domingo, 26 de junio de 2016

Las fiestas del otro país

El mes de junio, en la serranía ecuatoriana, existe una explosión de colores. Se celebra la Fiesta del Solsticio o Hatun Puncha (Fiesta grande, en quichua), aunque en las dos últimas décadas erróneamente se las llama Inti Raymi (curiosamente como una reivindicación inca, analizada acertadamente por Josefina Vásquez Pazmiño, en su artículo ‘Si quieren ser inkas... que sean felices’).

Como en algún momento los llamados mestizos buscaron unos ‘ancestros’ en lo español -de allí la paella, el cante jondo y los toros de las Fiestas de Quito- cierta élite indígena ha difundido, y con éxito, un pasado glorioso emparentándose precisamente con quienes mataron a sus abuelos, como es el caso de los caranquis ultimados en la laguna de Yahuarcocha. De allí el nombre Lago de Sangre por los más de 20.000 muertos que tiñeron sus aguas, según refiere el cronista de raigambre indígena Guamán Poma de Ayala, cuando se descubrieron sus manuscritos después de siglos escondidos en una biblioteca de Alemania.

Como sea, esa ‘invención de la tradición’ es parte de las estrategias étnicas que los grupos tienen para reivindicarse ante el otro. De allí que proliferen los paucar raymis y hasta la Municipalidad de Otavalo promueva la Cruz Andina en su simbología como si estas tierras no tuvieran historia y los 30 años de los incas por estas tierras fueran lo único.

Me refiero al profundo desconocimiento del pasado caranqui, el señorío étnico que floreció del 1250 al 1550 y construyó más de 5.000 tolas, en una geografía que iba desde el Valle del Chota hasta Guayllabamba y cuyo eje central era y sigue siendo el maíz. Por eso resulta incomprensible que, después de tantas investigaciones, en la región de Otavalo exista una suerte de incanización de su pasado.

De hecho, la deidad de agradecimiento por las cosechas no sería el Sol inca sino, siguiendo a los caranquis, el Taita Imbabura, dios protector y dador de agua. Por eso precisamente, las vertientes, cascadas, lagunas, son parte de esa simbología.

En fin, se dirá que la cultura está en permanente construcción. Es así, pero no resiste cuando -como se sabe- en una visita al Cusco, unos viajeros asombrados se trajeron todas las fiestas y hasta su iconografía. Sin embargo, se ha callado que el Inti Raymi ya está declarado como patrimonio cultural de Perú así que, si vamos por esas, tenemos las de perder.

De allí que es preferible volver a la denominación de los orígenes y, de manera especial, conocer ese legado caranqui que sigue vivo. Porque otra situación que nos ocurre es mirar a la historia como una pieza de museo. ¡Los caranquis siguen vivos! Por ejemplo, en la comunidad de San Clemente, a pocos kilómetros de Ibarra y en las faldas del Imbabura, se celebra el agradecimiento a las cosechas cada 28 de junio.

Lo otro está en el legado de la hacienda. Aún hoy, el único día que los indígenas del sector de Zuleta pueden acceder a este sitio, construido por los jesuitas en la época colonial, es el 21 de junio para las respectivas loas.

Como todo, las fiestas muestran al país agrario que no es muy comprendido por las llamadas metrópolis. Es como si no existiera. (O)

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Crónicas urgentes para WhatsApp

Pertenezco a la generación que enviaba cartas de amor perfumadas a través del Atlántico para que después de tres semanas, aproximadamente, llegara la respuesta. Además, nada mejor que elegir una postal, cuando estaba de viaje, y comprobar que arribaba antes. Sentí la emoción de enviar un telegrama y escuché, en la estación del tren, cómo el telegrafista manipulaba la máquina.

Eran otros tiempos, aunque debo aclarar que nací un mes después de que Alfonso Espinosa de los Monteros iniciaba sus periplos por la televisión ecuatoriana, allá por 1967, cuando el hombre ni siquiera había llegado a la Luna y yo aún no había leído a Julio Verne.

Eso decían porque, por decisión paterna, en casa no tuvimos la ‘caja boba’, pero sí tuve el privilegio de escuchar el invento del olvidado Nikola Tesla, especialmente la radionovela de Chucho el ‘Roto” y su infaltable amigo la ‘Changa’ (creo que lloré cuando lo mataron).

