domingo, 13 de enero de 2013

A bordo del Titanic


¿De qué le sirve a alguien tener dinero a bordo del Titanic? Esa puede ser la pregunta clave cuando se habla del capitalismo. El ensayista Noam Chomsky señala la profunda contradicción que encierra el concepto de democracia capitalista. Dice que es un concepto que abarca dos opuestos: la democracia reivindica la igualdad, pero el capitalismo genera desigualdad.
El ejemplo más gráfico hay que mirarlo precisamente de quienes defienden el capitalismo, como lo que suministra Samuel Huntington: “El problema para estabilizar la democracia es lograr que la demanda social sea lo más baja posible, es decir que la población participe lo menos posible de la vida democrática, así estas demandas no interfieren con la necesaria eficiencia empresarial”.
Los chamanes de la globalización -como Milton Friedman, Francis Fukuyama y Peter Drucker- recomiendan un traje de talle único para todos: mismo modelo, misma confección y misma tela. En general, estos economistas son o han sido altos empleados de las grandes corporaciones multinacionales (en nuestro país no fue casual que los ex ministros de Finanzas, de la llamada partidocracia, terminaran en el Banco Mundial).
Pero el propio capitalismo genera sus contradicciones. Multimillonarios impiadosos, como George Soros o James Goldsmith, ya están alertando sobre los peligros que esto trae. Soros asegura que “la globalización está generando una inestabilidad que podría destruir la revolución del mercado”. Y lo que es más sorprendente aún: “El capitalismo es la peor amenaza para Occidente. La magia del mercado abrió la puerta del vale todo”.
Eisuke Sakikabara, ex ministro de Finanzas de Japón,  recomendó a los países del sudeste asiático -incluidos China y Vietnam- no seguir el modelo norteamericano. En las naciones donde se aplica, alertó, aparecen inmediatamente tres rasgos característicos: mayor brecha en la distribución del ingreso, inmediata adoración del dinero y vulgarización de la cultura. Chomsky dice: “La cultura del presente es la mirada más pobre que ha existido sobre el hombre en toda la tradición occidental desde los griegos hasta hoy”.
El magnate inglés James Goldsmith es más gráfico al referirse a los optimistas apóstoles del mercado, a los cultores del aquí y ahora, a los creyentes del eterno presente: “Los que se proclaman vencedores, dice, son como ganadores de una partida de póker... a bordo del Titanic”. Esto a propósito que los camuflados banqueros, con sombrero de Montecristi, han salido por las calles del barrio. ¿Quién era el que también tenía la metáfora del Titanic, hasta que nos hundió?



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