia, a la brava como se dice, cree que los resultados electorales deben ‘coincidir’ con sus aspiraciones electorales, si no es ‘fraude’, que por cierto ya venía cocinándose desde la primera vuelta. Esto -hay que decirlo- aupados por encuestadoras y medios privados que construyeron esos ‘hechos alternativos’, por hablar eufemísticamente. Y eso porque esa ‘desconexión’ con la realidad en verdad ocultaría otros intereses.

¿Deberían estar los supuestos afectados frente al CNE o subir por la calle Bosmediano y protestar contra quienes ciertamente los engañaron? Porque la posverdad, aunque se trate también de una ficción tiene sus consecuencias, porque inflaman las calles y, en definitiva, crean una ilusión que se desvanece con el tiempo.

Así, la propia OEA -a quienes pretenden denunciar- y decenas de presidentes de la región, de Evo a Macri, han aceptado la verdad auténtica, esto es que Lenín Moreno es el nuevo Presidente de Ecuador, junto a su binomio Jorge Glas.

¿Cómo salvarnos de esto? El diario El País, en el artículo ‘Números contra la posverdad’, señala que las matemáticas son el lenguaje de la ciencia y, en teoría, representan un antídoto ante los ‘hechos alternativos’ (están allí los números palpables de las votaciones, aunque muchos no estén de acuerdo).

Sin embargo, a veces las certezas tienen más que ver con la fe que con la realidad, dice la publicación. “La misma eficacia de las palabras para expresar la verdad las convierte en un medio óptimo para la propagación de la mentira”.


Al final, los seguidores de la posverdad -donde como la fe prima el dogmatismo- están más proclives a juntarse en torno a una hoguera que entrelazar las manos para construir puentes hacia el futuro. (O)

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La autocrítica desde Frei Betto


Así como -qué duda cabe- hay una iglesia para los ricos, las hay para los pobres. Esto a propósito de la reciente visita de Frei Betto (fraile en portugués) a la tumba de monseñor Leonidas Proaño, en Pucahuiaco (Quebrada Roja), en San Antonio de Ibarra. Asistí a ese acto litúrgico, primero porque era en homenaje al obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado por defender los derechos de su pueblo en contra de los sanguinarios de su país de aquella época.

No soy de los que acuden a misa, pero era una suerte de memoria también al recientemente fallecido cura de a pie, Patricio Cabezas, que era un duro crítico de esa otra Iglesia que más recuerda los entretelones de El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Además, Frei Betto había escrito hace décadas el libro Fidel y la religión, que leíamos unos universitarios más seguidores del barbudo Marx.

Al momento del abrazo entre estos cristianos, Betto -a cada uno- decía una frase: “Paz en la lucha”. Quizá eso sea la clave para entender el compromiso que estos leales con ese Jesús que expulsaba mercaderes, pero que también salvaba Magdalenas, tienen en su trajinar por este ancho mundo. Porque hay que decirlo, los seguidores de oscuras legiones con poderes en el Vaticano nunca se han preocupado por la justicia social. La historia, en esto, es amplia y los santos milagreros funcionaban desde la colonia.

Sus palabras acaso nos sirvan para entender mejor la geopolítica regional, precisamente porque llaman a la autocrítica. Habla de Brasil, pero podría ser Ecuador. “Los últimos 13 años fueron mejores para 45 millones de brasileños que, beneficiados por los programas sociales, salieron de la miseria; para quien recibe el salario mínimo, revisado anualmente por encima del nivel de la inflación; para quienes tuvieron acceso a la universidad… A pesar de todo nos equivocamos. El golpe fue posible también debido a nuestros errores. En 13 años no promovimos la alfabetización política de la población. No tratamos de organizar las bases populares. No valoramos los medios de comunicación que apoyaban al Gobierno ni tuvimos iniciativas eficaces para democratizar los medios. No adoptamos una política económica orientada hacia el mercado interno.

En los momentos de dificultad llamamos a los incendiarios para apagar el fuego, o sea a los economistas neoliberales, que piensan con la cabeza de los pudientes. No realizamos ninguna reforma estructural, como la agraria, la fiscal y la previsional. Ahora somos víctimas de la omisión en cuanto a la reforma política… Fuimos contaminados por la derecha. Aceptamos la adulación de sus empresarios; usufructuamos sus regalías; hicimos del poder un trampolín para el ascenso social”.