Como no tengo Facebook personal ni tampoco Twitter (peor eso que llamaban Hi 5) creo tener la condición aún de sorprenderme ante las nuevas tecnologías. Además, hace un mes abandoné el todoterreno y fiel Nokia y entré directo al iPhone 6 (un amigo, bromeando, dice que es como tener un día un carro Andino y al otro un Ferrari). Todo esto viene a cuento porque así de sopetón acabo de descubrir ‘wasá’, como lo digo. Como especulan que muy pronto olvidaremos el chismorreo de Facebook y los insultos en Twitter, vamos por partes:

 ‘WhatsApp’ es un juego de palabras entre la frase en inglés ‘What’s up?’ utilizada en el lenguaje coloquial a modo de saludo (‘¿Qué tal?’ o ‘¿Cómo va?’) y el diminutivo app de la palabra inglesa application (’aplicación’, utilizada en este caso como programa informático para teléfonos móviles). El nombre completo de esta aplicación es WhatsApp Messenger.

¿Y el periodismo, dónde queda? Se me ocurrió la peregrina idea de escribir un libro, pequeño obviamente, sobre crónicas para este medio. Como ya tengo experiencia en mi antiguo Nokia, de pocos caracteres, de fatigar tres libros de micropoemas, en cinco años, parece que no será difícil. Al fin y al cabo hay que condensar en dos párrafos y rematar, como recordaba Julio Cortázar, con un buen ‘nocaut’ porque bien se sabe que la novela se gana por asaltos. Pues aquí va la primera, en clave de grafiti y aún sin título, porque eso sí es una ciencia:

En las tablas el grupo de teatro muestra una escena: la cándida Eréndira se evapora en un toldo de circo mientras su abuela “que parecía una hermosa ballena blanca” cuenta cuántos hombres le faltan para pagar sus deudas. Bogotá vive su semana de teatro y afuera los cafés de la zona rosa están en su apogeo.

Cerca al teatro alguien ha colocado lo que podría ser un decálogo para los actores. El texto es recogido por Francisco Theodosiadis, que sigue añorando a su Colombia desde Montreal: Drama: / Tener dónde / tener con qué / no tener con quién. Comedia: / tener con qué / tener con quién / no tener dónde. Tragedia: / tener dónde / tener con quién y no tener con qué… Continuará. (O)

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En la memoria de los imbabureños perdura el sabor de las carnes coloradas






Este plato se lo sirve en una fuente, con mote pelado y una empanada con relleno de mejido de maqueño. El sabor dulce del relleno contrasta perfectamente con el de la sal de la carne.



Ocho largos días de camino necesitaba Rafael Unda Proaño para llegar y volver de Íntag, zona occidental del cantón Cotacachi, en el primer cuarto del siglo XX. Este bosque húmedo tropical, parecía recién creado por los dioses, porque los hombres y mujeres que migraron, llevados por una promesa de prosperidad, tuvieron al inicio que llagarse las manos para desbrozar el monte. Plantaron cañaverales y, con el tiempo, improvisaron rústicos trapiches. Unda adquiría las panelas envueltas en hojas para dejarlas en consignación en Otavalo.

Mientras este arriero retornaba a su tierra de Cotacachi era arrullado por miles de pájaros, que se escondían entre la floresta. En medio de riachuelos, existía el temor a los árboles de caracho, tan malignos que laceraban hasta con su sombra, pero habían también orquídeas que crecían entre enormes helechos perdidos en la niebla.

Unda tenía dos pensamientos: abrazar a su mujer y, además, sentarse a la mesa con un potaje que era un milagro: unas carnes rojas ahumadas con anterioridad, hechas cecinas, y puestas al carbón, acompañadas con las mismas yucas que él traía y el aromático café, plantado por los colonos de la ceja de montaña.

Esta creación de Esther Moreno de Unda para su marido, aunque en esa época no lo sabía, pasó a llamarse “Carnes coloradas de Cotacachi”. Eso sí lo supieron los clientes quienes, años después, seducidos por este prodigio llegaban hasta la pequeña fonda que Doña Esther, como ya la llamaban, servía este platillo junto con la chicha de jora, que es parte de un largo proceso de fermentación que inicia cuando se tapa al maíz amarillo con hojas de higuerilla.

