sábado, 10 de octubre de 2020

La melena revoltosa de Trump, 2020/10/01

 


La cabellera de Donald Trump era un misterio hasta que en el programa televisivo de NBC Jimmy Fallon pudo tocarlo. Ahí se comprobó que el presidente de Estados Unidos no tenía peluca. Tampoco, según la afamada clínica turca Clinicana, se nota un tratamiento capilar. Tal vez, como sugiere su propio entorno, la forma peculiar de su pelo –que parece un choclo de chacra vieja, para entender en el mundo andino- se debe a los efectos secundarios del consumo de Finasteride, una sustancia que Trump la utiliza para reducir los marcadores de cáncer de próstata, pero también sirve para evitar la caída del cabello. Así que paga dos por uno. Bueno, ahí se ahorra unos centavos.  

Pero el tema sigue. Hace poco, el huésped de la Casa Blanca se levantó especialmente eufórico por la cantidad de agua que caía de la ducha, según reporta la BBC de Londres. Una ley aprobada en 1992 establece que las duchas en Estados Unidos no pueden producir más de 9,5 litros de agua por minuto, así que la molestia del hijo de migrantes era porque no caía lo suficiente para empapar su melena.

“Te duchas y no sale agua, te vas a lavar las manos y no sale agua. ¿Qué haces? Estás ahí parado más tiempo, tomas duchas mas largas... porque, no sé ustedes, pero mi pelo tiene que estar perfecto”, dijo Trump.

¿Por qué preocuparse de la frívola y revoltosa melena de Trump? Porque este hombre que se ufana en tener un retrete de oro en una de sus torres pagó apenas 750 dólares de impuestos en 2016 y 2017, según denuncia del New York Times, pero a la vez destinó 70.000 dólares para peluquería. “Se las ha ingeniado para evadir impuestos mientras sigue gozando del estilo de vida de un multimillonario, algo que afirma ser, mientras sus empresas cubren los costos de lo que muchos considerarían gastos personales”, señala el diario. Puede ser legal, pero no es moral porque los impuestos también pagan la educación pública. Los padres fundadores de la tierra de Whitman deben estar que se revuelcan en sus tumbas. (O)


Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/melena-revoltosa-trump

Bajo la mirada de la Medusa, 2020/09/24


 


“Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas…”, escribió Octavio Paz en el poema Las palabras. Ese gallo galante es el siempre cambiante orbe de la literatura. Una premonición ya advertida en el siglo XIX por Enrique González Suárez en su soneto crítico a los excesos y preciosismo del modernismo que aleteaba en su decadencia: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje / que da su nota blanca al azul de la fuente; / él pasea su gracia no más, pero no siente / el alma de las cosas ni la voz del paisaje”.

La poesía que llegaba desde allende el mar se había convertido en un traje con un corsé demasiado almidonado a quien la ráfaga de Rubén Darío provocó una tormenta. Nada sería igual. Cada cierto tiempo, es necesario arrojar el lastre con que se construyen las narrativas pero sin perder la sustancia. Así lo advertía Ítalo Calvino en sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, de finales del XX, donde señalaba que su propósito era quitar peso a la estructura del relato y del lenguaje:

“En ciertos momentos me parecía que el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas y los lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida. Era como si nadie pudiera esquivar la mirada inexorable de la Medusa. El único héroe capaz de cortar la cabeza de la Medusa es Perseo, que vuela con sus sandalias aladas: Perseo, que no mira el rostro de la Gorgona sino sólo a su imagen reflejada en el escudo de bronce”.

Tal vez en este momento de vértigo sea preciso crear otras formas de nombrar a las cosas. Calvino soñaba con cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama, algo que los poetas nipones del haiku lo hicieron en el siglo XVIII. Kobayashi Issa lo dijo: “De no estar tú / demasiado grande / sería el bosque”. Es que las sagas no necesariamente deberían hablar de las oscuras batallas, sino de las gestas de los poetas cantando a la luna. (O)

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sábado, 19 de septiembre de 2020

El poeta Quevedo y los charlatanes, 2020/09/17

 

Francisco de Quevedo dedicó a su archienemigo el culterano Luis de Góngora un soneto: “Érase un hombre a una nariz pegado, / érase una nariz superlativa, / érase una nariz sayón y escriba, / érase un peje espada muy barbado…” No contento con eso, el vate se despachó en otros versos estas linduras: “Yo te untaré mis obras con tocino, / para que no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino”.

Quevedo nos legó el poema inigualable a Don Pedro Girón, duque de Osuna: “Faltar pudo su patria al grande Osuna, / pero no a su defensa sus hazañas; /diéronle muerte y cárcel las Españas, / de quien él hizo esclava la fortuna…”

El poeta nacido en el siglo XVI, hace 440 años, cuyo cumpleaños se celebra el 14 de septiembre, escribió textos clarividentes como “Poderoso Caballero”: “Nace en las Indias honrado, / donde el mundo le acompaña; / viene a morir en España, / y es en Génova enterrado. / y pues quien le trae al lado / es hermoso, aunque sea fiero, / Poderoso caballero / es don Dinero”. La misma temática del arribismo ya la sospechó dos siglos antes Juan Ruiz, arcipreste de Hita: “Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto y hombre de respetar; / hace correr al cojo y al mudo le hace hablar; / el que no tiene manos bien lo quiere tomar”.

Quevedo vino al mundo con los pies deformes y una severa miopía y desde sus agudezas interpretó el alma humana, a caballo entre la sátira y sus autoflagelaciones existenciales con tintes religiosos. Borges afirmaba que el poeta desterrado en la Torre escribía para literatos.

Se lee en “Amor constante más allá de la muerte”: “…su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”. En este mundo de charlatanes merluzos hay que volver a los clásicos, con los “quevedos” –sus famosos anteojos- bien puestos, aunque ya no exista el ilustre Góngora de por medio.


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