Quedan, también en esta línea, los poemas de Ernesto Cardenal: “Escucha mis palabras, oh Señor / Oye mis gemidos… / Sus radios mentirosos rugen toda la noche… Al que no cree en la mentira de sus anuncios comerciales / ni en sus campañas publicitarias, ni en sus campañas políticas / tú lo bendices / lo rodeas con tu amor / como con tanques blindados”. (O)


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Poderoso caballero es don Dinero

“Madre, yo al oro me humillo, / Él es mi amante y mi amado,  / Pues de puro enamorado  / Anda continuo amarillo.  / Que pues doblón o sencillo / Hace todo cuanto quiero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero”. Con esta frase don Francisco de Quevedo y Villegas, allá por el año del Señor -como se decía hace más de 400 años- inicia su famoso verso.

Otra parte dice: “Es tanta su majestad,  / Aunque son sus duelos hartos,  / Que aun con estar hecho cuartos  / No pierde su calidad.  / Pero pues da autoridad  / Al gañán y al jornalero,  / Poderoso caballero  / Es don Dinero”. Este hijo de hidalgos nació cojo, con ambos pies deformes y una miopía que, incluso, lo dio cierta fama por esos extraños lentes llamados precisamente ‘quevedos’. De familia de abolengo fue el secretario de la hermana del rey Felipe II, María de Austria.

Pero para entender este poema hay que rastrear -no he leído en ninguna parte esto- la poesía del Arcipreste de Hita, en el poema ‘Lo que puede el dinero’: “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto y hombre de respetar; / hace correr al cojo y al mudo le hace hablar; / el que no tiene manos bien lo quiere tomar”.

Juan Ruiz, que así se llamaba, nació en Madrid en 1281, así que debieron de pasar sus buenos tres siglos para que la poesía de Quevedo retomara estos asuntos. Cosa curiosa, los dos estuvieron presos por culpa de sus versos. El satírico clérigo Ruiz era rebelde para su época: “Y si tienes dinero tendrás consolación, / placeres y alegrías y del Papa ración, / comprarás Paraíso, ganarás la salvación; / donde hay mucho dinero hay mucha bendición”.

Por su parte, Quevedo nos legó también ‘Es amarga la verdad’: “¿Quién hace al ciego galán / y prudente al sin consejo? / ¿Quién al avariento viejo / le sirve de río Jordán? / ¿Quién hace de piedras pan, / sin ser el Dios verdadero? / El dinero”.

Esto viene a cuento porque uno de los hombres más ricos del planeta acaba de morir a sus 101 años. Se trataba de David Rockefeller, cuya fortuna ascendía a 3.300 millones de dólares. Un banquero que se doctoró en economía en la Universidad de Chicago, aunque también estudió en Harvard. Amante de viajar a Marruecos, era filántropo y dueño del Chase Manhattan Bank. En su colección de arte tenía obras de Picasso, Monet, Matisse y Rothko. A lo largo de su vida donó 150 millones de dólares al Museo de Arte Moderno (el famoso MOMA), además de la universidad con su apellido y el edificio de las extintas Torres Gemelas.

Se puede leer: “Los presidentes Jimmy Carter, demócrata, y Richard Nixon, republicano, le tantearon para el cargo de secretario del Tesoro, que declinó. Los Rockefeller se guiaban por el principio de que había que devolver a la sociedad todo lo que les había dado”. Su abuelo John dijo: “Si tu única meta es ser rico, nunca lo conseguirás”. Uno de los Rockefeller, Nelson, en su visita a Quito en 1942, compró varios cuadros al joven Oswaldo Guayasamín, que tenía 23 años. Eran banqueros amantes del arte aunque, en este caso, no precisaran de Quevedo. Ya lo decía Mahatma Gandhi: “El capital no es un mal en sí mismo. El mal radica en su mal uso”. (O)

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Cartografía de un país telúrico



 “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida/ por diez lugares suyos, / ciertas gentes, / puertos, bosques de pinos, fortalezas, / una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia / montañas / (y tres o cuatro ríos)”, dice el poema del mexicano José Emilio Pacheco.

En una entrevista el escritor nos da pistas: “Hoy sabemos que todo texto nace de otro texto. Los orígenes de ‘Alta traición’ están por partes iguales en mi experiencia íntima e insustituible (los ‘puertos’ son Veracruz, Coatzacoalcos, Campeche; los ‘bosques de pinos’ los que rodeaban en mi infancia a la ciudad de México y ahora han desaparecido o se hallan en agonía; las ‘fortalezas’, Chapultepec, San Juan de Ulúa, los baluartes de Campeche; etcétera, y en los poemas que había leído”.