Atrás quedó el tiempo en que Don Rafael iba a Íntag porque ahora estaba más ocupado en llenar los pondos de chicha de jora, atender a los clientes e incluso, en la época de fiestas, anunciar a los músicos populares quienes, con sus guitarras y requintos, acudían hasta el lugar, que se había convertido en un sitio ineludible para todos quienes llegaban a esta población.

Santa Ana de Cotacachi sufrió la devastación del terremoto de 1868 y por eso tenía la leyenda del Cuy de Oro, cuando Antonio Cushcagua se hizo amigo del animalillo y evitó que el pueblo fuera levantado en otro sitio.

Curiosamente, Cotacachi inició su prosperidad durante la Segunda Guerra Mundial. Ocurrió que los aliados, quienes no podían acceder a los talleres de Europa central por la ocupación nazi, pusieron sus ojos en otras latitudes. Fue así que Cotacachi, donde se realizaban actividades del cuero al igual que Ambato, fue elegida como centro para elaborar las miles de miles de cartucheras que los soldados del frente necesitaban para colocar las balas que, al fin y al cabo, terminarían con la osadía de Adolf Hitler.

Cotacachi estaba en el auge de productos del cuero y la familia Unda Moreno ya tenía cinco hijos. Sin embargo, había una niña que –como si se tratara del personaje de Tita en el libro Como agua para chocolate, de Laura Esquivel- miraba todo lo concerniente con la preparación de las carnes coloradas y quería conocer sus íntimos secretos, celosamente guardados por su madre. Era Laura, una pequeña de ojos vivaces, semblante sereno y manos que se habían adaptado al repulgado de las empanadas.

Pero esas manos también bordaban y cosían los trajes relucientes de sus muñecas que, en esa época, no tenían nombre. No fue mucho tiempo que dejó esos juegos infantiles cuando, a los 13 años, su padre falleció, pasando –casi como olvidándose de que aún era niña- al trato con las ollas y bateas, donde reposaba la carne de cerdo, para después ir a las enormes pailas de bronce, algunas de 73 centímetros.

Por este motivo, debido a sus responsabilidades con su hogar, tuvo que abandonar los estudios en el colegio Luis Ulpiano de la Torre y, casi sin saberlo, su carácter se hizo fuerte, aunque escondía una generosidad sin límites. Pero ella también fue flechada por el espíritu travieso de Cupido, cuando tenía 23 años y sonaban insistentes los acordes de la agrupación Rumba Habana.

Un día, mientras se encontraba en un paseo por la laguna de Cuicocha, conoció a un hombre a quien solicitó –un momento- le permitiera mirarse en un espejo del auto. Cupido lanzó sus flechas. Al poco tiempo se casaron pero, como si los dioses pusieran tragedias a los mortales, su marido Carlos Virgilio González falleció en un accidente automovilístico, dejando a esta muchacha de ocho meses de embarazo y con las ilusiones rotas de los amores irrepetibles.

La niña que nació, sin embargo, otra vez movería su mundo: le puso de nombre Cinthia, y ella seguiría el legado de sus mayores. Son mujeres luchadoras que guardan la memoria de la tradición, porque en la gastronomía también vive un pueblo. Por eso nos recuerdan al poema Información Confidencial de Gabriela Sotomayor: Siempre dejo la escoba / en un lugar visible / para que cada vez que la vea / recuerde / que puedo volar.


 
 
Fueron largos años frente a las fogones de leña preservando una identidad de saberes, entre el achiote (bixa orellana), presente desde la época prehispánica y que también sirve para que los tsáchilas pinten sus cabelleras, al cerdo, traído por los españoles, hasta la salsa de queso, sin olvidar la chicha de jora, el legado de los caranquis, los Señores del Maíz.

¿Cuál es la receta? Está hecha sobre la base de “ajos y carajos” y tres pastillas de “no me olvides”, porque acá el que no cae resbala, dice Doña Laura, mientras sonríe a sus 71 años, porque sabe que también están sus aportes.

De manera especial, haber enlazado el turismo de Cotacachi hasta convertirlo en una simbiosis de primero visitar los almacenes de artículos de cuero y después acudir hasta esa delicia que su madre preparaba al marido quien llegaba tras ocho días de penurias, en camino de mulas.

