sábado, 8 de junio de 2019

¿El Libertador chupó mangos?, 2019/05/23


Hay que bajar -con sutileza, se entiende- a los héroes de sus estatuas. Tal vez, conociendo su vida cotidiana se parezcan más a los mortales. Así podrán descender del panteón del Olimpo donde les han colocado los historiadores seguidores de las batallas, al estilo de Tucídides.

Dicho esto, y como discípulo de Heródoto, hay que decir que el Libertador Simón Bolívar prefería la arepa de maíz al pan. Eso lo sabemos por el Diario de Bucaramanga, escrito por el coronel Luis Perú de Lacroix, en 1828. Nos cuenta que come bastante en el almuerzo y le encanta el ají, más que la pimienta. Hasta en Potosí -ante un banquete desabrido, por temor a que no le gustara el picante- pidió que pusieran ají en la mesa para regocijo de los convidados.

Era puntilloso en el orden de la mesa. Tomaba tres copitas de vino de Burdeos o champán, pero apenas probaba café porque desde su estancia inglesa prefería el té. Está confirmado que comió mangos, introducidos en el siglo XVIII, aunque Gabriel García Márquez los dejó afuera del libro El general y su laberinto, por un error de interpretación de un historiador sabanero (el mango fue traído en 1789 por un navegante español llamado Fermín de Sancinenea, así que el Libertador sí chupó mangos en Angostura, cuando vivía con su esposa Josefina Machado, entre 1817 y 1819, porque además le encantaba toda clase de frutas).

Y un dato adicional: “Le gusta hacer la ensalada y tiene el amor propio de hacerla mejor que nadie: dice que fueron las señoras quienes le dieron ese saber en Francia”. Y de ese país, como refiere el general Guillermo Miller, un inglés que combatió junto al caraqueño, tenía al chef Luis Lemoyiven y al repostero Francisco Fremont.

Aunque, obviamente, se observa que no despreciaba la comida mantuana, “es una combinación del amor de los productos de la tierra y las delicias europeas”, según refiere en su texto Julio Alcubilla para señalar que practicó la “política del convite”. Así se entiende la declaración del cónsul británico en Venezuela, sir Robert Ker Porter, quien estaba maravillado con una tortuga enorme traída de la Guaira.



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