Acaso, el poema que habla de un Ecuador telúrico sea ‘Catedral salvaje’, de César Dávila Andrade: “¡Y vi toda la tierra de Tomebamba, florecida! / ¡Sibambe, con sus hoces de azufre, cortando antorchas en la altura!... ¿Qué profundos centauros pacen sobre tu corteza embrujada?”.

Y es del ‘Fakir’ también ese vendaval de ‘Boletín y elegía de las mitas’: “Yo soy Juan Atampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña, / Nací y agonicé en Chorlaví, Chamanal y Tanlagua, / Si, mucho agonicé / Sudor de sangre tuve en mis venas / Añadí así más dolor y blancura a la cruz que trajeron mis verdugos”.

En el artículo también disponible en la red Cartografía mínima para un país telúrico, de Valeria Guzmán, en Ecuador Infinito, se habla precisamente de los diversos momentos en que los poetas han nombrado al país. Allí está Gonzalo Escudero: “La línea ecuatorial es un columpio / Tejido con estrellas / Para que los volcanes se cuelguen sobre el mundo”.

Y suenan las voces de la negritud, como la de Antonio Preciado: “Junto al mar / Como almohada que le aliviana el cansancio / Reverdece mi tierra / La generosa y ciega / Entre el agua y el mar / Y el agua coloquial de un río manso”.

Los ecuatorianos tenemos el placer de esta otra geografía que se vuelve visible, palpable, audible, que se muerde y huele a través de la palabra, dice la poeta radicada en México y remarca: “Los versos de estos poetas muestran los contornos íntimos de un Ecuador al que nos convoca la subjetividad que transforma el espacio físico en una creación simbólica del espíritu humano y, si cabe, del espíritu ecuatoriano. Eso que está más allá, lo que tanto andaban buscando los primeros cartógrafos separados de la pura representación.

De entre los tantos que en la antigüedad hicieron mapas, un tal Crates, allá por el siglo II a.C., dibujó un orbe esférico y lo dividió en hemisferios. El Ecuador se ubicaría en lo que él llamó “Terra incognita –Antoeci” y creo que en gran parte seguimos siendo esa tierra desconocida. Al ser ibarreños, es inevitable rememorar el texto de Carlos Suárez Veintimilla: “Tierra mía / la de los días claros de la infancia. / Les dio tu cielo la lección primera / de azul a mis pupilas asombradas, / los primeros anhelos a mis labios / y los primeros sueños a mi alma”. (O)

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El síndrome de Doña Florinda II



Si algo aún ocurre en el país es el ninguneo. No es solo la “chusma”, como diría en el libro El síndrome de Doña Florinda, esa metáfora ideada por Rafael Ton para explicar cómo cierto segmento social –clase media arribista- pretende ser lo que no es.

La búsqueda del “blanqueamiento” lleva a despreciar al “otro”. Hay términos: “longos”, “montuvios”, “chagras”, “negros”, “música chicha” o la inocente “tripamishqui” escondida en el barrio lejos de ‘Pelucolandia’ cuyos candidatos piden más “vuelto” que cambio, sin que esto sea maniqueo.

La “chusma” es la que no tiene derecho a tener una universidad decente y peor acudir a sitios donde está simbólicamente prohibida su entrada con un eufemismo: “estricto derecho de admisión”. Es como si una mínima parte del país –para el caso de los becarios- no aceptara que también los “otros” pudieran tener el “privilegio” de estudiar afuera. Obvio, nadie lo dice directamente sino por esas cloacas que son las redes sociales (que lance la primera piedra quien no ha insultado a Delfín Quishpe, por lo demás nunca invitado como J.J. en su momento).

La “chusma” recuerda la tesis “Mestizaje, cholificación y blanqueamiento en Quito, primera mitad del siglo XX”, de Manuel Espinosa Apolo, de la Universidad Andina Simón Bolívar. “En Quito el proceso de conflictividad se expresó en el enfrentamiento social entre los de arriba y los de abajo, entre capitalistas y proletarios, o entre la oligarquía (clases propietarias) y el pueblo…

Baste recordar que en la época del presidente Ayora –también llamado “indio” al igual que Alfaro– se denominó ayora a la nueva moneda de valor de 100 centavos “porque era medio prieto y feo, mientras a la nueva moneda de 50 centavos se le llamó laurita –el nombre de la esposa del presidente Ayora– porque era de plata, blanquita y muy simpática”. Ayora, quien transformó e institucionalizó al país, estudió en Alemania como uno de los 42 becarios de Alfaro.