¿Podemos visitar el lugar donde se hacen las carnes coloradas? Pregunta el cronista. Su eterna empleada, Tránsito, con camisa bordada, dice que es la primera ocasión que un desconocido irrumpe en la tierra de la lumbre. Nos relata que Doña Laura comparte su ventura con sus empleados de toda la vida. Ese parece ser el secreto.

De pronto, una escena surge: hay dos fogones con enormes pailas, donde la carne bulle con fuego de leña de eucalipto; atrás, dos bateas donde parece macerarse, si se puede utilizar el término, esta delicia que en quichua se llama puca-aicha; en una suerte de artesa reposan los plátanos, que se convertirán en el condumio de las empanadas, fritas en una cocina de hierro elaborado por Mecánica Aguirre, de Otavalo, la misma que está conectada a un ducto para el agua caliente. Mientras, con una paleta enorme de madera se mueven las carnes coloradas, el cronista no atina a preguntar nada más subyugado por el aroma de la estancia.

Después de todo, cuando termina la Fiesta de la Jora aún es posible degustar esta delicia, porque guarda el mismo aroma del día en que una esposa esperaba a su compañero quien llegaba atravesando la niebla de Íntag. (I)


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El minotauro en su laberinto

En el mito, el minotauro —mitad hombre mitad toro— permanece encerrado en su laberinto, construido por Dédalo. ¿Qué piensa en esas largas horas? Espera a su verdugo, Teseo, pero no lo sabe. Está obligado al sacrificio y a pagar culpas de sus ancestros (la terrible condición de los amores de fuego). Con estos elementos, el artista Diego Sierra crea su nueva exposición: Hierro de minotauro, en técnica de tinta china que desdobla, tal es la palabra, estas ancestrales simbologías para contarnos en un lenguaje contemporáneo.

El poema de Borges lo dice: “No habrá nunca una puerta. Estás adentro/ y el alcázar abarca el universo/ y no tiene ni anverso ni reverso/ ni extremo muro ni secreto centro”. En cambio, en ‘La Casa de Asterion’ proclama: “Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales” (El Alep, 1949: http://goo.gl/B47pLZ).
Hay un profundo sentido de esta visión con el laberinto. Tengo a mano el libro El poder mágico de los laberintos, de Sig Lonegren. Pero el laberinto es más que unas hojas impresas, es la posibilidad de perderse y, ojalá, no volver a salir. Ese es el dilema.

Ahora, Diego Sierra, un artista que trabajó en máscaras (para los griegos también significaba la alegría de vivir y no solamente un fantasma), nos devuelve las reminiscencias de los orígenes. Es extraño, los escritores que vivimos en la “periferia” estamos llenos de dragones y de sagas medievales mientras que los de la diáspora, podríamos llamarla así, construyen su orbe de los recuerdos de sus perdidos pueblos. Por eso, este intuitivo artista busca las esculturas de las cornamentas de los toros, de la época minoica, de los primeros que tuvieron al toro como rito. Es curioso, la traducción de vaca en kichwa es huagra huarmi. Y está huagra huasi o la casa del toro.

La obra de Sierra, en esta etapa, tiene una plasticidad de un tercer plano, casi podrían ser esculturas. Están las cosas que siempre le han motivado: la condición humana. Su mérito está en insistir. No hay poeta menor de antología que al cabo de muchos años no nos deje una frase que lo justifique, le comento citando a la biblioteca borgiana. Y, otra vez, volvemos a charlar como si estuviéramos en el centro de Creta.
Tengo un cuento en ese sentido y con el título de Laberinto que lo comparto:
“El último latido parece quedarse en las paredes ásperas del laberinto. Un nuevo esfuerzo, pero el cansancio no parece ganar la partida. A lo lejos, se escucha un mar que es improbable que exista. Desde hace varios días no ha dejado de correr con los ojos asustados y con la certeza de lo que le espera. Tiene sudor en su frente, pero no intenta limpiarse el torso afilado.

