A pesar de su limitación física, por una luxación
congénita, participó en diversas competencias de tenis de mesa. Ganó el primer
lugar en el Campeonato Sudamericano de 1955 que se realizó en Colombia.
Desde la hacienda Santa Rosa, a
cinco kilómetros de Otavalo, el niño Daniel Suárez Benítez caminaba con
dificultad observando a los primeros pájaros del alba. No era un trayecto
fácil. Él había nacido con una luxación congénita -cuando la cabeza del fémur
no está en su sitio- y por eso cada paso era una prueba de determinación más
que un sacrificio. Así lo entendió siempre. Era el reto que su padre Alberto le
había impuesto.
Su progenitor, ingeniero civil,
diputado y socialista militante, también le dijo que el deporte era la única
opción para vencer dificultades. Así que probablemente le contó la historia del
ajedrez, cuando un rey perdió a su hijo en una batalla y, afligido, se encerró
en su castillo. No quería ver a nadie. Un día llegó un mago y le enseñó un
extraño juego. Habían fichas negras y blancas. El rey, al inicio, miró con
desinterés. Después se animó porque en el juego también había reyes y alfiles,
peones y reinas. En una jugada era preciso sacrificar al alfil para salvar al
rey. Esa era la metáfora: también el rey había perdido a su hijo, quien se
sacrificó por él. Eso se lee en Malba Tahan, quien también escribió El hombre
que calculaba, inspirado en ese prodigio que es Las mil y una noches, donde
habitan gigantes que salen de botellas mágicas.
Daniel, guarda las fichas. Verás
que el rey, la reina y los peones van a la misma caja, le aconsejó un día su
padre, en su amplia y nueva casa de La Mariscal, en Quito, justo frente al
sitio del poder político, para demostrarle que, al fin y al cabo, todos somos
iguales. Desde la ventana, el niño Daniel, nacido en 1936, miró algo asombroso:
un hombre que dominaba al público tan solo con su palabra.
Era Carlos Alberto Arroyo del Río
y se encontraba en una improvisada tarima de las calles Patria y la actual
Amazonas. Sin embargo, por el momento, lo suyo era el ajedrez. Su padre
orgulloso lo llevaba como un niño-genio a jugar con contendores poderosos como
Monseñor Manuel Andrade Reimers, quien se ideó autoparlantes para escuchar,
desde el rectorado, las clases de Historia. El niño ganó la partida.
Una mañana, Daniel, de apenas
siete años, fue llevado hasta San Agustín, en Ibarra, para enfrentar al
cardiólogo Yépez en una partida de ajedrez. El hombre no pudo lidiar con su
vanidad, y ganó al niño. Desde ese día, Daniel cambió de deporte. Mejor se
dedicó a la natación, practicando en la reluciente piscina Neptuno, en Otavalo,
cuando eran vacaciones.
En el colegio, debido a que no le
invitaban al fútbol, le sedujo otra actividad: el ping pong, pese a tener una
pierna más pequeña que la otra. Como en esa época no había el vértigo de ahora,
y se jugaba a ras de mesa, pudo conseguir varios triunfos, pero el que más
recuerda fue el que ganó a Alfonso Lasso Bermeo, el famoso Pancho Moreno,
relator de fútbol, cuando frisaba los 14 años.
Aquel estudiante del colegio San
Gabriel era constante. Las tardes practicaba una y otra vez con la evasiva
pelota, usando unas monedas de cinco centavos, colocadas al filo de la mesa
para tener precisión, hasta que fue invitado a participar en el Sudamericano de
Medellín. Pocos daban crédito de este jugador ecuatoriano hasta que quedó
vicecampeón y lo condecoraron con la medalla al Espíritu Deportivo.
Un caricaturista de la época, al
mirar sus piernas, le hizo un dibujo con una frase de respeto y cariño: “Mente
sana en cuerpo torcido”, como si recordara a ese otro de los pies torturados,
el lasallano hermano Miguel.
Años más tarde se recibiría como
médico, donde después supo que su discapacidad podía ser evitada, en la
actualidad, si el niño es tratado con el pañal de Frejka, se cura de la
displasia de cadera. De esos primeros años de seguir las leyes de Hipócrates
recuerda un viaje a Chile, cuando escuchó la voz en vivo del poeta Pablo
Neruda, y una multitud que se sacaba el sombrero para saludar a ese hombre que
también escribía cartas de amor. Un retrato del vate del Canto General guarda
en su casa, frente a la mesa de billar, otro de los deportes que le apasionan y
que sigue activo, logrando triunfos nacionales. Allí, mientras muestra sus 12
bastones, que incluye uno con estoque y el que usa de bambú, dice que volvió al
ajedrez, después de aprender la apertura inglesa, que utilizaba Bobby Fischer,
cuya estrategia es retrasar la definición de los peones centrales, según lo
entendió desde la época de Luis de Lucena, aunque no contó con la defensa
siciliana. Pero ese es otro asunto.
Se juega como se vive, dice
Francisco Maturana. Daniel Suárez Benítez entendió que el deporte, como la
vida, está hecho para superar dificultades. El entrenamiento sirve para
corregir errores y mejorar virtudes, por esa razón, siempre lo ha practicado.
Así lo supieron los griegos cuando colocaban la rama de olivo en la cabeza de
sus héroes, los deportistas. Tentado alguna vez por la política, Otavalo se
privó a este hombre sencillo que pudo ser su alcalde, cuando perdió por 80
votos. Después, fue alterno del diputado socialista Enrique Ayala Mora. Su
pasillo preferido es “Sendas Distintas”, que compuso Jorge Araujo Chiriboga a
su esposa Carlota Jaramillo.
Está casado con Rosario Prócel, su
compañera de toda la vida. Tiene tres hijos, Daniel, Iván y Anita, cinco nietos
y uno poeta como él, de nombre Juan. Autor del libro Ternuras al viento,
también ha compuesto letras de pasillos como “Niña otavaleña”, además participó
en el largometraje “La confesión de Iñaki”, del director José Zambrano.
Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/regional-norte/1/daniel-suarez-un-multifacetico-deportista-y-escritor-de-la-provincia-de-imbabura
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