Justo en los años treinta, cuando era presidente el “indio” Ayora, visitó el país el norteamericano Albert Franklin y escribió:

 “El Quito de la “gente decente” quisiera separarse del otro Quito. Se burla y habla con aire de superioridad de lo anticuado y la simplicidad del Quito del pueblo... El principal criterio que guía el gusto de la “gente decente”, es si un artículo, gesto o costumbre dado es o no ecuatoriano... Para esta gente, la música ecuatoriana es un recuerdo de pobreza y, además, es ecuatoriana...”. Por eso, desde esas clases, los nuevos “inquilinos” de la urbe fueron designados como el “cholerío” y la “longocracia” (¿No son ahora los llamados “borregos” propios del ámbito rural andino?) Curioso el significado de “chusma” que es para “gente que se considera muy vulgar y despreciable”.

Es verdad, las élites latinoamericanas siempre han sido eso: alienadas, antinacionales y no contemporáneas, dice el brasileño José Honorio Rodrigues (sic). En Ecuador, hace un siglo, cuando eran los ‘Gran Cacao’ se fueron a París y nunca pusieron una fábrica de chocolates en Babahoyo. “¡Quico, no te juntes con la chusma!”, diría Doña Florinda. (O)

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lunes, 24 de abril de 2017

El síndrome de Doña Florinda

Doña Florinda, de la serie del Chavo del 8, siempre fue frontal: prohibía a su hijo Quico llevarse con la “chusma”. Ella, que siempre pagaba la renta, permitía que su bobalicón hijo cayera a empellones a Don Ramón, bajo la mirada inquisidora del señor Barriga, el capitalista (ninguno del grupo era una familia “normal”).

El programa estaba lleno de estereotipos. Con esos inasibles elementos el argentino Rafael Ton escribió hace algunos años un extraño libro: El síndrome de Doña Florinda.

El colombiano Álex Guardiola Romero analizó esta temática en las últimas elecciones de su país: “La gente vota por quien se parece a lo que él mismo quiere llegar a ser, por el candidato o la candidata que representa sus aspiraciones sociales, por la figura que sintetiza su sueño no de sociedad o de país sino de figuración social; votar se convirtió en un acto de arribismo”.

Más adelante señala: “El ciudadano que estudió en colegio público construido por los gobiernos de izquierda, que entró a la universidad pública sostenida por las luchas de la izquierda y que ahora trabaja en una empresa con un sueldo que invierte en su totalidad en pagar la cuota del carro y de la tarjeta de crédito, piensa que ya no se necesita de esos guerrilleros disfrazados de políticos que promueven la inclusión y la educación en la capital de Colombia, sino a gente de su mismo nivel social (¿?) que deje de estar pensando en esos del estrato uno que afean las calles con sus ventas ambulantes y ropas de dudosa procedencia, que no los dejan entrar o salir de Starbucks tranquilamente. Esos pobres”.

En una entrevista en Radio Gráfica, es el propio autor quien deja una sentencia: “A Doña Florinda le mueve el odio hacia el diferente”. Entonces, no se trataría únicamente de una clase social desfavorecida, como algunos creen, sino también algo típico de la llamada “clase sánduche”.

Aquí las palabras de Ton: “La clase media tiende a derechizarse. Se ven las Doña Florindas en la última elección. Lo terrible es que no quieren que –El Chavo o Don Ramón– estén mejor que ella. Comer afuera, comprar el nuevo celular. Les molesta que una persona pueda viajar en un tren mejor. Las supera el odio. Han elegido un lugar en la historia… Cualquier persona que le brinde una visión diferente queda descartada. Lo veo habitualmente. Analicé en Facebook a todas las Doñas Florindas. Les duele que ciertos personajes que antes respetaban –como Víctor Hugo o Pérez Esquivel– se pongan furiosos. Gente que perdía sus ahorros en 2001 y no les jode que venga Alfonso Prat Gay. El odio los pone en un solo lugar de la historia”.

Ese es uno de los temas. Los otros síndromes, que callamos, son temas cruciales que nos involucran como sociedad. Las disputas entre, al menos, tres factores. Por un lado, la clase social (vista desde “arriba” como el populacho), lo étnico (aún con esa connotación de lo “cholo” o lo “indio”) y la disputa centro-periferia (representado en lo montuvio o lo chagra). De estos tópicos, tendremos en las redes para rato. Allí está el desprecio, el miedo al otro y el racismo. Obvio, el país sigue mirándose al ombligo. 

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