El último recoveco aparece. Se detiene. Lo mira con un temor ancestral. Cómo te llamas, le dice al que permanece sentado, con los ojos triunfantes. Soy Teseo, dice su verdugo”. (O)

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Un mito de Esmeraldas

Después de una tragedia, parecería que las voces de los abuelos nos recuerdan dónde están nuestros orígenes. Hay que sentarse en torno a la hoguera, dejar a un lado el ruido del mundo y escuchar atentamente esos saberes que, para el caso de Esmeraldas, hablan de décimas y marimbas.

Al igual que Manabí, con sus duendes que caminan con los pies al revés, para despistar a sus perseguidores, en la ‘Provincia Verde’ también hay duendes con un nombre curioso: Riviel, que va en una canoa. Está también la famosa Tunda, que se lleva a los niños. Estos relatos orales permiten, a lo largo de los tiempos, que una sociedad se cohesione, porque se pregunta sobre su devenir y sus sueños.

La mitología es la otra historia. No la que habla de batallas ni héroes, sino la que apela a responder las preguntas clave de la condición humana que no es otra cosa que la vida y la muerte. Desde la profunda sabiduría de los abuelos de estas tierras generosas sobrevive esa memoria que ha pasado a lo largo de generaciones. Esa historia también se ha salvado de los escombros. Aquí, una de sus leyendas conocidas como la Piedra de Eufrasia.

Hace tiempo Eufrasia había olvidado las décimas que hablaban de amores contrariados. Era la época de buscar sustento para ella y también para su hijo, así que acudió, como muchos, a lavar oro a orillas del río.

Se internaron por la espesura de Playa de Oro y cuando a los varios días salieron, su pequeño tenía fiebre. Esa noche la situación empeoró. No bastaron los cuidados ni los ungüentos que le prodigaron en el pueblo. Al poco tiempo murió.

Eufrasia trató de  recordar una décima: “La muerte es para todos / de ella no hay separación / ella no halla personas / sino el que manda el Señor”.
Eran los cantos de su pueblo que decían: “Mata padre, mata obispo  / mata al que tiene corona  / mata a los santos ministros  /  y al Papa Santo de Roma”.

Pero la mujer no hallaba consuelo. Entonces llegaron las cantoras para el ritual de los ‘alabaos’, propios de los velatorios.

“Qué triste que está la casa  / y el puesto donde dormía / los gallos que menudeaban  / y yo que me despedía”.

Al día siguiente era el entierro. Todos se dirigían con tristeza hacia el camposanto. Sin embargo,  Eufrasia se detuvo fuera de sí. Levantó los brazos y exclamó al cielo: ¡Como era tuyo, te lo llevaste!

Tras su quejido se produjo un temblor de tierra. Los árboles se movían airosos, los pájaros aleteaban sin rumbo, el río levantaba sus aguas, los animales del monte huían despavoridos y la gente se abrazaba. El temblor no duró mucho. Después prosiguieron hasta el mínimo cementerio y encontraron abierta la sepultura. Allí depositaron el cuerpo del niño.

Cuando al poco tiempo los hombres y mujeres salieron a sus labores encontraron que el río había cambiado de cauce. En donde antes se encontraban unos platanales estaba una enorme piedra llegada desde el monte. Todos estuvieron de acuerdo en llamarla la Piedra de Eufrasia. La roca es enorme y aunque algunos han intentado subir a la cima no han podido. Las abuelas dicen que allí fue colocada por quien manda a la muerte, que no distingue ni el rostro. (O)


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Un gigante en 125 palabras

La narrativa, en esta época de vértigo, apela a la brevedad. En este tiempo de 150 caracteres o de Twitter, curiosamente, adoptamos una manera de escribir más anglosajona, lejos de cierto barroco que nos es propicio. Está el cuento famoso de Augusto Monterroso titulado El Dinosaurio: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Como siempre, no hay nada nuevo bajo el Sol. Esta disputa ya estaba presente en el mundo antiguo y ha moldeado a Occidente, desde hace 2.500 años. Así como no hay que unirse a los filisteos, siempre es preciso volver a los griegos. El libro El camino de los griegos, de Edith Hamilton, explica las diferencias que podemos encontrar entre el mundo judeo-cristiano y los helenos. El ejemplo es adecuado porque las dos visiones representan la misma idea.

En el Sermón de la Montaña podemos leer: “Pedid, y se os dará, buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla. Y al que llama se le abrirá”. Ahora veamos cómo expresa Esquilo el mismo pensamiento: “Los hombres buscan a Dios y buscándolo lo encuentran”.

