lunes, 21 de mayo de 2012

Salomé Reyes, en bicicleta

Tú en tu celeste bicicleta, / la de los alegres días en que a Jesús llevabas, / montado en la barra, por las calles frías de la madrugada / y yo en mi bicicleta perdida, escribía el poeta Carlos Suárez Veintimilla, famoso por olvidar su artilugio en los zaguanes de una ciudad que, como Ibarra de finales del XX, aún amparaba a sus ciclistas.
Y no solamente a los pedaleros, sino a los despistados como el sacerdote Suárez Veintimilla, quien olvidada muchas veces su bicicleta en cualquier vereda y, claro, las buenas gentes de entonces devolvían su artilugio en el colegio de Fátima.
Recuerdo que solíamos esperar a mi padre llegar del trabajo en su bicicleta roja, incluso en las tardes en que se apagaban las luces y quedábamos absortos por el dínamo, ese aparato que -unido a la rueda- era un motor para encender la mínima lámpara. Uno de los juegos preferidos era colocar la bicicleta llantas arriba y mover los pedales, en medio de la noche.
Eso no sabía mi padre, que era tan escrupuloso en el respeto de la ley que tenía la única bicicleta con matrícula y placa, que ahora se enmohece entre las cosas olvidadas. Mientras los autos invadían la urbe, la bicicleta de mi padre seguía circulando, como una prueba de dignidad que no viene al caso mencionarla.
“El ciclismo es un importante elemento del futuro. Algo no marcha bien en una sociedad que va en auto al gimnasio”, dijo el científico Bill Nye, y Ernest Hemingway  exclamó: “Yendo en bicicleta es como mejor se conocen los contornos de un país, pues uno suda ascendiendo a los montes y se desliza en las bajadas”.
Es que cuando se va en bicicleta el mundo es distinto, y no solo por la lentitud, que habla Milán Kundera, sino porque se viaja hasta los mundos interiores, porque elegir este medio de transporte constituye un sentido filosófico de vida.
Ir en bicicleta, además, es una manera de decir que en un mundo de vértigo -donde los pomposos autos desprecian al peatón- también es posible una urbe con otro ritmo. La extraña aventura de respirar el aire y quedarse absorto contemplando las nubes que pasan. Y, como en todo, hay una filosofía de las cosas sencillas, como dicen los taoístas.
Esto a propósito del asesinato, en Cumbayá, de la ciclista de élite Salomé Reyes bajo el acelerador de un chofer de un bus, quien se dio a la fuga. La bicicleta no está en extinción, como tampoco la memoria. Albert Einstein ya lo dijo: “La vida es como la bicicleta, hay que pedalear hacia adelante para no perder el equilibrio”. Únicamente lo haremos cuando las urbes se piensen distintas.
 

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