Dice Hamilton: “No se añade una sola palabra. El poeta consideró que esta afirmación, tal como está, era adecuada para la idea, y no sintió ningún deseo de elaborarla ni adornarla”. Julio César fue preciso al dirigirse al Senado romano tras la Batalla de Zela: “Vine, vi, vencí”.

En este sentido, también con esta influencia, está esta frase de Séneca: “Para bien obrar, el que da debe olvidarlo luego y el que recibe, nunca”. Hasta las comas son precisas. Miguel de Cervantes lo decía así: “¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecérselo a otro que al mismo cielo!”.

Estas reflexiones vienen al caso porque, hace tiempos, inicié un proyecto de microleyendas de Ecuador. Obviamente, la tarea es ardua, porque es más difícil escribir un relato mínimo que largarse, tal es la palabra, con descripciones y ripio. Solo he avanzado una, que se llama ‘El gigante y las lagunas’, de Imbabura. Refiere a un mito cosmogónico de los caranquis, señorío étnico que construyó 5.000 tolas y cuyo centro de poder probablemente era el sector de Angochagua, donde hay cerca de 150 tolas, dentro de la hacienda Zuleta.

Junto con los amoríos de las montañas Imbabura y Cotacachi es parte de su génesis, palabra que tiene origen griego. Sin más, la comparto en 125 palabras.

Hace mucho tiempo, antes de la llegada de los hijos del Sol, vivía un gigante. Era tan enorme como su orgullo. Decidió recorrer las lagunas tras su profundidad. Metió su enorme pie en Yahuarcocha, que se llamaba Cochicaranqui, y rió mucho: sus aguas únicamente le llegaban a los talones.

Después fue al Imbacocha o lago San Pablo. Sus carcajadas retumbaron en el aire porque apenas se mojó las piernas.

-Son simples charcos, se dijo, y se recostó en una colina.

Un día, llegó hasta un ojo de agua. Se oyó un grito mientras un remolino lo envolvía. Trató de asirse al Taita Imbabura y fue tanta su fuerza que dejó una inmensa grieta. El gigante nunca supo que la escondida laguna se llamaba el Cunrro. (O)

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Yolanda Cabrera aún prepara la antigua bebida de los caranquis

Con chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora, se fermenta en toneles de roble la Chicha del Yamor, presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo.



Frente al mar están las mujeres. Son sacerdotisas en un ritual del maíz. Hace varias generaciones han logrado domesticar este grano que llegó desde la selva o de otros mares lejanos. Llevan en sus cuellos y en su cintura unas figurillas de exuberantes atributos femeninos, que reflejan la fertilidad o ritos de pasaje, como refiere Pedro Porras. Con el tiempo, la primera cerámica de América, de 4.500 años antes de Nuestra Era, pasó a llamarse Venus de Valdivia, con su infinidad de arreglos de cabelleras hechas de arcilla en una época, como dicen los expertos, probablemente matriarcal.

El maíz, domesticado hace 8.500 años, según algunos en la Península de Santa Elena y según otros en Mesoamérica, con el tiempo viaja a las montañas. Por eso, desde el centro ceremonial de las tolas, los caranquis agradecen al más sabio de los montes, el dios Taita Imbabura, por el prodigio de las cosechas de maíz. Hay fiesta en el aire y los danzantes llegan al sonido de los pututus (strombus), ocarinas y rondadores.

Desde hace miles de años —de mano en mano— han domesticado al maíz, y ese colorido esplendor está presente un poco más lejos, en el mercado o tiánguez, en el sector de Salinas. Un mindalae o comerciante camina por entre los sitios dispuestos y le ofrecen chicha, elaborada con semillas diversas que cada familia cultiva y selecciona con esmero. Para Juan Martínez Borrero, en el libro Sara Llakta (Tierra del maíz), el control de la producción de variedades de maíz para chicha, generalmente con granos de colores que añaden elementos simbólicos, posibilita a los curacas movilizar el trabajo. Paul Golstein lo ha resumido: “Caracterizado por la fácil conversión del excedente de granos en bebida, de la bebida en trabajo comunitario y el trabajo el prestigio individual, los festejos posibilitan el surgimiento de la desigualdad social. En tanto los más ricos o más poderosos grupos corporativos promueven fiestas con más y más chicha, cada vez menos participantes pueden sostener la carga de la responsabilidad”.

Y con chicha de maíz se levantaron las 5 mil tolas caranquis, en un territorio desde el Valle del Chota hasta Guayllabamba desde el 500 al 1.500 de Nuestra Era, en los llamados señoríos étnicos, aunque algunos creen que esta bebida de los dioses la trajeron los incas en el siglo XVI. En Perú la chicha es de jora, (en lengua quechua Aqha) y es de uno de los 7 granos; en Ecuador el yamor es de chulpi, maíz negro, blanco, amarillo, canguil, morocho y jora (fermentado).

Como sea, la chicha del yamor estaba presente en las antiguas fiestas de la Virgen de Monserrate en Otavalo, en la primera mitad del siglo XX. Era el encuentro de los jóvenes estudiantes que volvían de vacaciones al terruño. Con el tiempo, esta tradición estaba por extinguirse hasta que una mujer “en la peor esquina de Otavalo” conservó su secreto, a base de 7 granos de maíz. Se trata de Yolanda Cabrera Rodríguez, del barrio Punyaro. Ella también tiene su historia personal.

A finales del XIX, por falta de hospedaje como en casi todos los pueblos, muchos indígenas se alojaban en los corredores de las casas, previo al día de la feria. Cerca de los ‘poyos’ o bancos de piedra, los indígenas colocaban sus esteras para dormir, junto a sus textiles. María Rodríguez, una mujer amable los recibía, sin cobrar un calé, moneda de la época. Una niña observaba. Era Yolanda, quien, con el tiempo, aprendió la elaboración de la chicha del yamor de su madre. Ese sentido de solidaridad que miró en el improvisado tambo se impregnó en esta mujer de ojos vivaces.

Pero la tradición del yamor debía esperar, porque Yolanda tuvo que ir a trabajar de obrera en la fábrica San Miguel hasta que, antes de jubilarse, se animó —durante las fiestas septembrinas— a sacar su mínimo tiesto para vender tortillas bonitísimas, con pepa de zambo, con la tímida chicha del yamor.

Poco a poco, gentes del lugar —algunos con terno y corbata, como dice— acudían a la esquina de las calles Estévez Mora y Sucre, en la antigua casa de su madre.

Después, el modesto local se convirtió en un lugar infaltable de los otavaleños, porque tenían su chicha, acompañada ahora por tortillas de papa, mote y fritada. Por eso, cuando se visita a esta mujer, que también hace el pesebre más grande de Otavalo, de 7 metros, se entiende porqué tantas personalidades han acudido a degustar esta antigua bebida de los caranquis. Merced a ganar el premio de los pesebres, recibe cada año a la prestigiosa Banda Municipal y sus ojos parecen iluminarse.

Allí, en medio de la laboriosidad y de las empanadas de maqueño, están los inmensos toneles de roble y 5 ollas de 100 litros, cada una, donde se fermenta esta delicia aún en espera de su industrialización.

Es tal la generosidad de Yolanda que ha compartido la receta con todos quienes quieren oírla, y así la tradición está viva. Por este motivo ha recibido condecoraciones del Municipio, pero ella continúa siendo la misma de siempre.

Esa misma actitud tuvo cuando hace poco recibió a 80 chefs de Cuenca, quienes fueron a investigar para aprender sobre el yamor. “Eso es imposible. Esto hay que hacer viendo”, les dijo, para explicarles que la teoría tiene que ir con la práctica. Aunque no lo dice, se sabe de su generosidad con cualquier grupo artístico que le solicite un fiambre e incluso, la popular caminata Mojanda arriba, del 31 de octubre, termina siempre en una de las esquinas más tradicionales del Valle del Amanecer.


Entre risas recuerda algunas anécdotas, como los voladores que entraron al colegio de las monjas marianitas. Mientras muestra con orgullo un niño Jesús, con ropas relucientes, que es el invitado principal de apoteósicos Pases del niño, habla de una época en que su madre escogía los granos del maíz. Ahora, su hija, Anita Albuja, es la tercera generación de un legado que viene de los tiempos en que las mujeres frente al mar entrelazaban finas cabelleras, allá en Valdivia. (I)

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